domingo, 26 de noviembre de 2023

LA IGLESIA DE LOS SANTOS JUSTO Y PASTOR EN CASTELLANOS DEL CAMPO: EL HUMILDE ROMÁNICO.

 

“Ruinas perdidas en campo que lecho
de mar fue antes de hombres, tus
cubos mordieron el polvo, . . .”

Ruinas perdidas en campo . . . Miguel de Unamuno

En nuestra entrega anterior nos centrábamos en los restos románicos de La Pica. Ese mismo día, y dada su proximidad, visitamos también el despoblado de Castellanos del Campo. Era un día caluroso, pegajoso. A pesar de ello, dirigiéndonos hacia Castellanos, veíamos la niebla pegada a la mole del Moncayo. Todavía quedaban señales inequívocas, en el camino y en los campos, del aguacero reciente y de la riada provocada por el mismo. El olor agradable de un campo húmedo salpicado de encinas nos acompañaba, pero la visión era la de un trigo apedreado o anegado. Estamos ante un espacio bisagra entre el Campo de Gómara y las Tierras Altas, que se adivinan al otro lado de la Sierra del Madero.

Recordemos que para acercarnos al lugar basta con seguir la N-122 hacia Zaragoza y, habiendo cruzado Aldealpozo y el río Rituerto, hay que desviarse a la izquierda siguiendo una señal que anuncia la ruta de los torreones. Allí encontramos lo que queda de Castellanos del Campo. Aunque sus orígenes parecen remontarse a épocas anteriores, esta zona norte del Campo de Gómara, fue conquistada por el rey aragonés Alfonso I, hacia 1119, al igual que la ciudad de Soria y toda la falda del Moncayo. Se constituyó entonces la Comunidad de Villa y Tierra de Soria, a la que pertenecía Castellanos del Campo. Aunque entonces se repobló, Agustín Rubio Semper, en su publicación “Notas para el estudio de la despoblación en Soria durante la baja Edad Media”, mantiene que en 1496 ya solo quedaban dos vecinos, y que el corregidor de Soria, Cristóbal Salinas, declaraba `derraygado´ el lugar y permitía que todos los sorianos pudieran labrar, pescar o cazar a su antojo en la zona. Este fenómeno era aprovechado, normalmente, por algún noble que utilizaba esas tierras como si fueran de su propiedad, sin permitir que otros vecinos pudieran utilizarlas. Eso mismo ocurrió en Castellanos del Campo en el siglo XVI; sus riquezas fueron explotadas durante un tiempo por nobles. Si leemos los datos que ofrece Wikipedia, figuran ocho familias hacia mitad del siglo XVI; podrían ser trabajadores de esa nobleza que reutilizó el territorio. Posteriormente fue abandonado para, de nuevo, habitarse en el siglo XVIII. Cuarenta y dos vecinos aparecen en el censo de 1842 cuando era municipio constitucional. Ya en el siglo XIX, se incorporó a Villar del Campo, que con sus poco más de veinticinco habitantes sostiene la municipalidad y pronto, de seguir con esta desprotección de nuestros pueblos, quedará del municipio únicamente el recuerdo de que en su estación de ferrocarril se grabaron algunas escenas de la película de Doctor Zhivago.

Por un camino en muy mal estado, llegamos a la iglesia de los Santos Justo y Pastor, o mejor dicho, a lo que fue esa iglesia; hoy ermita en ruinas, a punto de desaparecer. Su interior está tomado por la hierba, las zarzas y las vigas que un día sostuvieron su techumbre, hoy caídas y destrozadas, especialmente en la zona del coro. Un poco más allá se halla el torreón árabe que emparentó y comunicó, en su tiempo, con los de La Pica, Masegoso, Aldealpozo, e Hinojosa del Campo constituyendo hoy la ruta de los torreones. Los diferentes momentos de su poblamiento fueron el motivo por el cual la iglesia tiene una nave románica y una cabecera barroca. La sacristía, de grandes dimensiones, está ocupada por un gran rosal silvestre y la espadaña tiene, sorprendentemente, sus dos troneras cegadas.

La iglesia de los Santos Justo y Pastor se encuentra al sur del despoblado; un poco apartada de lo que fue el caserío, con orientación suroeste-noreste. Podemos aventurar que tiene dos periodos constructivos, como apuntábamos anteriormente; el más antiguo medieval, románico, y uno más moderno, del siglo XVIII, barroco. La iglesia nos marca el devenir del despoblado. La primitiva iglesia medieval contó con una nave cubierta con entramado de madera a dos aguas y, casi con toda seguridad, una cabecera con tramo recto del presbiterio y un ábside semicircular, toda ella abovedada. Cuando el lugar se volvió a repoblar en el siglo XVIII, la cabecera románica se sustituyó por una capilla cuadrada, cubierta con cúpula sobre pechinas, recreciéndose la espadaña en sillería y modificándose la portada.

El románico de Castellanos del Campo es el más humilde de los conservados en la provincia de Soria. La nave románica mantiene los muros románicos de mampostería, abriéndose, en el lado meridional, la portada, que parece obra posterior, con arco de medio punto de gran dovelaje. Esta nave contó hacia el sur con dos pequeñas aspilleras que iluminaban su interior. Todo el perímetro de la nave se remata con una cornisa simple de buena sillería, soportada por canecillos de nacela. La cornisa del muro norte sufrió un expolio en marzo de 2015, cuando robaron unos ocho metros lineales de la cornisa, aunque dejaron allí los canecillos, tal vez para otra ocasión en que la demanda fuera más precisa. La portada abierta en el muro sur es de arco de medio punto de grandes dovelas, que apoyan sobre una imposta simple de nacela. En una de las dovelas todavía se conserva una sencilla marca de cantero.

El interior es un puzle de vigas, tejas y piedras, que dificultan la entrada y la visión de lo que fue la nave. Hacia poniente, tuvo un coro elevado de madera, que según informa Alberto Arribas, estaba “… protegido con una interesante balaustrada de madera con barrotes tallados con formas geométricas y pétalos radiales e intercolumnios elaborados con cuarterones de madera …”. Nada de aquello ha llegado hasta nuestros días. Allí estuvo el baptisterio, también cerrado con una verja de madera, que, en tiempos medievales, acogió la pila románica, que hoy se encuentra en la iglesia parroquial de Nuestras Señora de las Mercedes de Villar del Campo. La pila bautismal, como el inmueble, es una obra del siglo XIII decorada con grandes arcos de medio punto entrecruzados que se combinan con semiesferas y cabecitas enigmáticas.
Por una fotografía de Alberto Arribas sabemos que el solado estuvo ocupado por unas gradas con un enrejado de madera, que en su día acogieron los restos de los moradores de Castellanos del Campo, y que hoy duerme bajo un cúmulo de escombros.

Los muros del interior de la nave todavía conservan parte de un pincelado de falso despiece de color negro, visto en otros muchos inmuebles románicos sorianos, cubiertos, en su día, con una capa de yeso, hoy desprendida. Sobre la puerta, al interior, se alza un gran arco de medio punto en cuyo tímpano todavía podemos ver restos de pinturas murales, mientras que el dintel de madera todavía conserva las dos gorroneras sobre las que giraba la puerta de dos hojas.

