domingo, 5 de mayo de 2024

LOS ENIGMAS DE LA ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DE LA CONCEPCIÓN DE ALENTISQUE.

 

“Dado el estado de ruina, su futuro es incierto, pues a la vegetación que la invade
tanto interior como exteriormente, de modo inminente se sumará el
hundimiento de las cubiertas de la cabecera, precisando
urgentemente de una limpieza y consolidación”.

Alentisque. Ruinas de una iglesia en el cementerio. (2002) José Manuel Rodríguez Montañés


Quizás era demasiado cálida la mañana de abril para esa época. La aprovechamos para visitar el románico de Alentisque. En algo más de media hora alcanzamos esta población siguiendo la autovía hasta Almazán y desviándonos allí por la CL 116, carretera dirección Monteagudo de las Vicarías, y que nos conducirá hasta las márgenes del pueblo.

En el camino apreciamos el verde intenso con el que los campos se han vestido gracias a las abundantes lluvias que últimamente habían caído, deshaciendo así un justificado temor a una prolongada sequía.

Al cruzar Morón de Almazán nos sorprendió ver su nombre escrito en un alto con enormes letras que se aprecian desde la carretera. Costumbre ésta extendida en muchas ciudades, pero no tan frecuente en localidades pequeñas.

Alentisque está enclavado en un llano situado en la falda de un montículo al que se dio el nombre de Puerto de Alentisque. La aldea se integró en la Comunidad de Villa y Tierra de Almazán y, dentro de ella, en el sexmo de la Sierra.

Cruzan estas tierras pequeños riachuelos, y sus aguas, incrementadas por algunas fuentes, terminan en el arroyo Alepud que las conduce al río Morón que se encarga de llevarlas al Duero. También caen allí lluvias que llegan al Jalón y al Ebro, pues ese Puerto es divisoria de aguas, e incluso de culturas.

La localidad es en la actualidad un núcleo pequeño de casas cuya construcción se sirvió, de forma mayoritaria, del adobe. Se utilizó la piedra en alguna de ellas, especialmente en las bases de las paredes y en los lugares más nobles, pero esencialmente es el barro, a veces revestido, el que muestra su fuerte humildad. También hay viviendas nuevas que reúnen todas las comodidades actuales, pero son las menos.

A pesar de su tamaño, Alentisque sigue siendo municipio, calidad que obtuvo al caer el Antiguo Régimen, allá por el siglo XIX. Su nombre nos recuerda a Alentejo, pero leyendo a José Antonio Pérez-Rioja, descubrimos que procede del latín lentiscus, lentisco, con anteposición del artículo árabe al; lentisco es un arbusto de madera aromática de cuyas ramas se extrae la resina llamada almáciga o mástique. A mitad de ese siglo lo habitaban unos 250 habitantes y fue creciendo, ayudado por la incorporación de Cabanillas, hasta llegar a más de 350. Hoy, paseando por sus calles nos parece imposible. Y aunque está habitado, no son más de 30 personas las que viven allí. Pero eso en invierno. Las fiestas, los fines de semana y el verano transforman esa realidad, y el municipio aparece habitado y resplandeciente.

Llegamos al pueblo buscando el cementerio, lugar en el que está ubicada la antigua ermita de Nuestra Señora de la Concepción, objeto de nuestro interés. Nos recibe a la entrada de la localidad otro edificio, bien cuidado, que en su día fue la escuela y que hoy se utiliza como centro social; nos llamó la atención su forma curvada, abriéndose al sol de mediodía y adaptándose a la curvatura de la calle. Al lado de las escuelas antiguas nos encontramos, casualmente, con Alfonso Casado y Alejandro García Herrera que alimentaban de gasoil a un moderno tractor ubicado en un gran almacén. Preguntamos por la iglesia románica que pretendíamos ver, con la fortuna de que Alfonso Casado se mostró dispuesto no solo a orientarnos sino a acompañarnos junto con su hija Silvia, a la que conocíamos de su paso por el bachillerato del instituto Machado. Con estos amables cicerones cruzamos el pueblo y por la carretera que conduce a Momblona, atravesando un coqueto merendero, la fuente y los antiguos huertos del pueblo, hoy reconquistados por los árboles, llegamos al cementerio y a la ermita románica que buscábamos.

Alfonso había sido alcalde y mostró una gran sensibilidad por esa iglesia y por los problemas del pueblo. Nos informó de que a finales del siglo XX el edificio estaba semiderruido y que durante su alcaldía, a principios del XXI, se preocupó de cubrir con una nueva techumbre la cabecera. Lamentó no haber podido hacer lo mismo con la nave de la iglesia, aunque sí logró dotarla de un suelo de cemento que acabó con los árboles y arbustos que allí crecían; fijó además una interesante estela rectangular y la pila benditera monolítica.

En los restos románicos de la ermita de Nuestra Señora de la Concepción podemos apreciar una iglesia de planta basilical, de una sola nave, con presbiterio recto y ábside semicircular, ejecutada en su mayor parte en sillarejo, excepto el muro de poniente que lo hace con mampostería menuda; las esquinas y vanos lo hacen en sillería. La nave se encuentra abierta al cielo y la cabecera se cubre con una cubierta de madera, si bien en su origen pudo estar abovedada, con portada abierta en el muro sur. La cabecera se abre con un arco de triunfo apuntado, soportado por dos pilastras con una imposta de listel y chaflán. Perfil que, invertido, se repite a modo de basa en el responsión del septentrión. El ábside conserva su altar de obra, el tosco vano abocinado de la ventana absidal, así como un gran nicho a ras del suelo, del que desconocemos su utilidad. Todo el interior estuvo enfoscado, conservando la cabecera restos de pintura mural con decoración vegetal de floreros y corazones, sobre un zócalo de color rojizo.

En el inmueble podemos distinguir dos periodos constructivos: uno medieval en la cabecera y otro de época moderna en los muros de la nave, que provocan un estrechamiento de la misma así como una disimetría entre el lado norte y el sur. El muro meridional aparece alineado con el del presbiterio, mientras que el septentrional se retranquea hacia el interior.

Desde su última restauración el solado aparece hormigonado con desagües para la lluvia y la cancela de madera que separaba la cabecera ha sido sustituida por otra metálica.

El muro meridional y la cabecera nos dan unas pistas sobre la procedencia de algunos de sus materiales y su construcción. En el muro meridional aparecen embutidas tres estelas medievales, mientras que en la base del presbiterio vemos una lápida funeraria romana. Muy cerca de la ermita se encuentra el yacimiento arqueológico romano y medieval del “Cerro de los Moros” del que pudieron llegar tanto las estelas medievales como la lápida funeraria y otros muchos materiales. Según el profesor Alfredo Jimeno que tradujo la lápida, siguiendo el calco que hiciera Santiago Loranco y la transcripción de F. Fita, podemos leer: “Sempronio Luro y Sempronia Ide, estando vivos, la hicieron para su queridísima hija Elpidotina y para sí mismos”.


La cabecera se edifica en sillarejo y en el presbiterio se abre una ventana rectangular de una pieza muy abocinada hacia el interior, mientras la ventana absidal aparece tapiada. 
Al exterior, la cabecera está recorrida con una cornisa de perfil de nacela, decorada con unas líneas incisas y sustentada por un grupo de canecillos muy toscos decorados con rollos, piñas, nacela, hojas y una serie de inquietantes máscaras humanas y animales, entre las que queremos ver un lobo. Durante mucho tiempo estas imágenes fueron diana en los juegos de los niños.

