domingo, 10 de septiembre de 2023

LOS RESTOS MALTRATADOS DE LA VIRGEN DE MONASTERIOS, SAN MIGUEL Y LA VERDUCEA EN MAGAÑA.

 

“Magaña es un pueblo de gran ambiente, con algunas casonas de la nobleza
merinera y restos de un castillo que fue de la Casa de Vadillo, a la que
encontraremos señoreando el valle del Tera y cuyos descendientes
ejercieron aún dominio electoral en la provincia en
los comienzos de este siglo, hasta 1931.”

Soria. Dionisio Ridruejo




Como continuación a una entrega anterior sobre Magaña, en esta abordaremos las tres ermitas de la localidad que se encuentran sin techumbre, con poca historia y que han caído en el olvido: San Miguel, La Verducea y la Virgen de Monasterios.

El bueno de Martín, nuestro cicerone, ayudado por una fuerte vara, nos condujo campo a través hasta encontrar el PR-SO-110, que une Magaña con Suellacabras. El paisaje de encinas aparece espectacular, con alguno de sus ejemplares de destacado desarrollo. Cruzan el territorio diversos barrancos; nosotros pasamos el de Valdepelecha o Valdelaguna que, cuando lleva agua, la deposita en el río Alhama. Todo ello, además, envuelto en ese olor característico del monte bajo que desprende el tomillo, las jaras y demás plantas. Confundidas y mimetizadas en este entorno, se muestran los restos de majadas abandonadas, que en su día fueron refugio de unas 4.000 ovejas que tuvo el municipio; número un tanto abultado para los recursos de este pues, según Martín, en algún momento pasaban “necesidad”.

Pasado el castro de “Los Castellares” y siguiendo el sendero, encontramos los restos de la ermita de la Virgen de los Monasterios, un indicador nos conduce hasta ella. Se trataba de un edificio pequeñito, y únicamente quedan los restos de algún muro de su única nave que terminaba en una cabecera cuadrangular. La tradición dice que allí se retiraban los penitentes para dedicarse a la contemplación, -argumentos no le faltan al lugar-, y a purgar sus pecados. Sus muros, de lajas superpuestas sin argamasa, se esconden detrás de una vegetación de tomillos y encinas que los devoran.

La ermita tiene planta y cabecera rectangulares, esta última retranqueada. Su orientación es la canónica (Este-Oeste), con su puerta de entrada al sur. En la cabecera podemos distinguir un gran número de sillares de piedra toba, que abundaría en el momento de la construcción del inmueble. Precisamente la cabecera cuadrada hace pensar en unos orígenes altomedievales.

En el Libro de Fábrica de la parroquial de Magaña se puede leer que en 1766, el visitador General del Obispado de Calahorra y La Calzada visitó la ermita de Nuestra Señora de Monasterios, incidiendo en el mantenimiento y la limpieza. El libro de fábrica de las parroquiales de Verducea y de Monasterios (1827-1916) conserva un inventario de sus posesiones. Por él sabemos que en 1827, la ermita de la Virgen de los Monasterios contaba con una cerrada o prado de encinar, en medio de esa cerrada se mantenían en pie las paredes de la ermita y el trono de la virgen. Tenía huerto y tres nogales. Luego, en esas fechas, ya estaba abandonada y sin cubierta.

A pesar de los indicadores para llegar hasta aquí y el panel informativo que hace una reconstrucción de cómo pudo ser la ermita, el abandono es total. El interior de la nave está invadido por los arbustos y en su ábside crece una potente encina. Los muros de grandes lajas están muy deteriorados y es necesario consolidar estas ruinas para que no desaparezcan. El lugar se encuentra en el gran meandro conformado por el río Alhama, en un espacio singular, digno de una visita.

Cuando regresamos de contemplar esta ermita, Martín nos señala espacios del sendero que en algún momento hicieron la función de cisqueras; es decir para la obtención de carbón vegetal. Tras visitar el paraje “Los Praillos”, la iglesia, y hacer un descanso en el bar-restaurante “Buenaventura Herrero”, de lo que ya dimos cuenta en una entrega anterior, nos dirigimos al Barrio de Abajo de la localidad. Se encuentra este barrio al lado del río Montes, al que llegan los barrancos del Reajo y Vallejo, y que conduce sus aguas al río Alhama, un poco más abajo. Allí encontramos la ermita de Santa María de Verducea, a la que una obra nueva le ha comido la cabecera.

Como hemos señalado anteriormente, en 1766 el visitador General del Obispado de Calahorra y La Calzada visitó la ermita de la Virgen de Verducea, y mandó que se profundizara más una zanja ya iniciada tras la pared que mira al norte de la “Hermita de la Barruzeda”, para evitar que la perjudicara la humedad, y que se hiciera con las pocas rentas y la gran devoción que tenían a esta imagen sus vecinos.

Por el inventario de 1827 sabemos que, en esa fecha, la ermita de la Verducea contaba con tres escaleras de piedra para el acceso a un pequeño pórtico, con asientos de piedra a los lados; puerta de dos hojas y un coro bajo con balaustrada de madera a los pies. Toda la nave y coro estaban rodeados por asientos de piedra. En esa fecha tenía capilla de cielo raso con tarima de pino y un pequeño retablo dorado con nicho para la Virgen. Detrás del altar había una puerta que daba entrada a la sacristía, que custodiaba manteles, casullas etc. En 1816 se hace la última anotación con las cuentas de esta ermita. Como ya señalamos, la cabecera desaparecerá al integrase en una nave agrícola en la que puede verse un sillar con la inscripción: IHS 1643.

Poco queda de lo que, seguramente, sería la parroquia del Barrio de Abajo. Tan poco queda que cuenta la leyenda que en honor a esta virgen, dado que estaba sin edificio, se colgaba una pequeña campana en un árbol y se celebraba una misa a la virgen de Verducea en la iglesia de San Martín. Fue esta una más de las seis parroquias que tenía el pueblo (San Salvador, San Martín, San Miguel, Santa María de la Vega, Santa María de Verducea, y Santa María de Barruso). Una calle en el Barrio de Abajo recuerda la existencia de esta parroquia medieval.

Después de cruzar el río Alhama por el puente medieval restaurado subimos por una carretera en obras y peligrosa, por la afluencia de maquinaria pesada hasta los restos de la ermita de San Miguel. Esta ermita a la que le ha crecido una gran encina en su interior se halla al lado de una necrópolis aparecida cuando se realizaban las obras del nuevo tramo de la carretera SO-630. Los arqueólogos han destapado sus tumbas que aparecen abiertas pero que serán pronto cubiertas por el asfalto. Allí, al lado de sus muertos, queda esta antigua iglesita de la collación de San Miguel.

Sabemos que en 1476 se convirtió en ermita, pues en esa fecha se integró en la parroquia de San Martín, ya que la feligresía había abandonado el barrio. Por otra parte podemos deducir que en 1766 ya no se consideraba como ermita, pues en la visita pastoral efectuada ese año, el visitador recorrió varias ermitas de la villa, pero no la de San Miguel; será por entonces cuando la vieja ermita se convirtiera en una cantera que sería aprovechada por los magañeses.