Ya dijimos que la cabecera se reformó en el siglo XVIII, con un gran arco de gloria de medio punto, con dovelaje de sillarejo, que se cubrió con una capa de yeso. Esta se cubre con una cúpula de media esfera sobre pechinas, con tejado a cuatro aguas. La cúpula y el intradós del arco triunfal se decoran interiormente con molduras de yeso o escayola; mientras que las pechinas lo hacen con unos óvalos sin decoración. Para consolidar esta cabecera, en el exterior, se levantó un contrafuerte en la esquina suroeste, que los expoliadores han empezado a saquear. En el lado del Evangelio se abrió una puerta adintelada que daba acceso a la sacristía, ahora, también, sin techumbre. La cabecera se iluminaba con una ventana en el muro meridional con arco rebajado monolítico en el que a duras penas podemos leer: “HÍZOSE SIENDO CURA DON FRANCISCO GAMARRA? …”.

A los pies de la ermita se encuentra el cementerio que nadie cuida, con buenos muros de mampostería que guardan los restos de los últimos pobladores, a los que nadie recuerda.

Ladera arriba del despoblado, siguiendo un sendero en dirección norte, nos encontramos con una buena fuente de época medieval, con bóveda de cañón y arco de medio punto, que genera un espacio bucólico. Subiendo en su búsqueda nos acompaña el amable sonido del agua corriendo por el barranco. En el interior del despoblado también encontramos un pozo, ahora seco, construido con buenos sillares, cuyo brocal ha sido saqueado en los últimos lustros. Junto con el torreón y la ermita, unas casas y majadas abandonadas completan lo que fue Castellanos del Campo.

El siglo XXI le ha sentado mal a esta ermita de los Santos Justo y Pastor. Así desde el año 2000 su deterioro ha ido en aumento y parece que, si nadie lo remedia, su final está cercano. ¿Nos lo podemos permitir?

Este es otro caso del románico sin techo en la provincia de Soria, que tenemos la obligación de consolidar y conservar para que las futuras generaciones puedan disfrutar de sus ruinas.

BIBLIOGRAFÍA:

- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- DIAGO HERNANDO, Máximo (1991): Los términos despoblados en las comunidades de villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media. Revista Hispania LI/ 2, Páginas 470 y 471.
- DÍEZ SANZ, Enrique y GALÁN TENDERO, Víctor M. (2012): Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56. Página 340
- GAYA NUÑO, Juan Antonio (1946): El Románico en la provincia de Soria. Edición facsímil de 2003. CSIC, Madrid.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- HUERTA HUERTA, Pedro Luis (2002): Villar del Campo. Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1243-1245.
- HUERTA HUERTA, Pedro Luis (2002): Iglesia de los Santos Justo y Pastor (despoblado de Castellanos del Campo) en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1246-1246.
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- RETUERCE, Manuel y COBOS, Fernando (2004): Fortificación islámica en el alto Duero versus fortificación cristiana en el alto Duero, en el libro Cuando las horas primeras. En el milenario de la Batalla de Calatañazor. Colección Monografías
RUBIO SEMPER, Agustín (2000): Fuentes Medievales Sorianas: Ágreda. Colección de Archivos sorianos nº 1. Imprenta de la Diputación Provincial. Soria.
RUBIO SEMPER, Agustín. (1983). Notas para el estudio de la despoblación en Soria durante la baja Edad Media. Revista de Investigación del Colegio Universitario de Soria, tomo III, nº 3, págs. 37-44.

Web “Despoblados de Soria” Asociación de Amigos del Museo Numantino

https://despoblados.amigosdelmuseonumantino.es/despoblado-de-soria/castellanos-del-campo/ (Consultada el 14 de noviembre de 2023)

viernes, 17 de noviembre de 2023

Derrumbe en San Bartolomé de la Barbolla

Derrumbe de parte de la techumbre de la iglesia de San Bartolomé de La Barbolla. Clic en imagen para leer el artículo de Heraldo-Diario de Soria.



sábado, 7 de octubre de 2023

LAS VIEJAS RUINAS ROMÁNICAS DE LA IGLESIA DE LA PICA

 

El tiempo parece haberse detenido en este lugar, donde aún se
mantienen en pie los restos de su antigua iglesia
parroquial y un torreón medieval muy parecido
a los de Masegoso y Castellanos”.

Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Pedro Luis Huerta Huerta




La Pica es un despoblado del que únicamente quedan las ruinas de su iglesia, la caja de los muros de unas edificaciones para colonos, y un majestuoso torreón. Se sitúa al pie de la Sierra de la Pica, entre las localidades de Tajahuerce, municipio al que pertenece, Omeñaca y Aldealpozo; y al lado del Barranco del Royal, que lleva sus aguas, cuando las lleva, al río Rituerto. Hasta Aldealpozo hay que llegar por la N-122 para, a través de caminos, encontrar tan abandonado lugar. A la salida de Aldealpozo, a través de la “Ruta de los Torreones”, nos dirigimos por un camino de tierra hacia el sur y a poco más de un kilómetro cogeremos un desvío a la derecha; caminando paralelamente al ramal del Camino de Santiago Castellano Aragonés, llegaremos a los restos de la antigua parroquial del despoblado de La Pica.

Realizamos la visita el 26 de junio, un día de calor y con la amenaza de una ola de altas temperaturas. La cebada se veía afligida y afectada por los calores de este año, tan adversos para estos cultivos; mientras los yeros, que han nitrogenado la tierra en las parcelas contiguas, apenas se elevaban un mísero palmo del suelo. A pesar de las aguas de junio, el campo soriano esperaba una mala cosecha. La Pica perteneció a la Comunidad de Villa y Tierra de la ciudad de Soria. Sin embargo, en la primera mitad del siglo XV, el rey Juan II de Castilla (1406-1454) decidió eximirla de la jurisdicción de la Tierra de Soria, concediéndolo en señorío a Hernán Bravo de Lagunas, “el Viejo”, del linaje de los Salvadores. La vida en el lugar debió de ser difícil por lo que esta aldea quedó despoblada en la segunda mitad del mismo siglo. Cuando el territorio quedó despoblado, el corregidor de Soria, Cristobal Salinas, declaró “derraigado” el terreno y permitió que los pobladores de la ciudad lo utilizaran como quisieran para cultivar y pastar, iniciando con ello una serie de conflictos entre el concejo de Soria y los titulares del señorío, que se alargarían hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Fue por entonces cuando el marqués de La Pica, marquesado concedido por Carlos II a Francisco Bravo de Sarabia y Ovalle como alcalde de Santiago de Chile, volvió a poner las tierras en uso y construyó para sus colonos unos pabellones de los que todavía se conservan los esqueletos. En el siglo XX, La Pica sufrió su segundo abandono, que ya sería definitivo.

La Pica, con su torreón, pertenece al municipio de Tajahuerce, que acoge a poco más de 20 habitantes y que, de seguir así, pronto habrá que buscarle un nuevo municipio que le dé amparo. Su paisaje es ondulado y verde, y las últimas lluvias lo habían embellecido aún más. Los molinos de viento subidos a la sierra parecen colosos vigilantes de esas ruinas. Cerca del despoblado, en lo que fue la fuente de La Pica, han habilitado una zona de descanso del Camino de Santiago Castellano Aragonés. También esto está poco cuidado, como los carteles explicativos fruto de esa manía de hacer y no cuidar, de inaugurar y desatender, tan propia de nuestros tiempos. 

Pero lo más llamativo de La Pica es su torreón. Debió de construirse entre los siglos X y XI por sus pobladores musulmanes para defenderse del empuje cristiano. No fue el único que se construyó cerca del Rituerto, pues comparte hermandad con los de Castellanos y Masegoso, constituyendo la ruta de los torreones. Probablemente entre ellos habría sistemas de comunicación. Sus hechuras son de fortaleza, pues así lo ratifican sus muros de casi dos metros en su base. Tres pisos y una terraza acogían sus quince metros de altura. Para acceder se necesitaba una escalera de madera que se ponía o quitaba según la proximidad del enemigo. El tímpano de su entrada alta se decora con un castillo, quizás uno de los primeros emblemas de Castilla.