La portada se abre en un antecuerpo adelantado del muro meridional, y casi con toda seguridad fue muy modificada con la reconstrucción de mediados del siglo XVII. Con esta reforma contó con un arco de ingreso y tres arquivoltas lisas. De ellas solo pervive el arco de ingreso de medio punto, la arquivolta lisa interior y restos de las dos exteriores. Los arcos descansan en jambas escalonadas, con impostas abiseladas decoradas con sucesión de círculos secantes a levante y palmetas inscritas en una greca, a poniente. Tres parejas de columnas se acodillaban, de las cuales sólo se conservan completas dos y restos de una tercera, conservándose in situ cinco de los seis capiteles. Los de la izquierda se decoran con un entrelazo de cestería, dos pisos de hojas de acanto con bordes vueltos y hojas lanceoladas con piñas; en el lado derecho, el capitel interior se decora con tres pisos de hojas lanceoladas con una bola en el ángulo; el otro se decora con hojas sin apenas resalte, coronadas con volutas.
Por el libro de cuentas de la parroquial de San Martín Obispo, sabemos que a mediados del siglo XVII la ermita estaba en estado ruinoso y, debido a la devoción con que contaba el inmueble, que anteriormente había sido parroquial, se ordena su reparación y que cuando tenga alguna renta hagan Libro de ella e inventario. La reparación se llevó a cabo y el único libro de cuentas abarca los años 1.726 a 1.825. José Vicente de Frías Balsa transcribe estos mandamientos del visitador de la Diócesis de Sigüenza en 1643:
“ Mandamiento en término de este lugar donde llaman Nuestra Señora de la Dehesa que fue antes parroquial y que se mandó destruir y derribar porque no hubiese indecencias y la Justicia y Regimiento de dicho lugar por su devoción y por cuanto pareciese dicho Lugar Sagrado la repararon y la han puesto en el estado en que hoy parece. Y por no estar del todo acabada se les encarga lleven adelante la pía intención de dicha Ermita que antes era parroquia e iglesia. Y cuando tuviera alguna renta hagan libro de ella e inventario. Y entretanto el cura que es o que fue de dicho lugar tome cuenta de los bienes de la dicha ermita y obra para que a todo tiempo conste como se va cumpliendo lo cual haga y cumpla pena de que será castigado y así lo mandó y firmó. D. Pedro Marino” 
Libro de Fábrica de la iglesia de San Martín Obispo. 1580-1640

En la visita pastoral realizada en 1.767 por el obispo de Sigüenza al lugar se da cuenta de una inspección a la ermita, momento en el que se encontraba en buena decencia para el culto, mandando reponer la puerta y que se pagara con los caudales de la ermita. Por este libro sabemos que en 1657, Francisco Gómez había donado a nuestra Señora una tiara, que por entonces portaba sobre la frente, además de una heredad de tierra a la ermita.

Creemos que fue en esa reforma cuando se estrechó la nave, eliminándose la separación de presbiterio y nave, que si bien en el lado sur casi no se percibe, en el lado norte se ve perfectamente cómo se rasuró ese muro y cómo se estrechó la nave construyendo uno nuevo con un fuerte zócalo rematado a bisel en sillería. Muy cerca de la cabecera y al exterior vemos parte de un arco cegado que partía de una imposta de chaflán. Por encima del zócalo vemos cómo los maestros y alarifes reutilizaron muchos sillares, modillones de rollo, dovelas con bocel, sillares, etc., asentados sin orden, lo que da a este muro norte un aspecto desastroso de piedra mal distribuida. Todo el interior estuvo enfoscado.

Por mandato de la Junta de Sanidad de Alentisque, desde junio de 1833, la ermita de la Concepción, por estar en lugar apartado y ventilado, se constituyó interinamente como cementerio hasta que se construyera el nuevo. El nuevo camposanto construido por los maestros alarifes Elías Gimeno y Ángel Martínez, se utilizará por primera vez en noviembre de 1834, si bien hasta 1857 no se generalizan los enterramientos en él. Así sabemos que a la párvula Marcelina Muñoz Granada se la entierra en la sepultura de ladrillo, debajo del órgano, en el mismo rincón. Precisamente, en 1829-1830 se otorga a la parroquia de San Martín Obispo licencia para construir un órgano. Será el maestro organero D. Mariano García, vecino de Calatayud el encargado de construirlo e instalarlo en la parroquia, por ello recibirá 5.320 reales de vellón.

Hasta mediados del siglo XIX, el libro de difuntos nos dice que se oficiaba alguna misa en la ermita de la Concepción, desde entonces la falta de cuidados la llevó a la ruina. Hoy el cementerio está muy cuidado y ordenado con sus panteones unifamiliares, haciéndose así compañía ruinas y fallecidos.

Acabamos la mañana visitando la iglesia de San Martín de Tours que nos abre, muy amablemente, el alcalde actual Juan Antonio Peña Frías. El santo, al que está consagrada la iglesia, suele representarse ofreciendo en invierno, desde su caballo, su capa a un mendigo. Sin embargo en el pueblo celebran, el 3 de febrero, la festividad de San Blas, especialista en curar los males de garganta. Se trata de una iglesia tardo gótica del siglo XVI. Conserva la iglesia su solado original con gradas de piedra y baldosas cerámicas. Según leemos en el libro de Carta Cuenta de la parroquial, en 1830 éstas se estructuraban en siete tandas con precios que iban de los 24 reales de vellón en la 1ª hasta los 14 de la 7ª y posteriores. Nos informan de que su retablo mayor fue intercambiado por otro del Monasterio de Huerta, seguramente perdiendo el pueblo en el trato. El Libro de Fábrica (Ref.208) 1680-1717 afirma que se pagó a un maestro por componer un retablo mayor advocado a San Pedro, que hoy no se encuentra en la iglesia, desconociendo, de momento, su paradero. Aun así posee otro de gran calidad. No fue esta su única pérdida, pues uno de sus cálices desapareció en algún momento sin que haya regresado a su iglesia original, así como alguna estela medieval de la ermita.


BIBLIOGRAFÍA

- ARCHIVO DIOCESANO OSMA-SORIA
    - Libro de Fábrica de San Martín Obispo de Alentisque 1580-1640 Ref. 208.2
    - Libro de Fábrica San Martín Obispo de Alentisque 1680-1717 Ref. 208
    - Libro de Fábrica San Martín Obispo de Alentisque 1753-1844 Ref. 209
    - Libro de Cuentas de la Ermita de Nuestra Señora de la Concepción de Alentisque 1726-1767 Ref. 211
    - Cuarto libro de Difuntos de Alentisque. Ref. 202
- BLASCO JIMÉNEZ, M. (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Cuar. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- ENRIQUEZ SALAMANCA, C. (1998) Rutas del románico en la provincia de Soria. Edita Codex-Rom. Tudela.
- FITA, F. (1916): Nuevas inscripciones romanas de Alentisque y Riba de Saelices en la Diócesis de Sigüenza. B.R.A.H. t. LXVIII, pp. 412-413.
- GOIG SOLER, Mª. I. y GOIG SOLER, Mª. L. (1996): Soria, pueblo a pueblo. Edita: las autoras. Imprime Gráficas SIGNO, Soria.
- IZQUIERDO BERTIZ, J. Mª. (1986) El románico en la provincia de Soria. Soria.
- JIMENO MARTÍNEZ, A. (1980): Epigrafía romana de la provincia de Soria. Edita: Excma. Diputación Provincial de Soria, pp. 63-64.
- MADOZ, P. (1850): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid, 1993.
- PÉREZ-RIOJA, J.A. (2005): El alma de Soria en el lenguaje. Edita: Excma. Diputación Provincial de Soria. Colección Temas Sorianos Nº 50. pp.31.
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, J. M. (2002): Alentisque. Ruinas de una iglesia en el cementerio, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 119-122
- SORONDO, Juan Luis (1997) Censo de Ermitas de Soria. Edita: Excma. Diputación Provincial de Soria. Colección Temas Sorianos Nº 35.
- TARACENA AGUIRRE, B. (1941) Carta Arqueológica de España. Soria. C.S.I.C. pp. 32.

domingo, 24 de marzo de 2024

LA  PORTADA ROMÁNICA DEL VIEJO CEMENTERIO DE VELAMAZÁN

 

“Recogido en una leve hondonada, se ve Velamazán, desbordado por el
legado de nobles piedras erigidas por los marqueses de su nombre.
El último señor fue un pájaro de cuidado, que se trastornó con la
chifladura de la velocidad y de los ingenios voladores”

Corazón de roble. Ernesto Escapa


Durante algunos días de enero hizo un calor excesivo para lo que venía siendo normal en la estación del invierno. En uno de esos días anormalmente cálidos nos dirigimos a Velamazán. Allí, desplazándose desde Rebollo, localidad en la que reside, nos esperaba Octavio Yagüe, recién jubilado de su trabajo en el ayuntamiento de Almazán. Octavio es un hombre preocupado por la situación y los problemas de la provincia, por la que manifiesta tener curiosidad e incluso pasión y, como consecuencia, conocedor del románico provincial y de sus problemas. Nos desborda también al llegar la amabilidad y generosidad de Victoria del Valle Antón, amante de su pueblo y crítica con algunas de las obras que en él se han realizado. Nos obsequia con unos graciosos sombreros que ella elabora con plásticos de diferentes colores.

Velamazán dista algo más de cincuenta kilómetros de la capital. La A-15 nos conduce hasta Almazán y allí hemos de tomar la CL-116 con dirección a Berlanga de Duero hasta encontrar un cruce a la izquierda, que, por la SO-P-4173, nos lleva a Velamazán.