La vieja iglesia de San Miguel se encontraba en la parte superior del barrio, en un lugar estratégico para evitar las barranqueras del Alhama. La parroquia tenía planta rectangular con perfecta orientación canónica. De la vieja parroquial solo se conserva parte de la cabecera rectangular hacia el exterior, pero el interior, como pasa en la ermita de Nuestra Señora de Barruso, es semicircular. De lo que fue la nave, apenas se conservan restos, pues la construcción, en los años 40 del pasado siglo XX, de la nueva carretera hacia San Pedro Manrique la hizo desaparecer, no sabiendo si la portada se encontraba a mediodía o a poniente. Al parecer nave y cabecera tuvieron la misma anchura y su fábrica es de piedra trabada con mortero de cal. Las esquinas y los vanos se reforzaron con sillería, y pudo contar con una cornisa con decoración ajedrezada, soportada por canecillos. En la calle Segundo Córdoba, una vivienda con un dintel fechado en 1777 adorna su fachada noreste con un canecillo románico decorado con un dolio, que según cuentan en el pueblo procede de las ruinas de San Miguel. ¡Quién sabe si la imposta con ajedrezado que decora la entrada al atrio abierto de San Martín también proceda de San Miguel!
Una vez excavada la necrópolis medieval y abandonada la vieja carretera, es el momento de excavar la nave de esta iglesia y consolidar sus restos. Por otra parte estos restos, junto con los de la Virgen de la Verducea y San Salvador, merecen unos paneles informativos que ayuden al viajero en sus visitas.

Antes de abandonar Magaña, visitamos la ermita de Santa María de Barruso, otra de las ermitas románicas de la localidad. Esta se encuentra, como su propio nombre indica, en el barrio de arriba, en la ladera del castillo y su querencia es introducirse en la roca sobre la que se levanta. En ella se venera la imagen de Nuestra Señora de Barruso, que estos meses veraniegos descansa entre las paredes de la iglesia de San Martín. Fue en tiempos parroquia del barrio de la Solana, del que hoy no quedan apenas restos. A pesar de sus múltiples reformas, todavía conserva la traza de la iglesia románica, levantada en mampostería con una nave cubierta con bóveda de cañón apuntada, reforzada por fajones. Su cabecera al exterior es rectangular, pero al interior es ultrasemicircular, lo que tradicionalmente ha servido para atribuirle un origen prerrománico. Su conservación, gracias a diversas actuaciones, aún es buena, pero, lógicamente, ha perdido sus características originales.

Salimos del lugar por `La Carrera´ el viejo camino, que por debajo del castillo, domina la barranquera del río Alhama y conduce al centro de la localidad; este aparece jalonado por cruces que son estaciones de un viacrucis, al final del cual se hace la hoguera de San Antón.



BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de San Martín de Magaña (Soria).
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- IDOUBEDA ETNO. Un proyecto etnográfico en Tierras Altas de Soria. (2011) Ermitas del Alhama: la Virgen de los Monasterios IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: LA VIRGEN DE LOS MONASTERIOS (MAGAÑA) (Web consultada el 14/08/2023)
- IDOUBEDA ETNO. Un proyecto etnográfico en Tierras Altas de Soria. (2011) Ermitas del Alhama: San Miguel de Magaña IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: SAN MIGUEL DE MAGAÑA (Web consultada el 14/08/2023)
- IDOUBEDA ETNO. Un proyecto etnográfico en Tierras Altas de Soria. (2011) Ermitas del Alhama: la Virgen de la Veducea IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: LA VIRGEN DE LA VERDUCEA (MAGAÑA) (Web consultada el 14/08/2023)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- PASCUAL HERRERO, José Nicolás (2.021) Magaña y su Patrimonio. Historias con historia. Edita Excma. Diputación de Soria. Soria.
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, José Manuel (2002): Magaña, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 603-610.










domingo, 6 de agosto de 2023

LA ASUNCIÓN DE ZÁRABES,  EL ROMÁNICO SALVADO POR EL PUEBLO.





“En la caligrafía esculpida de la arquitectura evocan la idea de desaparecidos dominadores
árabes. […]. El viento cálido rueda con él por la llanura y encontrará pocas
personas: Soria es la provincia más abandonada de
España, la gente se va de allí, no
hay nada que ganar allí”.

Desvío a Santiago. Cees Nooteboom



El 13 de junio fue un día nublado en Soria, pero la temperatura era agradable. Nuestro destino, en este delicioso quehacer que es visitar los templos románicos sin techos, aunque nos cree una sensación de pena por su abandono y desinterés, fue Zárabes.

Ramiro Martínez y Filo Pinilla fueron quienes, con suma amabilidad, nos llevaron en su automóvil e hicieron en esta ocasión de cicerones.

Para llegar a esta localidad, en la que Ramiro nació y su padre fue alcalde, hemos de tomar la N-234 hasta Almenar y atravesar los llanos de Gómara por la SO-340, donde vemos las mieses un tanto disminuidas por una climatología rara. En un momento dado, siguiendo el cartel indicativo, giramos a la izquierda en la carretera y nos introducimos en el monte de Ledesma. Las encinas y los quejigos acompañan al viandante a ambos lados de la carretera SO-P-3112. Cuando salimos del monte se abre a nuestros ojos un paisaje ondulado y amplio, con una carretera zigzagueante, que en absoluto desentona con el paisaje.

Ya en el pueblo, Ramiro nos va enseñando los edificios y lugares que él frecuenta. Lo hace con cariño, con el mismo con el que tres gatos lo siguen allá donde vaya, y con el mismo con que él los acaricia. No reciben menos atención las flores y las plantas que cuida, entre las que sobresalen unas rosas, de las de antes, de las que huelen como antaño, es decir, a rosa.

En el pueblo no había nadie, pero los hubo en su día. Hasta bar y tienda había. Durante el Antiguo Régimen fue tierra de realengo perteneciente al sexmo de Arciel. En el siglo XIX se convirtió en municipio, pero pronto pasó a ser pedanía de Almazul. El adobe, ese elemento del que ya hemos contado aquí su humildad y fortaleza, es frecuente en casi todos los edificios, ya sean estos viviendas o tainas. Una fachada, para romper la monotonía, ha sido pintada con un mural por Julita Romera dentro del proyecto “Las manos de la Tierra”; ,proyecto que incluye al pueblo en la Línea 1 de la España vaciada. La artista, con sus pinceles, da vida y color a un mundo que a duras penas, resiste frente a los avatares y los olvidos de la modernidad mal entendida. El pueblo permanece limpio, aseado y digno, esperando que cada 15 de agosto, sus antiguos pobladores o sus descendientes se aproximen desde lugares lejanos para compartir una merienda. Para esas ocasiones, el frontón, por el que luchó su alcaldesa Ángela Martínez, aunque de pequeñas dimensiones, resulta suficiente para jugar a la pelota a mano.

La localidad sigue teniendo agua corriente y luz eléctrica, pero entonces… ¿por qué se despobló? En los años sesenta se llevó a cabo la concentración parcelaria y esto suponía un tamaño mayor de las tierras que cada agricultor debía cultivar, y la necesidad de invertir en una maquinaria cara a la que muchos no podían acceder. Solo dos familias compraron tractores. Muchos emigraron y casi nadie lo hizo a Soria. Su futuro lo encontraron en Zaragoza, Barcelona… en fin, lugares desde donde el regreso no era fácil. La despoblación ha cambiado la función de los edificios: el ayuntamiento es ahora una sala de juegos infantiles para unos niños que ya no están, el horno y la fragua comunales permanecen cerrados, las treinta casas que había en los años sesenta están deshabitadas y la ermita de San Roque, a la que también nos acompañó Ramiro, se encuentra solitaria y desocupada. De ella sustrajeron, hace unos años, la imagen del santo titular, pero los vecinos se esforzaron por conseguir una réplica. La ermita se encuentra hoy consolidada y sus muros abrazados por unos tensores metálicos.
Las ruinas de la parroquial se levantan sobre un pequeño promontorio de conglomerados que domina el callejero del pueblo. Durante la Edad Medía perteneció a la Tierra de Soria y la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción diezmaba en la de San Gines de Soria, otra iglesia abierta al cielo. La primitiva iglesia románica de Zárabes debió de ser imponente si nos atenemos a los restos de los muros de la nave que han llegado hasta nuestros días, sobre todo por su altura. Ahora bien, como pasa en muchas de las iglesias románicas rurales, la calidad artística y la fábrica es muy pobre.

