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lunes, 19 de enero de 2026

EL ROMÁNICO OLVIDADO DEL CERRO DEL MIRÓN EN SORIA

 

“[…] y en las cercanías ermitas e iglesias abandonadas con sus ábsides
surcados por angostas ventanas; sube después valiente
y escalando las yermas cumbres de los cerros,
para dejar dentro de su escudo
pétreo el Mirón, […]”.
Arquitectura románica en Soria. Teodoro Ramírez Rojas.


Hoy, diez de septiembre de 2025, nos disponemos a realizar nuestra postrera aventura buscando esas iglesias, casi siempre pequeñas y pobres, desgastadas y olvidadas, heridas y antiguas, que han sido nuestro objetivo durante varios años, y las protagonistas de una serie de artículos publicados en este periódico. El presente será el último. Buscamos en nuestra propia ciudad soriana ese románico carente de techumbre con el que hemos querido dejar patente su olvido y soledad. Agradecemos a quienes hayan seguido esta serie de más de una cuarentena de artículos su fidelidad, y esperamos que, si no han conseguido su propósito de concienciar, por lo menos hayan entretenido un ratito al lector.

Hoy, como decíamos, nos quedamos en Soria, en esta mañana fresca, casi fría, pues como saben los que aquí residen, el frío se anticipa en esta ciudad antes que en ninguna. Al frío lo acompaña un cielo nublado que amenaza lluvia.

Comenzamos nuestra jornada recorriendo el camino del Mirón. A nuestra izquierda queda esa ermita enorme, barroca y cerrada al público por obras. Pronto llegamos a la rehecha muralla, con sus cubos recuperados; una obra ingente e importante que da esplendor a la ciudad. Pero los intentos de recuperación van, a veces, acompañados de otros que deshacen los logros, y si hubo algún momento en que la muralla se iluminaba, actualmente esto resulta imposible por el robo del cableado que lo hacía posible.

Desde la cabecera de la ermita de Nuestra Señora del Mirón se contempla la ladera desolada del Mirón. Desde los Cuatro Vientos, Leonor y Antonio contemplan la humilde ciudad de Soria y los restos de su muralla con los paredones de la iglesia de San Ginés; la iglesia de San Agustín el Viejo, que se convirtió en majada, y la nueva vivienda en la calle de Santa Cruz en la que se conserva parte de la cabecera y nave de la antigua parroquia de Santa Cruz.

Bajamos el cerro siguiendo la muralla, ya no queda nada de la actividad que aquí había antaño. En su día mantuvo una población pujante con sus casitas, calles, cultivos y, por supuesto, sus iglesias tales como la de la Santa Cruz, San Juan de los Naharros o de los Navarros, San Millán y San Vicente, actualmente desaparecidas; San Ginés y San Agustín “el Viejo” de las que se conservan algunos restos. Parece que un incendio ocurrido en el siglo XIV, junto con el traslado de la ciudad hacia la zona más elevada del collado, contribuyó en parte a su abandono. Hoy, la vegetación oculta los vestigios de su pasado. Este lugar sería un espacio ideal para la creación de un parque arqueológico.

Llegamos a la iglesia de San Ginés. Dos grandes paredones con una gran boca meridional y una cabecera absidada nos recuerdan que aquí estuvo la parroquia de la collación de San Ginés, muy cerca del portillo homónimo. De ella algo queda, aunque poco. Los dos muros están construidos a base de encofrado de cal y canto (con pequeñas piedras calizas), pudiendo reconocer las distintas verdugadas y los pequeños mechinales, algunos rematados con una teja curva.

En el centro del paredón meridional destaca un gran bocarón, donde estuvo la portada, que pudo ser arrancada para colocarla en otro inmueble o bien para su empleo como piedra o incluso para hacer cal. ¿Podría ser la que hoy vemos en La Mayor, antigua San Gil? En el sector oriental de la abertura se distingue un hueco de forma rectangular que se prolonga longitudinalmente hacia el interior del muro. Esta oquedad parece haber servido como alojamiento para la tranca destinada a asegurar la puerta desde el interior del templo. La existencia de este detalle arquitectónico revela que la iglesia no solo cumplía funciones religiosas, sino que también desempeñaba un papel defensivo, ofreciendo refugio a los vecinos del entorno en momentos de peligro o ante eventuales ataques.

Escoltando ese gran boquete en la parte superior aún sobreviven dos saeteras, una completa y parte de otra, que fueron ejecutadas excavando el hueco cuando el encofrado estaba fresco, igual a las que vemos en la cercana iglesia de San Juan de Duero.

No sabemos con certeza cuándo se abandonó, pero con el despoblamiento de este sector, acabó anexionada a San Martín de Canales en el siglo XIV. Ya abandonada en siglos posteriores cumplió una nueva función, pues el recrecimiento del hastial occidental con mampostería menuda unida con barro, el cerramiento del hueco de la portada y el cierre del lado oriental nos indican que pudo ser utilizado como un cerramiento para ganado. El plano de Coello, de 1860, lo representa como un espacio rectangular.

En el año 2016, la intervención arqueológica promovida por el Excmo. Ayuntamiento de Soria y llevada a cabo por la empresa ARECO S.L. permitió sacar a la luz la cabecera de la iglesia, compuesta por un ábside semicircular y un tramo recto correspondiente al presbiterio, ambos construidos en buena sillería. Durante los trabajos también se recuperó parte del antiguo pavimento del templo, elaborado con grandes losas escuadradas, así como un banco corrido, una escalinata y restos de dos altares y del baptisterio, esto último hoy oculto por la vegetación y el abandono. La excavación confirmó además que, en este sector, la muralla de Soria se adaptó al ábside, lo que demuestra que la iglesia es anterior a la estructura defensiva de la ciudad.

Se ha realizado un verdadero esfuerzo de recuperación, pero este no ha ido acompañado de un mantenimiento posterior y el resultado es el de un inmueble abandonado a su suerte. Una pena. Y es que tal vez no se esté trabajando para el futuro sino para un presente en el que poder sacar un rédito inmediato.

Siguiendo el camino de San Ginés llegamos al edificio que antaño fue la iglesia de San Agustín el Viejo. Con el paso del tiempo, el lugar ha tenido diversos usos: primero sirvió como corral de ovejas y, en años más recientes, como perrera. En la zona de los pies del templo se construyó además una vivienda. Afortunadamente, gracias a los usos que ha tenido, aún se conservan el muro del ábside y parte de la estructura original de sus muros.

El acceso al interior resulta imposible, ya que una puerta metálica, asegurada con dos candados y una cerradura, impide la entrada. El Ayuntamiento de Soria ha manifestado su intención de adquirir el inmueble, aunque por el momento existen ciertas dificultades que lo impiden.

En 1609 debía hallarse ya en ruinas, por lo que se traslada el santo titular a la iglesia de la Santísima Trinidad y con él todos los actos litúrgicos. Hoy sus restos aparecen rodeados de terrenos llecos, sobre una ladera de fuerte pendiente hacia el río Duero. Esa fuerte inclinación nos hace pensar que el ábside y presbiterio contaron con una gran altura, hoy desaparecida.

El edificio primitivo se construyó a base de encofrado de cal, piedra caliza, cantos rodados y areniscas. Las esquinas y los vanos, hoy desaparecidos, lo hicieron con sillería. La cabecera conserva el ábside semicircular y el tramo recto del presbiterio más ancho. La cabecera es maciza, pues no conserva ningún vano, quizás por haberse rebajado la altura de los muros donde se encontrarían.

La nave es rectangular, más ancha que el presbiterio, conservando el muro norte original, mientras que el sur ha sufrido muchas reformas. En este estuvo la portada, hoy desaparecida. Han desaparecido todas las cubiertas, así como aleros, y la totalidad de los muros han sido rebajados.  Pero sin duda el ábside se cubrió con bóveda de horno; el presbiterio con bóveda de cañón apuntada y la nave, con una armadura de madera.