Al llegar al municipio contemplamos el majestuoso palacio de los marqueses de Velamazán, construido en el siglo XVII y ahora herido, por estar fragmentado en varias propiedades, una de ellas dedicada a casa rural. Al lado de este edificio se levanta la iglesia parroquial de la Santa Cruz, que antiguamente formaba parte de la propiedad de los González Castejón, marqueses de Velamazán, y a la que tenían acceso directo desde su palacio. Destaca en la iglesia la torre nueva reconstruida entre 2005 y 2009, que, según Victoria, se ha levantado con el dinero que generan los doce aerogeneradores instalados en el municipio. Su apariencia se asemeja a un mirador, y, de hecho, posee un ascensor, para ascender a lo alto de ella, que no funcionaba el día que lo visitamos. La antigua torre fue herida en 1885 por un rayo que incendió el interior, fundiendo sus campanas y destruyendo la esfera del reloj. Esta herida contribuyó a su primer derrumbe en junio de 1953 y a un segundo, en octubre del mismo año. 


Doce son las personas que actualmente duermen en el municipio, pues municipio es desde el siglo XIX, a pesar de su escasa población. Hasta entonces la localidad estuvo bajo la jurisdicción de la familia González de Castejón, marqueses de Velamazán. Y fue un pueblo grande, para lo que nos acostumbran nuestros pueblos, pues llegó a tener en sus calles a más de cuatrocientas personas a mediados del mismo siglo XIX, e incluso a más de quinientas a mediados del XX. Aunque el caserío hoy parece incapaz de albergar a toda esa población, muchos solares de casas, derrumbadas debido a su construcción con adobe, pudieron ser antaño lugar acogedor de viviendas y de sus gentes.

El conjunto del palacio y la iglesia se ve acompañado del rollo y de una curiosa fuente. Muy cerquita está el ayuntamiento y en sus bajos, un bar que permite la tertulia, el acercamiento entre las gentes y la vida de una familia.

Octavio nos condujo por las empinadas calles La Tercia y San Sebastián hasta lo que resta de la antigua iglesia de San Sebastián, objetivo de nuestro viaje. Está situada en una loma amesetada vigilada, desde otra más elevada, por el “Torrejón o Torreón”, que según la tradición oral fue levantado a principios del siglo XX por D. José María González de Castejón y Olazábal, con la intención de realizar ensayos de vuelos humanos; sin embargo, en la conferencia “Apuntes sobre la molinería tradicional en Soria” impartida por Ángel Lorenzo y organizada por la Asociación de Amigos del Museo Numantino el pasado 10 de mayo de 2023, éste, sostuvo que en su día pudo ser un molino de viento y, anteriormente, parte de la fortaleza de Velamazán.

El pasado de la iglesia de San Sebastián no es fácil de comprender; en su origen pudo ser románica, aunque en su madurez pudiera ser gótica y hoy, en su vejez, se ha convertido en una nave que se usó en su tiempo para cementerio pero que conserva su portada románica y su torre también altomedieval. La parroquial de San Sebastián comenzó su declive en 1620, cuando el marqués de Velamazán obtuvo el permiso del Obispado de Sigüenza para construir una nueva iglesia en la parte baja del pueblo, pues esta, al estar situada alejada del pueblo y elevada, era de difícil acceso para que niños y ancianos acudieran a los actos litúrgicos. Cuando por fin se bendijo la nueva parroquial advocada a la Santa Cruz en 1727, la antigua de San Sebastián se convirtió en el cementerio del lugar.

Un elemento singular de esta iglesia es la gran torre, que se encuentra adosada al muro sur y ligeramente separada. En una de sus troneras permanecerá la campana de San Sebastián que tocará a “clamores”. Nos cuenta José de Miguel Martínez, en su libro “Velamazán, Villa de señorío, condado y marquesado”, que no será hasta 1826 cuando se desmonte el tejado de la nave; mientras que en 1937 se desmocha la torre, a la que aquí llaman “la torre ciega” y se baja la campana de clamores hasta la iglesia de Santa Cruz. Todas esas intervenciones contribuyeron a crear ese aspecto semirruinoso que muestra hoy, viéndose acrecentado por la intervención de 1946, en la que se desmontó la esquina suroeste por peligro de derrumbe.  Este mismo autor nos cuenta que tuvo dos puertas de acceso: una desde el interior de la iglesia, y otra, desde, el exterior, que todavía se intuye al lado de la portada, y que se tapiaron. Además su interior guarda una espectacular escalera de caracol. En nuestra visita observamos las troneras cegadas así como una estela medieval empotrada en el muro sur de la torre.
La tradición oral nos dice que la portada románica se subió desde la antigua románica de Santa Cruz, aunque bien podría haber formado parte de la antigua iglesia románica de San Sebastián. La portada se abre en el muro meridional y en el pasado se cubrió con un portalejo a un agua, como demuestra la roza de la torre. Se trata de una portada de buena factura con arco de medio punto, apoyado en una imposta de simple nacela, seguida hacia el exterior por una pequeña arquivolta de bisel, otra con un fuerte baquetón y una chambrana de nacela. La arquivolta de baquetón descansa sobre dos capiteles figurados. El de nuestra izquierda está decorado con dos aves, posiblemente gallináceas, que podrían ser dos sisones picoteando un tallo con hojas que aparece en el vértice; el de la derecha representa a dos aves que parecen picotear algo en el suelo, si bien una de ellas ha perdido la cabeza. Se ha dicho que son posibles arpías, pero bien podría tratarse de dos aves rapaces. Los cimacios de las dos cestas presentan una decoración dentada.


El resto del inmueble es obra ya gótica y se construye en mampostería excepto: esquinas, vanos, cornisa de la cabecera y muro de separación de cabecera y nave. La cabecera, al igual que las otras iglesias de Velamazán, es recta y ligeramente más estrecha que la nave. Al interior, el paso de la nave a la cabecera se soluciona con un gran arco de triunfo apuntado de buena calidad y con un muro de buena sillería, que recuerda a otros del entorno. La cabecera estuvo abovedada con una bóveda de crucería de ladrillo enfoscada con cal y arena, según vemos en el arranque de esta en la esquina sureste. Asimismo, destaca en este espacio un arco de medio punto de gran dovelaje, semienterrado en el muro norte. Se sabe que la nave estuvo cubierta en los últimos tiempos con una cubierta de madera, pero al menos conserva dos elementos que nos hacen creer que en su origen estuvo cubierta con una bóveda de crucería: en el rincón sureste de la nave todavía se ve el arranque de una bóveda de crucería, en este caso de piedra y la ménsula de la que partía y, en el muro septentrional, se distingue una gran columna embutida en el muro.

Al exterior, la cabecera conserva toda la cornisa y, en su unión con la nave, una articulación similar a la que se puede ver en la ermita de Nuestra Señora de la Dehesa; en este caso con una gran columna que vemos en el lado norte, mientras que en al sur aparece enmascarada con la torre adosada. Una grieta vertical en el muro este amenaza este espacio. Sería bueno, ahora que el viento sopla a favor de esta villa, que se consolidará “la torre ciega”, que se rehiciera la esquina suroeste y que se abriera al público esa vista de la que hoy no se puede disfrutar. Un estudio arqueológico de todo este espacio añadiría valor al pasado de la villa.


Con su vehículo Octavio nos lleva hasta la ermita de la Virgen de la Dehesa, a la que hace años acudían los “churriegos” en procesión en la noche de Viernes Santo, así como a misa durante el mes de mayo. El inmueble contó con casa de santero, de la que se conserva la caja de sus muros. Allí se encuentra esta ermitilla aprisionada entre campos de labor. Posee una bonita portada románica y un testero recto. La articulación entre la nave y la cabecera se soluciona con dos columnas, que ya vimos que copian años después en San Sebastián y que, por cierto, en su muro sur tiene tales desperfectos que podrían estar anunciando su derrumbe. Este inmueble fue intervenido magistralmente por el Proyecto Soria Románica, pero es conveniente seguir cuidándolo. Hoy solo algunas aves viven en su interior.

En nuestro regreso nos aventuramos en Barca, un pueblecito cuya iglesia advocada a Santa Cristina posee un precioso pórtico románico, con una esbelta torre y, en su plazoleta, su rollo de justicia. Esta torre, junto con la de Alentisque, se comunican visualmente con la torre blanca de Velamazán.

