domingo, 17 de noviembre de 2024

LAS RUINAS DE SAN JUAN DE BERLANGA, EL ROMÁNICO CONSOLIDADO.


“La colegiata absorbió las parroquias pobres del pueblo, que debían estar
medio arruinadas. Es seguro que su tesoro románico tendría
importancia, dada la concentración que tal estilo
presenta en el área del Duero soriano”.

Soria. Dionisio Ridruejo


Creemos que a ningún soriano/a hay que explicarle cómo llegar a Berlanga de Duero, pero por si alguien se despista, le recordaremos que la SO-100, la misma que pasa por Navalcaballo, Quintana Redonda, Fuentepinilla o Andaluz, le llevará hasta allí en unos cuarenta minutos.

Y es que hoy nuestro objetivo se encuentra en esta localidad. Berlanga se encuentra a unos 50 kilómetros al sur de la capital, en la ribera del río Escalote, afluente del Duero. Es tan rica, Berlanga, en patrimonio artístico, que mereció la pena hacer dos viajes; uno el 19 de septiembre y otro, el 29 de octubre. Este segundo con el fenomenal recibimiento de Jesús, Conchi y José Luis, miembros de la Asociación de Amigos del Castillo de Berlanga.

Berlanga fue conquistada para los cristianos por Fernando I en el siglo XI. Allí fueron llegando nuevos pobladores propiciando que el municipio se convirtiera en centro de una comunidad de villa y tierra compuesta por 33 aldeas, trece de ellas actualmente despobladas o desaparecidas. Para protegerla se construyó una fuerte muralla al sur del castillo, llamada Cerca Vieja. Dentro, agarrado a esa loma, se encontraba el antiguo pueblecito que daría origen a Berlanga. Poco a poco, cuando el peligro se fue alejando, la población fue abandonando el lugar y se asentó en el llano, más cómodo, donde hoy se ubica la villa de Berlanga. Por si acaso, se construyó una segunda muralla, extramuros, pero de ella apenas queda la Puerta de Aguilera. Hasta principios del siglo XIV se fueron construyendo, conforme iba llegando población nueva, diez iglesias repartidas en el espacio que ocupaba la localidad.

En 1136, mediante el acuerdo suscrito entre los obispos de Sigüenza y Osma para la delimitación de ambas diócesis, Berlanga y sus aldeas quedarán dentro del territorio seguntino, donde ha permanecido hasta los años centrales del pasado siglo XX. Ya en aquellos primeros siglos debió de ser una activa población, que llegó a contar con siete parroquias, según Gonzalo Martínez Díez: Santa María, San Gil, Santo Tomé, San Nicolás, San Miguel, San Esteban y San Andrés. Sin embargo, en 2013 en el artículo “Las antiguas iglesias de Berlanga. Entre la arqueología y la documentación escrita” publicado en la Revista Celtiberia, Nº 107, Roberto de Pablo, Francisco J. de Pablo y Cristina Santos añaden a estas parroquias tres más: San Pedro, San Facundo y San Juan. Precisamente, estos autores, han logrado localizar los espacios en los que se encontraban esas diez iglesias, determinando que la que se denomina como “Ruinas dentro del primer recinto amurallado” en la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, estuvo advocada a San Juan.

En 1370 la familia Tovar se hizo con el control de Berlanga y, por supuesto del castillo, que sufrió saqueos de la propia población, y un grave incendio en 1660. A finales del siglo XVIII sólo los muros quedaban en pie. Pero aunque el castillo quedase vinculado exclusivamente a la familia Tovar, el poblamiento de la localidad fue creciendo hasta llegar a casi los 2.500 habitantes a mediados del siglo XX. Hoy se mantiene en torno a los 900. 

Muchas de las piedras de las diez iglesias medievales se encuentran embutidas en los muros de la Colegiata de la misma localidad. Conchi y José Luis fueron nuestros extraordinarios cicerones acompañándonos a los lugares en los que esos edificios religiosos estaban. Efectivamente, en 1526, los Señores de Berlanga, María de Tovar e Íñigo Fernández de Velasco, en un programa renovador de las construcciones de la villa, deciden unificar todas parroquias en una de dimensiones suficientes, para acoger a toda la población, y que estuviese en el centro de la villa. Con permiso de la diócesis de Sigüenza construyen la impresionante Colegiata de Santa María del Mercado en el emplazamiento de la antigua de San Andrés. No podemos imaginar el impacto que debió suponer en la localidad la noticia de que las diez iglesitas iban a ser destruidas. También sería impactante cuando observaran un edificio del poder de la nueva Colegiata.

Dentro de las murallas del castillo o de la cerca vieja se encuentran algunos restos de tres de esas iglesias que se destruyeron: la de San Juan, de la que todavía hoy se conserva parte de su cabecera junto con su arco de gloria, que sirve de recuerdo y que nos marca el lugar en el que se encontraba; la de San Esteban, un poco más arriba y vinculada a la anterior, y la de Santa María, de la que parte de sus riquezas se conservan en la Colegiata: una talla románico-gótica de la Virgen del Mercado, y los retablos de Santa Ana y el de los Bravo de Laguna.

De las diez iglesias únicamente quedan restos de San Juan, como queda dicho; de San Nicolás, de la que se conservan parte de su ábside y de lo que pudo ser una dependencia adosada; y de San Miguel de la que también se conservan restos de su cabecera, así como, probablemente, un tímpano que se colocó, posteriormente, en la puerta de entrada del convento de las Madres Concepcionistas, cerrado recientemente. Del resto de las iglesias queda la memoria en el callejero y en los archivos. Así sabemos que San Pedro, estaba ubicada en la huerta del Palacio de los Marqueses de Berlanga; San Gil, la última iglesia en ser destruida muy cerca de “la Claustra”, San Andrés, que debió ocupar el espacio de la plaza en la que hoy se levanta la Colegiata; Santo Tomé, que se situó en la estupenda Plaza Mayor actual, y San Facundo, muy próxima a la anterior. La gran mayoría de la piedra de estas parroquias sería reutilizada en la nueva colegiata, si bien algunos restos, como el tímpano de la iglesia de San Miguel, algunos capiteles e impostas, así como restos de los muros de mampostería de Santo Tomé, San Juan, San Miguel y San Nicolás, han llegado hasta nosotros.

En el interior del recinto amurallado o Cerca Vieja se edificaron tres iglesias: la de Santa María estuvo situada a la izquierda de la puerta de acceso a la ladera del castillo, la de San Juan hacia la mitad de la ladera y la de San Esteban en la parte superior del cerro junto a una necrópolis sobre roca, siendo esta última la que más duda genera entre los investigadores. Hoy el cerro del castillo se proyecta como una imagen de recuperación del patrimonio berlangués. En el interior de este primer recinto amurallado o cerca vieja, todavía se alza desafiante el arco de gloria de la iglesia de San Juan.