En sus 800 años de vida, el inmueble ha sufrido muchos avatares, probablemente, el peor tuvo lugar el 3 de octubre de 1986, cuando, de madrugada, un ruido como de una explosión despertó a los pocos vecinos que había en el pueblo. Se derrumbó la parte norte del crucero sepultando el altar de San Ramón, un cuadro de la Virgen del Carmen, un lienzo de la Virgen de los Milagros y una imagen de San Pascual Bailón. Bajo sus escombros quedaron sepultadas numerosas obras sentimentalmente valiosas; parte de ellas fueron salvadas. Los escombros ocuparon parte de lo que había sido el corral del Concejo, donde se recogían los animales que ese día no trabajaban, y que un pastor sacaba al campo. La vecindad llevaba intentando reparar este muro desde 1984, pero nadie los escuchó. Si entonces se hubiera intervenido, la cabecera no se habría hundido. Nuevamente un ejemplo de lo que no se debe hacer, esto es, pasar por alto las alertas de los vecinos, que son quienes mejor conocen su patrimonio.

Como siempre, cuando se produce un derrumbe o abandono de nuestras iglesias rurales, lo que mejor resiste el paso del tiempo es la fábrica románica. Fue por aquellos años cuando se sustrajo la bocallave forjada, que protegía la cerradura de la iglesia, decorada en la parte superior con una Z. Los antiguos vecinos encargaron una réplica y volvieron a instalarla en la antigua puerta.

La fábrica de la parroquial se modificó a finales del siglo XVII, cuando se derriba la cabecera románica y se levanta una corta cabecera rectangular, con sacristía al sur, y un corto crucero con cuatro arcos torales de medio punto, bóveda de lunetos en los brazos y una gran cúpula sobre trompas o pechinas en el cimborrio. Todo ello a mayor altura que la nave. Además se reformó la parte de los pies con un gran arco rebajado y dos de medio punto de menos luz a los lados, que soportan un coro elevado; el del lado del Evangelio sirve de baptisterio y el de la epístola acoge la escalera que da acceso al coro y al campanario. En esa gran reforma se protegerá la portada con un gran pórtico de tres grandes arcos rebajados y dos alturas. La planta baja con mechinales se apoya en cuatro canzorros que cortaron la chambrana de puntas de diamante. Sobre ella se individualizó un habitáculo que pudo ser troje, pero que en el siglo XX fue utilizado como palomar. Esta planta ocultó, pero preservó, unos 15 canecillos de nacela de la antigua fábrica, perdiéndose la cornisa achaflanada románica. En este espacio y hacia los pies de la iglesia, todavía podemos ver los restos de una ventana o pequeña puerta, hoy tapiada, de arco apuntado que induce a pensar en una fábrica ya del siglo XIII. Al exterior este pórtico se corona con un reloj solar con la fecha de 1694 y dos pequeñas ventanas a ambos lados.

La portada, que estuvo enjalbegada, se limpió y adecuó en las obras de consolidación de 2010. Está alineada con el muro y se compone de cuatro arquivoltas y una chambrana: la primera y la tercera se decoran con pequeño bocel y doble listel; mientras que la segunda y la cuarta se cortan en chaflán. La chambrana exterior se decora con puntas de diamante muy erosionados. Apean las arcuaciones sobre impostas achaflanadas, que apoyan directamente sobre pilastras escalonadas, excepto la que soporta los empujes de la segunda arquivolta, que lo hace sobre dos columnillas acodilladas que han perdido sus fustes, con basas muy erosionadas y capiteles vegetales muy toscos, decorados con palmetas. Estos capiteles son de distinta longitud, siendo más corto el de levante. Toda la portada aparece ligeramente hundida hacia poniente. Aunque el valor artístico de este románico es escaso, para sus habitantes es el fruto del esfuerzo económico y religioso de los que les precedieron, por eso lucharon para salvar lo que sus reducidos recursos les permitieron. Este pequeño pueblo deshabitado es un ejemplo más de la lucha titánica de sus vecinos por conservar lo que heredaron de sus padres, y de que no se pierda lo que tanto trabajo costó.

Hubo también en su día un salón de baile y un teleclub; un salón que, hoy, los “grillos” utilizan para celebraciones, y es allí donde nos despiden Filo y Ramiro con un suculento almuerzo.

BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Zárabes (Soria).
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- NUÑO GONZÁLEZ, Jaime (2002): Zárabes, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1283-1286.
- PIGUILLEM LLORENS, José María (2.011) Historia de Zárabes. Edita Orriols. Balsareny (Barcelona).

domingo, 9 de julio de 2023

LA PARROQUÍA DE SAN SALVADOR EN MAGAÑA, EL AVANCE GALOPANTE DE LA RUINA.

“Te sorprenderá Magaña. El puente roto sobre el río Alhama, los frutales, el
molino, los dos barrios que debes ver -al fondo las casas, los huertos
y el barranco- desde la iglesia de San Martín. Y el castillo, que
tiene un calicanto extraordinario y da mucha alegría
de verlo cada día ahí en la pingorota […].”

Donde la vieja Castilla se acaba: Soria. Avelino Hernández


El 8 de junio amaneció nublado, con nubarrones en el norte que amenazaban lluvia. Llevábamos ya un tiempo en que las precipitaciones eran frecuentes, y con la novedad de ser casi siempre torrenciales en media España. Con esta incertidumbre nos dirigimos a Magaña, y el tiempo que resultaba amenazante a la salida, se fue pacificando y la mañana se fue haciendo amable y fresca.

Para ir a Magaña hay que tomar la carretera de Almajano, es decir la SO-P-1001 y, sin dejarla, pasando por La Losilla, Pobar y Villarraso, llegamos a destino, en poco más de media hora. Allí, en la localidad de Tierras Altas, protegida por las sierras de Alcarama, Cabezas y El Almuerzo, nos recibe el impresionante castillo de la Nava del Marqués alzado, en el siglo XV, sobre un cerro dominador. Esperándonos estaba Martín Matute, miembro de la Asociación de Amigos de Magaña, que se había desplazado desde Parla para servirnos de cicerone por este pueblo que, a todas luces, tanto ama. Queremos dejar aquí constancia de nuestro agradecimiento a su esfuerzo y amabilidad.

Magaña fue el centro de su Comunidad de Villa y Tierra en la Edad Media. Fue tierra de realengo y posteriormente perteneció al señorío de la familia de Álvaro de Luna y, después, paso a integrarse a la Casa de los duques de Alba y a la de los marqueses de Vadillo. En el siglo XIX, se constituyó como municipio, llegando a abrigar a más de 300 habitantes. Aunque en el siglo XX incorporó a las localidades de Pobar y Villarraso, hoy no alcanzan entre las tres los 100 habitantes, siendo Magaña la más poblada con 66.

El pueblo, situado, en buena parte, en una ladera, es grande y posee, según Martín, que todo lo referente a él lo tiene estudiado, 105 casas habitables, aunque desgraciadamente pocas de ellas ejercen su función habitacional durante todo el año.