A sus pies yacen los restos de lo que fue la parroquia de este pequeño lugar, así como las cinco casas de los colonos del Marqués de La Pica, que también han sido y son expoliadas. Cuando la comarca del Rituerto se repobló a partir de 1119, alrededor de este torreón musulmán surgirá el pequeño poblado de La Pica, con sus humildes viviendas arracimadas alrededor de su parroquia. En la actualidad, desconocemos la advocación de esta, como tampoco conocemos de qué parroquia soriana era diezmera. Hoy, las ruinas se encuentran acosadas por una tierra de cultivo de un buen trigo Macareno o Bonifacio, a pesar de este mal año; trigo que hacia el sur de las ruinas tenía muy buen aspecto.

De la vieja iglesia románica aún se conserva, aunque maltrecha, parte de la caja de los muros. Los expoliadores se llevaron las piezas más notables que sin duda estuvieron en sus dos portadas, las esquinas del presbiterio y ábside, así como la ventana absidal. De las piezas labradas sólo podemos ver “in situ” la saetera meridional de la nave que habría de iluminar este espacio dedicado a la feligresía.

Por los restos que quedan deducimos que era un templo típico del románico rural soriano, de una sola nave, con ábside semicircular y espadaña de dos huecos sobre el hastial occidental. Todo ello construido en mampostería. La espadaña perdió su cubierta a piñón y hoy, desde la lejanía, nos parece un tridente; como pasa en otras muchas ruinas románicas. Con toda seguridad, pues no aparecen ni contrafuertes ni responsiones, la nave se cubría con una techumbre de madera a dos aguas; la cabecera lo hacía con bóveda de cañón en el tramo recto del presbiterio, y de cuarto de esfera en el ábside; de todo ello nada ha llegado hasta nosotros. Tan solo se intuye, en la zona del ábside, la curvatura de la bóveda.

Como viene siendo costumbre, en el lado meridional se abría la portada principal, mientras que enfrentada a ella, en el lado norte, se abría una secundaria. Las dos han sido brutalmente saqueadas; mientras en la meridional el vano que se abrió llegó a hacer desparecer el muro; en la septentrional todavía se aprecia el hueco desde el que existe una vista privilegiada del torreón.

Lo único que no se ha expoliado ha sido la aspillera con arco ultrasemicircular hacia el exterior y con dovelaje de medio punto y abocinada hacia el interior. Este arco, casi circular, recuerda a la herradura de otros tantos que han llegado hasta nuestros días por toda la geografía soriana. Este elemento ha dado pie a determinados investigadores a sostener un pasado prerrománico de esta fábrica. Sin embargo, nosotros pensamos, igual que Pedro Luis Huerta Huerta, que tiene más de arcaísmo que de antigüedad. 

Las características de esta fábrica son muy similares a las que podemos encontrar por el resto de la provincia; lo que la situaría entre finales del XII y principios del XIII.

Tanto el exterior como el interior estuvo revocado con una capa de cal y arena, que todavía se aprecia en algunos lugares del exterior, pero sobre todo en el interior de la nave, que a sus pies pudo contar con un coro elevado. Todavía en la parte inferior del hastial occidental, a finales de los años ochenta del siglo XX, Alberto Arribas llegó a ver una serie de figuras grabadas con un objeto punzante, que parecía representar “… una batalla con arqueros, un caballero sobre montura revestida para la batalla, estrellas de cinco y seis puntas… Bajo la escena de la batalla aparece una inscripción que parece una firma correspondiente, o así parece, a un tal Lorenzo, y debajo una fecha ilegible”. En nuestra visita ya no pudimos reconocer esas escenas, tan solo algunas rayas sin sentido.

La tradición oral de la comarca recuerda que al despoblarse La Pica, los bienes, objetos litúrgicos e imágenes fueron a parar a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Tajahuerce, pudiendo destacar de esa imaginería la talla medieval de la Virgen con el Niño.

Estas ruinas merecen ser consolidadas, pues están muy cerca de convertirse en un montón de piedras, y que la ventanita románica sea saqueada y luzca en cualquier inmueble de un potentado; ya es un verdadero milagro que todavía se encuentre allí. Como hemos dicho de otras muchas ruinas románicas, estos espacios sagrados tienen el derecho a una limpieza y a ser consolidados para que generaciones futuras puedan apreciar la belleza de estos restos. A su vez, y aprovechando que por allí discurre el ramal del Camino de Santiago Castellano Aragonés, un pequeño atril o panel informativo ayudaría a que sus ruinas fueran conocidas por viajeros y peregrinos, para que no caigan en el olvido.

BIBLIOGRAFÍA:

- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.

- CRUZ Y MORANDE, Luciano (2013) La saga de un soriano del siglo XVI en Indias https://docelinajes.es/2013/01/la-saga-de-un-soriano-del-siglo-xvi-en-indias/ (28/09/2023)

- DIAGO HERNANDO, Máximo (1991): “Los términos despoblados en las comunidades de villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media”. Revista Hispania LI/ 2, 178

- DÍEZ SANZ, Enrique y GALÁN TENDERO, Víctor M. (2012): “Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX”. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56.

- GAYA NUÑO, Juan Antonio (1946): El Románico en la provincia de Soria. Edición facsímil de 2003. CSIC, Madrid.

- Genealogía-Felipe Guarda Palacios.


- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.

-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) “El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas”, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)

- HUERTA HUERTA, Pedro Luis (2002): “Iglesia del despoblado de La Pica”, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1078-1080.

- MADOZ, Pascual (1846-50): “Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria.” Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional.

- RETUERCE, Manuel y COBOS, Fernando (2004): “Fortificación islámica en el alto Duero versus fortificación cristiana en el alto Duero”, en el libro Cuando las horas primeras. En el milenario de la Batalla de Calatañazor. Colección Monografías Universitarias nº 13, Universidad Internacional Alfonso VIII, Soria, Imprenta de la Diputación Provincial de Soria.
  

domingo, 10 de septiembre de 2023

LOS RESTOS MALTRATADOS DE LA VIRGEN DE MONASTERIOS, SAN MIGUEL Y LA VERDUCEA EN MAGAÑA.

 

“Magaña es un pueblo de gran ambiente, con algunas casonas de la nobleza
merinera y restos de un castillo que fue de la Casa de Vadillo, a la que
encontraremos señoreando el valle del Tera y cuyos descendientes
ejercieron aún dominio electoral en la provincia en
los comienzos de este siglo, hasta 1931.”

Soria. Dionisio Ridruejo




Como continuación a una entrega anterior sobre Magaña, en esta abordaremos las tres ermitas de la localidad que se encuentran sin techumbre, con poca historia y que han caído en el olvido: San Miguel, La Verducea y la Virgen de Monasterios.

El bueno de Martín, nuestro cicerone, ayudado por una fuerte vara, nos condujo campo a través hasta encontrar el PR-SO-110, que une Magaña con Suellacabras. El paisaje de encinas aparece espectacular, con alguno de sus ejemplares de destacado desarrollo. Cruzan el territorio diversos barrancos; nosotros pasamos el de Valdepelecha o Valdelaguna que, cuando lleva agua, la deposita en el río Alhama. Todo ello, además, envuelto en ese olor característico del monte bajo que desprende el tomillo, las jaras y demás plantas. Confundidas y mimetizadas en este entorno, se muestran los restos de majadas abandonadas, que en su día fueron refugio de unas 4.000 ovejas que tuvo el municipio; número un tanto abultado para los recursos de este pues, según Martín, en algún momento pasaban “necesidad”.