 
En 2002 José María Pérez, “Peridis”, cuaderno y lápiz en ristre, dibujaba magistralmente este ábside. Lo vemos en el capítulo VIII “La construcción del románico” en el Programa “Las claves del Románico” que por entonces emitía TVE 2. Escuchábamos entonces a Peridis decir: “La desnudez de las ruinas nos muestra en toda su pureza las claves del románico. […]. Aquí estamos debajo del arco del triunfo que es un alarde de estabilidad, es un milagro que no se caiga sobre mi cabeza”; añadiendo poco después “El contrafuerte es sin lugar a duda la gran aportación de los maestros del románico. No sólo modula la iglesia sino que también la sujeta. Este arco se terminará cayendo y a no mucho tardar porque el empuje que tiene no está contrarrestado, no hay un contrafuerte. Para eso servían los contrafuertes en las iglesias románicas, para evitar que el empuje de los arcos tirara los muros y se desplomaran los arcos. ¿Ven ustedes la grieta? Pues esa grieta marca por dónde van los empujes del arco y ahí tenía que estar un contrafuerte”. No se equivocaba el arquitecto y dibujante, tan solo un año después este arco de gloria apuntado, debido a las inclemencias del tiempo y a los empujes no recogidos se venía al suelo. Durante unos años sus dovelas permanecieron en el lugar, hasta que en 2010 una intervención acertada impulsada por la Asociación de Amigos del Castillo de Berlanga en colaboración con el Ayuntamiento reedificó el arco de triunfo y consolidó las ruinas de la cabecera, dignificando este espacio.

Al igual que en otras iglesias del rural soriano, la cabecera de San Juan integra ábside y presbiterio en un mismo espacio, ya que el ábside se prolonga por un presbiterio recto como vimos en las ruinas de la iglesia de Santo Domingo del despoblado de Golbán. Toda la cabecera se levantó en mampostería. En el ábside pervive una pequeña parte de sus muros, así como el arranque de su bóveda de cuarto de esfera, que apoyaba sobre una imposta de listel y chaflán. Hacia el exterior del ábside queremos intuir el lugar en el que se encontraba la ventana absidal. En el presbiterio, tampoco se aprecian ventanas, quizás al estar destruido la parte superior del muro meridional, mientras que en el lado norte todavía se conserva el arranque de la bóveda de cañón apuntada apoyada sobre la misma imposta. Todo el interior estuvo enfoscado con una capa de cal y arena; de este se conserva algunos restos.

Dos pilastras sobre pódium abocelado proyectan el arco triunfal, todo ello ejecutado en buena sillería de caliza blanca. Este es apuntado y doblado hacia la nave, presentando el arco exterior una moldura achaflanada al igual que las impostas. Este arco de triunfo se apoya en impostas.

De los muros de la nave nada queda, si bien hacia el norte aparece un gran muro de tapial con base de
mampostería, que a nuestro juicio nada tiene que ver con la construcción religiosa. Escuchando a Conchi y José Luis coincidimos en pensar que este muro estuvo ligado a los jardines del palacio de los marqueses de Berlanga, en concreto nos recuerdan que en este espacio se levantaron tres jardines, “en ondo”, el alto y el más alto. Precisamente este muro cerraría la Lonja Alta, que separaría el complejo palaciego de la fortaleza artillera. Por tanto este espacio se integró en los jardines, dando las ruinas de San Juan un aspecto romántico al mismo. Estamos convencidos que a no mucho tardar este espacio en donde estuvo la nave de San Juan se excavará para determinar su tamaño, así como para mejorar el acceso.

Las dos visitas a Berlanga las finalizamos acudiendo a Cabreriza, pueblo abandonado. En esta segunda ocasión nos esperaba Víctor, un joven extraordinario, conocedor del entorno, pues abandonando el bullicio de la ciudad vivió allí, rodeado de silencio y naturaleza durante 11 años. Él nos mostró lo que queda del pueblo y una iglesia extraordinaria que pronto dejará de serlo.

BIBLIOGRAFÍA

- De PABLO MARTÍNEZ, R. (2022): SAPIENTIA AEDIFICABITVR DOMVS ET PRVDENTIA ROBORABITVR. El Palacio de los Marqueses de Berlanga. Berlanga de Duero. Edita: Asociación de Amigos del Castillo de Berlanga. Coedita. Diputación de Soria.

- De PABLO MARTÍNEZ, R., DE PABLO ORTEGA. F.J., y SANTOS OZORES, C. (2013): Las antiguas iglesias de Berlanga: entre la arqueología y la documentación escrita. Soria, Celtiberia, CES del CSIC, nº 107.

- MADOZ, P. (1850): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid, 1993.

 - MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.

- NUÑO GONZÁLEZ, J. (2002): Berlanga de Duero. Ruinas dentro del primer recinto amurallado, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 225-229.


domingo, 13 de octubre de 2024

LAS RUINAS DEL DESPOBLADO DE ALCONEZA: EL ROMÁNICO SINGULAR

 

“Despoblado situado en el término de Berlanga de Duero, en un coto redondo
situado entre los términos de Paones, Cabreriza, Arenillas, La Riba
de Escalote y Caltojar ; a 5.300 m al oeste de Caltojar se
hallan las ruinas visibles de la ermita de Alconeza”.

Las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura castellana. G. Martínez Díez



El diecinueve de septiembre amaneció nublado y amenazaba lluvia. A pesar de ello, nos decidimos a visitar los restos de la iglesia del despoblado de Alconeza, al sur de la provincia soriana, en la comarca del Marquesado de Berlanga. El despoblado, convertido en aislados majanos de piedras, se encuentra entre Cabreriza, otro despoblado, y Ciruela. Para llegar utilizamos la SO-100, pasando por Quintana Redonda, Fuentepinilla, entre otros municipios hasta llegar a Berlanga de Duero. Desde esta villa, para ir al despoblado de Alconeza, existen varias rutas: podemos ir por la SO-P-4132 en dirección a Paones y llegar desde Cabreriza; podemos llegar desde Ciruela o desde Casillas de Berlanga, siempre por caminos y cañadas. Nosotros, por recomendación de Octavio Yagüe, decidimos llegar desde Casillas de Berlanga, por la SO-152. Nos dirigimos hasta Casillas, dejando atrás las ruinas del Convento de Paredes Albas y Ciruela. A la entrada de Casillas, y a mano derecha, parte un camino agrícola, siguiendo ese camino de concentración vamos remontando la vertiente izquierda del río Escalote entre valles y una gran paramera surcada por arroyos, que van generando un paisaje diferencial por la aparición de conglomerados. Superados los Corrales de Llanorraso, giramos a la izquierda en la divisoria de los ríos Escalote y Talegones, y, seguidamente, llegamos a un cruce con la Cañada Real Galiana o Riojana Allí giraremos a la izquierda y la seguiremos en dirección sur durante 500 metros, momento en el que cogemos un cruce de 90 grados en dirección oeste. Es entonces cuando aparece ante nosotros una gran recta y un fuerte barranco. Estamos en la cabecera del arroyo de La Barga desde donde se ven los restos de la iglesia de Alconeza, como si de una fortaleza inexpugnable se tratara, aunque mimetizada en el pasaje cerealístico. La memorización del plano antes de nuestra partida nos facilita la búsqueda, para lo que invertimos alrededor de una hora. Mientras recorremos esos cinco kilómetros por caminos de tierra, vamos hablando de las ruinas del convento de Paredes Albas, del frontón de sillería de Ciruela, de Bretún y de Vicente Marín y su apasionante vida, de su Fundación, y, claro, también del conde de Atarés. Por esos caminos solitarios que recorren el páramo, una bandada larga de perdices, con sus crías, nos sorprende. Estamos en una comarca con riqueza de caza como ya atestiguaba Madoz a mediados del siglo XIX cuando escribe de este lugar: “ Es sitio delicioso y abundante en caza, […]”. Ellas y otros animales son los dueños de los restos de corrales, majadas y tainas abandonados. Algunas fincas de encinas micorrizadas introducen una modernidad en este monocultivo cerealístico.

