lunes, 19 de enero de 2026

EL ROMÁNICO OLVIDADO DEL CERRO DEL MIRÓN EN SORIA

 

“[…] y en las cercanías ermitas e iglesias abandonadas con sus ábsides
surcados por angostas ventanas; sube después valiente
y escalando las yermas cumbres de los cerros,
para dejar dentro de su escudo
pétreo el Mirón, […]”.
Arquitectura románica en Soria. Teodoro Ramírez Rojas.


Hoy, diez de septiembre de 2025, nos disponemos a realizar nuestra postrera aventura buscando esas iglesias, casi siempre pequeñas y pobres, desgastadas y olvidadas, heridas y antiguas, que han sido nuestro objetivo durante varios años, y las protagonistas de una serie de artículos publicados en este periódico. El presente será el último. Buscamos en nuestra propia ciudad soriana ese románico carente de techumbre con el que hemos querido dejar patente su olvido y soledad. Agradecemos a quienes hayan seguido esta serie de más de una cuarentena de artículos su fidelidad, y esperamos que, si no han conseguido su propósito de concienciar, por lo menos hayan entretenido un ratito al lector.

Hoy, como decíamos, nos quedamos en Soria, en esta mañana fresca, casi fría, pues como saben los que aquí residen, el frío se anticipa en esta ciudad antes que en ninguna. Al frío lo acompaña un cielo nublado que amenaza lluvia.

Comenzamos nuestra jornada recorriendo el camino del Mirón. A nuestra izquierda queda esa ermita enorme, barroca y cerrada al público por obras. Pronto llegamos a la rehecha muralla, con sus cubos recuperados; una obra ingente e importante que da esplendor a la ciudad. Pero los intentos de recuperación van, a veces, acompañados de otros que deshacen los logros, y si hubo algún momento en que la muralla se iluminaba, actualmente esto resulta imposible por el robo del cableado que lo hacía posible.

Desde la cabecera de la ermita de Nuestra Señora del Mirón se contempla la ladera desolada del Mirón. Desde los Cuatro Vientos, Leonor y Antonio contemplan la humilde ciudad de Soria y los restos de su muralla con los paredones de la iglesia de San Ginés; la iglesia de San Agustín el Viejo, que se convirtió en majada, y la nueva vivienda en la calle de Santa Cruz en la que se conserva parte de la cabecera y nave de la antigua parroquia de Santa Cruz.

Bajamos el cerro siguiendo la muralla, ya no queda nada de la actividad que aquí había antaño. En su día mantuvo una población pujante con sus casitas, calles, cultivos y, por supuesto, sus iglesias tales como la de la Santa Cruz, San Juan de los Naharros o de los Navarros, San Millán y San Vicente, actualmente desaparecidas; San Ginés y San Agustín “el Viejo” de las que se conservan algunos restos. Parece que un incendio ocurrido en el siglo XIV, junto con el traslado de la ciudad hacia la zona más elevada del collado, contribuyó en parte a su abandono. Hoy, la vegetación oculta los vestigios de su pasado. Este lugar sería un espacio ideal para la creación de un parque arqueológico.

Llegamos a la iglesia de San Ginés. Dos grandes paredones con una gran boca meridional y una cabecera absidada nos recuerdan que aquí estuvo la parroquia de la collación de San Ginés, muy cerca del portillo homónimo. De ella algo queda, aunque poco. Los dos muros están construidos a base de encofrado de cal y canto (con pequeñas piedras calizas), pudiendo reconocer las distintas verdugadas y los pequeños mechinales, algunos rematados con una teja curva.

En el centro del paredón meridional destaca un gran bocarón, donde estuvo la portada, que pudo ser arrancada para colocarla en otro inmueble o bien para su empleo como piedra o incluso para hacer cal. ¿Podría ser la que hoy vemos en La Mayor, antigua San Gil? En el sector oriental de la abertura se distingue un hueco de forma rectangular que se prolonga longitudinalmente hacia el interior del muro. Esta oquedad parece haber servido como alojamiento para la tranca destinada a asegurar la puerta desde el interior del templo. La existencia de este detalle arquitectónico revela que la iglesia no solo cumplía funciones religiosas, sino que también desempeñaba un papel defensivo, ofreciendo refugio a los vecinos del entorno en momentos de peligro o ante eventuales ataques.

Escoltando ese gran boquete en la parte superior aún sobreviven dos saeteras, una completa y parte de otra, que fueron ejecutadas excavando el hueco cuando el encofrado estaba fresco, igual a las que vemos en la cercana iglesia de San Juan de Duero.

No sabemos con certeza cuándo se abandonó, pero con el despoblamiento de este sector, acabó anexionada a San Martín de Canales en el siglo XIV. Ya abandonada en siglos posteriores cumplió una nueva función, pues el recrecimiento del hastial occidental con mampostería menuda unida con barro, el cerramiento del hueco de la portada y el cierre del lado oriental nos indican que pudo ser utilizado como un cerramiento para ganado. El plano de Coello, de 1860, lo representa como un espacio rectangular.