Pasado el castro de “Los Castellares” y siguiendo el sendero, encontramos los restos de la ermita de la Virgen de los Monasterios, un indicador nos conduce hasta ella. Se trataba de un edificio pequeñito, y únicamente quedan los restos de algún muro de su única nave que terminaba en una cabecera cuadrangular. La tradición dice que allí se retiraban los penitentes para dedicarse a la contemplación, -argumentos no le faltan al lugar-, y a purgar sus pecados. Sus muros, de lajas superpuestas sin argamasa, se esconden detrás de una vegetación de tomillos y encinas que los devoran.

La ermita tiene planta y cabecera rectangulares, esta última retranqueada. Su orientación es la canónica (Este-Oeste), con su puerta de entrada al sur. En la cabecera podemos distinguir un gran número de sillares de piedra toba, que abundaría en el momento de la construcción del inmueble. Precisamente la cabecera cuadrada hace pensar en unos orígenes altomedievales.

En el Libro de Fábrica de la parroquial de Magaña se puede leer que en 1766, el visitador General del Obispado de Calahorra y La Calzada visitó la ermita de Nuestra Señora de Monasterios, incidiendo en el mantenimiento y la limpieza. El libro de fábrica de las parroquiales de Verducea y de Monasterios (1827-1916) conserva un inventario de sus posesiones. Por él sabemos que en 1827, la ermita de la Virgen de los Monasterios contaba con una cerrada o prado de encinar, en medio de esa cerrada se mantenían en pie las paredes de la ermita y el trono de la virgen. Tenía huerto y tres nogales. Luego, en esas fechas, ya estaba abandonada y sin cubierta.

A pesar de los indicadores para llegar hasta aquí y el panel informativo que hace una reconstrucción de cómo pudo ser la ermita, el abandono es total. El interior de la nave está invadido por los arbustos y en su ábside crece una potente encina. Los muros de grandes lajas están muy deteriorados y es necesario consolidar estas ruinas para que no desaparezcan. El lugar se encuentra en el gran meandro conformado por el río Alhama, en un espacio singular, digno de una visita.

Cuando regresamos de contemplar esta ermita, Martín nos señala espacios del sendero que en algún momento hicieron la función de cisqueras; es decir para la obtención de carbón vegetal. Tras visitar el paraje “Los Praillos”, la iglesia, y hacer un descanso en el bar-restaurante “Buenaventura Herrero”, de lo que ya dimos cuenta en una entrega anterior, nos dirigimos al Barrio de Abajo de la localidad. Se encuentra este barrio al lado del río Montes, al que llegan los barrancos del Reajo y Vallejo, y que conduce sus aguas al río Alhama, un poco más abajo. Allí encontramos la ermita de Santa María de Verducea, a la que una obra nueva le ha comido la cabecera.

Como hemos señalado anteriormente, en 1766 el visitador General del Obispado de Calahorra y La Calzada visitó la ermita de la Virgen de Verducea, y mandó que se profundizara más una zanja ya iniciada tras la pared que mira al norte de la “Hermita de la Barruzeda”, para evitar que la perjudicara la humedad, y que se hiciera con las pocas rentas y la gran devoción que tenían a esta imagen sus vecinos.

Por el inventario de 1827 sabemos que, en esa fecha, la ermita de la Verducea contaba con tres escaleras de piedra para el acceso a un pequeño pórtico, con asientos de piedra a los lados; puerta de dos hojas y un coro bajo con balaustrada de madera a los pies. Toda la nave y coro estaban rodeados por asientos de piedra. En esa fecha tenía capilla de cielo raso con tarima de pino y un pequeño retablo dorado con nicho para la Virgen. Detrás del altar había una puerta que daba entrada a la sacristía, que custodiaba manteles, casullas etc. En 1816 se hace la última anotación con las cuentas de esta ermita. Como ya señalamos, la cabecera desaparecerá al integrase en una nave agrícola en la que puede verse un sillar con la inscripción: IHS 1643.

Poco queda de lo que, seguramente, sería la parroquia del Barrio de Abajo. Tan poco queda que cuenta la leyenda que en honor a esta virgen, dado que estaba sin edificio, se colgaba una pequeña campana en un árbol y se celebraba una misa a la virgen de Verducea en la iglesia de San Martín. Fue esta una más de las seis parroquias que tenía el pueblo (San Salvador, San Martín, San Miguel, Santa María de la Vega, Santa María de Verducea, y Santa María de Barruso). Una calle en el Barrio de Abajo recuerda la existencia de esta parroquia medieval.

Después de cruzar el río Alhama por el puente medieval restaurado subimos por una carretera en obras y peligrosa, por la afluencia de maquinaria pesada hasta los restos de la ermita de San Miguel. Esta ermita a la que le ha crecido una gran encina en su interior se halla al lado de una necrópolis aparecida cuando se realizaban las obras del nuevo tramo de la carretera SO-630. Los arqueólogos han destapado sus tumbas que aparecen abiertas pero que serán pronto cubiertas por el asfalto. Allí, al lado de sus muertos, queda esta antigua iglesita de la collación de San Miguel.

Sabemos que en 1476 se convirtió en ermita, pues en esa fecha se integró en la parroquia de San Martín, ya que la feligresía había abandonado el barrio. Por otra parte podemos deducir que en 1766 ya no se consideraba como ermita, pues en la visita pastoral efectuada ese año, el visitador recorrió varias ermitas de la villa, pero no la de San Miguel; será por entonces cuando la vieja ermita se convirtiera en una cantera que sería aprovechada por los magañeses.

La vieja iglesia de San Miguel se encontraba en la parte superior del barrio, en un lugar estratégico para evitar las barranqueras del Alhama. La parroquia tenía planta rectangular con perfecta orientación canónica. De la vieja parroquial solo se conserva parte de la cabecera rectangular hacia el exterior, pero el interior, como pasa en la ermita de Nuestra Señora de Barruso, es semicircular. De lo que fue la nave, apenas se conservan restos, pues la construcción, en los años 40 del pasado siglo XX, de la nueva carretera hacia San Pedro Manrique la hizo desaparecer, no sabiendo si la portada se encontraba a mediodía o a poniente. Al parecer nave y cabecera tuvieron la misma anchura y su fábrica es de piedra trabada con mortero de cal. Las esquinas y los vanos se reforzaron con sillería, y pudo contar con una cornisa con decoración ajedrezada, soportada por canecillos. En la calle Segundo Córdoba, una vivienda con un dintel fechado en 1777 adorna su fachada noreste con un canecillo románico decorado con un dolio, que según cuentan en el pueblo procede de las ruinas de San Miguel. ¡Quién sabe si la imposta con ajedrezado que decora la entrada al atrio abierto de San Martín también proceda de San Miguel!
Una vez excavada la necrópolis medieval y abandonada la vieja carretera, es el momento de excavar la nave de esta iglesia y consolidar sus restos. Por otra parte estos restos, junto con los de la Virgen de la Verducea y San Salvador, merecen unos paneles informativos que ayuden al viajero en sus visitas.

Antes de abandonar Magaña, visitamos la ermita de Santa María de Barruso, otra de las ermitas románicas de la localidad. Esta se encuentra, como su propio nombre indica, en el barrio de arriba, en la ladera del castillo y su querencia es introducirse en la roca sobre la que se levanta. En ella se venera la imagen de Nuestra Señora de Barruso, que estos meses veraniegos descansa entre las paredes de la iglesia de San Martín. Fue en tiempos parroquia del barrio de la Solana, del que hoy no quedan apenas restos. A pesar de sus múltiples reformas, todavía conserva la traza de la iglesia románica, levantada en mampostería con una nave cubierta con bóveda de cañón apuntada, reforzada por fajones. Su cabecera al exterior es rectangular, pero al interior es ultrasemicircular, lo que tradicionalmente ha servido para atribuirle un origen prerrománico. Su conservación, gracias a diversas actuaciones, aún es buena, pero, lógicamente, ha perdido sus características originales.