El páramo, aunque solitario, es bello y está lejos de la monotonía con la que lo asociamos, pues la ondulación de sus lomas y las encinas, dispersas por algún lado, y formando bosque por otro, le confieren una belleza a la que contribuye el silencio y la soledad.

Los restos de estos viejos y resistentes muros de cal y canto eran conocidos por los habitantes de la comarca, especialmente por pastores y labradores, pero no figuraban en ninguna catalogación. Pascual Madoz en 1850 en su Diccionario nos informa de esta iglesia “[…]: y aun existen algunos vestigios de la población y la iglesia, todo contiguo y enlazado con el monte”. Gonzalo Martínez Diez en 1983 ya nos habla de ella en su mítica obra Las comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana. Sin embargo, será el Proyecto Cultural Soria Románica quien la dé a conocer al gran público a través de la prensa en 2008 y al mundo científico con su publicación: Románico desconocido. La iglesia del despoblado de Alconeza (Soria), presentado en el VI Congreso Internacional Restaurar la memoria. La gestión del Patrimonio hacia un planteamiento sostenible.

Se desconoce con exactitud cuándo se despobló Alconeza, pero debió de perder su población a finales del siglo XVI o principios del XVII. Su iglesia no se debió convertir en ermita y el expolio y el paso del tiempo han dejado sus muros descarnados y a la intemperie. Desde el camino se accede a estos restos por el rastrojo de una finca, en el que ya aparece el verdor de la otoñada. Según vemos en SIGPAC las ruinas se incluyen en una finca agrícola privada de 14, 48 has. de las que 2,81 son pasto arbustivo y elementos del paisaje.

Su iglesia se construyó con esos mismos cantos y conglomerados que hemos visto en el camino. Una iglesia a la que el expolio ha dejado vacía. Las piedras caídas, las maderas, que en su día soportaban el techo, descansan envejecidas en el suelo acompañando a los abundantes cardos que las rodean.

La iglesia tiene una orientación oeste-este y se ha conservado la cabecera y restos de los muros de la nave que entroncan con el presbiterio. La iglesia se construyó con muros de encofrado de cal y canto, en este caso de piezas de conglomerado, en el que todavía se pueden distinguir las verdugadas. Las esquinas y los vanos debieron estar reforzados con sillares, de los que no queda nada. La cabecera presenta un ábside semicircular que se cubrió con bóveda de horno y con ventana en el eje axial; el presbiterio es de mayor anchura y altura que el ábside y se cubrió con una bóveda de cañón apuntada, y contó con sendas ventanas a ambos lados. Tanto bóveda de horno como bóveda de cañón apoyaban en una imposta de sillería de la que hoy pervive su huella. La única nave es más alta que la cabecera y, sin duda, se cubrió con una techumbre de madera. La nave se comunicaba con la cabecera con un potente arco de gloria de gran altura, hoy expoliado y descarnado. Hacia el oeste un montículo de piedras podía marcar el largo de nave. Desconocemos donde se encontraba la portada, si bien por los restos del despoblado y la localización de la fuente pudo estar abierta en el muro norte.

Al igual que vemos en Castril o en la antigua iglesia de San Esteban de Alcozar, en Alconeza tanto el cascarón del ábside como la bóveda del presbiterio se construyen en mampostería, pudiendo observar que a medida que se asciende se aligera el material y se reduce el espesor, cerrando los abovedamientos con piedra toba. La pérdida de la cubierta ha deteriorado el abovedamiento, estando abierto en la actualidad al cielo limpio y puro de estas parameras. Otra singularidad de estas ruinas lo vemos en el muro de encofrado en el que se abre el arco de gloria, pues en la gran mayoría de iglesias este muro se levanta en sillería o mampostería. También es singular el encuentro de este muro con los de la nave donde se puede observar cómo se traban, entrecruzándose las verdugadas de uno y otro, algo que también vimos en alguna de las esquinas de la iglesia de Santo Tomás de Mosarejos. Por último, y no visto en otras iglesias románicas con la misma técnica constructiva, en el ábside se observa la disposición vertical del tablazón en el muro del ábside para adaptarse a su curva.

Los muros de esta iglesia aparecen agujereados por un buen número de mechinales que atraviesan de lado a lado los muros. La mayoría de estos huecos están cubiertos con tejas y, los menos, con pequeños dinteles de losas, algo que el viajero puede ver en los restos del muro norte de San Bartolomé de La Barbolla. En estos huecos se introducían unos maderos escuadrados o almojayas que serán los elementos horizontales sobre los que se apoyaban las tablas que conformaban el andamio.

Al encontrarse la iglesia sobre una pequeña elevación de conglomerados ha quedado aislada de la tierra de labor, lo que sumado a la solidez y resistencia de los muros de cal y canto, ha posibilitado que llegara hasta nuestros días.

Un poco más alejados, hacia el norte, encontramos otros restos de otros edificios que completan la imagen de este solitario paraje que invita a la meditación. Este paraje de Alconeza, rico en caza y en encinares, solo conserva un trozo de su vieja iglesia de la que nadie recuerda su advocación, pero sí su significado de Iglesuela. Este habría de dar nombre al paraje de La Alconezuela.

Estas ruinas, como otras muchas, merecen una intervención arqueológica que añadiría luz a lo que hoy intuimos: longitud de la nave, localización de la puerta de acceso, etc. Intervención que facilitaría una consolidación de lo que hoy ha llegado hasta nosotros y así evitar la ruina segura del abovedamiento de la cabecera y del arco de gloria.

Cuando abandonamos Alconeza, no perdemos la ocasión para visitar Cabreriza, otro despoblado. En este quedan las casas ruinosas y una iglesia barroca en pie, pero que, de no intervenir nadie pronto, se convertirá en otra ruina, como sucedió con la de La Barbolla. Una solitaria casa está habitable en medio de un paisaje espectacular con unas montañitas que protegen al pueblo y un valle fértil al lado del río Talegones.
El pueblo nunca debió de ser grande, las casas se agrupaban en unas veinte manzanas, y según el Nomenclátor descriptivo, Geográfico y Estadístico del Obispado de Sigüenza en 1886 llegó a contar con 230 habitantes. La entrada a la espectacular iglesia está ocupada por unas zarzas que pronto se harán dueñas del lugar e impedirán el paso. La iglesia es desproporcionada para el pueblo. Asombran estas proporciones en un lugar tan pequeño. En su suelo se marcan los huecos para sus tumbas y todavía conserva parte de su techumbre en la que destacan dos cúpulas encamonadas barrocas con decoración pictórica.
