Ascendemos por la ladera del cerro en dirección a la vivienda más septentrional de la calle de Santa Cruz. La tradición oral y erudita ubicaba en esta casa la antigua iglesia de la collación, la cual, a medida que la ladera fue quedando despoblada, terminó por perder el culto. Se sabe que en el primer cuarto del siglo XIX dejaron de registrarse anotaciones en el Libro de Fábrica de la iglesia de Santa Cruz. A partir de entonces, el templo inició un proceso de desaparición, aunque a mediados de siglo aún quedaban algunos restos visibles. Un siglo después de su abandono, surgió en este sector un barrio de autoconstrucción que el director de El Avisador Numantino, Felipe de las Heras —bajo el seudónimo “Philipo”— denominó “La Prosperidad” en su edición del 20 de febrero de 1929. En las primeras viviendas de este nuevo barrio se reutilizaron numerosos elementos procedentes de las antiguas parroquias del cerro.

Estas laderas, hoy convertidas en eriales, fueron cultivadas al menos hasta la década de 1960, y en ellas aparecieron restos de las antiguas necrópolis e iglesias, convertidos, en la mayoría de los casos, en cal.

La antigua vivienda contaba con dos estelas discoideas que flanqueaban la entrada a un pequeño patio. En el año 2019, dicha vivienda fue adquirida por Araceli Fernández Vivas y Diego Fernández Lobera, quienes, con fecha de 17 de mayo de ese mismo año, entregaron ambas piezas en depósito al Museo Numantino.

En la actualidad, una reproducción de estas estelas puede contemplarse en el cementerio templario, situado en el entorno de San Juan de Duero. La construcción de la nueva vivienda ha motivado una intervención arqueológica que ha permitido sacar a la luz parte de la cabecera gótica de la antigua parroquia.

El Gabinete Arqueológico Arquetipo fue el encargado de esta intervención, determinando la localización exacta del templo y su posible extensión. Situados en la calle, frente al número 24, sabemos que bajo nuestros pies se encuentra parte de la nave de la antigua iglesia, y que hacia el oeste se alzaba la iglesia de San Juan de los Naharros. Allí, evocamos la imagen de un joven Alfonso VIII que vivió y jugó en este histórico barrio.

Resulta todo el entorno un lugar encantador, un lugar protegido de los vientos fríos del norte, prestándose al sol y con vistas maravillosas al Duero. No sería malo darle la importancia que tiene y tratar de alcanzar un equilibrio entre su belleza y el disfrute de la ciudadanía.

Y para finalizar, queremos volver a agradecer el interés a todos los que en algún momento se han acercado a la lectura de esta serie de artículos, y también, por supuesto, al medio –El Día de Soria- que ha servido de intermediario y ha hecho posible su divulgación.

martes, 5 de agosto de 2025

LA TRANSFORMACIÓN DEL ROMÁNICO DE LA MERCADERA Y ESCOBOSA DE CALATAÑAZOR.

 LA CAÍDA DE LA CAMPANA

Las ruinas, a su tiempo,
alcanzaron sazón. Lo supimos el día
en el que la campana cayó desde la torre
como fruta madura. Un estruendo gravísimo
de fe que se desploma
acompañó el derrumbe. La melena de olmo
se astilló contra el suelo,
pero el bronce mantuvo su obstinada figura
de cúpula y de útero que los vientos fecundan.

De Despoblados. Inédito. Andrés Martín


Fue el seis de mayo cuando nos desplazamos a estos parajes despoblados, La Mercadera y Escobosa de Calatañazor, hoy bajo administración de Rioseco de Soria. En estos días la lucha entre el invierno, que no se resigna a desaparecer, y el verano cuya fuerza no es suficiente para imponerse, nos deparó un día fresco pero soleado, de buena luminosidad. En fin, un día bastante agradable para salir al campo. Aproximarnos allí resultó fácil. La N-122 y la A-11 nos condujeron hasta el cruce de Rioseco y luego, virando a la izquierda, la SO-P-4046 nos dejó al lado de La Mercadera, a la que se accede mediante un camino rural.

Las aldeas de La Mercadera y Escobosa de Calatañazor formaron parte, desde época medieval, de la Comunidad de Villa y Tierra de Calatañazor. Ambas contaron con iglesias románicas que, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, fueron profundamente transformadas. Desconocemos si estas modificaciones respondieron a problemas estructurales o, simplemente, a un cambio en los gustos y necesidades de sus habitantes.

Del esplendor medieval de estas localidades aún se conservan valiosos testimonios. En el Palacio Episcopal del Burgo de Osma se guarda la pila bautismal del siglo XIII procedente de la iglesia de San Juan Bautista de Escobosa de Calatañazor. Por su parte, en los almacenes de la Diócesis Osma-Soria, también se custodia una imagen medieval de la Virgen de Escobosa, que da cuenta de la devoción y el arte religioso de la época. 
Lamentablemente, no todo ese legado ha llegado hasta nuestros días. En agosto de 2018, el pasado medieval de San Miguel de La Mercadera sufrió un grave atentado patrimonial: fue expoliada su portada románica, que había sido remontada en su nueva iglesia parroquial reconstruida durante el Barroco. Este acto supuso una pérdida irreparable para el patrimonio histórico de la zona. 




En La Mercadera solo queda la iglesia y los restos de lo que en su día fueron viviendas y hoy resultan esqueletos de madera, piedra, adobe y cemento abandonados. También permanece en pie un almacén en cuya pared aparece la fecha de nacimiento y las iniciales de su dueño: 1970, L.S.R. Al lado del almacén, hincados en la tierra, unos monolitos recuerdan al último vecino de la localidad: Amador Simal. Sus nietos han querido mostrar así su recuerdo. En la parte baja de lo que fue el pueblo, todavía corretea un hilillo de agua que procede de una fuente, y un pilón escondido entre la maleza que en su día sería manantial de vida para humanos, animales y vegetales.


La iglesia de La Mercadera estuvo advocada al arcángel San Miguel y a la Virgen de las Angustias, y fue vaciada de enseres por el Obispado de Osma-Soria cuando el lugar quedó deshabitado, si bien su último habitante se resistió a la salida de las campanas. Como ya señalamos, en agosto de 2018 alguien robó la portada románica, la espadaña tampoco se salvó del expolio y la cruz que la presidía desapareció, al igual que había sucedido con anterioridad con una de las bolas que la adornaban. La otra, huérfana, ha quedado como testigo y prueba de dicho expolio. En su decoración, la espadaña todavía conserva, en su centro, un espectacular óculo que iluminaba el coro.

La iglesia, construida en mampostería y reforzada con sillares, presenta una cubierta a dos aguas en la nave, y a tres, en la cabecera. Ha sido saqueada desde su abandono, y sus elementos, como las gradas funerarias, han sido profanados. Destacan una antigua colmena incrustada en el muro sur y un reloj solar en la fachada principal. Una grieta profunda en la cabecera señala su deterioro progresivo, que probablemente cause su colapso en las próximas décadas. 

De su pasado medieval conservaba hasta 2018 su portada románica, remontada cuando se hace la nueva iglesia, así como también algunos sillares trabajados a hacha y dispuestos entre el mampuesto. Por las fotografías proporcionadas por Blas Gonzalo sabemos que la portada constaba de un arco de medio punto y dos arquivoltas, la primera lisa y la segunda con baquetón escoltado por finas escocias, protegido por una chambrana incompleta de nacela. Toda la portada apoyaba sobre una simple imposta que, a su vez, lo hacía sobre las dos jambas.

Son conocidos relatos de descendientes de antiguos habitantes de La Mercadera que mencionan una pila bautismal muy antigua en la iglesia de San Miguel, cuyo paradero actual se desconoce. Al norte del templo se encuentra un cementerio abandonado y cubierto de vegetación que refleja el olvido de sus difuntos.