Tras visitar la Virgen de los Monasterios, de la que daremos cuenta en la siguiente entrega, Martín nos condujo al paraje llamado “Los Praillos” en el interior de la dehesa boyal de Magaña; con un paisaje totalmente diferente al de los encinares que habíamos recorrido. Se trata de un robledal espeso en el que de repente aparece un ejemplar centenario, imponente, escondido entre la maleza como queriendo protegerse de la vorágine humana.

Volviendo al pueblo, callejeamos con Martín, acercándonos al puente de San Juan, las viejas piscinas, terrazas con nogueras, casonas con canecillos románicos, antiguas escuelas y antiguo ayuntamiento. En la escuela, levantada en 1904, el ayuntamiento, que posee bastantes propiedades, ha decidido construir dos coquetas casas rurales y una tienda. Tienda que sobrevive con la escasez de consumo que pueden realizar los algo más de 60 habitantes que viven en el pueblo.

Antes de seguir nuestra visita hacemos una parada en el único bar del pueblo. El bar tiene nombre: Buenaventura Herrero, y la presencia del edificio destaca por su singularidad. Se trata de un inmueble diseñado por el arquitecto Ramón Martiarena, tan prolífico en la ciudad de Soria, y costeado con parte de las 100.000 pesetas que Buenaventura dejó al ayuntamiento para construir una escuela, que permitiera a los jóvenes de su pueblo estudiar, y un edificio que hiciera las funciones de casa consistorial. Así pues el resultado es el de un bar-restaurante amplio, limpio y bien cuidado que actualmente vive, además de los comensales de fines de semana, de los arqueólogos que estudian la necrópolis medieval de la antigua collación de San Miguel, antes de ser destruida por el nuevo trazado de la SO-630; y de los trabajadores que arreglan y modifican esa carretera.
La iglesia de Magaña está dedicada a San Martín de Tours, santo que ha pasado a la historia por ofrecer, siendo militar romano, en el año 337, media capa a un mendigo que tiritaba a las puertas de Amiens. El nombre de la mitad de la capa, “capilla” ha pasado a denominar los espacios laterales de las iglesias occidentales. Su fiesta se celebra cada 11 de noviembre. Al lado de su entrada, Martín, cuyo día de nacimiento se aproximaba al de la fiesta patronal, y de ahí su nombre, nos enseña y explica un círculo empedrado, como si se tratara de una era pequeñita, que servía para jugar a las “ocho en raya”. Estuvo en su día cubierto de cemento, hoy, porque todo regresa, ha vuelto a su apariencia original. Lo mismo ha sucedido con el empedrado de diferentes rincones del pueblo, actualmente recuperados. La iglesia es amplia, de una nave y allí se conservan, además de un buen retablo, las imágenes de las vírgenes de Barruso, del Rosario y de Verducea. Debajo del coro, alojada en una capilla pequeñita, se encuentra la pila bautismal románica.

Pasado el puente medieval que cruza el río Alhama, sobre un pequeño altozano y al lado de la carretera que nos lleva a San Pedro Manrique, nos encontramos con los restos de la ermita de San Salvador; antigua parroquia del pequeño barrio que allí se asentara. Fue una de las seis parroquias con las que contó la villa de Magaña durante la Edad Media. A finales del siglo XV esta parroquial se convertirá en ermita, fusionándose a San Martín; ya en la visita pastoral efectuada en 1766, el visitador recorre varias ermitas de la villa, pero no la de San Salvador, por lo que podemos entender que por esas fechas se había abandonado el lugar.
La parroquial de San Salvador es el típico edificio del románico rural soriano. Una iglesia de una nave, levantada en mampostería menuda y que contó con una espadaña a poniente. Con una cabecera con tramo recto en el presbiterio y ábside semicircular. Las esquinas y los vanos se reforzaron con sillares, hoy expoliados, si exceptuamos la ventana abocinada de poniente. En el muro meridional estuvo la portada, también expoliada y en el muro norte existió una más pequeña con arco de medio punto, hoy tapiada. La cabecera se iluminaba con dos ventanas, expoliadas y cegadas; una en el tramo presbiterial y otra en el eje absidal. Todavía se conservan en el presbiterio restos de impostas con perfil de nacela, que nos indican que este espacio se cubrió con una bóveda de cañón. El ábside se cubrió con una bóveda de cuarto de esfera de la que se conserva el arranque.

La ausencia de impostas y de estribos en la nave, nos hace pensar que como cientos de iglesias del rural soriano, se cubriría con techumbre de madera a dos aguas. El muro de poniente se asienta sobre un afloramiento rocoso y en él se ha conservado una ventanita muy abocinada hacia el interior. Por los restos que se conservan en este paño parece que sobre este muro se levantó una espadaña rematada a piñón; a su vez aquí se conservan grandes lajas encastradas en el muro, peldaños de lo que fue la escalera de acceso a la espadaña o al coro, algo que recuerda a San Baudelio de Berlanga.

Cuando se efectuaron los trabajos de campo (1.999) para la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, José Manuel Rodríguez Montañés todavía pudo ver las dos esquinas occidentales en pie. La esquina sur se desplomó pocos años después, perdiéndose los dos canecillos de nacela que soportaban la cornisa románica. Hoy todavía sigue en pie el alero norte, cuya cornisa es soportada por dos canecillos, uno de nacela y el otro decorado con una esquemática cabecita. En la construcción de la escuela de 1904, a la que hemos hecho referencia anteriormente, se emplearon en sus esquinas tres canecillos románicos, los dos del costado norte se decoran con toscas cabecitas, muy similares a la que vemos en San Salvador, mientras que el que decora la esquina meridional lo hace con una cabeza de buey. Por ello podemos deducir que en 1904 la ermita de San Salvador, que lo había dejado de ser a mediados del siglo XVIII, se había convertido en una cantera de la que los vecinos y el municipio de Magaña extraerían materiales ya trabajados.
La ausencia de cualquier actividad ha permitido que en el interior de la nave crezcan carrascas, que se han sido podadas y recogidas en pequeños montones. Mientras, en el rincón noroeste, se ha dejado crecer una imponente encina que asoma ampliamente por encima de la caja de los muros. Ese cuidado se debe a que estos restos se encuentran en manos privadas, no sabiendo con exactitud cómo la propiedad llegó a esta familia. En la localidad dicen que la antigua ermita fue desamortizada, pasando por heredad al actual propietario.

De las decenas de iglesias sin techo que hemos estudiado hasta el momento, estas son sin duda las que más se han deteriorado en las dos últimas décadas, encontrándose en la actualidad a punto de desaparecer completamente. Estas ruinas, como otras tantas de la provincia de Soria, merecen ser consolidadas y estudiadas para que puedan ser disfrutadas por futuras generaciones. Magaña es un paraje precioso, con una larga historia que ha dejado interesantes muestras de ella en sus iglesias. Hoy, parte de ello puede perderse si, como viene siendo habitual, nada se hace para impedirlo.



BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de San Martín de Tours de Magaña.
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- ENRÍQUEZ SALAMANCA, C. (1998) Rutas del románico en la provincia de Soria. Edita Codex-Rom. Tudela
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- IDOUBEDA OROS 2011. ETNOGRAFÍA. IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: SAN SALVADOR (MAGAÑA) (Consultada el 01/06/2023)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- PASCUAL HERRERO, J-N. (2021): Magaña y su patrimonio. Historia con historias. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria.
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, José Manuel (2002): Magaña. Ruinas de la Iglesia de San Salvador”, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 603-610.

domingo, 28 de mayo de 2023

EL CEMENTERIO ROMÁNICO DE HUÉRTELES EN LAS RUINAS DE SAN LORENZO

 

“Es tan bello el paraje de puro abrupto y primitivo que deberías rodear -Diustes, Villar
de Maya, Santa Cruz, Vizmanos, Huérteles- por el solo placer de prolongarlo.
Es una lástima que llegado al último pueblo nombrado
nadie ya te conteste si cantas de picadillo. …”
Donde la vieja Castilla se acaba: Soria. Avelino Hernández



Fue el jueves 23 de marzo cuando el equipo de Románico sin techo visitó Huérteles, localidad de Tierras Altas a la que se accede por la carretera autonómica SO-615 hasta llegar al cruce con la SO-643, que nos llevará, en algo más de media hora, desde Soria a esta localidad. Ese jueves amaneció luminoso en Soria, pero conforme avanzábamos y ganábamos altura hacia nuestro destino, el día se fue poniendo más frío y oscuro.

Nos encontramos con un lugar en el que se podían ver vehículos y personas transitando por sus calles; unas calles que conservan un bonito empedrado que da personalidad a un pueblo limpio y recogido, en el que duermen entre 10 y 12 personas. Huérteles fue desde el siglo XII al XIX cabeza de sexmo que quedaba constituido por los lugares de Montaves, Taniñe, Las Fuentes, Palacio y Ventosa. El sexmo era una subdivisión de la Comunidad de Villa y Tierra de San Pedro Manrique, y, que como hemos explicado en alguna de nuestras anteriores entregas, consistía en tierras comunadas de varias aldeas, durante la reconquista castellana, en torno a una villa mayor. Hoy Huérteles pertenece al municipio de Villar del Río. 

Allí, en su pueblo, nos esperaba la amabilidad de nuestro querido compañero Miguel Ángel Pérez. Gracias a él pudimos ver la iglesia parroquial advocada a la Asunción de Nuestra Señora. El edifico, que combina una cabecera del siglo XVI con bóveda de crucería y una nave de 1892, está presidido por un interesante retablo de finales del XVI, que, según investigaciones de José Vicente Frías Balsa, es obra de Guillermo de Amberes y que será dorado por su cuñado Mateo Ruiz de Cenzano a la muerte de aquel. Este retablo, pero sobre todo la imagen de bulto redondo de Nuestra Señora de la Asunción y la tabla de San Miguel, bien merecen una visita. A los lados del retablo dos imágenes en madera policromada, con ricos estofados embellecen el muro sobre sus peanas. A los pies de la nave podemos disfrutar de un pequeño retablo y de la parte de otro que fue sagrario con la figura peculiar de un pelícano, y coronado con un frontón curvo, soportado por dos columnas con fustes zigzagueantes; todo ello dorado con un buen pan de oro. Siguiendo a José Vicente Frías Balsa, creemos que esta pieza podría encajar en su retablo mayor, pues según trascribe, Guillermo de Amberes se comprometió a hacer el sagrario con las siguientes condiciones: “Ha de llevar oro fino, bien batido, todo el relicario -sagrario- de manera que todo ha de ser cubierto de oro y de la pintura conforme al arte lo mandare y encima estofado en las partes que conviene”. También hay un cristo en la cruz y una pila bautismal difícil de datar.

El muro de la cabecera se empleó, cuando alguien jugaba allí, de frontón. Hoy un área polideportiva con frontón y solado pulido se asienta en la parte baja del pueblo, junto a la carretera a Montaves, esperando a quien quiera jugar. El atrio de la iglesia conserva un empedrado original de gran calidad y un curioso banco corrido fabricado en piedra. Un pequeño portalillo al oeste del atrio guarda un antiguo banco y las ruinas del viejo olmo, que hasta los años 80 del pasado siglo daba sombra al feligrés.

Al salir de la iglesia un buen rebaño de ovejas nos sorprendió gratamente. El pastor y dueño de este nos dijo que el ganado que pastorea está enfocado al comercio de carne. Es lo poco que queda de aquel tiempo en el que hubo en el pueblo unas 10.000 ovejas.

Miguel Ángel nos enseñó su estupenda y bella casa y desde allí nos acompañó al cementerio: objetivo principal de nuestro viaje, a medio kilómetro al norte del caserío. Allí queda en pie: la cabecera, con ábside y presbiterio de igual anchura, el muro norte y restos del hastial occidental, donde sin duda estuvo la espadaña. El muro meridional y la portada han desaparecido, si bien conserva el arranque de aquel. Se marcan todavía en el suelo, con piedras, las dimensiones de la iglesita, ubicada en la parte más alta del cementerio, desde donde hay una preciosa vista de los campos verdosos vestidos de primavera. El lugar destinado a cementerio está cuidado, no así lo que fue el solado de la nave parroquial, donde aparece algún hueso humano, cruces y piedras que se amontonan en el muro de poniente, donde estuvo el coro.

Tanto Madoz en su Diccionario como Blasco en su Nomenclátor nos hablan de la existencia de una ermita dedicada a San Lorenzo Mártir. Por el libro de Fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, sabemos que en 1828 el visitador diocesano, don Romualdo Mendoza y Sigüenza, canónigo y Dignidad de Chantre de la catedral de Calahorra (La Rioja), visitó la ermita de San Lorenzo Mártir. Según sus anotaciones, se encontraba extramuros del pueblo y en ella se celebraba la primera misa desde la cruz de mayo a la de septiembre. La encontró en muy mal estado y ordenó: componer y consolidar la pared del lado del evangelio, consolidar la cruz del altar. Mandó al cura del lugar, ayuntamiento o a quien correspondiera que en un mes se blanqueara el interior de la ermita, que se consolidara la pared del coro y que se reparara la campana. Si no se adecentara el altar y toda la ermita, no se debía permitir celebrar el Santo Sacrificio de la Eucaristía.

La ermita no se debió reparar, pues cayó en el olvido. Lo que sí sabemos es que la fábrica de la parroquia en 1834 dedicó parte de sus ingresos a levantar un nuevo cementerio, adosado a la vieja ermita. Se pagaron muchos jornales por levantar paredes, hacer una puerta con su cerraja, bisagras y clavos y, también, por la licencia para bendecir el nuevo camposanto.

Es posible que alrededor de esta ermita estuviera asentada la primera puebla y que esta bajara al valle del río Ventosa y la antigua parroquial se convirtiera en ermita. El recuerdo de San Lorenzo Mártir lo podemos ver en el retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en el que Guillermo de Amberes nos representa al mártir, musculoso y desnudo, siendo llevado a la parrilla.

Desde su conversión en camposanto el deterioro fue a más, por lo que se tuvo que reconstruir la cabecera, cegándose al exterior los dos vanos que iluminaban el ábside. Los muros recrecidos de la cabecera se hicieron un poco más delgados y toda la cabecera se recubrió con una bóveda de horno a hueso, que recuerda, por la disposición de sus lajas, el empedrado de las calles del pueblo. Está bóveda se encementó con una ligera capa de hormigón que fortaleció toda la estructura. La espadaña y el muro sur desaparecieron, así como su techumbre, y con los restos de su humilde portada se reconstruyó la nueva del camposanto mirando a levante. La parte exterior del ábside se encaló en su día.