BILIOGRAFÍA

- YUSTA BONILLA, J.F., ESTERAS MARTÍNEZ, J. Á., GONZALO CABRERIZO, C., LORENZO ARRIBAS, J.M. y SANTA-OLALLA CAICEDO, I. (2008): Románico desconocido. La iglesia del despoblado de Alconeza (Soria) que recoge su ponencia en el VI Congreso Internacional Restaurar la memoria. La gestión del Patrimonio hacia un planteamiento sostenible, Valladolid 31 de octubre - 1 y 2 de noviembre de 2008, pp. 51-61.

- MADOZ, P. (1850): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid, 1993.

- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.

domingo, 25 de agosto de 2024

LA RUINA Y ABANDONO DE SANTO DOMINGO EN EL DESPOBLADO DE GOLBÁN.

 

“Alcubilla del Marqués y Pedraja de San Esteban, junto a Olmillos, Ines (villa que perteneció
al marqués de Berlanga) y Atauta, hacen antesala a la capital de la ribera soriana.
Atauta conserva un conjunto etnográfico de más de noventa bodegas,
catorce lagares y diez lagaretas de una belleza excepcional.”

Corazón de roble. Ernesto Escapa.

El verano estaba recién estrenado, pero el día amaneció fresco, aunque fue tornándose caluroso a medida que el sol iba levantándose. Nos desplazamos hasta Atauta por la N-122, que no termina de convertirse en autopista, hasta enlazar con la A-11 y llegar a San Esteban de Gormaz. Desde allí, la SO-P-4003 nos llevará hasta el cruce de Atauta y, siguiendo la carretera en dirección Morcuera, a la altura del kilómetro 6,1, nos deja a la vera del despoblado de Golbán. Allí permanecen los restos de lo que fue su parroquial, rodeada de hermosos encinares, abandonada, en ruinas y a punto de desaparecer, pues pocas son las paredes y muros que se mantienen en pie. Las hierbas se han enseñoreado del lugar y una hermosa encina se yergue en el centro de la única nave.

Golbán o Golván  se integró en la Comunidad de Villa y Tierra de San Esteban de Gormaz y estuvo vinculado al monasterio de Santo Domingo de Silos. Un pleito entre el monasterio burgalés y el obispo de Osma por la posesión de las tierras del entorno de Golbán y San Esteban de Gormaz se resolvió a principios del siglo XIII, cuando este lugar pasaría a la diócesis de Osma; según  nos cuenta Marisol Encinas. Por la Resolución de 16 de febrero de 2016 en la que se incoa el conjunto de bodegas del paraje “El Plantío” de Atauta para la declaración de BIC (BOCYL 15/03/2016), sabemos que las primeras referencias a las viñas que rodean Atauta se sitúan en 1201 y vinculadas a Golbán, «lugar situado a dos kilómetros de Atauta, perteneciente al Monasterio de Silos».

El catastro del Marqués de Ensenada, redactado en la villa de Atauta el 9 de septiembre de 1752,  nos da a conocer que Golbán era un despoblado anejo a la parroquia de Atauta de la jurisdicción de la villa de San Esteban, del Señorío de la marquesa de Villena y constituido por tierras de secano, monte de encina, yermos, y de pastos, que producían trigo, centeno, avena; pero también había “hornos de abejas”. En esa fecha, en Golbán, ya no había animales, vecinos ni casas, un detalle que nos indicaría que ya llevaba mucho tiempo abandonado. Se conoce la fundación de una capellanía a mediados del siglo XVII, luego en el intervalo de esos cien años, Golbán se despobló.


Según J.M. Aceña, en 1758 se entabló un pleito entre los Concejos, justicia y regimiento de Atauta y el de Morcuera sobre la posesión del despoblado, fijándose los mojones entre el despoblado y los lugares de Morcuera y Piquera, entre 1760 y 1775.  

Con la despoblación llegó el abandono y los inmuebles de Golbán se arruinaron irremediablemente, al igual que le pasó a la iglesia románica de Santo Domingo. A unos 2 kilómetros al sureste de Atauta, al lado de la carretera, se yergue desafiante la espadaña desdentada de la iglesia y las escasas ruinas que apenas dejan ver su planta.

La que fue parroquial es un claro ejemplo del humilde románico rural soriano y su estado de abandono nos dice lo que puede pasar en los próximos decenios con muchas parroquiales no protegidas y enclavadas en lugares muy próximos a la despoblación, como son La Barbolla, Zárabes, Torralba de Arciel, etc.

Rodeada de una tierra de labor, este año sembrada de yeros, entre los que sobresalen las amapolas, y por la carretera, resisten los escasos restos de lo que fue la iglesia de Santo Domingo de Golbán. Por las escasas ruinas que han llegado hasta nuestros días podemos decir que era una típica iglesia construida en mampostería menuda y con rudos sillares en las esquinas de la espadaña. Contó con una pequeña nave y una cabecera semicircular en la que no se distingue en planta el ábside del presbiterio. En el muro meridional, donde estuvo la portada, se adosó un pequeño pórtico en tiempos posteriores. El interior del hastial occidental todavía conserva restos del enlucido de cal y arena. La espadaña contó con dos troneras y al menos el sector norte tuvo que ser reconstruido, quizás por algún derrumbe. En ese sector todavía se conserva el engarce con el muro de la nave. Junto con la espadaña y parte de los muros del atrio, destacan los muros de la cabecera, en los que se distingue la curvatura del ábside.

Cuenta José Arranz en su obra “La escultura Romanista en la Diócesis de Osma-Soria” que algunos bienes muebles de la parroquia de Golbán llegaron hasta la de Morcuera, y  una imagen de Santa Ana a la de San Pablo de Atauta, que según asegura la tradición popular procede de Golbán.

Estas humildes ruinas  bien merecen una consolidación y una recuperación de sus muros con la gran cantidad de piedra de mampostería que se agrupa a su alrededor. Una pequeña intervención arqueológica determinaría la planta de la iglesia y su posible reconstrucción. De esta manera se podría evitar su desaparición total, aunque según  vemos, el propietario de la parcela que rodea las ruinas respeta este espacio sagrado y, en su perímetro, acumula las piedras que van apareciendo durante el laboreo de la finca.

Como apuntamos con anterioridad, Atauta formó parte de la Comunidad de Villa y Tierra de San Esteban de Gormaz. Fue municipio durante el siglo XIX, y se integró en San Esteban de Gormaz en 1966. Se ubica en un emplazamiento maravilloso, en un alto desde el que se dominan los valles que a sus dos lados se despliegan. Se dispone en torno a dos calles paralelas que conducen a la iglesia. Sus casas combinan la piedra y el adobe, y su economía está ligada a la vid y el vino; una economía que permitió construir un pequeño poblado de 141 bodegas, al otro lado del arroyo Golbán, y al que dieron el nombre de “El Plantío”, Bien de Interés Cultural desde 2017.  Hasta allí nos acompañó Adolfo Tomás Palomar, conocido como Fito, alcalde del pueblo desde hace más de veinticinco años. Los años no le han disminuido el entusiasmo y permanece atento, mientras nos da una explicación, a las obras que se realizan para iluminar la parte del pueblo que se muestra a “El Plantío”. Con sus explicaciones y su pasión nos hacemos una idea de la belleza nocturna del pueblo contemplado durante la noche desde el conjunto de bodegas.