La Mercadera, antes un pequeño poblado, ahora está deshabitado y solo lo frecuentan animales como corzos y jabalíes. A pesar de su belleza natural, las vistas a campos de cereal y al valle del río Abión, el lugar ha sido abandonado, lo que resulta difícil de comprender.

De La Mercadera nos fuimos a Escobosa. La ruta resulta sencilla. Hay que volver a la SO-P-4046 que, pasando por el municipio de Rioseco, nos lleva hasta allí. Escobosa de Calatañazor es otro despoblado que poco a poco se integra en la tierra de la que salió. Uno de los pocos edificios que aún mantiene su cubierta fue, en su día, el teleclub, y hoy se mantiene en pie gracias a que sirve a una asociación de cazadores. La calle principal es ancha y está enmarcada en unas buenas aceras de hormigón que todavía son visibles. La calle fue más estrecha, pero las necesidades de la nueva maquinaria agrícola hicieron que se ampliara. Para ello se retranqueó el muro del atrio parroquial, apareciendo restos humanos que se llevaron a un osario en el nuevo cementerio, así como la gran cruz monolítica que hoy preside el cuidado cementerio a modo de cruz parroquial.

Su iglesia de San Juan Bautista, como el despoblado, está desmantelada. La portada, posiblemente románica, todavía conserva su humilde encanto. El interior está deshecho.

Ya hemos mencionado que el inmueble fue objeto de numerosas reformas, algunas motivadas por la necesidad de adaptación a los tiempos, y otras por problemas estructurales. Según informó El Avisador Numantino, en el primer cuarto del siglo XX, unas intensas lluvias ocurridas el 27 de marzo de 1924 provocaron el derrumbe parcial de la iglesia de Escobosa de Calatañazor. Ante esta situación, el sacerdote don Félix Nuño emprendió una campaña para concienciar a la población y promover una colecta popular, contando con el respaldo de don Felipe Las Heras.

El anuncio del sacerdote tocar el corazoncito de Abraham Ransanz, natural del pueblo y residente en La Habana, quien decidió donar una de las campanas. Finalmente, el mismo periódico anunció el 5 de noviembre de 1925 la conclusión y bendición de las obras, destacando la reconstrucción completa de la torre, llevada a cabo desde los cimientos por el maestro de obras don Felipe Rocha, vecino de El Burgo de Osma. Tras el vaciado del antiguo campanario, se sabe que la campana donada por Abraham Ransanz fue instalada en 1999 en la espadaña de la parroquia de la Asunción de Dombellas.

La portada se abre en el muro sur de la nave y estuvo protegida en el pasado por un pórtico. Esta portada es similar a algunas del entorno como son el caso de las de San Lorenzo de Boíllos y la ermita de la Virgen del Barrio de Rioseco, si bien modificada y simplificada; así como de otras muchas de la provincia como es el caso de la parroquial de San Martin de Tours de Bordejé. Presenta un arco de medio punto sobre jambas de sillería coronadas por impostas y chambrana lisa. El conjunto está muy encalado, pero se puede percibir cómo esta portada fue remontada, ya que las dovelas no presentan una perfecta disposición.



Al lado de la portada y hacia el oeste estaba el bautisterio, lugar que presidió la pila tardorrománica que hoy se custodia en el patio del palacio episcopal de El Burgo de Osma. Esta pila imita la decoración de la de la iglesia de San Juan Bautista de Rioseco de Soria, “pero la talla con trinchante con que fue ejecutada denota ya una factura claramente gótica”, anota Pedro Luis Huerta Huerta en su artículo sobre la iglesia de San Juan Bautista de Rioseco de Soria de la Enciclopedia del Románico en Casilla y León. A nuestro juicio es la pila medieval más delicada de la provincia. Es semiesférica, conserva uno de los anclajes de su tapa y se encuentra apoyada en lo que parece un tambor de una columna hexagonal con lados curvos. Lo más llamativo es la decoración de su copa, con diversos motivos geométricos y vegetales (una cruz patada inscrita en un círculo, hojas, una puerta con arco de herradura, ...).

En el interior de la iglesia estuvo la talla románica de la Virgen de Escobosa, que según relata la investigadora Ana Rosa Hernández Álvaro, sería una imagen del último cuarto del siglo XIII, por lo que sería coetánea de la pila bautismal. Se trata de una Virgen sin corona, con el Niño sentado sobre la pierna izquierda de la madre. Según la investigadora, a comienzos de la década de los 80 del pasado siglo, la talla estaba en buen estado, otorgando la policromía de esta al siglo XIX.

Al dejar atrás Escobosa, nos despide su cuidado cementerio. En nuestra memoria desfilan las figuras de Alfredo Cercadillo, oriundo del pueblo, así como las de su sobrino Samuel y María, madre de este. Fueron ellos quienes nos hablaron con cariño del lugar y de su empeño por conservar, al menos, el espacio donde descansan los restos de sus antepasados.


Acabamos la mañana en el café-restaurante Los Quintanares de Rioseco y allí, casualmente, nos encontramos con Lorenzo Sanz Rico, natural de Torreblacos, propietario del almacén de La Mercadera y de las iniciales que allí habíamos visto: L.S.R. Él es quien nos cuenta que Amador, el último habitante, abandonó el pueblo en 1975 para vivir en Valdealvillo, lo más cerca posible de su lugar de nacimiento.


domingo, 23 de febrero de 2025

LAS EVOCADORAS RUINAS DE SAN ADRIÁN DEL MADERO.

 

“El valor de una civilización se mide no por lo que
sabe crear, sino por lo que sabe conservar”.

Édouard Herriot


El 15 de enero, un día frío, tomamos la dirección de Valdegeña, pues allí se encuentra nuestro siguiente objetivo. Era el primer viaje del nuevo año buscando iglesias románicas abandonadas y abiertas al cielo.

No nos extenderemos en la forma de llegar a esta población, pues sería repetir lo que escribimos en el artículo dedicado a San Román. Tampoco lo haremos sobre el municipio pues ya quedó escrito en el mismo texto.

En Valdegeña nos esperaba Nicolás Ruiz Lázaro con quien habíamos compartido espacios en las aulas del I.E.S Antonio Machado. Fuimos, entonces, sus profesores y, en esta ocasión, invertidos los términos, era él quien iba a enseñarnos lo mucho que sabe y nosotros a tratar de ser buenos alumnos y a aprender.

No sabemos si vivir en Valdegeña donde Nicolás compró una casa es un reto o un acto de amor. Quiso enseñárnosla, pues la ha levantado él, con los restos de otras obras caídas, con ayuda de amigos, pues han pasado por allí más de cien personas para echar una mano, y, sobre todo, con pasión. La casa está sin acabar, y su conclusión significará para Nicolás su partida, probablemente a Argentina. Nicolás se ha servido del sistema workaway, por el que se ofrece alojamiento a cambio de ayuda. Dos jóvenes polacas, Ola y Julia se hospedaban ese día en su casa y se prestaron a acompañarnos. 


El camino hasta las ruinas, enclavadas en el Madero, es de difícil acceso para los automóviles. Los seis nos dividimos en dos coches para realizar el primer tramo del camino. Desde allí, aunque muy apretados, utilizamos una furgoneta del hermano de Nicolás capaz de vencer las rampas, los baches y barranquillos que el camino nos fue mostrando. El sendero nos llevó hasta el paraje de Las Dehesillas donde se cruza con el camino que sube desde Castellanos del Campo. En este lugar apareció ante nuestros ojos un bosque de quejigos adehesado y muy cuidado, con ejemplares centenarios, alguno de ellos con troncos de más de 5 metros de grosor. Desde este punto nos dirigimos hacia el norte hasta llegar a una nueva bifurcación: hacia el noroeste, camino a una antigua explotación minera y hacia el noreste, dirección a San Adrián. Al final de la ascensión, junto a las ruinas de una caseta de las antiguas explotaciones mineras, dejamos el coche y descendimos hacia las ruinas por un camino salpicado de piritoedros bastante regulares que el sol hacía brillar y destacar.