En su interior, destaca su arco de gloria apuntado en buena sillería, sobre pilastras lisas con sencillas impostas. La cornisa de la cabecera la constituyen simples lajas que apoyan en canes sin tallar. Por los restos que han llegado hasta nosotros podemos deducir que la nave se elevaba sobre la cabecera. La ermita de San Lorenzo Mártir, como muchas de las pequeñas iglesias de Tierras Altas, es un buen ejemplo de la humildad y sencillez de las construcciones románicas. Es un edificio pobre, sin ninguna decoración, que aprovecha los materiales constructivos que tiene en su entorno, lo que hoy se conoce como huella de carbono cero. Estos muros que han llegado hasta nosotros son representativos de lo que debieron ser muchas iglesias que presidieron la vida de aquellas primeras aldeas surgidas en la Extremadura castellana.

Esta cabecera bien merece una nueva techumbre, quizás de lajas, que le permita superar otros 800 años y que dignificaría el trabajo y la fe de los antepasados que la edificaron.

Nos despedimos del lugar recorriendo sus calles empedradas y acercándonos al río Ventosa, que fluye alegre por la localidad, pasa al lado del lavadero y ambos, río y lavadero, consiguen crear un rincón agradable, con ese sonido reposado que crea el agua de los pequeños arroyos.

Despedimos la mañana con un café y unos torreznos en San Pedro Manrique, con nuestro compañero Miguel Ángel y el párroco de la localidad Antonio (Toño) Arroyo, que atiende a 56 pueblos, con el que dialogamos sobre la problemática de la reconstrucción de la iglesia de San Bartolomé de Sarnago y de otras tantas localidades de Tierras Altas que tan bien conoce.

BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA.
Libros de Fábrica de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Huérteles (Soria). (1745-1900) Ref. Antigua 221/12; Ref. Actual 1605.
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- FRÍAS BALSA, José Vicente. El retablo mayor de la iglesia de Huérteles http://soria-goig.com/Pueblos/pag_106.htm (Consultada el 18/06/2023)
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria.” Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional. 
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, José Manuel (2002): Huérteles. Ermita del cementerio, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 567-569.

domingo, 30 de abril de 2023

SAN PEDRO APÓSTOL DE PAONES, EL RENACER DE UNA RUINA


"Paones -que se corresponde con el "Peones", citado en el "Cantar del
Mío Cid"- es hoy una aldea que lucha con todas sus fuerzas
por evitar su total abandono. El núcleo, a 1.013 metros
de altitud, conserva, aunque en avanzado estado de
ruina, su iglesia románica de San Pedro, …”
El Sur de Soria. Jesús Ávila Granados



Este artículo sobre Paones constituye la última entrega de la serie de iglesias románicas que el equipo de “Románico sin techo” visitó el día 7 de febrero y que se completaba con Brías y Mosarejos.

Acompañados por el frío intenso de aquel día, y sobre el que en anteriores entregas ya dimos cuenta, llegamos a Paones por el trayecto ya conocido por los seguidores de esta sección. Esta localidad está situada al sur de Berlanga de Duero y cercana al Arroyo de la Hoz de Peña Miguel o Valpierde que, hacia el noroeste, en la zona del Pontón, forma una pequeña hoz antes de entregar sus aguas al río Talegones. Si seguimos a Wikipedia, su origen estaría en una granja de pavos, y de ahí se deslizaría su nombre a Pavones y luego a Paones. Durante la Edad Media formó parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Berlanga y en el siglo XVIII estaba incluido en el señorío de la marquesa de Berlanga. También Paones fue municipio en el siglo XIX. Cuando el Antiguo Régimen se deshizo, ya en 1842, contaba con 164 vecinos. En el siglo XIX se incorporó a Ciruela y en el XX, ambos, Ciruela y Paones terminaron siendo parte del municipio de Berlanga.

A nadie vimos en este pueblo, ningún ser humano. Varios gatos, para los que habían rellenado generosamente sus comederos, muy habituados a la presencia humana, pues nada les inquietaba la nuestra, fue el único rastro de vida animal en el lugar. No podemos deducir de ello que el pueblo esté acabado, ni mucho menos. Es otro claro ejemplo de tozudez rural y de resistencia frente a la despoblación. Hay viviendas nuevas, un almacén que se está construyendo, casas muy arregladas, un pueblo limpio, adecentado; es decir, un pueblo en el que la vida sigue, tal vez de forma intermitente, en esa intermitencia con la que frecuentan sus calles pobladores de los fines de semana, vacaciones, verano, fiestas, etc., pero al fin, existencia. En un breve recorrido por sus callejuelas resultan curiosos los esgrafiados conservados en algunas viviendas. En una de ellas vemos animales, una caza del zorro, aves, la paloma con la rama de olivo en el pico, pero también hay corazones, árboles, tréboles, alguna roseta, un sol, una gran “P”, presidido todo ello por la leyenda “VIVA Mi Amo”.

Antes de la rehabilitación y consolidación de las ruinas de la iglesia de San Pedro Apóstol, la sensación que experimentaba el viajero cuando se acercaba al lugar era de peligro, pues el edificio era una ruina a punto de colapsar. Desde 2018, la sensación es distinta ya que se ha recuperado parte del antiguo inmueble.

A lo largo de sus más de 800 años de vida, la parroquial sufrió muchas reformas y ampliaciones, dejando casi irreconocible la primitiva obra románica. En 2020 el investigador e historiador Josemi Lorenzo Arribas y las arquitectas Laura López González e Inés Santaolalla Crespo dejaron escrita la historia y las distintas vicisitudes por las que pasó la iglesia a lo largo de la historia en su artículo: “La Iglesia de San Pedro en Paones, Soria. Otra “nueva” galería porticada románica, y evolución constructiva”. Creemos que es el estudio más completo que se ha publicado sobre esta joya y su galería porticada.

A principios del siglo XX Juan Cabre Aguiló en su Catálogo monumental de la provincia de Soria describió brevemente la iglesia: ”Solo se conserva de la planta primitiva, románica, íntegro, el ábside, la torre en forma de espadaña y la portada lisa; los capiteles de esa los vi rodando por el atrio. Véase las dos fotografías de la presente lámina”. Ya en los años treinta Juan Antonio Gaya Nuño realizó un estudio más completo de esta iglesia, poniendo el ábside de Paones en relación con el de la iglesia de La Trinidad de Atienza, describiendo además un capitel reticulado que sirve de poyo y una pila de agua bendita “de cuádruple fuste torso encapitelado, de muy buen estilo y conservación”.

Por el libro “Paones. Historia, usos y costumbre” del profesor Rafael López García, sabemos que, a lo largo de la década de los 70 del pasado siglo, la iglesia se abandonó por peligro de derrumbe, celebrándose los actos religiosos, desde entonces, en la ermita de la Virgen del Parral. Fue por entonces cuando un derrumbe en el lado occidental de lo que había sido el pórtico dejó al descubierto varias columnas y capiteles, que junto con otras piezas se depositaron en la Colegiata de Nuestra Señora del Mercado de Berlanga de Duero. En los años ochenta se retiraron parte de las tejas de la cubierta, acelerándose así la ruina. Los vecinos, con buen criterio y cuando el inmueble ya no contaba con puerta, sacaron la pila bautismal románica y la depositaron en la plaza del Olmo donde se utilizaría como gran macetero en un intento de denunciar el estado de abandono en que se encontraba la antigua iglesia.

Los capiteles que vio rodando por el atrio don Juan Cabré aparecieron en un solar de una majada cercana, para posteriormente decorar las jambas de un ventanuco orientado al este.