Caminando hacia las bodegas nos encontramos también con un lavadero con sus losas colocadas a una altura cómoda y rodeado de baldosines blancos; un poco más elevado se encuentra la  bien recuperada fragua con su imponente fuelle. Todo está cuidado en el pueblo, pero hay pocas personas que puedan apreciarlo. A pesar de la riqueza de sus cepas, que resistieron la filoxera, y del vino que producen, no son más de veinte personas los que acompañan a sus edificios en las noches. Nos recuerda el alcalde que en 1968 habitaban el pueblo 408 habitantes. Esta ausencia humana ha llevado consigo el abandono de sus huertos. El lugar en el que se producían tomates, verduras, frutales, y otros productos de huerta regados por el arroyo de la Laguna, hoy lo ocupa una chopera.

Visitamos varias bodegas muy bien conservadas, lagares y lagaretas; algunas del Ayuntamiento y otras del propio Adolfo. Constituyen todas ellas un conjunto maravilloso al que se suman varios palomares.


Da la mañana para hacer una visita a la iglesia parroquial donde buscamos con ahínco los dos fragmentos de imposta ajedrezadas, que según leemos en la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, se conservaban en la sacristía de la iglesia y que pudieron proceder de Golbán.  Nosotros no pudimos verlas, ni nuestro cicerone sabía de su existencia.

Se trata de un edifico muy bien conservado y en el que llama la atención la decoración exterior del muro meridional. Dicha decoración responde a la voluntad de un párroco que, molesto por el juego de los niños a la pelota en esa pared, decidió salpicarla de restos de escoria de la fragua. Hoy, desgraciadamente, esos problemas no existen.





BIBLIOGRAFÍA:

- ACEÑA PALOMAR, José María (2020): Atauta. Historia de unas bodegas declaradas Bien de Interés Cultural. Edita Sánchez Álamo artesanos. Edición no venal. Madrid.
ACEÑA PALOMAR, José María (2023): Atauta, viñas viejas y bodegas B.I.C. Colección “Paisajes, Lugares y Gentes”. Soria, Edita Excma. Diputación Provincial de Soria
-ARRANZ ARRANZ, José (1986): La Escultura Romanista en la Diócesis de Osma-Soria. Burlada-Navarra, Imprime Castuera.
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- BARRIO ONRUBIA, Salvador (2001a): Vecindario de Piquera y pueblos de su entorno desde mediados del siglo XVI hasta mediados del siglo XI, disponible en línea [Consulta:02/08/2024]: https://piquera.sanesteban.com/monografias/vecinda.htm
- BARRIO ONRUBIA, Salvador (2001b): La Abadía de Santo Domingo de Silos, Golbán y el convento de San Juan. Disponible en línea [Consulta: 02/08/2024]: https://piquera.sanesteban.com/monografias/sanjuan.htm
- ENCINAS MANCHADO, Marisol (2020): Despoblados en el entorno de Atauta: Golbán y el Monasterio de San Juan. Revista AREVACON Nº 40. Edita Asociación de Amigos del Museo Numantino, Soria.
- MADOZ, Pascual (1850): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid, 1993.
- MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- VV.AA, (2002): Otros vestigios. Atauta Iglesia de Santo Domingo, en el despoblado de Golbán, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. ¿?

domingo, 28 de julio de 2024

LA PERVIVENCIA DE SAN BARTOLOMÉ EN EL DESPOBLADO DE ARAVIANA.

 

“Pues igual que lo que ha ocurrido con este edificio sucedió con el vecindario
del pueblo y con el de muchos pueblos que eran poco más o menos como
este. A decir verdad, resistieron más la paredes de esta casa desde
que fue deshabitada que lo que era el pueblo en sí, tal
como desde siempre lo habíamos conocido”.

El fin de un mundo. Carmelo Romero


El 12 de junio, el tiempo en Soria fue un tanto desapacible. Amanecimos en uno de esos días en los que el invierno se hace notar a pesar de haber padecido ya varios aguijonazos veraniegos. Había llovido y amenazaba con seguir haciéndolo. Nos trasladamos a Ólvega en un viaje cómodo a través de la N-122 hasta encontrar un cruce a la derecha (tras atravesar el área de descanso del Madero) que nos condujo hasta la población.

A estas alturas del año los campos ya comienzan a amarillear y nos ofrecían una visión placentera de la vega del Rituerto. Conforme íbamos avanzando por el Madero, acercándonos a la mole del Moncayo, el paisaje se fue tornando cada vez más boscoso y las encinas acompañan al visitante por la carretera SO-P-2001 hasta Ólvega.

Cuando llegamos al municipio su visión no fue la típica de los pueblos a los que estamos acostumbrados. Con sus construcciones de varios pisos, muchos de ellos de ladrillo amarillo característico de los años sesenta/setenta, más parece una ciudad que un pueblo. Es evidente que la prosperidad del municipio le ha dado vida y le ha quitado el encanto de los pequeños pueblos. Pero es el precio que muchos lugares querrían pagar.

El nacimiento de la localidad se remonta al siglo V, aunque vestigios más antiguos existen. El ataque de vándalos y alanos en el 409 hizo que los hispanorromanos de Augustóbriga (Muro), se refugiaran en este lugar y formaran un pequeño núcleo. Fue musulmana hasta que el rey aragonés Alfonso I la conquistó en 1119, y permaneció siendo aragonesa hasta que la incorporara a Castilla Alfonso VII en 1134, formando parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Ágreda. Como todas las demás poblaciones, se convirtió en municipio con la caída del Antiguo Régimen en el siglo XIX, y ha sido de las pocas poblaciones sorianas que ha crecido de forma importante. Si entonces tenía algo más de mil habitantes, hoy se aproxima a los cuatro mil. El salto demográfico se produjo principalmente en los años sesenta y setenta del siglo XX, gracias a la apuesta del municipio por la industrialización.


A la entrada del pueblo nos espera Ruth Villar, informadora turística del municipio que es quien, con toda amabilidad, nos acompañó al despoblado de Araviana o Culdegallinas; ambos nombres compiten por nombrar al lugar. Por la carretera CL-111 en dirección a Noviercas y pasado el punto kilométrico 14, nos incorporamos a la carretera SO-P-2106 en dirección a Cueva de Ágreda, y a un kilómetro del cruce, a nuestra izquierda sale un camino recto que nos conduce a los restos del despoblado de Araviana. Días antes, los operarios del Ayuntamiento de Ólvega habían segado las altas hierbas del exterior y el interior de la ermita, logrando hacer más placentera la visita. Allí se encuentra la ermita que pretendíamos visitar, acompañada de los ladridos constantes de una reala de perros que habitan en sus cercanías. Parece ser que el lugar se pudo abandonar tras la batalla que libraron Pedro I, de Castilla, y Pedro IV, de Aragón, en 1359. Y a pesar de su abandono, hasta hace un año y medio que entregaron las llaves, la familia Escribano Calvo se hizo cargo de su limpieza y cuidados. Hoy, ya sin llave, es Serotina Galán Revilla la mayordoma de la ermita.