Los restos de esta iglesia de San Adrián fueron dados a conocer en 1979 por Clemente Sáenz Ridruejo quien publicó el artículo: “La iglesia de San Adrián en la Sierra del Madero” en el número 58 de la Revista Celtiberia, “con el único objeto de darlo a conocer”. Localizó estas ruinas, en terrenos de Villar del Campo, a escasos cuatro kilómetros del despoblado de Castellanos del Campo. Hace 46 años, don Clemente Saénz se encontró con un monte cuyas laderas estaban deforestadas. Hoy la menor presión ganadera y humana ha revertido la situación y el bosque es denso e intrincado.

Existe sobre esta iglesia una referencia documental, fechada en 1123 en la que se menciona que Alfonso I, el Batallador, hacía entrega al monasterio de San Millán de la Cogolla de la “ecclessiam Sancti Adriani que est in Valle Iaen, in termino de Soria”; este Valle Iaen es sin duda Valdegeña. La tradición oral y las leyendas vinculan estas ruinas a los templarios, determinando que en ellas existió un convento y que por eso a este pago se le conoce, en la comarca y en los mapas cartográficos del Instituto Geográfico Nacional, con el nombre de “El Convento”. Conviene recordar que la última explotación minera de galena argentífera, que existió cerca de estas ruinas hasta 1965, se denominaba San Adrián de los Templarios.
¿Pero qué hacía este inmueble en mitad de ninguna parte y a casi 1.300 m. de altitud? Sin duda la existencia de un manantial es necesaria en cualquier instalación conventual. Además de este condicionante, el deseo de retiro de los monjes, la “huida del mundanal ruido”, y el tratarse de un lugar próximo al denominado Cordel de Ganados del Convento de San Adrián por la Cuerda de la Sierra del Madero, pudieron ser algunos de los factores que incidieron en su localización. Nicolás nos explicó, además, que al lado de estas ruinas existió una explotación minera y que es muy posible que ambos ámbitos, el minero y el religioso, tuvieran algún tipo de conexión. La suma de todos estos factores, sin duda, propiciaron este asentamiento monástico; algo que hoy nos cuesta entender, tan apartado del mundo, y con esas dimensiones.

Abandonando la senda y dejando a nuestra derecha los residuos de una pequeña explotación minera, nos encontramos con los escasos restos de la iglesia, escondida entre la maleza y rodeada de un bosque tupido. Lo primero que vimos es su fuente, construida con lajas y con el vano adintelado, de la que mana un pequeño caudal encauzado en una canalización moderna. La fuente estaba muy cerca del hastial de poniente de la iglesia. Hacia el este, y ya en el interior de la antigua iglesia aparecen los restos de un chozo de pastores construido con la misma técnica, pero ya sin techumbre. Esto nos alertó de la posible utilización como majada de estas ruinas cuando quedaron abandonadas en los siglos pasados. Hacia el norte de estas dos edificaciones destaca, entre una muralla de zarzamoras, el muro septentrional de la iglesia.

Sus entrañas están pobladas de zarzamoras, aliagas, quejigos, encinas y un acebo. Para guiarnos en este amasijo de ruinas y vegetación seguimos lo escrito por Clemente Sáenz Ridruejo en 1979, Pedro Luis Huerta Huerta en 1999 y por un plano, muy detallado, publicado por Santiago Lázaro Carrascosa en 2010, en el que se aventura a planimetrar la iglesia y varias dependencias conventuales. Estas guías nos sirven para hacernos una idea de lo que estábamos viendo y de lo que allí hubo en un pasado bastante lejano. Del antiguo convento que albergaba la iglesia apenas queda nada, y, sin embargo, todavía podemos ver las entradas a los túneles de las minas de plomo con vetas argentíferas.

Se marcan, sin embargo, como si fueran restos de un esqueleto, los tres ábsides en su cabecera, y nos sorprendieron las dimensiones de estos. La construcción se hizo mayoritariamente con lajas de arenisca del entorno, colocadas a soga, y unidas con mortero de cal y arena. Estos restos nos llevan a entroncarlos con los que hemos visto al otro lado de la Sierra del Madero, en Tierras Altas, desde la iglesia de Rabanera en Ventosa de San Pedro hasta las construcciones de Castillejo de San Pedro.

Lo que mejor pudimos apreciar es el muro del ábside de la Epístola, que conserva casi todo su perímetro y se encuentra libre de vegetación. En su interior se puede ver parte del antiguo enlucido. Apartando zarzas y arbustos, logramos acceder al interior del ábside del lado del Evangelio, dominado por un fuerte acebo. Allí podemos apreciar la disposición del ábside principal que en 1979 contó, según cuenta don Clemente Saénz, con una prolongación a ambos lados del arco triunfal a modo de cancel, solución que no vemos en otros templos sorianos, pero que relaciona esta iglesia con las del Pirineo oriental. Hoy, de aquellos grandes sillares que cerraban la capilla mayor solo queda, caído, el del lado norte; mientras que la tupida vegetación no permite ver lo que hay en el lado meridional. 

Entre los grandes montones de piedra en que se ha convertido este convento destacan buenas piedras sillares de arenisca trabajadas a hacha, así como bastante piedra toba, que nos hacen pensar en una cubierta abovedada para la cabecera. Siguiendo lo que hemos visto en tantas iglesias del rural soriano, la cabecera estaría abovedada, mientras que las tres naves lo harían con una cubierta de madera, desconociendo como fue la separación de las tres naves.

Sabemos por la descripción que de ellas hizo don Clemente Sáenz, que varias columnas toscas llegaron hasta el pueblo de Trévago, desconociendo si siguen allí custodiadas. Nicolás también nos informó de que en el Museo Etnográfico de Valdegeña se expone un sillar, quizás romano, con una inscripción en latín, que llegó a la localidad procedente de estas ruinas. Seguro que, en un futuro no muy lejano, nuestro antiguo alumno realizará un estudio de él, que sin duda añadirá valor para el conocimiento de este espacio.

Según el SIGPAC, estas ruinas se encuentran en el interior de una parcela privada de 127,41 hectáreas, la mayoría de matorral. Avanzado el siglo XXI estas ruinas necesitan y merecen una limpieza e intervención arqueológica que daría a conocer como fue la planta del inmueble, así como las posibles dependencias del convento situadas hacia poniente. Por el lugar en que se encuentran es una labor ardua y complicada, pero la intervención arqueológica aportaría conocimiento y riqueza patrimonial al entorno.

Las vistas desde este lugar elegido por los monjes son preciosas. Algo bastante habitual. Aún deben de ser mejores desde la torre de vigilancia contra incendios ubicada en lo más alto, junto a los gigantes aerogeneradores que la empequeñecen.


Nicolás también nos condujo hasta la última explotación de galena argentífera. Antes de llegar a ella se puede ver un gran estanque y una canalización de agua que la antigua explotación construyó para poder lavar y cribar el mineral. Además, nos contó que el mineral se bajaba en sacos y en todo terrenos hasta la N-122 y desde allí con camiones hasta la fundición de Linares (Jaén). Hoy impresiona la gran boca mina, así como el acopio, ladera abajo, de los residuos mineros.

La bajada la hicimos igual que la subida, todos apretados, pero eso no nos impidió gozar de la visión del bosque de esos quejigos desnudos, en una imagen casi fantasmal.



BIBLIOGRAFÍA:

- DÍEZ SANZ, Enrique y GALÁN TENDERO, Víctor M. (2012): Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56. Página 340

- HUERTA HUERTA, Pedro Luis (2002): Villar del Campo. Ruinas de San Adrián del Madero en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1247-1248.

