Hoy, como decíamos, nos quedamos
en Soria, en esta mañana fresca, casi fría, pues como saben los que aquí
residen, el frío se anticipa en esta ciudad antes que en ninguna. Al frío lo
acompaña un cielo nublado que amenaza lluvia.
Comenzamos nuestra jornada
recorriendo el camino del Mirón. A nuestra izquierda queda esa ermita enorme,
barroca y cerrada al público por obras. Pronto llegamos a la rehecha muralla,
con sus cubos recuperados; una obra ingente e importante que da esplendor a la
ciudad. Pero los intentos de recuperación van, a veces, acompañados de otros
que deshacen los logros, y si hubo algún momento en que la muralla se
iluminaba, actualmente esto resulta imposible por el robo del cableado que lo
hacía posible.
Llegamos a la iglesia de San Ginés. Dos grandes paredones con una gran boca meridional y una cabecera absidada nos recuerdan que aquí estuvo la parroquia de la collación de San Ginés, muy cerca del portillo homónimo. De ella algo queda, aunque poco. Los dos muros están construidos a base de encofrado de cal y canto (con pequeñas piedras calizas), pudiendo reconocer las distintas verdugadas y los pequeños mechinales, algunos rematados con una teja curva.
En el centro del paredón
meridional destaca un gran bocarón, donde estuvo la portada, que pudo ser
arrancada para colocarla en otro inmueble o bien para su empleo como piedra o
incluso para hacer cal. ¿Podría ser la que hoy
vemos en La Mayor, antigua San Gil? En el sector oriental de la abertura se
distingue un hueco de forma rectangular que se prolonga longitudinalmente hacia
el interior del muro. Esta oquedad parece haber servido como alojamiento para
la tranca destinada a asegurar la puerta desde el interior del templo. La
existencia de este detalle arquitectónico revela que la iglesia no solo cumplía
funciones religiosas, sino que también desempeñaba un papel defensivo,
ofreciendo refugio a los vecinos del entorno en momentos de peligro o ante
eventuales ataques.
Escoltando ese gran boquete en la
parte superior aún sobreviven dos saeteras, una completa y parte de otra, que
fueron ejecutadas excavando el hueco cuando el encofrado estaba fresco, igual a
las que vemos en la cercana iglesia de San Juan de Duero.
No sabemos con certeza cuándo se
abandonó, pero con el despoblamiento de este sector, acabó anexionada a San
Martín de Canales en el siglo XIV. Ya abandonada en siglos posteriores cumplió
una nueva función, pues el recrecimiento del hastial occidental con mampostería
menuda unida con barro, el cerramiento del hueco de la portada y el cierre del
lado oriental nos indican que pudo ser utilizado como un cerramiento para
ganado. El plano de Coello, de 1860, lo representa como un espacio rectangular.
Se ha realizado un verdadero
esfuerzo de recuperación, pero este no ha ido acompañado de un mantenimiento
posterior y el resultado es el de un inmueble abandonado a su suerte. Una pena.
Y es que tal vez no se esté trabajando para el futuro sino para un presente en
el que poder sacar un rédito inmediato.
El acceso al interior resulta
imposible, ya que una puerta metálica, asegurada con dos candados y una
cerradura, impide la entrada. El Ayuntamiento de Soria ha manifestado su
intención de adquirir el inmueble, aunque por el momento existen ciertas dificultades
que lo impiden.
En 1609 debía
hallarse ya en ruinas, por lo que se traslada el santo titular a la iglesia de
la Santísima Trinidad y con él todos los actos litúrgicos. Hoy sus restos
aparecen rodeados de terrenos llecos, sobre una ladera de fuerte pendiente
hacia el río Duero. Esa fuerte inclinación nos hace pensar que el ábside y
presbiterio contaron con una gran altura, hoy desaparecida.
El edificio primitivo se construyó a base de encofrado de cal, piedra caliza, cantos rodados y areniscas. Las esquinas y los vanos, hoy desaparecidos, lo hicieron con sillería. La cabecera conserva el ábside semicircular y el tramo recto del presbiterio más ancho. La cabecera es maciza, pues no conserva ningún vano, quizás por haberse rebajado la altura de los muros donde se encontrarían.
La
nave es rectangular, más ancha que el presbiterio, conservando el muro norte
original, mientras que el sur ha sufrido muchas reformas. En este estuvo la
portada, hoy desaparecida. Han desaparecido todas las cubiertas, así como aleros,
y la totalidad de los muros han sido rebajados. Pero sin duda el ábside se cubrió con bóveda
de horno; el presbiterio con bóveda de cañón apuntada y la nave, con una
armadura de madera.
Ascendemos por la ladera del cerro en dirección a la vivienda más septentrional de la calle de Santa Cruz. La tradición oral y erudita ubicaba en esta casa la antigua iglesia de la collación, la cual, a medida que la ladera fue quedando despoblada, terminó por perder el culto. Se sabe que en el primer cuarto del siglo XIX dejaron de registrarse anotaciones en el Libro de Fábrica de la iglesia de Santa Cruz. A partir de entonces, el templo inició un proceso de desaparición, aunque a mediados de siglo aún quedaban algunos restos visibles. Un siglo después de su abandono, surgió en este sector un barrio de autoconstrucción que el director de El Avisador Numantino, Felipe de las Heras —bajo el seudónimo “Philipo”— denominó “La Prosperidad” en su edición del 20 de febrero de 1929. En las primeras viviendas de este nuevo barrio se reutilizaron numerosos elementos procedentes de las antiguas parroquias del cerro.
Estas laderas,
hoy convertidas en eriales, fueron cultivadas al menos hasta la década de 1960,
y en ellas aparecieron restos de las antiguas necrópolis e iglesias, convertidos,
en la mayoría de los casos, en cal.
La antigua
vivienda contaba con dos estelas discoideas que flanqueaban la entrada a un
pequeño patio. En el año 2019, dicha vivienda fue adquirida por Araceli
Fernández Vivas y Diego Fernández Lobera, quienes, con fecha de 17 de mayo de
ese mismo año, entregaron ambas piezas en depósito al Museo Numantino.
En la
actualidad, una reproducción de estas estelas puede contemplarse en el
cementerio templario, situado en el entorno de San Juan de Duero. La
construcción de la nueva vivienda ha motivado una intervención arqueológica que
ha permitido sacar a la luz parte de la cabecera gótica de la antigua
parroquia.
Y para finalizar, queremos volver
a agradecer el interés a todos los que en algún momento se han acercado a la
lectura de esta serie de artículos, y también, por supuesto, al medio –El Día
de Soria- que ha servido
de intermediario y ha hecho posible su divulgación.






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