El edificio está consagrado a San Bartolomé, pero el santo se trasladó, coincidiendo con el final de la pandemia, a vivir más cómodamente y, sobre todo, más protegido, a la iglesia parroquial, tal vez temeroso de lo sucedido con la antigua pila de agua bendita que acabó en manos de desaprensivos.

Entre las ruinas y alguna edificación del despoblado de Araviana nos encontramos con esta construcción románica. Vemos un inmueble de una sola nave, abierta al cielo, construido mayoritariamente en mampostería, con una cabecera cuadrada que todavía conserva su techumbre, y una portada, ligeramente adelantada, en el muro meridional. Como casi siempre en el románico rural soriano la sillería se reserva para esquinas y vanos. La nave se pudo cubrir con una techumbre de madera a dos aguas. El suelo de la nave, guarda debajo del material vegetal que lo oculta, un solado de ladrillo macizo hecho a mano, conservando dos apoyos de piedra que bien pudieron ser soportes de postes para sostener la cumbrera de la techumbre. A lo largo de la nave se conserva todavía un banco corrido que también aparece en la cabecera. Si se observa con atención en estos muros hay dos períodos constructivos, pues la parte superior es ligeramente de menor grosor. A los pies podemos destacar el almacenamiento de una gran cantidad de tejas árabes, que llegaron alrededor de 1976 cuando se derribaron las escuelas de Ólvega para edificar el Parque de las Escuelas. La llegada de esta gran cantidad de tejas nos indica la intención que siempre hubo en el ayuntamiento de reconstruir el tejado de la ermita.

La cabecera cuadrada se cubre con bóveda de cañón apuntado sobre un arco fajón. Toda la cabecera sufrió importantes reformas, quizás avanzado el siglo XIII. Así el arco de gloria que da paso a la capilla es extremadamente cerrado, habiéndose rasurado las impostas de este. Nos cuenta D. Manuel Peña García que en tiempos contemporáneos se trajo el cierre de madera desde la ermita de la Virgen de Olmacedo; este separaba la capilla de la Virgen del resto de la iglesia. En tiempos más recientes se protegió con una chapa metálica. Desconocemos cómo se cubrió la anterior cabecera, pero cuando se construye la nueva bóveda apuntada se construyen dos muros de refuerzo al interior y un poderoso arco fajón que descansa sobre dos pilastras. La bóveda de mampostería, fuertemente encalada, descansa sobre una imposta de nacela que recorre los muros norte y sur. En la pared meridional, y a media altura, destaca una pequeña credencia adintelada.  La pilastra del muro meridional oculta pate de la ventanita románica de sillería, que al interior aparece abocinada y con arco rebajado. El refuerzo de la cabecera se ve acrecentado con un nuevo muro en los lados sur y este. Ese nuevo muro hará que el muro meridional de la capilla sea de mayor anchura que la nave. La ermita no conserva ni rastro de cornisas o canecillos, que, sin duda, pudieron desaparecer en las distintas reformas.

La portada es muy sencilla y está elaborada en caliza arenisca. Se abre en el muro meridional en un cuerpo de sillería ligeramente adelantado. Se desarrolla con tres arquivoltas lisas de medio punto que descansan sobre una imposta de nacela y jambas escalonadas; todo ello protegido por una chambrana de nacela muy erosionada. El dovelaje de la arquivolta externa nos recuerda a otras del románico aragonés. Esta portada pudo contar con un tejaroz que pudo ser eliminado cuando ese muro se reconstruyó en fecha indeterminada.

Como otros muchos inmuebles del rural soriano es una construcción muy pobre, sin ninguna concesión a la decoración. Su austeridad refleja unos tiempos en los que la Extremadura castellana se estaba consolidando. En estos lugares más apartados no solían llegar los mejores canteros; estos ejecutaban la obra con los materiales que tenían alrededor del lugar. Los restos que hoy podemos ver son extremadamente humildes, y, a través de ellos, se pueden distinguir varios períodos constructivos y plantear muchos enigmas. Quizás junto con la ermita de San Román de El Espino es la iglesia románica abierta al cielo de más extrema tosquedad en la provincia soriana.


Nos cuenta Ruth Villar que en el paraje se celebrada el martes, antes de la Ascensión, una romería con misa a la que asistía el pueblo de Ólvega y que esa romería, más hacia nuestros días, pasó a celebrarse el domingo de Pentecostés e incluso el domingo de la Trinidad, aprovechando el momento también para la bendición de campos. Como nota curiosa, además solo la familia del santero D. José Escribano Calvo acudía a misa el día de San Bartolomé. A partir de la pandemia la celebración se hace en la iglesia parroquial de Ólvega el 24 de agosto. Sería bueno recuperar esta costumbre y que los olvegeños y olvegeñas puedan recuperar parte de su memoria.

En la actualidad la ermita es casi un almacén. A sus pies se guardan las tejas que en su día cubrieron el tejado de las escuelas viejas, hoy transformadas en un parque coqueto; tejas que hasta pudieron ser fabricadas por la misma familia Escribano, pues poseían una tejería y ese era su oficio. También se guardan allí, en el ábside, levantados, los bancos de madera que todavía se sacaban los días de festividad: Letanías Mayores, Pentecostés, Trinidad y San Bartolomé.



Visitamos también el museo etnológico de Escribano Calvo: una casita repleta de reproducciones de todos los puntos de interés del municipio y de todo tipo de objetos de un mundo agrícola y manufacturero casi perdido.

Aún hubo tiempo para visitar la ermita de los Santos Mártires situada en el casco antiguo del pueblo. Una ermita cuidadísima donde nos esperaba el joven historiador Iván Casado, que nos planteó interrogantes curiosos e interesantes que una intervención arqueológica podría despejar.

BIBLIOGRAFÍA:

- BLASCO JOMÉNEZ, M. (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- DIAGO HERNANDO, M. (1991): Los términos despoblados en las comunidades de villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media. Revista Hispania LI/ 2, 178
- DÍEZ SANZ, E. y Galán Tendero, V. M. (2012): Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56.
- GAYA NUÑO, J. A. (1946): El Románico en la provincia de Soria. Edición facsímil de 2003. CSIC, Madrid.
- HERBOSA, V. (1999): Románico en Soria. Ed. Lancia. León.
- HUERTA HUERTA, P.L. (2002): ÓLVEGA. Ermita de San Bartolomé, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. II. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 735-739.
- MADOZ, P. (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.
- MARTIÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional.
- PEÑA GARCÍA, M. (1982): Ólvega: historia-arte-folklore. Edita. Ayuntamiento de Ólvega. Ólvega. pp. 114, 347-355

domingo, 30 de junio de 2024

LA PORTADA ROMÁNICA DE LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE MURIEL VIEJO.