LÁZARO CARRASCOSA, Santiago (2010): Trébago un pueblo soriano. Edita Excma Diputación Provincial de Soria, colección Paisajes, lugares y gentes.

- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.

- RETUERCE, Manuel y COBOS, Fernando (2004): Fortificación islámica en el alto Duero versus fortificación cristiana en el alto Duero, en el libro Cuando las horas primeras. En el milenario de la Batalla de Calatañazor. Colección Monografías

SANZ PÉREZ, Eugenio (2003): El yacimiento de galena argentífera de San Adrián de los templarios (Sierra del Madero, Cordillera Ibérica, Soria), Revista Celtiberia Nº97. Soria, Centro de Estudios Sorianos, pp. 507-522.

SÁENZ RIDRUEJO, Clemente (1979): La iglesia de San Adrián en la Sierra del Madero. Revista Celtiberia, Nº 58. Soria. Centro de Estudios Sorianos, pp. 281-285

domingo, 13 de octubre de 2024

LAS RUINAS DEL DESPOBLADO DE ALCONEZA: EL ROMÁNICO SINGULAR

 

“Despoblado situado en el término de Berlanga de Duero, en un coto redondo
situado entre los términos de Paones, Cabreriza, Arenillas, La Riba
de Escalote y Caltojar ; a 5.300 m al oeste de Caltojar se
hallan las ruinas visibles de la ermita de Alconeza”.

Las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura castellana. G. Martínez Díez



El diecinueve de septiembre amaneció nublado y amenazaba lluvia. A pesar de ello, nos decidimos a visitar los restos de la iglesia del despoblado de Alconeza, al sur de la provincia soriana, en la comarca del Marquesado de Berlanga. El despoblado, convertido en aislados majanos de piedras, se encuentra entre Cabreriza, otro despoblado, y Ciruela. Para llegar utilizamos la SO-100, pasando por Quintana Redonda, Fuentepinilla, entre otros municipios hasta llegar a Berlanga de Duero. Desde esta villa, para ir al despoblado de Alconeza, existen varias rutas: podemos ir por la SO-P-4132 en dirección a Paones y llegar desde Cabreriza; podemos llegar desde Ciruela o desde Casillas de Berlanga, siempre por caminos y cañadas. Nosotros, por recomendación de Octavio Yagüe, decidimos llegar desde Casillas de Berlanga, por la SO-152. Nos dirigimos hasta Casillas, dejando atrás las ruinas del Convento de Paredes Albas y Ciruela. A la entrada de Casillas, y a mano derecha, parte un camino agrícola, siguiendo ese camino de concentración vamos remontando la vertiente izquierda del río Escalote entre valles y una gran paramera surcada por arroyos, que van generando un paisaje diferencial por la aparición de conglomerados. Superados los Corrales de Llanorraso, giramos a la izquierda en la divisoria de los ríos Escalote y Talegones, y, seguidamente, llegamos a un cruce con la Cañada Real Galiana o Riojana Allí giraremos a la izquierda y la seguiremos en dirección sur durante 500 metros, momento en el que cogemos un cruce de 90 grados en dirección oeste. Es entonces cuando aparece ante nosotros una gran recta y un fuerte barranco. Estamos en la cabecera del arroyo de La Barga desde donde se ven los restos de la iglesia de Alconeza, como si de una fortaleza inexpugnable se tratara, aunque mimetizada en el pasaje cerealístico. La memorización del plano antes de nuestra partida nos facilita la búsqueda, para lo que invertimos alrededor de una hora. Mientras recorremos esos cinco kilómetros por caminos de tierra, vamos hablando de las ruinas del convento de Paredes Albas, del frontón de sillería de Ciruela, de Bretún y de Vicente Marín y su apasionante vida, de su Fundación, y, claro, también del conde de Atarés. Por esos caminos solitarios que recorren el páramo, una bandada larga de perdices, con sus crías, nos sorprende. Estamos en una comarca con riqueza de caza como ya atestiguaba Madoz a mediados del siglo XIX cuando escribe de este lugar: “ Es sitio delicioso y abundante en caza, […]”. Ellas y otros animales son los dueños de los restos de corrales, majadas y tainas abandonados. Algunas fincas de encinas micorrizadas introducen una modernidad en este monocultivo cerealístico.

El páramo, aunque solitario, es bello y está lejos de la monotonía con la que lo asociamos, pues la ondulación de sus lomas y las encinas, dispersas por algún lado, y formando bosque por otro, le confieren una belleza a la que contribuye el silencio y la soledad.

Los restos de estos viejos y resistentes muros de cal y canto eran conocidos por los habitantes de la comarca, especialmente por pastores y labradores, pero no figuraban en ninguna catalogación. Pascual Madoz en 1850 en su Diccionario nos informa de esta iglesia “[…]: y aun existen algunos vestigios de la población y la iglesia, todo contiguo y enlazado con el monte”. Gonzalo Martínez Diez en 1983 ya nos habla de ella en su mítica obra Las comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana. Sin embargo, será el Proyecto Cultural Soria Románica quien la dé a conocer al gran público a través de la prensa en 2008 y al mundo científico con su publicación: Románico desconocido. La iglesia del despoblado de Alconeza (Soria), presentado en el VI Congreso Internacional Restaurar la memoria. La gestión del Patrimonio hacia un planteamiento sostenible.

Se desconoce con exactitud cuándo se despobló Alconeza, pero debió de perder su población a finales del siglo XVI o principios del XVII. Su iglesia no se debió convertir en ermita y el expolio y el paso del tiempo han dejado sus muros descarnados y a la intemperie. Desde el camino se accede a estos restos por el rastrojo de una finca, en el que ya aparece el verdor de la otoñada. Según vemos en SIGPAC las ruinas se incluyen en una finca agrícola privada de 14, 48 has. de las que 2,81 son pasto arbustivo y elementos del paisaje.

Su iglesia se construyó con esos mismos cantos y conglomerados que hemos visto en el camino. Una iglesia a la que el expolio ha dejado vacía. Las piedras caídas, las maderas, que en su día soportaban el techo, descansan envejecidas en el suelo acompañando a los abundantes cardos que las rodean.

La iglesia tiene una orientación oeste-este y se ha conservado la cabecera y restos de los muros de la nave que entroncan con el presbiterio. La iglesia se construyó con muros de encofrado de cal y canto, en este caso de piezas de conglomerado, en el que todavía se pueden distinguir las verdugadas. Las esquinas y los vanos debieron estar reforzados con sillares, de los que no queda nada. La cabecera presenta un ábside semicircular que se cubrió con bóveda de horno y con ventana en el eje axial; el presbiterio es de mayor anchura y altura que el ábside y se cubrió con una bóveda de cañón apuntada, y contó con sendas ventanas a ambos lados. Tanto bóveda de horno como bóveda de cañón apoyaban en una imposta de sillería de la que hoy pervive su huella. La única nave es más alta que la cabecera y, sin duda, se cubrió con una techumbre de madera. La nave se comunicaba con la cabecera con un potente arco de gloria de gran altura, hoy expoliado y descarnado. Hacia el oeste un montículo de piedras podía marcar el largo de nave. Desconocemos donde se encontraba la portada, si bien por los restos del despoblado y la localización de la fuente pudo estar abierta en el muro norte.

Al igual que vemos en Castril o en la antigua iglesia de San Esteban de Alcozar, en Alconeza tanto el cascarón del ábside como la bóveda del presbiterio se construyen en mampostería, pudiendo observar que a medida que se asciende se aligera el material y se reduce el espesor, cerrando los abovedamientos con piedra toba. La pérdida de la cubierta ha deteriorado el abovedamiento, estando abierto en la actualidad al cielo limpio y puro de estas parameras. Otra singularidad de estas ruinas lo vemos en el muro de encofrado en el que se abre el arco de gloria, pues en la gran mayoría de iglesias este muro se levanta en sillería o mampostería. También es singular el encuentro de este muro con los de la nave donde se puede observar cómo se traban, entrecruzándose las verdugadas de uno y otro, algo que también vimos en alguna de las esquinas de la iglesia de Santo Tomás de Mosarejos. Por último, y no visto en otras iglesias románicas con la misma técnica constructiva, en el ábside se observa la disposición vertical del tablazón en el muro del ábside para adaptarse a su curva.