Salimos del lugar por `La Carrera´ el viejo camino, que por debajo del castillo, domina la barranquera del río Alhama y conduce al centro de la localidad; este aparece jalonado por cruces que son estaciones de un viacrucis, al final del cual se hace la hoguera de San Antón.



BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de San Martín de Magaña (Soria).
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- IDOUBEDA ETNO. Un proyecto etnográfico en Tierras Altas de Soria. (2011) Ermitas del Alhama: la Virgen de los Monasterios IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: LA VIRGEN DE LOS MONASTERIOS (MAGAÑA) (Web consultada el 14/08/2023)
- IDOUBEDA ETNO. Un proyecto etnográfico en Tierras Altas de Soria. (2011) Ermitas del Alhama: San Miguel de Magaña IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: SAN MIGUEL DE MAGAÑA (Web consultada el 14/08/2023)
- IDOUBEDA ETNO. Un proyecto etnográfico en Tierras Altas de Soria. (2011) Ermitas del Alhama: la Virgen de la Veducea IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: LA VIRGEN DE LA VERDUCEA (MAGAÑA) (Web consultada el 14/08/2023)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- PASCUAL HERRERO, José Nicolás (2.021) Magaña y su Patrimonio. Historias con historia. Edita Excma. Diputación de Soria. Soria.
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, José Manuel (2002): Magaña, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 603-610.










domingo, 6 de agosto de 2023

LA ASUNCIÓN DE ZÁRABES,  EL ROMÁNICO SALVADO POR EL PUEBLO.





“En la caligrafía esculpida de la arquitectura evocan la idea de desaparecidos dominadores
árabes. […]. El viento cálido rueda con él por la llanura y encontrará pocas
personas: Soria es la provincia más abandonada de
España, la gente se va de allí, no
hay nada que ganar allí”.

Desvío a Santiago. Cees Nooteboom



El 13 de junio fue un día nublado en Soria, pero la temperatura era agradable. Nuestro destino, en este delicioso quehacer que es visitar los templos románicos sin techos, aunque nos cree una sensación de pena por su abandono y desinterés, fue Zárabes.

Ramiro Martínez y Filo Pinilla fueron quienes, con suma amabilidad, nos llevaron en su automóvil e hicieron en esta ocasión de cicerones.

Para llegar a esta localidad, en la que Ramiro nació y su padre fue alcalde, hemos de tomar la N-234 hasta Almenar y atravesar los llanos de Gómara por la SO-340, donde vemos las mieses un tanto disminuidas por una climatología rara. En un momento dado, siguiendo el cartel indicativo, giramos a la izquierda en la carretera y nos introducimos en el monte de Ledesma. Las encinas y los quejigos acompañan al viandante a ambos lados de la carretera SO-P-3112. Cuando salimos del monte se abre a nuestros ojos un paisaje ondulado y amplio, con una carretera zigzagueante, que en absoluto desentona con el paisaje.

Ya en el pueblo, Ramiro nos va enseñando los edificios y lugares que él frecuenta. Lo hace con cariño, con el mismo con el que tres gatos lo siguen allá donde vaya, y con el mismo con que él los acaricia. No reciben menos atención las flores y las plantas que cuida, entre las que sobresalen unas rosas, de las de antes, de las que huelen como antaño, es decir, a rosa.

En el pueblo no había nadie, pero los hubo en su día. Hasta bar y tienda había. Durante el Antiguo Régimen fue tierra de realengo perteneciente al sexmo de Arciel. En el siglo XIX se convirtió en municipio, pero pronto pasó a ser pedanía de Almazul. El adobe, ese elemento del que ya hemos contado aquí su humildad y fortaleza, es frecuente en casi todos los edificios, ya sean estos viviendas o tainas. Una fachada, para romper la monotonía, ha sido pintada con un mural por Julita Romera dentro del proyecto “Las manos de la Tierra”; ,proyecto que incluye al pueblo en la Línea 1 de la España vaciada. La artista, con sus pinceles, da vida y color a un mundo que a duras penas, resiste frente a los avatares y los olvidos de la modernidad mal entendida. El pueblo permanece limpio, aseado y digno, esperando que cada 15 de agosto, sus antiguos pobladores o sus descendientes se aproximen desde lugares lejanos para compartir una merienda. Para esas ocasiones, el frontón, por el que luchó su alcaldesa Ángela Martínez, aunque de pequeñas dimensiones, resulta suficiente para jugar a la pelota a mano.

La localidad sigue teniendo agua corriente y luz eléctrica, pero entonces… ¿por qué se despobló? En los años sesenta se llevó a cabo la concentración parcelaria y esto suponía un tamaño mayor de las tierras que cada agricultor debía cultivar, y la necesidad de invertir en una maquinaria cara a la que muchos no podían acceder. Solo dos familias compraron tractores. Muchos emigraron y casi nadie lo hizo a Soria. Su futuro lo encontraron en Zaragoza, Barcelona… en fin, lugares desde donde el regreso no era fácil. La despoblación ha cambiado la función de los edificios: el ayuntamiento es ahora una sala de juegos infantiles para unos niños que ya no están, el horno y la fragua comunales permanecen cerrados, las treinta casas que había en los años sesenta están deshabitadas y la ermita de San Roque, a la que también nos acompañó Ramiro, se encuentra solitaria y desocupada. De ella sustrajeron, hace unos años, la imagen del santo titular, pero los vecinos se esforzaron por conseguir una réplica. La ermita se encuentra hoy consolidada y sus muros abrazados por unos tensores metálicos.
Las ruinas de la parroquial se levantan sobre un pequeño promontorio de conglomerados que domina el callejero del pueblo. Durante la Edad Medía perteneció a la Tierra de Soria y la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción diezmaba en la de San Gines de Soria, otra iglesia abierta al cielo. La primitiva iglesia románica de Zárabes debió de ser imponente si nos atenemos a los restos de los muros de la nave que han llegado hasta nuestros días, sobre todo por su altura. Ahora bien, como pasa en muchas de las iglesias románicas rurales, la calidad artística y la fábrica es muy pobre.

En sus 800 años de vida, el inmueble ha sufrido muchos avatares, probablemente, el peor tuvo lugar el 3 de octubre de 1986, cuando, de madrugada, un ruido como de una explosión despertó a los pocos vecinos que había en el pueblo. Se derrumbó la parte norte del crucero sepultando el altar de San Ramón, un cuadro de la Virgen del Carmen, un lienzo de la Virgen de los Milagros y una imagen de San Pascual Bailón. Bajo sus escombros quedaron sepultadas numerosas obras sentimentalmente valiosas; parte de ellas fueron salvadas. Los escombros ocuparon parte de lo que había sido el corral del Concejo, donde se recogían los animales que ese día no trabajaban, y que un pastor sacaba al campo. La vecindad llevaba intentando reparar este muro desde 1984, pero nadie los escuchó. Si entonces se hubiera intervenido, la cabecera no se habría hundido. Nuevamente un ejemplo de lo que no se debe hacer, esto es, pasar por alto las alertas de los vecinos, que son quienes mejor conocen su patrimonio.