Una pareja mayor nos aborda con su paso lento. Se han cansado de Madrid y desde la pandemia viven en Barca. ¿Será este el futuro de nuestros pueblos?


BIBLIOGRAFÍA:

- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.

-  DE MIGUEL MARTÍNEZ, José (2017): “Velamazán, Villa de señorío, condado y marquesado”. Edita Diputación Provincial de Soria. Colección: Paisajes, lugares y gentes.

- ENRIQUEZ SALAMANCA, Cayetano (1998) “Rutas del románico en la provincia de Soria”. Edita Codex-Rom. Tudela.

- GOIG SOLER, Isabel. (2018): “Soria pueblo a pueblo”.

 http://soria-goig.com/Pueblos/pag_0583.htm (Consultado en febrero de 2024)

- HUERTA HUERTA, Pedro Luis (2002): “Velamazán. Iglesia de San Sebastián (cementerio viejo) Ermita de la Virgen de la Dehesa”, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1183-1186

- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional.

- MORENO MORENO, Miguel (2009): “La torre nueva de Velamazán”. Ochoa Impresores, Soria.

  

domingo, 4 de febrero de 2024

LA RUINA IMPARABLE DE LA ERMITA DE LA VIRGEN DEL VALLEJO DE ALCOZAR

 

“Entre San Esteban y Langa la ribera se ensancha, ganando espacio para los cultivos
y para el lucimiento de su escolta vegetal. El Duero se despide de Soria por
estos pagos cidianos dejando a su derecha el lujo románico de Rejas
y la severidad del adobe con pies de enebro en Alcozar.”

Corazón de roble. Ernesto Escapa

A finales de septiembre visitamos Alcozar. El nombre de la localidad nos recuerda a otros como Alcorisa o Alcora, en fin, a pueblos con nombres árabes. El día amaneció soleado, radiante y agradable. Al entrar en el pueblo, muy cercano a Langa y justo al otro lado del Duero del despoblado de Castril, nos recibió un bien edificado lavadero. Un poco más adelante nos esperaba Mari Carmen Aparicio que resultó una anfitriona espectacular, capaz de rellenar toda la mañana, desde las nueve, con visitas constantes a los diversos lugares de interés del pueblo.

Alcozar se encuentra al oeste de Soria, a una hora aproximada en automóvil, se accede al pueblo por la N-122 o la A-11, dependiendo de tramos, hasta encontrar un cruce a la derecha antes de llegar a Langa de Duero. El lugar fue ocupado por Almanzor en 994, en la misma campaña que tomaba San Esteban de Gormaz o Clunia, y fue allí donde un año después fue derrotado el conde de Castilla García Fernández; derrota que le costó la vida. Durante el Antiguo Régimen estaba, parece ser, bajo jurisdicción eclesiástica. En el censo de Floridablanca, de 1787, se contabilizan 458 habitantes. En el siglo XIX, siendo municipio constitucional, como casi todos, alcanzó en 1887 los 600 habitantes de hecho; y ya en 1944, los 617, su máximo histórico. En la segunda mitad del siglo XX, tan catastrófico para las zonas rurales, perdió la categoría de municipio y se integró, a finales de la centuria, con poco más de 30 habitantes, en el municipio de Langa de Duero.

En las calles apenas pudimos ver a alguien, pero el pueblo, con sus casas, muchas de ellas construidas con adobe, apareció, limpio y aseado. Con Mari Carmen subimos hasta la ermita del Vallejo, y es que recibe su nombre por estar ubicada en un pequeño valle provocado por dos montículos. En uno de esos montículos se halla el torreón con su reloj, hoy eléctrico, que luce iluminado cuando la luz natural se esconde; en el otro, el de Macerón, se asienta alguna antena y desde él se domina todo el territorio.

Mari Carmen fue explicándonos prolijamente todo detalle de interés del pueblo, y no dejó de hacer referencia a Divina Aparicio, una de las almas de la asociación que ha conseguido la recuperación de muchos rincones de la localidad. Buena parte de los asociados viven fuera del pueblo: en Barcelona, Zaragoza, Madrid, Berlanga o San Esteban, como es el caso de la propia Mari Carmen y su hermano. Estos, vecinos de Barcelona, ya jubilados, buscan la mejor forma de volver a su tierra.

Visitamos la ermita de Nuestra Señora del Vallejo. Da pena. Según Patrimonio de la Junta de Castilla y León, el total de la inversión inicial fue de 298.668,47 euros, a lo que hay que sumar otros 52.000 euros para la consolidación de las ruinas y enterrar los restos óseos aparecidos durante la intervención. A pesar de estas intervenciones, aquello se cae. La antigua parroquial de San Esteban Protomártir se deshace como un azucarillo. La Asociación de Alcozar ha logrado incluir la ermita en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra, pues el muro oriental de la sacristía ha sufrido un derrumbe, y lo que estuvo oculto (galería porticada y sacristía) y ahora a la intemperie, sufre un deterioro palpable.

Desde el interior del cementerio se puede ver lo que queda del ábside, posteado, pero herido de muerte por dos grandes grietas en sentido vertical. La cornisa de nacela decorada con bolas es sostenida por buenos canecillos. En el centro, la ventana absidal conserva el arco y sus cimacios, con dos capiteles irreconocibles, habiendo desaparecido sus columnas. En los cimacios podemos ver una tosca inscripción de difícil transcripción, en la creemos leer en el ubicado en el sur, ST PHANUM; mientras que en el del norte, PETRO DONO. En el centro del desordenado camposanto se halla la cruz de todas las ánimas, una cruz de madera vieja rodeada de flores, la cruz de menor valor material del cementerio, pero la más engalanada.

Quizás fue alrededor de 1965 cuando se abandonó la romería que el 3 de mayo, subía a la Virgen del Vallejo, momento que se aprovechaba para la bendición de campos. Subía desde su emplazamiento en la iglesia de San Esteban Protomártir hasta su ermita del Vallejo, en la que permanecería hasta el 12 de octubre, momento en el que volvía a la parroquia para pasar allí el invierno. La emigración provocó que se abandonara esta tradición. Desde entonces, la falta de mantenimiento de la iglesia de arriba fue crucial para llegar a la situación presente.

En 1985 Teógenes Ortego visitó el lugar y escribió para la Revista Celtiberia el artículo: “Alcozar, la iglesia de San Esteban ruina histórico-artística de la Villa” en el que describe la iglesia y su galería porticada, ya tapiada, sus pinturas murales, levantando una planta y advirtiendo del deterioro experimentado por la antigua parroquial desde su anterior visita, denunciando las condiciones en que se encontraba el inmueble, sin embargo, el pueblo no reaccionó.

La intervención del Proyecto Soria Románica dio luz a los restos de la antigua parroquial. Gracias a ellos sabemos bastante más de este puzle en que se ha convertido el inmueble románico. Se trataba de la parroquial de San Esteban Protomártir que lo fue hasta 1812 en que la advocación se intercambió con la ermita de abajo. La parroquia románica contó con una nave cubierta con techumbre de madera y una cabecera con presbiterio recto, cubierta con bóveda de cañón y un ábside semicircular cubierto con bóveda de horno. A los pies de la nave se levantó un bajo coro con bóveda de cañón en buena sillería, del que se conserva el riñón norte. En el costado norte, se adosó la escalera que daba acceso al campanario. Teógenes Ortego escribió que se trataba de un mausoleo que estaba protegido por una verja.

Adosado al muro norte y al occidental se levantó una galería porticada en “L”, que se tapió a partir de 1598 cuando la galería se integró en una nueva nave. Gracias a las últimas intervenciones podemos ver alguna evidencia de la galería occidental en la base de lo que fue la espadaña. En esta gran reforma se derribó el muro norte y se levantaron dos grandes arcos formeros, desapareciendo la portada románica y abriéndose una nueva, más acorde con los gustos de la época, y perdiéndose varios arcos de la galería. De la portada románica se reutilizó el arco de ingreso y las jambas en la vieja casa rectoral, sita en la plaza García Fernández, desapareciendo el resto. Cuando la vivienda se arruinó, el pueblo se movilizó e impidió su salida hacia San Esteban de Gormaz, y en 2005 se volvió a remontar. Así nos lo explicó Antonio, el amable alcalde. Los restos de esta portada, a la que le faltan las arquivoltas, entroncan con las iglesias cercanas de la Virgen de las Lagunas, Bocigas de Perales, Rejas de San Esteban e, incluso, las iglesias de San Esteban de Gormaz.