Los muros de esta iglesia aparecen agujereados por un buen número de mechinales que atraviesan de lado a lado los muros. La mayoría de estos huecos están cubiertos con tejas y, los menos, con pequeños dinteles de losas, algo que el viajero puede ver en los restos del muro norte de San Bartolomé de La Barbolla. En estos huecos se introducían unos maderos escuadrados o almojayas que serán los elementos horizontales sobre los que se apoyaban las tablas que conformaban el andamio.

Al encontrarse la iglesia sobre una pequeña elevación de conglomerados ha quedado aislada de la tierra de labor, lo que sumado a la solidez y resistencia de los muros de cal y canto, ha posibilitado que llegara hasta nuestros días.

Un poco más alejados, hacia el norte, encontramos otros restos de otros edificios que completan la imagen de este solitario paraje que invita a la meditación. Este paraje de Alconeza, rico en caza y en encinares, solo conserva un trozo de su vieja iglesia de la que nadie recuerda su advocación, pero sí su significado de Iglesuela. Este habría de dar nombre al paraje de La Alconezuela.

Estas ruinas, como otras muchas, merecen una intervención arqueológica que añadiría luz a lo que hoy intuimos: longitud de la nave, localización de la puerta de acceso, etc. Intervención que facilitaría una consolidación de lo que hoy ha llegado hasta nosotros y así evitar la ruina segura del abovedamiento de la cabecera y del arco de gloria.

Cuando abandonamos Alconeza, no perdemos la ocasión para visitar Cabreriza, otro despoblado. En este quedan las casas ruinosas y una iglesia barroca en pie, pero que, de no intervenir nadie pronto, se convertirá en otra ruina, como sucedió con la de La Barbolla. Una solitaria casa está habitable en medio de un paisaje espectacular con unas montañitas que protegen al pueblo y un valle fértil al lado del río Talegones.
El pueblo nunca debió de ser grande, las casas se agrupaban en unas veinte manzanas, y según el Nomenclátor descriptivo, Geográfico y Estadístico del Obispado de Sigüenza en 1886 llegó a contar con 230 habitantes. La entrada a la espectacular iglesia está ocupada por unas zarzas que pronto se harán dueñas del lugar e impedirán el paso. La iglesia es desproporcionada para el pueblo. Asombran estas proporciones en un lugar tan pequeño. En su suelo se marcan los huecos para sus tumbas y todavía conserva parte de su techumbre en la que destacan dos cúpulas encamonadas barrocas con decoración pictórica.
















BILIOGRAFÍA

- YUSTA BONILLA, J.F., ESTERAS MARTÍNEZ, J. Á., GONZALO CABRERIZO, C., LORENZO ARRIBAS, J.M. y SANTA-OLALLA CAICEDO, I. (2008): Románico desconocido. La iglesia del despoblado de Alconeza (Soria) que recoge su ponencia en el VI Congreso Internacional Restaurar la memoria. La gestión del Patrimonio hacia un planteamiento sostenible, Valladolid 31 de octubre - 1 y 2 de noviembre de 2008, pp. 51-61.

- MADOZ, P. (1850): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid, 1993.

- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.

domingo, 28 de julio de 2024

LA PERVIVENCIA DE SAN BARTOLOMÉ EN EL DESPOBLADO DE ARAVIANA.

 

“Pues igual que lo que ha ocurrido con este edificio sucedió con el vecindario
del pueblo y con el de muchos pueblos que eran poco más o menos como
este. A decir verdad, resistieron más la paredes de esta casa desde
que fue deshabitada que lo que era el pueblo en sí, tal
como desde siempre lo habíamos conocido”.

El fin de un mundo. Carmelo Romero


El 12 de junio, el tiempo en Soria fue un tanto desapacible. Amanecimos en uno de esos días en los que el invierno se hace notar a pesar de haber padecido ya varios aguijonazos veraniegos. Había llovido y amenazaba con seguir haciéndolo. Nos trasladamos a Ólvega en un viaje cómodo a través de la N-122 hasta encontrar un cruce a la derecha (tras atravesar el área de descanso del Madero) que nos condujo hasta la población.

A estas alturas del año los campos ya comienzan a amarillear y nos ofrecían una visión placentera de la vega del Rituerto. Conforme íbamos avanzando por el Madero, acercándonos a la mole del Moncayo, el paisaje se fue tornando cada vez más boscoso y las encinas acompañan al visitante por la carretera SO-P-2001 hasta Ólvega.

Cuando llegamos al municipio su visión no fue la típica de los pueblos a los que estamos acostumbrados. Con sus construcciones de varios pisos, muchos de ellos de ladrillo amarillo característico de los años sesenta/setenta, más parece una ciudad que un pueblo. Es evidente que la prosperidad del municipio le ha dado vida y le ha quitado el encanto de los pequeños pueblos. Pero es el precio que muchos lugares querrían pagar.

El nacimiento de la localidad se remonta al siglo V, aunque vestigios más antiguos existen. El ataque de vándalos y alanos en el 409 hizo que los hispanorromanos de Augustóbriga (Muro), se refugiaran en este lugar y formaran un pequeño núcleo. Fue musulmana hasta que el rey aragonés Alfonso I la conquistó en 1119, y permaneció siendo aragonesa hasta que la incorporara a Castilla Alfonso VII en 1134, formando parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Ágreda. Como todas las demás poblaciones, se convirtió en municipio con la caída del Antiguo Régimen en el siglo XIX, y ha sido de las pocas poblaciones sorianas que ha crecido de forma importante. Si entonces tenía algo más de mil habitantes, hoy se aproxima a los cuatro mil. El salto demográfico se produjo principalmente en los años sesenta y setenta del siglo XX, gracias a la apuesta del municipio por la industrialización.


A la entrada del pueblo nos espera Ruth Villar, informadora turística del municipio que es quien, con toda amabilidad, nos acompañó al despoblado de Araviana o Culdegallinas; ambos nombres compiten por nombrar al lugar. Por la carretera CL-111 en dirección a Noviercas y pasado el punto kilométrico 14, nos incorporamos a la carretera SO-P-2106 en dirección a Cueva de Ágreda, y a un kilómetro del cruce, a nuestra izquierda sale un camino recto que nos conduce a los restos del despoblado de Araviana. Días antes, los operarios del Ayuntamiento de Ólvega habían segado las altas hierbas del exterior y el interior de la ermita, logrando hacer más placentera la visita. Allí se encuentra la ermita que pretendíamos visitar, acompañada de los ladridos constantes de una reala de perros que habitan en sus cercanías. Parece ser que el lugar se pudo abandonar tras la batalla que libraron Pedro I, de Castilla, y Pedro IV, de Aragón, en 1359. Y a pesar de su abandono, hasta hace un año y medio que entregaron las llaves, la familia Escribano Calvo se hizo cargo de su limpieza y cuidados. Hoy, ya sin llave, es Serotina Galán Revilla la mayordoma de la ermita.

El edificio está consagrado a San Bartolomé, pero el santo se trasladó, coincidiendo con el final de la pandemia, a vivir más cómodamente y, sobre todo, más protegido, a la iglesia parroquial, tal vez temeroso de lo sucedido con la antigua pila de agua bendita que acabó en manos de desaprensivos.