Como siempre, cuando se produce un derrumbe o abandono de nuestras iglesias rurales, lo que mejor resiste el paso del tiempo es la fábrica románica. Fue por aquellos años cuando se sustrajo la bocallave forjada, que protegía la cerradura de la iglesia, decorada en la parte superior con una Z. Los antiguos vecinos encargaron una réplica y volvieron a instalarla en la antigua puerta.

La fábrica de la parroquial se modificó a finales del siglo XVII, cuando se derriba la cabecera románica y se levanta una corta cabecera rectangular, con sacristía al sur, y un corto crucero con cuatro arcos torales de medio punto, bóveda de lunetos en los brazos y una gran cúpula sobre trompas o pechinas en el cimborrio. Todo ello a mayor altura que la nave. Además se reformó la parte de los pies con un gran arco rebajado y dos de medio punto de menos luz a los lados, que soportan un coro elevado; el del lado del Evangelio sirve de baptisterio y el de la epístola acoge la escalera que da acceso al coro y al campanario. En esa gran reforma se protegerá la portada con un gran pórtico de tres grandes arcos rebajados y dos alturas. La planta baja con mechinales se apoya en cuatro canzorros que cortaron la chambrana de puntas de diamante. Sobre ella se individualizó un habitáculo que pudo ser troje, pero que en el siglo XX fue utilizado como palomar. Esta planta ocultó, pero preservó, unos 15 canecillos de nacela de la antigua fábrica, perdiéndose la cornisa achaflanada románica. En este espacio y hacia los pies de la iglesia, todavía podemos ver los restos de una ventana o pequeña puerta, hoy tapiada, de arco apuntado que induce a pensar en una fábrica ya del siglo XIII. Al exterior este pórtico se corona con un reloj solar con la fecha de 1694 y dos pequeñas ventanas a ambos lados.

La portada, que estuvo enjalbegada, se limpió y adecuó en las obras de consolidación de 2010. Está alineada con el muro y se compone de cuatro arquivoltas y una chambrana: la primera y la tercera se decoran con pequeño bocel y doble listel; mientras que la segunda y la cuarta se cortan en chaflán. La chambrana exterior se decora con puntas de diamante muy erosionados. Apean las arcuaciones sobre impostas achaflanadas, que apoyan directamente sobre pilastras escalonadas, excepto la que soporta los empujes de la segunda arquivolta, que lo hace sobre dos columnillas acodilladas que han perdido sus fustes, con basas muy erosionadas y capiteles vegetales muy toscos, decorados con palmetas. Estos capiteles son de distinta longitud, siendo más corto el de levante. Toda la portada aparece ligeramente hundida hacia poniente. Aunque el valor artístico de este románico es escaso, para sus habitantes es el fruto del esfuerzo económico y religioso de los que les precedieron, por eso lucharon para salvar lo que sus reducidos recursos les permitieron. Este pequeño pueblo deshabitado es un ejemplo más de la lucha titánica de sus vecinos por conservar lo que heredaron de sus padres, y de que no se pierda lo que tanto trabajo costó.

Hubo también en su día un salón de baile y un teleclub; un salón que, hoy, los “grillos” utilizan para celebraciones, y es allí donde nos despiden Filo y Ramiro con un suculento almuerzo.

BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Zárabes (Soria).
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- NUÑO GONZÁLEZ, Jaime (2002): Zárabes, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1283-1286.
- PIGUILLEM LLORENS, José María (2.011) Historia de Zárabes. Edita Orriols. Balsareny (Barcelona).

domingo, 9 de julio de 2023

LA PARROQUÍA DE SAN SALVADOR EN MAGAÑA, EL AVANCE GALOPANTE DE LA RUINA.

“Te sorprenderá Magaña. El puente roto sobre el río Alhama, los frutales, el
molino, los dos barrios que debes ver -al fondo las casas, los huertos
y el barranco- desde la iglesia de San Martín. Y el castillo, que
tiene un calicanto extraordinario y da mucha alegría
de verlo cada día ahí en la pingorota […].”

Donde la vieja Castilla se acaba: Soria. Avelino Hernández


El 8 de junio amaneció nublado, con nubarrones en el norte que amenazaban lluvia. Llevábamos ya un tiempo en que las precipitaciones eran frecuentes, y con la novedad de ser casi siempre torrenciales en media España. Con esta incertidumbre nos dirigimos a Magaña, y el tiempo que resultaba amenazante a la salida, se fue pacificando y la mañana se fue haciendo amable y fresca.

Para ir a Magaña hay que tomar la carretera de Almajano, es decir la SO-P-1001 y, sin dejarla, pasando por La Losilla, Pobar y Villarraso, llegamos a destino, en poco más de media hora. Allí, en la localidad de Tierras Altas, protegida por las sierras de Alcarama, Cabezas y El Almuerzo, nos recibe el impresionante castillo de la Nava del Marqués alzado, en el siglo XV, sobre un cerro dominador. Esperándonos estaba Martín Matute, miembro de la Asociación de Amigos de Magaña, que se había desplazado desde Parla para servirnos de cicerone por este pueblo que, a todas luces, tanto ama. Queremos dejar aquí constancia de nuestro agradecimiento a su esfuerzo y amabilidad.

Magaña fue el centro de su Comunidad de Villa y Tierra en la Edad Media. Fue tierra de realengo y posteriormente perteneció al señorío de la familia de Álvaro de Luna y, después, paso a integrarse a la Casa de los duques de Alba y a la de los marqueses de Vadillo. En el siglo XIX, se constituyó como municipio, llegando a abrigar a más de 300 habitantes. Aunque en el siglo XX incorporó a las localidades de Pobar y Villarraso, hoy no alcanzan entre las tres los 100 habitantes, siendo Magaña la más poblada con 66.

El pueblo, situado, en buena parte, en una ladera, es grande y posee, según Martín, que todo lo referente a él lo tiene estudiado, 105 casas habitables, aunque desgraciadamente pocas de ellas ejercen su función habitacional durante todo el año.

Tras visitar la Virgen de los Monasterios, de la que daremos cuenta en la siguiente entrega, Martín nos condujo al paraje llamado “Los Praillos” en el interior de la dehesa boyal de Magaña; con un paisaje totalmente diferente al de los encinares que habíamos recorrido. Se trata de un robledal espeso en el que de repente aparece un ejemplar centenario, imponente, escondido entre la maleza como queriendo protegerse de la vorágine humana.

Volviendo al pueblo, callejeamos con Martín, acercándonos al puente de San Juan, las viejas piscinas, terrazas con nogueras, casonas con canecillos románicos, antiguas escuelas y antiguo ayuntamiento. En la escuela, levantada en 1904, el ayuntamiento, que posee bastantes propiedades, ha decidido construir dos coquetas casas rurales y una tienda. Tienda que sobrevive con la escasez de consumo que pueden realizar los algo más de 60 habitantes que viven en el pueblo.