Al exterior se ven los restos de las chambranas de la galería y un gran canecillo que representa una cabeza humana de rasgos “negroides”, así como la salida de agua sucia del aguamanil de la sacristía. Al retirar el alfarje de la sacristía, aparecieron varios canecillos entre los que podemos destacar el que representa una escena de lucha o de danza, y el que, casi oculto por el muro de la sacristía, representa un tañedor de albogue, tocado con larga túnica, ceñida con cinturón y decorada con lunares.

En ese mismo cerro Macerón que sostiene a la ermita y en de la Torre del Reloj, están excavadas las bodegas y las lagaretas. En la falda del cerro nos encontramos con el lagar comunal en el que se pesaba y prensaba la uva, y, posteriormente, se trasladaba el mosto a las bodegas. Desde estos montículos se puede contemplar un paisaje precioso, con una hondonada en la que se aprecian las tierras de labor, salpicadas por alguna viña y unas laderas revestidas de zona boscosa. Alcanza la vista hasta el Duero y hacia esa zona de regadío comunal, que llaman “la vega”, zona que los vecinos de Alcozar temen perder en favor de Langa, municipio al que pertenecen.

Cuando bajamos hasta el pueblo perdemos las cobertura del móvil. Parece ser, a pesar del aburrido y machacón mensaje de los políticos, que solo llega a los que no las necesitan: los muertos del cementerio.

Mari Carmen nos enseñó las escuelas, un edificio de tres plantas, en la antigua Casa de Villa, con un museo que recrea una casa rural antigua y una escuela de los años sesenta. El inmueble fue casa del secretario, del maestro y de la maestra, también secretaría. También tenía el pueblo una casa del médico y del cura.

En la plaza porticada y desigual, pues hay zonas nuevas y otras muy viejas, destaca el frontón y el “Fuerte” edificio comunal, sin que sepamos su verdadera función.

Visitamos también otros lugares como el lagar comunal, un lugar ideal para que nuestros jóvenes aprendieran las formas en que se elaboraba antiguamente el vino; la herrería y el museo textil en el lavadero, donde se puede hacer un recorrido por el utillaje y herramientas textiles y agrícolas. Todo estupendamente montado. Pero nos preguntamos: y si no llega a estar Mari Carmen, ¿cómo vemos todo? La Diputación Provincial, si es provincial, ¿no debería ser consciente de esto y además de mantenerlo, hacer lo posible por enseñarlo? ¿No es posible diseñar una serie de rutas turísticas que, saliendo de la capital, como se hace en otras provincias, recorra diferentes pueblos de interés y que no sean a los que todo el mundo va, recuperando así bienes de interés y dinamizando esos pueblos y su economía?

Mientras escribimos estas líneas, la antigua iglesia parroquial, sufre las inclemencias del tiempo: el posteado, las pinturas murales, las decoraciones escultóricas y demás restos que yacen a la intemperie se van integrando en el valle. La Asociación Alcozar y el Alcalde luchan por que esta ermita se proteja con una nueva techumbre y se lamentan de haber cedido el inmueble a la Diócesis de Osma-Soria.


BIBLIOGRAFÍA:

- APARICIO ANDRÉS, Divina (1997); Donaciones al monasterio de La Vid en el término de Alcozar (1160-1190)” Celtiberia, 1997, pp. 135-144.
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- ENRIQUEZ SALAMANCA, Cayetano (1998) Rutas del románico en la provincia de Soria. Edita Codex-Rom. Tudela.
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
- HERNÁNDEZ ÁLVARO, Ana Rosa (1984): La imaginería medieval en la provincia de Soria. Edita Centro de Estudios Sorianos (CSIC), Soria.
- HERNANDO GARRIDO, José Luis (2002): Alcozar. Ermita de San Esteban Protomártir o de la Virgen del Vallejo, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 89-94
- IZQUERDO BERTIZ, José María (1986) El románico en la provincia de Soria. Soria.
- LORENZO ARRIBAS, Josemi (2008) Un canecillo musical románico recién descubierto en Alcozar (Soria) Románico. Revista. Edita: Asociación de Amigos del románico, nº 7. pp. 30-37
- LORENZO ARRIBAS, Josemi (2024): Ermita de la Virgen del Vallejo. ALCOZAR” Obra inédita. pp. 3-35
- ORTEGO FRÍAS, Teógenes (1985) Alcozar, la iglesia de San Esteban, ruina histórico-artística de la villa, Celtiberia, 1985 [XXXV/70), pp. 331-338
- WEB Historia de Alcozar: http://www.alcozar.net/historia/ 

sábado, 30 de diciembre de 2023

LA IGLESIA DE LA DEGOLLACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA EN QUINTANILLA DE NUÑO PEDRO

LA IGLESIA DE LA DEGOLLACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA EN QUINTANILLA DE NUÑO PEDRO



“Castilla se va entretejiendo, como ocurre con España entera, sobre un
cañamazo cultural muy complejo, pero en el que destaca
de manera singular el fragor de las luchas con
los islámicos y las largas paces en
convivencia con ellos”.

Guía espiritual de Castilla. José Jiménez Lozano




¿Cómo es posible que, a estas alturas del siglo XXI, en España haya ciudadanos que no puedan conectarse por teléfono desde sus casas, que tengan que buscar un punto determinado en sus pueblos para poder contactar con seres queridos, con servicios, con sanidad, etc.? ¿Quiénes son los responsables de tal situación? ¿Acaso son los mismos que nos exigen una cita para atendernos o nos animan al control de las nuevas tecnologías? Pues bien, la situación descrita, tan anacrónica, sucede cada día en muchos pueblos de la provincia de Soria, y Quintanilla de Nuño Pedro es uno de ellos.

Hemos realizado este viaje, pasado el día de San Saturio, cuyas fiestas fueron tan calurosas como las de San Juan. Así pues, nos acompañó un día cálido hasta este pueblo de nombre tan medieval, y que cambió su nombre de Quintanilla Nuño Pedro para añadirle una “de” actual.

Estamos ante una de esas poblaciones, como tantas otras, venidas a menos en nuestro territorio. Perteneció a la Merindad de Santo Domingo de Silos y fue municipio con unos 70 habitantes; hoy está integrado en Espeja de San Marcelino y no llegan a veinte las almas que allí permanecen habitualmente.

Para llegar al lugar hay que utilizar la N-234 hasta San Leonardo, y allí desviarse a la izquierda para tomar la SO-934 hacia Peñaranda de Duero (Burgos), que nos llevará hasta la población.

Nos sorprendió que hubiera cinco o seis personas esperándonos, a las que se fueron añadiendo, poco a poco, unas diez más. Tanta afluencia daba idea de la preocupación con que los pobladores de este pueblo están viviendo el problema de su iglesia. Una iglesia que tiene goteras, ocasionadas por el desplazamiento de las tejas y el onduline de la cubierta, y en la que además el muro norte de la sacristía puede derrumbarse. Contrasta la situación de descuido de la iglesia con el cuidado que se ha puesto en las calles y demás edificios del pueblo, destacando, entre otras recuperaciones, el renacido rollo jurisdiccional.

Tanta afluencia y tanto interés nos produjo cierto temor a que nuestra presencia creara falsas expectativas de solución. Nuestro poder no va más lejos que el de plasmar en estas hojas el problema y la angustia con la que se vive.

Elvira García nos explicó que se habían puesto en contacto con el Obispado y la Diputación de Soria y que les sufragan el 75% del coste de las reparaciones, pero el pueblo tiene que aportar el 25% restante. Ya han pagado a un arquitecto 1.000 euros para la redacción de una memoria en la que los gastos se calcularon en 50.000 €, pero como los precios se han disparado, ahora la cantidad se eleva hasta los 67.000 €, de los que el pueblo tiene que aportar, aproximadamente, 17.000 €. La parroquia, al frente de la cual está el párroco D. Rafael, sensible al problema, dispone de unos 5.000 € y el pueblo no posee recursos para sufragar el resto, así que se pensó como solución en el micro-mecenazgo a través de una campaña con Hispania Nostra o a través de la parroquia.

Todos nos acompañaron a ver los problemas de la iglesia. En su entrada podemos ver las pinturas creadas con emoción por Carlos del Val, uno de los habitantes del pueblo. En su interior, y exterior, nos hicimos idea de la gravedad del problema. Nos explicaron que tienen dos asociaciones desde las que tratan de buscar soluciones: la del Lagar y la del Común. De esta última el presidente es Ismael Díaz, que tras abandonar Barcelona, creó en el pueblo una quesería y, actualmente, desempeña el cargo de alguacil.