Entre las ruinas y alguna edificación del despoblado de Araviana nos encontramos con esta construcción románica. Vemos un inmueble de una sola nave, abierta al cielo, construido mayoritariamente en mampostería, con una cabecera cuadrada que todavía conserva su techumbre, y una portada, ligeramente adelantada, en el muro meridional. Como casi siempre en el románico rural soriano la sillería se reserva para esquinas y vanos. La nave se pudo cubrir con una techumbre de madera a dos aguas. El suelo de la nave, guarda debajo del material vegetal que lo oculta, un solado de ladrillo macizo hecho a mano, conservando dos apoyos de piedra que bien pudieron ser soportes de postes para sostener la cumbrera de la techumbre. A lo largo de la nave se conserva todavía un banco corrido que también aparece en la cabecera. Si se observa con atención en estos muros hay dos períodos constructivos, pues la parte superior es ligeramente de menor grosor. A los pies podemos destacar el almacenamiento de una gran cantidad de tejas árabes, que llegaron alrededor de 1976 cuando se derribaron las escuelas de Ólvega para edificar el Parque de las Escuelas. La llegada de esta gran cantidad de tejas nos indica la intención que siempre hubo en el ayuntamiento de reconstruir el tejado de la ermita.

La cabecera cuadrada se cubre con bóveda de cañón apuntado sobre un arco fajón. Toda la cabecera sufrió importantes reformas, quizás avanzado el siglo XIII. Así el arco de gloria que da paso a la capilla es extremadamente cerrado, habiéndose rasurado las impostas de este. Nos cuenta D. Manuel Peña García que en tiempos contemporáneos se trajo el cierre de madera desde la ermita de la Virgen de Olmacedo; este separaba la capilla de la Virgen del resto de la iglesia. En tiempos más recientes se protegió con una chapa metálica. Desconocemos cómo se cubrió la anterior cabecera, pero cuando se construye la nueva bóveda apuntada se construyen dos muros de refuerzo al interior y un poderoso arco fajón que descansa sobre dos pilastras. La bóveda de mampostería, fuertemente encalada, descansa sobre una imposta de nacela que recorre los muros norte y sur. En la pared meridional, y a media altura, destaca una pequeña credencia adintelada.  La pilastra del muro meridional oculta pate de la ventanita románica de sillería, que al interior aparece abocinada y con arco rebajado. El refuerzo de la cabecera se ve acrecentado con un nuevo muro en los lados sur y este. Ese nuevo muro hará que el muro meridional de la capilla sea de mayor anchura que la nave. La ermita no conserva ni rastro de cornisas o canecillos, que, sin duda, pudieron desaparecer en las distintas reformas.

La portada es muy sencilla y está elaborada en caliza arenisca. Se abre en el muro meridional en un cuerpo de sillería ligeramente adelantado. Se desarrolla con tres arquivoltas lisas de medio punto que descansan sobre una imposta de nacela y jambas escalonadas; todo ello protegido por una chambrana de nacela muy erosionada. El dovelaje de la arquivolta externa nos recuerda a otras del románico aragonés. Esta portada pudo contar con un tejaroz que pudo ser eliminado cuando ese muro se reconstruyó en fecha indeterminada.

Como otros muchos inmuebles del rural soriano es una construcción muy pobre, sin ninguna concesión a la decoración. Su austeridad refleja unos tiempos en los que la Extremadura castellana se estaba consolidando. En estos lugares más apartados no solían llegar los mejores canteros; estos ejecutaban la obra con los materiales que tenían alrededor del lugar. Los restos que hoy podemos ver son extremadamente humildes, y, a través de ellos, se pueden distinguir varios períodos constructivos y plantear muchos enigmas. Quizás junto con la ermita de San Román de El Espino es la iglesia románica abierta al cielo de más extrema tosquedad en la provincia soriana.


Nos cuenta Ruth Villar que en el paraje se celebrada el martes, antes de la Ascensión, una romería con misa a la que asistía el pueblo de Ólvega y que esa romería, más hacia nuestros días, pasó a celebrarse el domingo de Pentecostés e incluso el domingo de la Trinidad, aprovechando el momento también para la bendición de campos. Como nota curiosa, además solo la familia del santero D. José Escribano Calvo acudía a misa el día de San Bartolomé. A partir de la pandemia la celebración se hace en la iglesia parroquial de Ólvega el 24 de agosto. Sería bueno recuperar esta costumbre y que los olvegeños y olvegeñas puedan recuperar parte de su memoria.

En la actualidad la ermita es casi un almacén. A sus pies se guardan las tejas que en su día cubrieron el tejado de las escuelas viejas, hoy transformadas en un parque coqueto; tejas que hasta pudieron ser fabricadas por la misma familia Escribano, pues poseían una tejería y ese era su oficio. También se guardan allí, en el ábside, levantados, los bancos de madera que todavía se sacaban los días de festividad: Letanías Mayores, Pentecostés, Trinidad y San Bartolomé.



Visitamos también el museo etnológico de Escribano Calvo: una casita repleta de reproducciones de todos los puntos de interés del municipio y de todo tipo de objetos de un mundo agrícola y manufacturero casi perdido.

Aún hubo tiempo para visitar la ermita de los Santos Mártires situada en el casco antiguo del pueblo. Una ermita cuidadísima donde nos esperaba el joven historiador Iván Casado, que nos planteó interrogantes curiosos e interesantes que una intervención arqueológica podría despejar.

BIBLIOGRAFÍA:

- BLASCO JOMÉNEZ, M. (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- DIAGO HERNANDO, M. (1991): Los términos despoblados en las comunidades de villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media. Revista Hispania LI/ 2, 178
- DÍEZ SANZ, E. y Galán Tendero, V. M. (2012): Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56.
- GAYA NUÑO, J. A. (1946): El Románico en la provincia de Soria. Edición facsímil de 2003. CSIC, Madrid.
- HERBOSA, V. (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
- HUERTA HUERTA, P.L. (2002): ÓLVEGA. Ermita de San Bartolomé, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 735-739.
- MADOZ, P. (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTIÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- PEÑA GARCÍA, M. (1982): Ólvega: historia-arte-folklore. Edita. Ayuntamiento de Ólvega. Ólvega. pp. 114, 347-355

domingo, 30 de junio de 2024

LA PORTADA ROMÁNICA DE LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE MURIEL VIEJO.



“[…] el Seiscientos atravesó Muriel de la Fuente, con su elegante casa consistorial
con reloj y nos llevó hasta Muriel Viejo, en el que nos detuvimos
y ascendimos paseando con calma hasta su cementerio, que
preside el pueblo y al que se accede por una portada
románica de procedencia desconocida”.

Soria en Seiscientos. Javier Martínez Romera


Hoy nuestro objetivo es humilde: una portada románica, y no entera, en Muriel Viejo. También el día se muestra humilde y extraño: ni llueve con ganas ni deja de hacerlo, ni hace frío ni podemos olvidarnos de nuestra ropa de abrigo.

La N-234 en dirección a Burgos nos conduce hacia allí. Cuando llegamos a la espectacular ermita de la Blanca, hemos de tomar un desvío a la izquierda que, al poco, nos llevará hasta Muriel Viejo. La ermita de la Blanca agrupa a la concordia formada por Cabrejas del Pinar, Cubilla, Talveila, Muriel Viejo y el despoblado de Cubillos.

No vemos a nadie al llegar al pueblo y nos llama la atención la plaza, al lado de la iglesia parroquial, adornada en su suelo por un cielo azul y sus constelaciones. A su lado un jardincito presidido por un precioso abeto y delimitado por cuatro plataneros podados, y temerosos de asomar su nuevo ramaje por si una tardía helada los priva de su hermoso verdor primaveral.

Sin darse uno cuenta, al entrar en Muriel Viejo se introduce el visitante en un paisaje exuberante propio de la comarca de Pinares: pinos, abedules, robles, narcisos y otros seres vegetales rodean al municipio.