“[…] el Seiscientos atravesó Muriel de la Fuente, con su elegante casa consistorial
con reloj y nos llevó hasta Muriel Viejo, en el que nos detuvimos
y ascendimos paseando con calma hasta su cementerio, que
preside el pueblo y al que se accede por una portada
románica de procedencia desconocida”.

Soria en Seiscientos. Javier Martínez Romera


Hoy nuestro objetivo es humilde: una portada románica, y no entera, en Muriel Viejo. También el día se muestra humilde y extraño: ni llueve con ganas ni deja de hacerlo, ni hace frío ni podemos olvidarnos de nuestra ropa de abrigo.

La N-234 en dirección a Burgos nos conduce hacia allí. Cuando llegamos a la espectacular ermita de la Blanca, hemos de tomar un desvío a la izquierda que, al poco, nos llevará hasta Muriel Viejo. La ermita de la Blanca agrupa a la concordia formada por Cabrejas del Pinar, Cubilla, Talveila, Muriel Viejo y el despoblado de Cubillos.

No vemos a nadie al llegar al pueblo y nos llama la atención la plaza, al lado de la iglesia parroquial, adornada en su suelo por un cielo azul y sus constelaciones. A su lado un jardincito presidido por un precioso abeto y delimitado por cuatro plataneros podados, y temerosos de asomar su nuevo ramaje por si una tardía helada los priva de su hermoso verdor primaveral.

Sin darse uno cuenta, al entrar en Muriel Viejo se introduce el visitante en un paisaje exuberante propio de la comarca de Pinares: pinos, abedules, robles, narcisos y otros seres vegetales rodean al municipio.

Porque es Muriel Viejo municipio desde la caída del Antiguo Régimen en el siglo XIX y siempre contó con una población superior a la que hoy recorre sus calles. Más de cien habitantes lo habitaron a mediados del siglo XIX, y puede que más de doscientos al final de este. Hoy duermen algo más de cincuenta, ayudado ese número por los que pernoctan en el coqueto hotel del pueblo.

Subimos al cementerio por una empinada cuesta, que, antiguamente, estaba inundada por piedras que dificultaban enormemente su acceso. Piedras que, seguramente, habrían formado parte de una antigua iglesia románica allí ubicada, de hecho a ese espacio se le conocía como la “iglesia vieja”. De ella hoy solo queda su puerta de entrada, que se usa como uno de los accesos al cementerio, así como posibles restos de algunos de sus muros. Al lado de este, en un casillo, sobre el fondo negro de sus paredes, unas grandes letras azules y blancas conforman las palabras “El Kaos”; es la peña infantil de fiestas. Pero en este paraje el caos no se aprecia. El paisaje es tranquilizador, el pueblo ordenado y limpio, y hasta el cementerio, extrañamente con el nombre de San Atanasio de Alejandría, está impregnado de este orden: en un lado las tumbas excavadas en la tierra y los mausoleos, en el otro los nichos modernos, y en el centro, separando los dos ámbitos, un porche, que, en su día, pudo ser una capillita.

La vieja iglesia estuvo bajo la advocación de Nuestra Señora de Santa María y hasta allá se dirigían los feligreses por un camino empinado, muy distinto del que observamos ahora. Por el Libro de Fábrica del siglo XVI, sabemos que en 1542 la iglesia estaba en una situación ruinosa y encargan repararla con buena madera “de fusta”, suprimiendo otras obras ya programadas. Gracias a las investigaciones de Herminda Cubilla, que en 2006 pudo consultar el Libro de Fábrica 315/7, conocemos la notificación de 1796 por la que se insta a la construcción de una nueva parroquial: “ […] Y con ello redimir la penalidad que se produce al concurrir el pueblo a su actual iglesia por lo penoso e incómodo del terreno en tiempos de nieve y lluvias”. Será esta circunstancia la que determine que se dote a Muriel Viejo de una nueva iglesia en 1797 y que su maestro constructor sea D. Cipriano Antonio de Miguel, quien por esos mismos años estaba levantando la ermita de la Blanca en Cabrejas del Pinar.

Así fue como la parroquial de Santa María pasará a cumplir exclusivamente la función cementerial y, poco a poco, a abrirse al cielo, desperdigando su patrimonio. De su pasado medieval pervive la portada, muy maltratada por el paso de la historia y las inclemencias del tiempo, así como algunos restos de la caja de sus muros. Si nos atenemos a la posición de la portada, la orientación de la iglesia de Nuestra Señora Santa María no fue la canónica, pues la puerta está orientada al noroeste, mirando al pueblo, no pudiendo determinar si la portada se trasladó de posición. Cuenta esta portada con un arco de ingreso liso y dos arquivoltas, la primera lisa y la más exterior decorada con un fino bocel. Sobre ellas una chambrana de sencilla nacela protegía el conjunto. Reposan las arquivoltas sobre una imposta de nacela decorada con bolas o piñas, que a duras penas podemos distinguir. Por debajo de esta destacan dos parejas de columnas acodilladas con sus correspondientes capiteles, si bien la exterior del lado izquierdo está formada por un tubo de fibrocemento. El capitel exterior de la derecha, muy deteriorado, se decora con hojas muy estilizadas, muy parecido al que vemos en la ventanita occidental de la ermita de nuestra Señora del Valle de Muriel de la Fuente. Le sigue el decorado con dos arpías atrapadas por un tallo que rodea sus cuellos. En el lado izquierdo vemos al exterior un capitel de cemento, que intenta imitar el del lado derecho, mientras que el interior representa un rostro con melena sobre dos grandes hojas, que ha sido muy maltratado por la acción antrópica. Toda la portada merece una protección, retirada de cemento gris y reposición de una columna y su capitel, consolidación del capitel exterior derecho, etc. Al interior del cementerio todavía podemos distinguir parte de los muros perimetrales de la antigua parroquia, que pudo tener una cabecera rectangular.

Al volver al pueblo nos encontramos en la puerta de su vivienda con Carlos González que, casualmente, tiene llaves de la iglesia parroquial y que amablemente nos facilita la entrada. Está consagrada a la Asunción. Se trata de una nave larga y estrecha, casi un tubo, con techumbre a dos aguas de madera de pino muy bien conservada. Un gran arco de medio punto da paso al presbiterio. El interior de la iglesia es un auténtico museo con obras de cierto valor, pues casi con toda seguridad hasta ella llegaron obras procedentes de la antigua iglesia de Santa María, así como otros restos de la antigua ermita de San Vicente, que desde su pico homónimo custodiaba el valle del río de Muriel Viejo, subsidiario del Abión. Precisamente del yacimiento arqueológico de San Vicente llegó la bella estela medieval que se expone en el muro occidental de la iglesia. Se trata de una estela que conserva la casi totalidad de su disco, con decoración discoidal rodeado de un círculo segmentado. Por debajo conserva sus dos hombros y hacia el cuerpo está decorada con una retícula romboidal.