La iglesia de la Degollación de San Juan Bautista es una obra del siglo XIII-XIV, con reformas importantes en el XVII. Originalmente la parroquial contó con una nave recta de mampostería, cubierta con techumbre de madera, sillares en esquinas y vanos y una cabecera rectangular. Esta se encuentra cubierta con una sólida bóveda de cañón de buena sillería encalada sobre una sencilla imposta de listel y nacela, sin distinción de presbiterio y ábside. Precisamente esta cabecera recta ha dado pie a retrasar su construcción a periodos altomedievales, aunque nosotros lo consideramos como un arcaísmo más de la pervivencia de las cabeceras rectas en esta comarca. El arco de triunfo es un potente y austero arco de medio punto sin decoración y muy cerrado, que descansa sobre sus jambas, coronadas por una imposta de listel y nacela. En el muro meridional se puede ver cómo la nave es ligeramente más ancha que la cabecera. La cabecera se ilumina con una ventana adintelada, que se abrió con posterioridad, partiendo la bóveda. Al exterior y por debajo de esta se puede ver la pequeña aspillera original, que fue cegada cuando se recreció la altura del inmueble. En el muro meridional se abre la portada en un sencillo arco de medio punto, protegida por un portalillo moderno.

En un momento indeterminado, quizás del siglo XVII, se decidió ampliar la iglesia y para ello eliminaron el muro norte, levantando dos grandes arcos de medio punto, similares al triunfal, abriendo una nueva nave. En la cabecera abrieron una puerta que daría paso a la nueva sacristía. Al fondo de esta nave septentrional se sitúa el bautisterio, cerrado por una balaustrada de madera con la fecha de 1897. En éste se custodia una pila bautismal decorada con un bocel en la embocadura y gallones cóncavos, que también es obra de la primera construcción, ya de finales del XIII o principios del XIV. Esta nave, en la actualidad, corre peligro de derrumbe, para evitarlo los vecinos han posteado con puntales metálicos algunas de las vigas y con cubos recogen el agua de las goteras. El muro norte de la sacristía amenaza con venirse abajo, pues actualmente presenta un gran desplome y una potente grieta en la parte superior.
En el interior destacan: sus dos retablos, el gran pendón y la cruz procesional, así como la escultura de San Filareto, abogado de la vista. En la enjuta de los dos grades arcos de medio punto podemos ver el campanillo de rueda, al que se atribuyó una procedencia del antiguo Monasterio Jerónimo de Guijosa, en el que podemos leer una inscripción con el donante y el año de 1885. Esta es una pieza única en las iglesias sorianas y se toca en el momento de la Consagración.

La nave, como hemos señalado se recreció, con alero de teja, mientras que en la cabecera se conservó la cornisa de simple nacela sin canes, muy parecida a la de la vecina ermita de la Virgen de la Torre de Guijosa. Cuando se hizo la sacristía la cornisa de listel y nacela se recolocó en el muro septentrional. A poniente, y también como resultado de la última reforma, se levanta una buena espadaña de sillería con dos troneras para campanas, rematada con frontón triangular con pináculos y cruz. Según cuentan los vecinos, en los últimos años y por efecto del clima, se producen pequeños desprendimientos de esquirlas. Siguiendo la nave septentrional y al exterior un pequeño muro de mampostería acoge la antigua huesera de Quintanilla.

Casi todos los varones que nos acompañaron son de fuera del pueblo, no así las mujeres. Pero unos y otros nos mostraron idéntica preocupación por su iglesia. Miguel, extremeño, es un ejemplo de ello. Casado con Elvira vivieron en Barcelona y ahora están afincados definitivamente en el pueblo. Prácticamente todos ellos han probado el sabor amargo de la migración y, en un momento dado, han decidido regresar, volver al pueblo de forma definitiva o temporal. Es el caso de Luis del Hoyo, que fue alcalde del pueblo, y Avelina Carazo, que pasan cuatro meses en Torremolinos y luego regresan a su querido pueblo.


No hay jóvenes entre nuestros acompañantes, y es que su sensibilidad es diferente. Su preocupación no es tanto la iglesia como las comunicaciones para que otros jóvenes acudan a trabajar allí, o visiten a sus abuelos sin necesidad de estar abocados a un aislamiento al que les condena la falta de cobertura.

El pueblo lucha por conservar su patrimonio religioso y para ello abrieron una cuenta en la oficina de Caja Rural de Soria de San Leonardo, a nombre de Parroquia de la Degollación de San Juan Bautista de Quintanilla de Nuño Pedro: Número de Cuenta, en la que reciben las aportaciones de los amantes del patrimonio rural. 

Oídos sus problemas e inquietudes, nos mostraron su espectacular “Lagar”, convertido en una gran sala-bar y museo etnográfico. Allí nos despidieron con tremenda amabilidad y con un apetitoso ágape acompañado por un excelente vino cosechero de Luis.

Antes de regresar a Soria nos detuvimos en Guijosa. Allí nos esperaba Lorena de Pablo, su madre y José Ramón García Esteban, teniente alcalde de Espeja de San Marcelino y alcalde pedáneo. Lorena, junto a los hermanos Rocío y David Redondo ha creado una empresa que gestiona varias cuentas en redes sociales, entre las que destaca “Soria está de moda”. Esta visita, sus gentes y su rico patrimonio, bien merece otro artículo en estas páginas semanales.







BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de la Degollación de San Juan Bautista.

- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.

- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍN DELGADO, José Javier (2021): Memoria valorada. Sustitución de cubiertas y obras de reparación en la iglesia de la Degollación de San Juan Bautista de Quintanilla de Nuño Pedro. Estudio de arquitectura Lado por lado. Soria 2023.




domingo, 26 de noviembre de 2023

LA IGLESIA DE LOS SANTOS JUSTO Y PASTOR EN CASTELLANOS DEL CAMPO: EL HUMILDE ROMÁNICO.

 

“Ruinas perdidas en campo que lecho
de mar fue antes de hombres, tus
cubos mordieron el polvo, . . .”

Ruinas perdidas en campo . . . Miguel de Unamuno

En nuestra entrega anterior nos centrábamos en los restos románicos de La Pica. Ese mismo día, y dada su proximidad, visitamos también el despoblado de Castellanos del Campo. Era un día caluroso, pegajoso. A pesar de ello, dirigiéndonos hacia Castellanos, veíamos la niebla pegada a la mole del Moncayo. Todavía quedaban señales inequívocas, en el camino y en los campos, del aguacero reciente y de la riada provocada por el mismo. El olor agradable de un campo húmedo salpicado de encinas nos acompañaba, pero la visión era la de un trigo apedreado o anegado. Estamos ante un espacio bisagra entre el Campo de Gómara y las Tierras Altas, que se adivinan al otro lado de la Sierra del Madero.

Recordemos que para acercarnos al lugar basta con seguir la N-122 hacia Zaragoza y, habiendo cruzado Aldealpozo y el río Rituerto, hay que desviarse a la izquierda siguiendo una señal que anuncia la ruta de los torreones. Allí encontramos lo que queda de Castellanos del Campo. Aunque sus orígenes parecen remontarse a épocas anteriores, esta zona norte del Campo de Gómara, fue conquistada por el rey aragonés Alfonso I, hacia 1119, al igual que la ciudad de Soria y toda la falda del Moncayo. Se constituyó entonces la Comunidad de Villa y Tierra de Soria, a la que pertenecía Castellanos del Campo. Aunque entonces se repobló, Agustín Rubio Semper, en su publicación “Notas para el estudio de la despoblación en Soria durante la baja Edad Media”, mantiene que en 1496 ya solo quedaban dos vecinos, y que el corregidor de Soria, Cristóbal Salinas, declaraba `derraygado´ el lugar y permitía que todos los sorianos pudieran labrar, pescar o cazar a su antojo en la zona. Este fenómeno era aprovechado, normalmente, por algún noble que utilizaba esas tierras como si fueran de su propiedad, sin permitir que otros vecinos pudieran utilizarlas. Eso mismo ocurrió en Castellanos del Campo en el siglo XVI; sus riquezas fueron explotadas durante un tiempo por nobles. Si leemos los datos que ofrece Wikipedia, figuran ocho familias hacia mitad del siglo XVI; podrían ser trabajadores de esa nobleza que reutilizó el territorio. Posteriormente fue abandonado para, de nuevo, habitarse en el siglo XVIII. Cuarenta y dos vecinos aparecen en el censo de 1842 cuando era municipio constitucional. Ya en el siglo XIX, se incorporó a Villar del Campo, que con sus poco más de veinticinco habitantes sostiene la municipalidad y pronto, de seguir con esta desprotección de nuestros pueblos, quedará del municipio únicamente el recuerdo de que en su estación de ferrocarril se grabaron algunas escenas de la película de Doctor Zhivago.