Porque es Muriel Viejo municipio desde la caída del Antiguo Régimen en el siglo XIX y siempre contó con una población superior a la que hoy recorre sus calles. Más de cien habitantes lo habitaron a mediados del siglo XIX, y puede que más de doscientos al final de este. Hoy duermen algo más de cincuenta, ayudado ese número por los que pernoctan en el coqueto hotel del pueblo.

Subimos al cementerio por una empinada cuesta, que, antiguamente, estaba inundada por piedras que dificultaban enormemente su acceso. Piedras que, seguramente, habrían formado parte de una antigua iglesia románica allí ubicada, de hecho a ese espacio se le conocía como la “iglesia vieja”. De ella hoy solo queda su puerta de entrada, que se usa como uno de los accesos al cementerio, así como posibles restos de algunos de sus muros. Al lado de este, en un casillo, sobre el fondo negro de sus paredes, unas grandes letras azules y blancas conforman las palabras “El Kaos”; es la peña infantil de fiestas. Pero en este paraje el caos no se aprecia. El paisaje es tranquilizador, el pueblo ordenado y limpio, y hasta el cementerio, extrañamente con el nombre de San Atanasio de Alejandría, está impregnado de este orden: en un lado las tumbas excavadas en la tierra y los mausoleos, en el otro los nichos modernos, y en el centro, separando los dos ámbitos, un porche, que, en su día, pudo ser una capillita.

La vieja iglesia estuvo bajo la advocación de Nuestra Señora de Santa María y hasta allá se dirigían los feligreses por un camino empinado, muy distinto del que observamos ahora. Por el Libro de Fábrica del siglo XVI, sabemos que en 1542 la iglesia estaba en una situación ruinosa y encargan repararla con buena madera “de fusta”, suprimiendo otras obras ya programadas. Gracias a las investigaciones de Herminda Cubilla, que en 2006 pudo consultar el Libro de Fábrica 315/7, conocemos la notificación de 1796 por la que se insta a la construcción de una nueva parroquial: “ […] Y con ello redimir la penalidad que se produce al concurrir el pueblo a su actual iglesia por lo penoso e incómodo del terreno en tiempos de nieve y lluvias”. Será esta circunstancia la que determine que se dote a Muriel Viejo de una nueva iglesia en 1797 y que su maestro constructor sea D. Cipriano Antonio de Miguel, quien por esos mismos años estaba levantando la ermita de la Blanca en Cabrejas del Pinar.

Así fue como la parroquial de Santa María pasará a cumplir exclusivamente la función cementerial y, poco a poco, a abrirse al cielo, desperdigando su patrimonio. De su pasado medieval pervive la portada, muy maltratada por el paso de la historia y las inclemencias del tiempo, así como algunos restos de la caja de sus muros. Si nos atenemos a la posición de la portada, la orientación de la iglesia de Nuestra Señora Santa María no fue la canónica, pues la puerta está orientada al noroeste, mirando al pueblo, no pudiendo determinar si la portada se trasladó de posición. Cuenta esta portada con un arco de ingreso liso y dos arquivoltas, la primera lisa y la más exterior decorada con un fino bocel. Sobre ellas una chambrana de sencilla nacela protegía el conjunto. Reposan las arquivoltas sobre una imposta de nacela decorada con bolas o piñas, que a duras penas podemos distinguir. Por debajo de esta destacan dos parejas de columnas acodilladas con sus correspondientes capiteles, si bien la exterior del lado izquierdo está formada por un tubo de fibrocemento. El capitel exterior de la derecha, muy deteriorado, se decora con hojas muy estilizadas, muy parecido al que vemos en la ventanita occidental de la ermita de nuestra Señora del Valle de Muriel de la Fuente. Le sigue el decorado con dos arpías atrapadas por un tallo que rodea sus cuellos. En el lado izquierdo vemos al exterior un capitel de cemento, que intenta imitar el del lado derecho, mientras que el interior representa un rostro con melena sobre dos grandes hojas, que ha sido muy maltratado por la acción antrópica. Toda la portada merece una protección, retirada de cemento gris y reposición de una columna y su capitel, consolidación del capitel exterior derecho, etc. Al interior del cementerio todavía podemos distinguir parte de los muros perimetrales de la antigua parroquia, que pudo tener una cabecera rectangular.

Al volver al pueblo nos encontramos en la puerta de su vivienda con Carlos González que, casualmente, tiene llaves de la iglesia parroquial y que amablemente nos facilita la entrada. Está consagrada a la Asunción. Se trata de una nave larga y estrecha, casi un tubo, con techumbre a dos aguas de madera de pino muy bien conservada. Un gran arco de medio punto da paso al presbiterio. El interior de la iglesia es un auténtico museo con obras de cierto valor, pues casi con toda seguridad hasta ella llegaron obras procedentes de la antigua iglesia de Santa María, así como otros restos de la antigua ermita de San Vicente, que desde su pico homónimo custodiaba el valle del río de Muriel Viejo, subsidiario del Abión. Precisamente del yacimiento arqueológico de San Vicente llegó la bella estela medieval que se expone en el muro occidental de la iglesia. Se trata de una estela que conserva la casi totalidad de su disco, con decoración discoidal rodeado de un círculo segmentado. Por debajo conserva sus dos hombros y hacia el cuerpo está decorada con una retícula romboidal.

La devoción a San Roque, San Antón y San Sebastián se ve en los retablos y en las tablas que se encuentran a ambos lados de la cabecera. El retablo mayor dedicado a la Asunción de Nuestra Señora es barroco, pero conserva las tablas del banco y de sus calles y ático del anterior retablo de la iglesia de Santa María, tablas renacentistas a las que el nuevo retablo se adaptará. En lo alto del retablo encima de sus dos calles nos encontramos con dos tallas góticas, una Virgen con el Niño y otra de un San Juan melancólico, esta, sin duda, formó parte de una Deesis, pudiendo hacer pareja con la talla de la Virgen que un día, mediado el siglo XX, y ya sin policromía, salió del cementerio subida a lomos de una Vespa.

El retablo que se encuentra en el lado de la Epístola se caracteriza por presentar un tercio renacentista y dos tercios barrocos; además, en su interior, vemos una pila bautismal de increíble austeridad, dos benditeras de posible ascendencia romana, pendones, el retablo del Santo Cristo, un cuadro reciente de una Santa Faz, etc.

Completamos la visita con un paseo por la localidad en la que nos encontramos con su alargado abrevadero alimentado por dos chorros de agua; un cuidado lavadero, lugar donde se celebra cada verano el Festival de “Poesía junto al Río”; carteles con poemas colgados de las paredes y un coqueto hotel: El cielo de Muriel, donde pudimos disfrutar de un buen café y nos preguntamos cómo es posible que ese negocio funcione en un lugar tan despoblado. La respuesta es la imaginación: la caza, el senderismo, la micología, los “baños de bosque”; una inmersión en la naturaleza para aliviar el alma, o el starlight, un lugar con excelentes cualidades para contemplar el cielo. Y es que como podemos leer en una de las paredes del hotel: “Las estrellas no pueden brillar sin oscuridad”.

BIBLIOGRAFÍA

- ARCHIVO DIOCESANO OSMA-SORIA
    - Libro de Fábrica de Nuestra Señora de la Asunción. 1524-1630 Ref. 315.4
    - Libro de Fábrica de Nuestra Señora de la Asunción. Ref. 315.7
- BLASCO JIMÉNEZ, M. (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Cuar. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- HERBOSA, V. (1999): El románico en Soria. Ediciones Lancia. León.
- HUERTA HUERTA, P. L. (2002): Muriel Viejo. Cementerio municipal., en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 693
- IZQUIERDO BERTIZ, J. Mª. (1986) El románico en la provincia de Soria. Soria.
- LOPERRÁEZ CORVALÁN, J. (1788): Descripción histórica del Obispado de Osma. Imprenta Real. Madrid.