Antes de seguir nuestra visita hacemos una parada en el único bar del pueblo. El bar tiene nombre: Buenaventura Herrero, y la presencia del edificio destaca por su singularidad. Se trata de un inmueble diseñado por el arquitecto Ramón Martiarena, tan prolífico en la ciudad de Soria, y costeado con parte de las 100.000 pesetas que Buenaventura dejó al ayuntamiento para construir una escuela, que permitiera a los jóvenes de su pueblo estudiar, y un edificio que hiciera las funciones de casa consistorial. Así pues el resultado es el de un bar-restaurante amplio, limpio y bien cuidado que actualmente vive, además de los comensales de fines de semana, de los arqueólogos que estudian la necrópolis medieval de la antigua collación de San Miguel, antes de ser destruida por el nuevo trazado de la SO-630; y de los trabajadores que arreglan y modifican esa carretera.
La iglesia de Magaña está dedicada a San Martín de Tours, santo que ha pasado a la historia por ofrecer, siendo militar romano, en el año 337, media capa a un mendigo que tiritaba a las puertas de Amiens. El nombre de la mitad de la capa, “capilla” ha pasado a denominar los espacios laterales de las iglesias occidentales. Su fiesta se celebra cada 11 de noviembre. Al lado de su entrada, Martín, cuyo día de nacimiento se aproximaba al de la fiesta patronal, y de ahí su nombre, nos enseña y explica un círculo empedrado, como si se tratara de una era pequeñita, que servía para jugar a las “ocho en raya”. Estuvo en su día cubierto de cemento, hoy, porque todo regresa, ha vuelto a su apariencia original. Lo mismo ha sucedido con el empedrado de diferentes rincones del pueblo, actualmente recuperados. La iglesia es amplia, de una nave y allí se conservan, además de un buen retablo, las imágenes de las vírgenes de Barruso, del Rosario y de Verducea. Debajo del coro, alojada en una capilla pequeñita, se encuentra la pila bautismal románica.

Pasado el puente medieval que cruza el río Alhama, sobre un pequeño altozano y al lado de la carretera que nos lleva a San Pedro Manrique, nos encontramos con los restos de la ermita de San Salvador; antigua parroquia del pequeño barrio que allí se asentara. Fue una de las seis parroquias con las que contó la villa de Magaña durante la Edad Media. A finales del siglo XV esta parroquial se convertirá en ermita, fusionándose a San Martín; ya en la visita pastoral efectuada en 1766, el visitador recorre varias ermitas de la villa, pero no la de San Salvador, por lo que podemos entender que por esas fechas se había abandonado el lugar.
La parroquial de San Salvador es el típico edificio del románico rural soriano. Una iglesia de una nave, levantada en mampostería menuda y que contó con una espadaña a poniente. Con una cabecera con tramo recto en el presbiterio y ábside semicircular. Las esquinas y los vanos se reforzaron con sillares, hoy expoliados, si exceptuamos la ventana abocinada de poniente. En el muro meridional estuvo la portada, también expoliada y en el muro norte existió una más pequeña con arco de medio punto, hoy tapiada. La cabecera se iluminaba con dos ventanas, expoliadas y cegadas; una en el tramo presbiterial y otra en el eje absidal. Todavía se conservan en el presbiterio restos de impostas con perfil de nacela, que nos indican que este espacio se cubrió con una bóveda de cañón. El ábside se cubrió con una bóveda de cuarto de esfera de la que se conserva el arranque.

La ausencia de impostas y de estribos en la nave, nos hace pensar que como cientos de iglesias del rural soriano, se cubriría con techumbre de madera a dos aguas. El muro de poniente se asienta sobre un afloramiento rocoso y en él se ha conservado una ventanita muy abocinada hacia el interior. Por los restos que se conservan en este paño parece que sobre este muro se levantó una espadaña rematada a piñón; a su vez aquí se conservan grandes lajas encastradas en el muro, peldaños de lo que fue la escalera de acceso a la espadaña o al coro, algo que recuerda a San Baudelio de Berlanga.

Cuando se efectuaron los trabajos de campo (1.999) para la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, José Manuel Rodríguez Montañés todavía pudo ver las dos esquinas occidentales en pie. La esquina sur se desplomó pocos años después, perdiéndose los dos canecillos de nacela que soportaban la cornisa románica. Hoy todavía sigue en pie el alero norte, cuya cornisa es soportada por dos canecillos, uno de nacela y el otro decorado con una esquemática cabecita. En la construcción de la escuela de 1904, a la que hemos hecho referencia anteriormente, se emplearon en sus esquinas tres canecillos románicos, los dos del costado norte se decoran con toscas cabecitas, muy similares a la que vemos en San Salvador, mientras que el que decora la esquina meridional lo hace con una cabeza de buey. Por ello podemos deducir que en 1904 la ermita de San Salvador, que lo había dejado de ser a mediados del siglo XVIII, se había convertido en una cantera de la que los vecinos y el municipio de Magaña extraerían materiales ya trabajados.
La ausencia de cualquier actividad ha permitido que en el interior de la nave crezcan carrascas, que se han sido podadas y recogidas en pequeños montones. Mientras, en el rincón noroeste, se ha dejado crecer una imponente encina que asoma ampliamente por encima de la caja de los muros. Ese cuidado se debe a que estos restos se encuentran en manos privadas, no sabiendo con exactitud cómo la propiedad llegó a esta familia. En la localidad dicen que la antigua ermita fue desamortizada, pasando por heredad al actual propietario.

De las decenas de iglesias sin techo que hemos estudiado hasta el momento, estas son sin duda las que más se han deteriorado en las dos últimas décadas, encontrándose en la actualidad a punto de desaparecer completamente. Estas ruinas, como otras tantas de la provincia de Soria, merecen ser consolidadas y estudiadas para que puedan ser disfrutadas por futuras generaciones. Magaña es un paraje precioso, con una larga historia que ha dejado interesantes muestras de ella en sus iglesias. Hoy, parte de ello puede perderse si, como viene siendo habitual, nada se hace para impedirlo.



BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de San Martín de Tours de Magaña.
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- ENRÍQUEZ SALAMANCA, C. (1998) Rutas del románico en la provincia de Soria. Edita Codex-Rom. Tudela
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- IDOUBEDA OROS 2011. ETNOGRAFÍA. IDOUBEDA ETNO: ERMITAS DEL ALHAMA: SAN SALVADOR (MAGAÑA) (Consultada el 01/06/2023)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- PASCUAL HERRERO, J-N. (2021): Magaña y su patrimonio. Historia con historias. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria.
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, José Manuel (2002): Magaña. Ruinas de la Iglesia de San Salvador”, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 603-610.

domingo, 28 de mayo de 2023

EL CEMENTERIO ROMÁNICO DE HUÉRTELES EN LAS RUINAS DE SAN LORENZO

 

“Es tan bello el paraje de puro abrupto y primitivo que deberías rodear -Diustes, Villar
de Maya, Santa Cruz, Vizmanos, Huérteles- por el solo placer de prolongarlo.
Es una lástima que llegado al último pueblo nombrado
nadie ya te conteste si cantas de picadillo. …”
Donde la vieja Castilla se acaba: Soria. Avelino Hernández



Fue el jueves 23 de marzo cuando el equipo de Románico sin techo visitó Huérteles, localidad de Tierras Altas a la que se accede por la carretera autonómica SO-615 hasta llegar al cruce con la SO-643, que nos llevará, en algo más de media hora, desde Soria a esta localidad. Ese jueves amaneció luminoso en Soria, pero conforme avanzábamos y ganábamos altura hacia nuestro destino, el día se fue poniendo más frío y oscuro.

Nos encontramos con un lugar en el que se podían ver vehículos y personas transitando por sus calles; unas calles que conservan un bonito empedrado que da personalidad a un pueblo limpio y recogido, en el que duermen entre 10 y 12 personas. Huérteles fue desde el siglo XII al XIX cabeza de sexmo que quedaba constituido por los lugares de Montaves, Taniñe, Las Fuentes, Palacio y Ventosa. El sexmo era una subdivisión de la Comunidad de Villa y Tierra de San Pedro Manrique, y, que como hemos explicado en alguna de nuestras anteriores entregas, consistía en tierras comunadas de varias aldeas, durante la reconquista castellana, en torno a una villa mayor. Hoy Huérteles pertenece al municipio de Villar del Río. 