Por un camino en muy mal estado, llegamos a la iglesia de los Santos Justo y Pastor, o mejor dicho, a lo que fue esa iglesia; hoy ermita en ruinas, a punto de desaparecer. Su interior está tomado por la hierba, las zarzas y las vigas que un día sostuvieron su techumbre, hoy caídas y destrozadas, especialmente en la zona del coro. Un poco más allá se halla el torreón árabe que emparentó y comunicó, en su tiempo, con los de La Pica, Masegoso, Aldealpozo, e Hinojosa del Campo constituyendo hoy la ruta de los torreones. Los diferentes momentos de su poblamiento fueron el motivo por el cual la iglesia tiene una nave románica y una cabecera barroca. La sacristía, de grandes dimensiones, está ocupada por un gran rosal silvestre y la espadaña tiene, sorprendentemente, sus dos troneras cegadas.

La iglesia de los Santos Justo y Pastor se encuentra al sur del despoblado; un poco apartada de lo que fue el caserío, con orientación suroeste-noreste. Podemos aventurar que tiene dos periodos constructivos, como apuntábamos anteriormente; el más antiguo medieval, románico, y uno más moderno, del siglo XVIII, barroco. La iglesia nos marca el devenir del despoblado. La primitiva iglesia medieval contó con una nave cubierta con entramado de madera a dos aguas y, casi con toda seguridad, una cabecera con tramo recto del presbiterio y un ábside semicircular, toda ella abovedada. Cuando el lugar se volvió a repoblar en el siglo XVIII, la cabecera románica se sustituyó por una capilla cuadrada, cubierta con cúpula sobre pechinas, recreciéndose la espadaña en sillería y modificándose la portada.

El románico de Castellanos del Campo es el más humilde de los conservados en la provincia de Soria. La nave románica mantiene los muros románicos de mampostería, abriéndose, en el lado meridional, la portada, que parece obra posterior, con arco de medio punto de gran dovelaje. Esta nave contó hacia el sur con dos pequeñas aspilleras que iluminaban su interior. Todo el perímetro de la nave se remata con una cornisa simple de buena sillería, soportada por canecillos de nacela. La cornisa del muro norte sufrió un expolio en marzo de 2015, cuando robaron unos ocho metros lineales de la cornisa, aunque dejaron allí los canecillos, tal vez para otra ocasión en que la demanda fuera más precisa. La portada abierta en el muro sur es de arco de medio punto de grandes dovelas, que apoyan sobre una imposta simple de nacela. En una de las dovelas todavía se conserva una sencilla marca de cantero.

El interior es un puzle de vigas, tejas y piedras, que dificultan la entrada y la visión de lo que fue la nave. Hacia poniente, tuvo un coro elevado de madera, que según informa Alberto Arribas, estaba “… protegido con una interesante balaustrada de madera con barrotes tallados con formas geométricas y pétalos radiales e intercolumnios elaborados con cuarterones de madera …”. Nada de aquello ha llegado hasta nuestros días. Allí estuvo el baptisterio, también cerrado con una verja de madera, que, en tiempos medievales, acogió la pila románica, que hoy se encuentra en la iglesia parroquial de Nuestras Señora de las Mercedes de Villar del Campo. La pila bautismal, como el inmueble, es una obra del siglo XIII decorada con grandes arcos de medio punto entrecruzados que se combinan con semiesferas y cabecitas enigmáticas.
Por una fotografía de Alberto Arribas sabemos que el solado estuvo ocupado por unas gradas con un enrejado de madera, que en su día acogieron los restos de los moradores de Castellanos del Campo, y que hoy duerme bajo un cúmulo de escombros.

Los muros del interior de la nave todavía conservan parte de un pincelado de falso despiece de color negro, visto en otros muchos inmuebles románicos sorianos, cubiertos, en su día, con una capa de yeso, hoy desprendida. Sobre la puerta, al interior, se alza un gran arco de medio punto en cuyo tímpano todavía podemos ver restos de pinturas murales, mientras que el dintel de madera todavía conserva las dos gorroneras sobre las que giraba la puerta de dos hojas.

Ya dijimos que la cabecera se reformó en el siglo XVIII, con un gran arco de gloria de medio punto, con dovelaje de sillarejo, que se cubrió con una capa de yeso. Esta se cubre con una cúpula de media esfera sobre pechinas, con tejado a cuatro aguas. La cúpula y el intradós del arco triunfal se decoran interiormente con molduras de yeso o escayola; mientras que las pechinas lo hacen con unos óvalos sin decoración. Para consolidar esta cabecera, en el exterior, se levantó un contrafuerte en la esquina suroeste, que los expoliadores han empezado a saquear. En el lado del Evangelio se abrió una puerta adintelada que daba acceso a la sacristía, ahora, también, sin techumbre. La cabecera se iluminaba con una ventana en el muro meridional con arco rebajado monolítico en el que a duras penas podemos leer: “HÍZOSE SIENDO CURA DON FRANCISCO GAMARRA? …”.

A los pies de la ermita se encuentra el cementerio que nadie cuida, con buenos muros de mampostería que guardan los restos de los últimos pobladores, a los que nadie recuerda.

Ladera arriba del despoblado, siguiendo un sendero en dirección norte, nos encontramos con una buena fuente de época medieval, con bóveda de cañón y arco de medio punto, que genera un espacio bucólico. Subiendo en su búsqueda nos acompaña el amable sonido del agua corriendo por el barranco. En el interior del despoblado también encontramos un pozo, ahora seco, construido con buenos sillares, cuyo brocal ha sido saqueado en los últimos lustros. Junto con el torreón y la ermita, unas casas y majadas abandonadas completan lo que fue Castellanos del Campo.

El siglo XXI le ha sentado mal a esta ermita de los Santos Justo y Pastor. Así desde el año 2000 su deterioro ha ido en aumento y parece que, si nadie lo remedia, su final está cercano. ¿Nos lo podemos permitir?

Este es otro caso del románico sin techo en la provincia de Soria, que tenemos la obligación de consolidar y conservar para que las futuras generaciones puedan disfrutar de sus ruinas.

BIBLIOGRAFÍA:

- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- DIAGO HERNANDO, Máximo (1991): Los términos despoblados en las comunidades de villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media. Revista Hispania LI/ 2, Páginas 470 y 471.
- DÍEZ SANZ, Enrique y GALÁN TENDERO, Víctor M. (2012): Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56. Página 340
- GAYA NUÑO, Juan Antonio (1946): El Románico en la provincia de Soria. Edición facsímil de 2003. CSIC, Madrid.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- HUERTA HUERTA, Pedro Luis (2002): Villar del Campo. Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1243-1245.
- HUERTA HUERTA, Pedro Luis (2002): Iglesia de los Santos Justo y Pastor (despoblado de Castellanos del Campo) en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1246-1246.
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- RETUERCE, Manuel y COBOS, Fernando (2004): Fortificación islámica en el alto Duero versus fortificación cristiana en el alto Duero, en el libro Cuando las horas primeras. En el milenario de la Batalla de Calatañazor. Colección Monografías
RUBIO SEMPER, Agustín (2000): Fuentes Medievales Sorianas: Ágreda. Colección de Archivos sorianos nº 1. Imprenta de la Diputación Provincial. Soria.
RUBIO SEMPER, Agustín. (1983). Notas para el estudio de la despoblación en Soria durante la baja Edad Media. Revista de Investigación del Colegio Universitario de Soria, tomo III, nº 3, págs. 37-44.

Web “Despoblados de Soria” Asociación de Amigos del Museo Numantino

https://despoblados.amigosdelmuseonumantino.es/despoblado-de-soria/castellanos-del-campo/ (Consultada el 14 de noviembre de 2023)

viernes, 17 de noviembre de 2023

Derrumbe en San Bartolomé de la Barbolla

Derrumbe de parte de la techumbre de la iglesia de San Bartolomé de La Barbolla. Clic en imagen para leer el artículo de Heraldo-Diario de Soria.



sábado, 7 de octubre de 2023

LAS VIEJAS RUINAS ROMÁNICAS DE LA IGLESIA DE LA PICA

 

El tiempo parece haberse detenido en este lugar, donde aún se
mantienen en pie los restos de su antigua iglesia
parroquial y un torreón medieval muy parecido
a los de Masegoso y Castellanos”.

Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Pedro Luis Huerta Huerta




La Pica es un despoblado del que únicamente quedan las ruinas de su iglesia, la caja de los muros de unas edificaciones para colonos, y un majestuoso torreón. Se sitúa al pie de la Sierra de la Pica, entre las localidades de Tajahuerce, municipio al que pertenece, Omeñaca y Aldealpozo; y al lado del Barranco del Royal, que lleva sus aguas, cuando las lleva, al río Rituerto. Hasta Aldealpozo hay que llegar por la N-122 para, a través de caminos, encontrar tan abandonado lugar. A la salida de Aldealpozo, a través de la “Ruta de los Torreones”, nos dirigimos por un camino de tierra hacia el sur y a poco más de un kilómetro cogeremos un desvío a la derecha; caminando paralelamente al ramal del Camino de Santiago Castellano Aragonés, llegaremos a los restos de la antigua parroquial del despoblado de La Pica.

Realizamos la visita el 26 de junio, un día de calor y con la amenaza de una ola de altas temperaturas. La cebada se veía afligida y afectada por los calores de este año, tan adversos para estos cultivos; mientras los yeros, que han nitrogenado la tierra en las parcelas contiguas, apenas se elevaban un mísero palmo del suelo. A pesar de las aguas de junio, el campo soriano esperaba una mala cosecha. La Pica perteneció a la Comunidad de Villa y Tierra de la ciudad de Soria. Sin embargo, en la primera mitad del siglo XV, el rey Juan II de Castilla (1406-1454) decidió eximirla de la jurisdicción de la Tierra de Soria, concediéndolo en señorío a Hernán Bravo de Lagunas, “el Viejo”, del linaje de los Salvadores. La vida en el lugar debió de ser difícil por lo que esta aldea quedó despoblada en la segunda mitad del mismo siglo. Cuando el territorio quedó despoblado, el corregidor de Soria, Cristobal Salinas, declaró “derraigado” el terreno y permitió que los pobladores de la ciudad lo utilizaran como quisieran para cultivar y pastar, iniciando con ello una serie de conflictos entre el concejo de Soria y los titulares del señorío, que se alargarían hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Fue por entonces cuando el marqués de La Pica, marquesado concedido por Carlos II a Francisco Bravo de Sarabia y Ovalle como alcalde de Santiago de Chile, volvió a poner las tierras en uso y construyó para sus colonos unos pabellones de los que todavía se conservan los esqueletos. En el siglo XX, La Pica sufrió su segundo abandono, que ya sería definitivo.

La Pica, con su torreón, pertenece al municipio de Tajahuerce, que acoge a poco más de 20 habitantes y que, de seguir así, pronto habrá que buscarle un nuevo municipio que le dé amparo. Su paisaje es ondulado y verde, y las últimas lluvias lo habían embellecido aún más. Los molinos de viento subidos a la sierra parecen colosos vigilantes de esas ruinas. Cerca del despoblado, en lo que fue la fuente de La Pica, han habilitado una zona de descanso del Camino de Santiago Castellano Aragonés. También esto está poco cuidado, como los carteles explicativos fruto de esa manía de hacer y no cuidar, de inaugurar y desatender, tan propia de nuestros tiempos. 

Pero lo más llamativo de La Pica es su torreón. Debió de construirse entre los siglos X y XI por sus pobladores musulmanes para defenderse del empuje cristiano. No fue el único que se construyó cerca del Rituerto, pues comparte hermandad con los de Castellanos y Masegoso, constituyendo la ruta de los torreones. Probablemente entre ellos habría sistemas de comunicación. Sus hechuras son de fortaleza, pues así lo ratifican sus muros de casi dos metros en su base. Tres pisos y una terraza acogían sus quince metros de altura. Para acceder se necesitaba una escalera de madera que se ponía o quitaba según la proximidad del enemigo. El tímpano de su entrada alta se decora con un castillo, quizás uno de los primeros emblemas de Castilla.

A sus pies yacen los restos de lo que fue la parroquia de este pequeño lugar, así como las cinco casas de los colonos del Marqués de La Pica, que también han sido y son expoliadas. Cuando la comarca del Rituerto se repobló a partir de 1119, alrededor de este torreón musulmán surgirá el pequeño poblado de La Pica, con sus humildes viviendas arracimadas alrededor de su parroquia. En la actualidad, desconocemos la advocación de esta, como tampoco conocemos de qué parroquia soriana era diezmera. Hoy, las ruinas se encuentran acosadas por una tierra de cultivo de un buen trigo Macareno o Bonifacio, a pesar de este mal año; trigo que hacia el sur de las ruinas tenía muy buen aspecto.

De la vieja iglesia románica aún se conserva, aunque maltrecha, parte de la caja de los muros. Los expoliadores se llevaron las piezas más notables que sin duda estuvieron en sus dos portadas, las esquinas del presbiterio y ábside, así como la ventana absidal. De las piezas labradas sólo podemos ver “in situ” la saetera meridional de la nave que habría de iluminar este espacio dedicado a la feligresía.

Por los restos que quedan deducimos que era un templo típico del románico rural soriano, de una sola nave, con ábside semicircular y espadaña de dos huecos sobre el hastial occidental. Todo ello construido en mampostería. La espadaña perdió su cubierta a piñón y hoy, desde la lejanía, nos parece un tridente; como pasa en otras muchas ruinas románicas. Con toda seguridad, pues no aparecen ni contrafuertes ni responsiones, la nave se cubría con una techumbre de madera a dos aguas; la cabecera lo hacía con bóveda de cañón en el tramo recto del presbiterio, y de cuarto de esfera en el ábside; de todo ello nada ha llegado hasta nosotros. Tan solo se intuye, en la zona del ábside, la curvatura de la bóveda.

Como viene siendo costumbre, en el lado meridional se abría la portada principal, mientras que enfrentada a ella, en el lado norte, se abría una secundaria. Las dos han sido brutalmente saqueadas; mientras en la meridional el vano que se abrió llegó a hacer desparecer el muro; en la septentrional todavía se aprecia el hueco desde el que existe una vista privilegiada del torreón.

Lo único que no se ha expoliado ha sido la aspillera con arco ultrasemicircular hacia el exterior y con dovelaje de medio punto y abocinada hacia el interior. Este arco, casi circular, recuerda a la herradura de otros tantos que han llegado hasta nuestros días por toda la geografía soriana. Este elemento ha dado pie a determinados investigadores a sostener un pasado prerrománico de esta fábrica. Sin embargo, nosotros pensamos, igual que Pedro Luis Huerta Huerta, que tiene más de arcaísmo que de antigüedad. 

Las características de esta fábrica son muy similares a las que podemos encontrar por el resto de la provincia; lo que la situaría entre finales del XII y principios del XIII.

Tanto el exterior como el interior estuvo revocado con una capa de cal y arena, que todavía se aprecia en algunos lugares del exterior, pero sobre todo en el interior de la nave, que a sus pies pudo contar con un coro elevado. Todavía en la parte inferior del hastial occidental, a finales de los años ochenta del siglo XX, Alberto Arribas llegó a ver una serie de figuras grabadas con un objeto punzante, que parecía representar “… una batalla con arqueros, un caballero sobre montura revestida para la batalla, estrellas de cinco y seis puntas… Bajo la escena de la batalla aparece una inscripción que parece una firma correspondiente, o así parece, a un tal Lorenzo, y debajo una fecha ilegible”. En nuestra visita ya no pudimos reconocer esas escenas, tan solo algunas rayas sin sentido.

La tradición oral de la comarca recuerda que al despoblarse La Pica, los bienes, objetos litúrgicos e imágenes fueron a parar a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Tajahuerce, pudiendo destacar de esa imaginería la talla medieval de la Virgen con el Niño.

Estas ruinas merecen ser consolidadas, pues están muy cerca de convertirse en un montón de piedras, y que la ventanita románica sea saqueada y luzca en cualquier inmueble de un potentado; ya es un verdadero milagro que todavía se encuentre allí. Como hemos dicho de otras muchas ruinas románicas, estos espacios sagrados tienen el derecho a una limpieza y a ser consolidados para que generaciones futuras puedan apreciar la belleza de estos restos. A su vez, y aprovechando que por allí discurre el ramal del Camino de Santiago Castellano Aragonés, un pequeño atril o panel informativo ayudaría a que sus ruinas fueran conocidas por viajeros y peregrinos, para que no caigan en el olvido.

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