Hoy, vemos estos restos consolidados por la intervención de la Junta de Castilla y León en 2018-2019 con un proyecto de la arquitecta Laura López González, ejecutado magistralmente por la empresa soriana REHABISORIA. Esta intervención logró salvar de la ruina el inmueble, constituyendo un modelo de lo que se puede hacer en otras tantas iglesias en ruinas.

La iglesia, con orientación este-oeste, tiene una cabecera románica con un ábside levemente ultrasemicircular cubierto con bóveda de horno y un corto presbiterio con bóveda de cañón apuntada. Todo ello en muy buena sillería. Los muros laterales del presbiterio contaron con dos arcos ciegos apuntados; conservándose solo el del lado norte, pues el meridional desapareció al efectuarse el acceso a la sacristía. El arco de gloria, después de una cata arqueológica, fue reconstruido con un encofrado de hormigón ciclópeo, similar al que se ha utilizado en los arcos de acceso a las capillas y en la galería porticada. Casi con toda seguridad, los muros de la nave se reconstruyeron en el siglo XVIII añadiendo dos capillas: la de la Ascensión al norte y la del Rosario al sur. En su origen el templo contó con una galería porticada, quedando integrada el ala oriental en la capilla sur, mientras que la occidental lo haría en una pequeña dependencia.

De este inmueble consolidado destacan como únicos en la provincia: su ábside y la galería románica recuperada. El ábside se dispone sobre un cimiento de mampostería, que soporta un pequeño zócalo de sillería rematado con un bocel, decorado en el extremo sur con un doble escamado y que por diversos motivos quedó inconcluso. En el centro del ábside se dispone una ventanita hacia el interior abocinada y todo el ábside queda dividido en cinco paños gracias a cuatro semicolumnas adosadas. La singularidad de estas semicolumnas reside en que parten de cuatro ménsulas. Estas representan a una posible plañidera, una cabeza de monstruo, una cabeza de buey y otra humana con barba. Las semicolumnas se rematan con capiteles simples, que, junto con los canecillos de nacela, soportan la cornisa, también de nacela.

En 1999 Jaime Nuño en su estudio para la Enciclopedia del Románico de Castilla y León descubría el maltrecho pórtico, si bien ponía en duda su pertenencia al mundo románico. No sería hasta 2009 cuando el arqueólogo César Gonzalo, el arquitecto José Ángel Esteras y el historiador Josemi Lorenzo, que por entonces trabajaban en el Proyecto Cultural Soria Románica, dieran a conocer el descubrimiento de la galería porticada de la iglesia de Paones. Tras realizar una cata en el muro sur de la capilla del Rosario, descubrieron varios arcos de la galería románica embutidos en él. La galería es única en el románico, pues sus arcos de medio punto tienen muy poca luz y se levantaron con un encofrado de cal y canto. Se apoyan en capiteles de muy buena talla. A su vez, las pequeñas columnas, con éntasis, se apoyan sobre fuertes basas.

Las del lado occidental, que se encontraban en la colegiata de Berlanga de Duero, se repusieron en el tramo occidental. En la parte oriental, la galería estaba embebida en el muro de la capilla sur. Al rehundir el muro los cuatro arcos de la galería salieron al exterior, mientras que en el interior se pintaron sobre el revoco de cal y arena. Cuando nos adentramos en la galería entendemos el espacio porticado al haberse utilizado pares de madera a modo de cubierta.

A los pies, también se consolidó la espadaña, adornada con sus dos campanas, una de ellas de las más antiguas de la provincia. Se rehízo el coro con una estructura de madera, bajo el cual la bautismal románica, se protege del cielo abierto.

Para reinterpretar la galería y el coro se utilizó madera con un tratamiento que debería soportar la intemperie. A pesar de ello, cinco años después ya se encuentra un tanto deteriorada. La reconstrucción respeta y diferencia lo antiguo de lo más moderno y, aunque el lugar resulta digno, no tendrá futuro si no se sigue interviniendo. El viajero que llegue a este lugar no se arrepentirá de haber llegado. Paseando entre sus muros puede descubrir pequeños tesoros, alquerques, sirenas, aves de largo cuello, serpientes, monstruos, solados recuperados, una lápida de piedra, suelos cerámicos, cruces de consagración, entrelazos, restos de policromía. . . En fin un lugar para soñar.



BIBLIOGRAFÍA:

- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- CABRÉ, Juan [ca. 1916, inédito]. Catálogo monumental de la provincia de Soria, t. 6 ‘Arquitectura cristiana de la Edad Media’. CSIC
- GAYA NUÑO, Juan Antonio (1946): El Románico en la provincia de Soria. Edición facsímil de 2003. CSIC, Madrid.
- GONZALO, César; ESTERAS, José Ángel y LORENZO, Josemi (2009): Claustros y galerías porticadas en el Románico de Soria, en Paisaje interior. Las Edades del Hombre. Soria. [s.l.], Gráficas Varona, pp. 125-162.
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- LÓPEZ GARCÍA, Rafael (2011): Paones. Historia, usos y costumbres. Valencia, Artes Gráficas Soler.
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
-NUÑO GONZÁLEZ, J. (2001) La sociedad en el territorio soriano durante los tiempos románicos, en AA.VV., Soria románica. El Arte Románico en la Diócesis de Osma-Soria, (pp. 27-36). Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.
- NUÑO GONZÁLEZ, Jaime (2002): Paones. Iglesia de San Pedro Apóstol, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 767-772.



domingo, 26 de marzo de 2023

NUESTRA SEÑORA DE LA CALÇADA DE BRÍAS, UNA PUERTA ABIERTA AL PARAISO




No insistiremos en el frío intenso que nos acompañó el día 7 de febrero, cuando visitamos Paones, Brías y Mosarejos, pues ya dimos cuenta de ello en la anterior entrega.

Para ir a Brías, el trayecto por carretera más corto es llegar hasta Berlanga de Duero. Una vez en ésta, y superada la puerta de Aguilera, tomaremos a la derecha la SO-P-4132 hacia Paones, donde nos desviaremos a la derecha para que a través de la SO-P-4135, acompañados por tainas y colmenares en ruinas; encinas, sabinas y pinos de repoblación devastados por la procesionaria, llegar a nuestro destino.

La entrada a la localidad es espectacular, pues, sin querer, se topa el visitante con la visión de ese gran edificio que es la Iglesia de San Juan Bautista, plantado casi en el centro de la nada, pues Brías se acerca, cada vez más, a la nada.

La conquista del territorio de Gormaz se produjo en torno al 1060. Brías quedó sorprendentemente dividida entre dos Comunidades de Villa y Tierra: la de Berlanga y la de Gormaz. El lugar contó con dos collaciones: la de San Juan Bautista y la de la Virgen de la Calçada. La pertenencia a dos villas, sin ser única en Soria, pues también Valdelagua del Cerro perteneció a Soria y a Ágreda, sería el desencadenante de la obtención de unos derechos y deberes para los briaseños, que redactados en un Pergamino en 1547 han llegado hasta nosotros: “Franquezas y libertades del lugar de Bríes”. Por este documento, conservado en el Archivo Histórico Provincial de Soria, sabemos que esos derechos se encontraban vigentes en 1381, y que el lugar los pierde en 1641 por sentencia de la Real Chancillería de Valladolid a favor de la villa de Gormaz, que exigía el pago de determinada cantidad de maravedís para hacer frente a la invasión francesa por Fuenterrabía.

A finales del siglo XVIII, tenía cierta autonomía, con alcalde pedáneo nombrado por el marqués de Berlanga y, según el censo de Floridablanca, albergaba a 216 habitantes.