Allí, en su pueblo, nos esperaba la amabilidad de nuestro querido compañero Miguel Ángel Pérez. Gracias a él pudimos ver la iglesia parroquial advocada a la Asunción de Nuestra Señora. El edifico, que combina una cabecera del siglo XVI con bóveda de crucería y una nave de 1892, está presidido por un interesante retablo de finales del XVI, que, según investigaciones de José Vicente Frías Balsa, es obra de Guillermo de Amberes y que será dorado por su cuñado Mateo Ruiz de Cenzano a la muerte de aquel. Este retablo, pero sobre todo la imagen de bulto redondo de Nuestra Señora de la Asunción y la tabla de San Miguel, bien merecen una visita. A los lados del retablo dos imágenes en madera policromada, con ricos estofados embellecen el muro sobre sus peanas. A los pies de la nave podemos disfrutar de un pequeño retablo y de la parte de otro que fue sagrario con la figura peculiar de un pelícano, y coronado con un frontón curvo, soportado por dos columnas con fustes zigzagueantes; todo ello dorado con un buen pan de oro. Siguiendo a José Vicente Frías Balsa, creemos que esta pieza podría encajar en su retablo mayor, pues según trascribe, Guillermo de Amberes se comprometió a hacer el sagrario con las siguientes condiciones: “Ha de llevar oro fino, bien batido, todo el relicario -sagrario- de manera que todo ha de ser cubierto de oro y de la pintura conforme al arte lo mandare y encima estofado en las partes que conviene”. También hay un cristo en la cruz y una pila bautismal difícil de datar.

El muro de la cabecera se empleó, cuando alguien jugaba allí, de frontón. Hoy un área polideportiva con frontón y solado pulido se asienta en la parte baja del pueblo, junto a la carretera a Montaves, esperando a quien quiera jugar. El atrio de la iglesia conserva un empedrado original de gran calidad y un curioso banco corrido fabricado en piedra. Un pequeño portalillo al oeste del atrio guarda un antiguo banco y las ruinas del viejo olmo, que hasta los años 80 del pasado siglo daba sombra al feligrés.

Al salir de la iglesia un buen rebaño de ovejas nos sorprendió gratamente. El pastor y dueño de este nos dijo que el ganado que pastorea está enfocado al comercio de carne. Es lo poco que queda de aquel tiempo en el que hubo en el pueblo unas 10.000 ovejas.

Miguel Ángel nos enseñó su estupenda y bella casa y desde allí nos acompañó al cementerio: objetivo principal de nuestro viaje, a medio kilómetro al norte del caserío. Allí queda en pie: la cabecera, con ábside y presbiterio de igual anchura, el muro norte y restos del hastial occidental, donde sin duda estuvo la espadaña. El muro meridional y la portada han desaparecido, si bien conserva el arranque de aquel. Se marcan todavía en el suelo, con piedras, las dimensiones de la iglesita, ubicada en la parte más alta del cementerio, desde donde hay una preciosa vista de los campos verdosos vestidos de primavera. El lugar destinado a cementerio está cuidado, no así lo que fue el solado de la nave parroquial, donde aparece algún hueso humano, cruces y piedras que se amontonan en el muro de poniente, donde estuvo el coro.

Tanto Madoz en su Diccionario como Blasco en su Nomenclátor nos hablan de la existencia de una ermita dedicada a San Lorenzo Mártir. Por el libro de Fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, sabemos que en 1828 el visitador diocesano, don Romualdo Mendoza y Sigüenza, canónigo y Dignidad de Chantre de la catedral de Calahorra (La Rioja), visitó la ermita de San Lorenzo Mártir. Según sus anotaciones, se encontraba extramuros del pueblo y en ella se celebraba la primera misa desde la cruz de mayo a la de septiembre. La encontró en muy mal estado y ordenó: componer y consolidar la pared del lado del evangelio, consolidar la cruz del altar. Mandó al cura del lugar, ayuntamiento o a quien correspondiera que en un mes se blanqueara el interior de la ermita, que se consolidara la pared del coro y que se reparara la campana. Si no se adecentara el altar y toda la ermita, no se debía permitir celebrar el Santo Sacrificio de la Eucaristía.

La ermita no se debió reparar, pues cayó en el olvido. Lo que sí sabemos es que la fábrica de la parroquia en 1834 dedicó parte de sus ingresos a levantar un nuevo cementerio, adosado a la vieja ermita. Se pagaron muchos jornales por levantar paredes, hacer una puerta con su cerraja, bisagras y clavos y, también, por la licencia para bendecir el nuevo camposanto.

Es posible que alrededor de esta ermita estuviera asentada la primera puebla y que esta bajara al valle del río Ventosa y la antigua parroquial se convirtiera en ermita. El recuerdo de San Lorenzo Mártir lo podemos ver en el retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en el que Guillermo de Amberes nos representa al mártir, musculoso y desnudo, siendo llevado a la parrilla.

Desde su conversión en camposanto el deterioro fue a más, por lo que se tuvo que reconstruir la cabecera, cegándose al exterior los dos vanos que iluminaban el ábside. Los muros recrecidos de la cabecera se hicieron un poco más delgados y toda la cabecera se recubrió con una bóveda de horno a hueso, que recuerda, por la disposición de sus lajas, el empedrado de las calles del pueblo. Está bóveda se encementó con una ligera capa de hormigón que fortaleció toda la estructura. La espadaña y el muro sur desaparecieron, así como su techumbre, y con los restos de su humilde portada se reconstruyó la nueva del camposanto mirando a levante. La parte exterior del ábside se encaló en su día.

En su interior, destaca su arco de gloria apuntado en buena sillería, sobre pilastras lisas con sencillas impostas. La cornisa de la cabecera la constituyen simples lajas que apoyan en canes sin tallar. Por los restos que han llegado hasta nosotros podemos deducir que la nave se elevaba sobre la cabecera. La ermita de San Lorenzo Mártir, como muchas de las pequeñas iglesias de Tierras Altas, es un buen ejemplo de la humildad y sencillez de las construcciones románicas. Es un edificio pobre, sin ninguna decoración, que aprovecha los materiales constructivos que tiene en su entorno, lo que hoy se conoce como huella de carbono cero. Estos muros que han llegado hasta nosotros son representativos de lo que debieron ser muchas iglesias que presidieron la vida de aquellas primeras aldeas surgidas en la Extremadura castellana.

Esta cabecera bien merece una nueva techumbre, quizás de lajas, que le permita superar otros 800 años y que dignificaría el trabajo y la fe de los antepasados que la edificaron.

Nos despedimos del lugar recorriendo sus calles empedradas y acercándonos al río Ventosa, que fluye alegre por la localidad, pasa al lado del lavadero y ambos, río y lavadero, consiguen crear un rincón agradable, con ese sonido reposado que crea el agua de los pequeños arroyos.

Despedimos la mañana con un café y unos torreznos en San Pedro Manrique, con nuestro compañero Miguel Ángel y el párroco de la localidad Antonio (Toño) Arroyo, que atiende a 56 pueblos, con el que dialogamos sobre la problemática de la reconstrucción de la iglesia de San Bartolomé de Sarnago y de otras tantas localidades de Tierras Altas que tan bien conoce.

BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA.
Libros de Fábrica de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Huérteles (Soria). (1745-1900) Ref. Antigua 221/12; Ref. Actual 1605.
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- FRÍAS BALSA, José Vicente. El retablo mayor de la iglesia de Huérteles http://soria-goig.com/Pueblos/pag_106.htm (Consultada el 18/06/2023)
- HERBOSA, Vicente (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)
- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria.” Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional. 
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, José Manuel (2002): Huérteles. Ermita del cementerio, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 567-569.