En el año 2016, la intervención arqueológica promovida por el Excmo. Ayuntamiento de Soria y llevada a cabo por la empresa ARECO S.L. permitió sacar a la luz la cabecera de la iglesia, compuesta por un ábside semicircular y un tramo recto correspondiente al presbiterio, ambos construidos en buena sillería. Durante los trabajos también se recuperó parte del antiguo pavimento del templo, elaborado con grandes losas escuadradas, así como un banco corrido, una escalinata y restos de dos altares y del baptisterio, esto último hoy oculto por la vegetación y el abandono. La excavación confirmó además que, en este sector, la muralla de Soria se adaptó al ábside, lo que demuestra que la iglesia es anterior a la estructura defensiva de la ciudad.

Se ha realizado un verdadero esfuerzo de recuperación, pero este no ha ido acompañado de un mantenimiento posterior y el resultado es el de un inmueble abandonado a su suerte. Una pena. Y es que tal vez no se esté trabajando para el futuro sino para un presente en el que poder sacar un rédito inmediato.

Siguiendo el camino de San Ginés llegamos al edificio que antaño fue la iglesia de San Agustín el Viejo. Con el paso del tiempo, el lugar ha tenido diversos usos: primero sirvió como corral de ovejas y, en años más recientes, como perrera. En la zona de los pies del templo se construyó además una vivienda. Afortunadamente, gracias a los usos que ha tenido, aún se conservan el muro del ábside y parte de la estructura original de sus muros.

El acceso al interior resulta imposible, ya que una puerta metálica, asegurada con dos candados y una cerradura, impide la entrada. El Ayuntamiento de Soria ha manifestado su intención de adquirir el inmueble, aunque por el momento existen ciertas dificultades que lo impiden.

En 1609 debía hallarse ya en ruinas, por lo que se traslada el santo titular a la iglesia de la Santísima Trinidad y con él todos los actos litúrgicos. Hoy sus restos aparecen rodeados de terrenos llecos, sobre una ladera de fuerte pendiente hacia el río Duero. Esa fuerte inclinación nos hace pensar que el ábside y presbiterio contaron con una gran altura, hoy desaparecida.

El edificio primitivo se construyó a base de encofrado de cal, piedra caliza, cantos rodados y areniscas. Las esquinas y los vanos, hoy desaparecidos, lo hicieron con sillería. La cabecera conserva el ábside semicircular y el tramo recto del presbiterio más ancho. La cabecera es maciza, pues no conserva ningún vano, quizás por haberse rebajado la altura de los muros donde se encontrarían.

La nave es rectangular, más ancha que el presbiterio, conservando el muro norte original, mientras que el sur ha sufrido muchas reformas. En este estuvo la portada, hoy desaparecida. Han desaparecido todas las cubiertas, así como aleros, y la totalidad de los muros han sido rebajados.  Pero sin duda el ábside se cubrió con bóveda de horno; el presbiterio con bóveda de cañón apuntada y la nave, con una armadura de madera.

Ascendemos por la ladera del cerro en dirección a la vivienda más septentrional de la calle de Santa Cruz. La tradición oral y erudita ubicaba en esta casa la antigua iglesia de la collación, la cual, a medida que la ladera fue quedando despoblada, terminó por perder el culto. Se sabe que en el primer cuarto del siglo XIX dejaron de registrarse anotaciones en el Libro de Fábrica de la iglesia de Santa Cruz. A partir de entonces, el templo inició un proceso de desaparición, aunque a mediados de siglo aún quedaban algunos restos visibles. Un siglo después de su abandono, surgió en este sector un barrio de autoconstrucción que el director de El Avisador Numantino, Felipe de las Heras —bajo el seudónimo “Philipo”— denominó “La Prosperidad” en su edición del 20 de febrero de 1929. En las primeras viviendas de este nuevo barrio se reutilizaron numerosos elementos procedentes de las antiguas parroquias del cerro.

Estas laderas, hoy convertidas en eriales, fueron cultivadas al menos hasta la década de 1960, y en ellas aparecieron restos de las antiguas necrópolis e iglesias, convertidos, en la mayoría de los casos, en cal.

La antigua vivienda contaba con dos estelas discoideas que flanqueaban la entrada a un pequeño patio. En el año 2019, dicha vivienda fue adquirida por Araceli Fernández Vivas y Diego Fernández Lobera, quienes, con fecha de 17 de mayo de ese mismo año, entregaron ambas piezas en depósito al Museo Numantino.

En la actualidad, una reproducción de estas estelas puede contemplarse en el cementerio templario, situado en el entorno de San Juan de Duero. La construcción de la nueva vivienda ha motivado una intervención arqueológica que ha permitido sacar a la luz parte de la cabecera gótica de la antigua parroquia.

El Gabinete Arqueológico Arquetipo fue el encargado de esta intervención, determinando la localización exacta del templo y su posible extensión. Situados en la calle, frente al número 24, sabemos que bajo nuestros pies se encuentra parte de la nave de la antigua iglesia, y que hacia el oeste se alzaba la iglesia de San Juan de los Naharros. Allí, evocamos la imagen de un joven Alfonso VIII que vivió y jugó en este histórico barrio.

Resulta todo el entorno un lugar encantador, un lugar protegido de los vientos fríos del norte, prestándose al sol y con vistas maravillosas al Duero. No sería malo darle la importancia que tiene y tratar de alcanzar un equilibrio entre su belleza y el disfrute de la ciudadanía.

Y para finalizar, queremos volver a agradecer el interés a todos los que en algún momento se han acercado a la lectura de esta serie de artículos, y también, por supuesto, al medio –El Día de Soria- que ha servido de intermediario y ha hecho posible su divulgación.

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