Como casi todas las localidades, alcanzó la categoría de municipio en el siglo XIX, con la caída del Antiguo Régimen, y perdió esta situación al final del siglo XX en el que se integró en Berlanga de Duero. Hoy, en invierno, no son ni diez las personas que duermen en la localidad. En el verano y durante algún festivo la llegada de antiguos moradores alegra sus escasas callejuelas.

Como decíamos anteriormente sorprende sobremanera esa poderosa iglesia del siglo XVII que se levanta en una amplia plaza adornada por una fuente de cuatro caños generosos. La Iglesia barroca se tragó a la románica que ocupaba el lugar, aunque conserva como recuerdo la pila bautismal y la aguabenditera. Sus arquitectos la embellecieron con una esbelta torre coronada con una balaustrada, cobijando en su interior cuatro retablos del maestro vallisoletano Alonso del Manzano. Resulta difícil creer la existencia de una iglesia de tales dimensiones e importancia en una localidad tan pequeña. La respuesta está en el mecenazgo de D. Juan Aparicio y Navarro, nacido en Brías en 1624 y perteneciente a una familia ilustre asentada en estas tierras de Berlanga. Alcanzó a ser obispo de Lugo y de León, y su poder fue suficiente para levantar la iglesia de su pueblo natal, en la que está enterrado, así como el palacio familiar.

Pudimos visitar la iglesia gracias a la generosidad de Carlos Sánchez Capilla, custodio, junto con Ángeles, su mujer, de estos templos, y voluntarios en el programa “Abierto en verano” que nos facilitó la entrada y el gusto por contemplar sus fantásticos retablos. Paseando por el pueblo pudimos llegar a la calle dedicada a nuestro compañero, también hijo de la localidad, Enrique Pascual Oliva.

El encanto del pueblo atrajo a principios del siglo XXI a Elena Lambea y William Graves, este, hijo del afamado escritor británico Robert Graves y residentes en Mallorca. En Brías tienen su casita y algún rincón de reposo y descanso que utilizan en el buen tiempo.

En el viejo camino a Nograles, junto a la fuente de tradición romana y enmascarada entre choperas, encontramos la antigua iglesia de la Virgen de la Calçada. Cuando en el siglo XVIII la imagen románica de la Virgen que albergaba la iglesia fue trasladada a la parroquial de Brías, el inmueble disminuyó su categoría, pasando a ser denominada ermita de la Soledad, y, posteriormente, desde 1822, fue utilizada como cementerio hasta la década de los 60 del pasado siglo. Por último, es una ruina expoliada, pero desde 2013, consolidada.

Se trata de un edifico humilde, típico del rural soriano, de una única nave en la que se levantan los muros con mampostería menuda, en parte enfoscada; con refuerzo de sillares en las esquinas y vanos; cabecera semicircular y portada en el muro sur. Solo la cabecera conserva la cubierta, que desapareció en el resto, quizás al convertirse en cementerio. La nave conserva su cornisa románica, apoyada sobre canecillos de dos nacelas superpuestas, elevándose sobre la cabecera, pues sobre esta se alza, en buena sillería, el piñón de levante, coronado por una gran cruz de brazos curvos.

Al exterior, destaca la portada, ejecutada en un cuerpo adelantado de buena sillería, coronada con una cornisa de bolas. Los muros de los huertos y un césped natural conducen nuestra vista hacia esta pequeña portada que ha sufrido un expolio continuado. Columnas y capiteles han desaparecido, ya nunca veremos las cuatro arpías que vigilantes custodiaban la portada, ni el encestado de Brías. En la parroquial se custodian dos capiteles con decoración vegetal, así como el de la arpía de doble cola que fue devuelto, misteriosamente, después de haberse sustraído. Cinco arquivoltas abocinadas hacia el exterior protegen el arco de ingreso decorado con una cadeneta trenzada. Desde el interior vemos dos arquivoltas con boceles simples, la tercera con óvalos cóncavos de perfil dentado de gran plasticidad; la cuarta se decora con un sogueado y la quinta con un billeteado. El conjunto se protege con una chambrana con decoración de bolas.

Ya hace unos años que el historiador e investigador Josemi Lorenzo Arribas descubrió en la arquivolta exterior unas letras, que, entonces, pensó que pudiera tratarse de una “datatio”, pero que ahora, pasado el tiempo, ha logrado desarrollar una hipótesis novedosa que pronto dará a conocer.

Al traspasar la puerta nos encontramos con algunas cruces con sus inscripciones, y en la jamba occidental este epitafio: “Aquí está enterrado Cipriano Antón. Año 1883”. El solar está parcialmente limpio, Carlos lo adecenta de vez en cuando. La cabecera semicircular se cubre con bóveda de horno, mientras que el presbiterio lo hace con bóveda de cañón apuntada, todo ello parte de una imposta de nacela que recorre toda la cabecera. El arco de gloria apuntado y doblado es muy cerrado, descansando sobre dos semicolumnas con capiteles historiados y basas áticas.

En el capitel del lado del Evangelio vemos en el centro a dos personas que se dan la espalda portando sendas hachas, enfrentado el de la derecha a un caballero y el de la izquierda a un oso bonachón, que Pablo Martínez Lablanca pone en relación con el de San Baudelio de Berlanga. Los ángulos superiores de la cesta se decoran con dos máscaras muy esquemáticas. El capitel del lado de la Epístola se decora en el centro con la Virgen sedente y el Niño sentado sobre sus rodillas en actitud bendiciente, escoltada por dos aves en lucha en el lado oriental, y con una escena juglaresca a poniente; en esta escena vemos a una bailarina que se contonea y un músico que toca una fídula o viola de mano. En los ángulos superiores, se representan dos frutos ovalados. Las basas, muy erosionadas, tuvieron una decoración escultórica, pudiendo distinguirse en la del lado del Evangelio a dos cuadrúpedos enfrentados.

La decoración escultórica de estos capiteles es de una simplicidad extrema, destacando como original los grandes ojos concéntricos de la Virgen y el Niño, algo que ya vimos en las cuatro máscaras que decoran la pila de agua bendita románica que se encuentra en la iglesia de San Juan Bautista.

En este espacio estuvo la imagen románica de Nuestra Señora de la Calçada, que sería trasladada a su nueva ubicación con anterioridad a 1711, pues en esa fecha se constituye en la ciudad de Astorga su capellanía.

En el ábside se abre una ventanita abocinada hacia el interior, por la que según la tradición oral, un rayo de luz entra al amanecer del día de San Juan iluminando el capitel de la Virgen y el Niño. Desde que la iglesia se abrió al cielo no se puede observar ese “milagro” de la luz. La cabecera se enfoscó y decoró con un falso despiece de pincelado rojo. En el muro del presbiterio, en lugar preeminente, reposan los huesos de Luisa de Aparicio Lizarralde, asesinada en circunstancias extrañas un 9 de diciembre de 1883.

Al abandonar el lugar nos damos cuenta de que encima de la puerta existen tres huecos, que sin duda son tres dujos para colmenas, conservando el del lado de poniente dos barras de hierro en cruz, observando al exterior las piqueras por las que saldrían las abejas.

Nos despedimos del lugar con un sentimiento de tristeza, pues pese a su consolidación, la portada, una joya del románico soriano, se halla mutilada y al parecer sin ninguna intención de que regresen las columnas y capiteles que se encuentran en la parroquial. Pensamos que la vuelta de los originales y una reposición de lo sustraído dignificaría estas ruinas.


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