La devoción a San Roque, San Antón y San Sebastián se ve en los retablos y en las tablas que se encuentran a ambos lados de la cabecera. El retablo mayor dedicado a la Asunción de Nuestra Señora es barroco, pero conserva las tablas del banco y de sus calles y ático del anterior retablo de la iglesia de Santa María, tablas renacentistas a las que el nuevo retablo se adaptará. En lo alto del retablo encima de sus dos calles nos encontramos con dos tallas góticas, una Virgen con el Niño y otra de un San Juan melancólico, esta, sin duda, formó parte de una Deesis, pudiendo hacer pareja con la talla de la Virgen que un día, mediado el siglo XX, y ya sin policromía, salió del cementerio subida a lomos de una Vespa.

El retablo que se encuentra en el lado de la Epístola se caracteriza por presentar un tercio renacentista y dos tercios barrocos; además, en su interior, vemos una pila bautismal de increíble austeridad, dos benditeras de posible ascendencia romana, pendones, el retablo del Santo Cristo, un cuadro reciente de una Santa Faz, etc.

Completamos la visita con un paseo por la localidad en la que nos encontramos con su alargado abrevadero alimentado por dos chorros de agua; un cuidado lavadero, lugar donde se celebra cada verano el Festival de “Poesía junto al Río”; carteles con poemas colgados de las paredes y un coqueto hotel: El cielo de Muriel, donde pudimos disfrutar de un buen café y nos preguntamos cómo es posible que ese negocio funcione en un lugar tan despoblado. La respuesta es la imaginación: la caza, el senderismo, la micología, los “baños de bosque”; una inmersión en la naturaleza para aliviar el alma, o el starlight, un lugar con excelentes cualidades para contemplar el cielo. Y es que como podemos leer en una de las paredes del hotel: “Las estrellas no pueden brillar sin oscuridad”.

BIBLIOGRAFÍA

- ARCHIVO DIOCESANO OSMA-SORIA
    - Libro de Fábrica de Nuestra Señora de la Asunción. 1524-1630 Ref. 315.4
    - Libro de Fábrica de Nuestra Señora de la Asunción. Ref. 315.7
- BLASCO JIMÉNEZ, M. (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Cuar. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
- HERBOSA, V. (1999): El románico en Soria. Ediciones Lancia. León.
- HUERTA HUERTA, P. L. (2002): Muriel Viejo. Cementerio municipal., en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 693
- IZQUIERDO BERTIZ, J. Mª. (1986) El románico en la provincia de Soria. Soria.
- LOPERRÁEZ CORVALÁN, J. (1788): Descripción histórica del Obispado de Osma. Imprenta Real. Madrid.

domingo, 5 de mayo de 2024

LOS ENIGMAS DE LA ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DE LA CONCEPCIÓN DE ALENTISQUE.

 

“Dado el estado de ruina, su futuro es incierto, pues a la vegetación que la invade
tanto interior como exteriormente, de modo inminente se sumará el
hundimiento de las cubiertas de la cabecera, precisando
urgentemente de una limpieza y consolidación”.

Alentisque. Ruinas de una iglesia en el cementerio. (2002) José Manuel Rodríguez Montañés


Quizás era demasiado cálida la mañana de abril para esa época. La aprovechamos para visitar el románico de Alentisque. En algo más de media hora alcanzamos esta población siguiendo la autovía hasta Almazán y desviándonos allí por la CL 116, carretera dirección Monteagudo de las Vicarías, y que nos conducirá hasta las márgenes del pueblo.

En el camino apreciamos el verde intenso con el que los campos se han vestido gracias a las abundantes lluvias que últimamente habían caído, deshaciendo así un justificado temor a una prolongada sequía.

Al cruzar Morón de Almazán nos sorprendió ver su nombre escrito en un alto con enormes letras que se aprecian desde la carretera. Costumbre ésta extendida en muchas ciudades, pero no tan frecuente en localidades pequeñas.

Alentisque está enclavado en un llano situado en la falda de un montículo al que se dio el nombre de Puerto de Alentisque. La aldea se integró en la Comunidad de Villa y Tierra de Almazán y, dentro de ella, en el sexmo de la Sierra.

Cruzan estas tierras pequeños riachuelos, y sus aguas, incrementadas por algunas fuentes, terminan en el arroyo Alepud que las conduce al río Morón que se encarga de llevarlas al Duero. También caen allí lluvias que llegan al Jalón y al Ebro, pues ese Puerto es divisoria de aguas, e incluso de culturas.

La localidad es en la actualidad un núcleo pequeño de casas cuya construcción se sirvió, de forma mayoritaria, del adobe. Se utilizó la piedra en alguna de ellas, especialmente en las bases de las paredes y en los lugares más nobles, pero esencialmente es el barro, a veces revestido, el que muestra su fuerte humildad. También hay viviendas nuevas que reúnen todas las comodidades actuales, pero son las menos.

A pesar de su tamaño, Alentisque sigue siendo municipio, calidad que obtuvo al caer el Antiguo Régimen, allá por el siglo XIX. Su nombre nos recuerda a Alentejo, pero leyendo a José Antonio Pérez-Rioja, descubrimos que procede del latín lentiscus, lentisco, con anteposición del artículo árabe al; lentisco es un arbusto de madera aromática de cuyas ramas se extrae la resina llamada almáciga o mástique. A mitad de ese siglo lo habitaban unos 250 habitantes y fue creciendo, ayudado por la incorporación de Cabanillas, hasta llegar a más de 350. Hoy, paseando por sus calles nos parece imposible. Y aunque está habitado, no son más de 30 personas las que viven allí. Pero eso en invierno. Las fiestas, los fines de semana y el verano transforman esa realidad, y el municipio aparece habitado y resplandeciente.

Llegamos al pueblo buscando el cementerio, lugar en el que está ubicada la antigua ermita de Nuestra Señora de la Concepción, objeto de nuestro interés. Nos recibe a la entrada de la localidad otro edificio, bien cuidado, que en su día fue la escuela y que hoy se utiliza como centro social; nos llamó la atención su forma curvada, abriéndose al sol de mediodía y adaptándose a la curvatura de la calle. Al lado de las escuelas antiguas nos encontramos, casualmente, con Alfonso Casado y Alejandro García Herrera que alimentaban de gasoil a un moderno tractor ubicado en un gran almacén. Preguntamos por la iglesia románica que pretendíamos ver, con la fortuna de que Alfonso Casado se mostró dispuesto no solo a orientarnos sino a acompañarnos junto con su hija Silvia, a la que conocíamos de su paso por el bachillerato del instituto Machado. Con estos amables cicerones cruzamos el pueblo y por la carretera que conduce a Momblona, atravesando un coqueto merendero, la fuente y los antiguos huertos del pueblo, hoy reconquistados por los árboles, llegamos al cementerio y a la ermita románica que buscábamos.

Alfonso había sido alcalde y mostró una gran sensibilidad por esa iglesia y por los problemas del pueblo. Nos informó de que a finales del siglo XX el edificio estaba semiderruido y que durante su alcaldía, a principios del XXI, se preocupó de cubrir con una nueva techumbre la cabecera. Lamentó no haber podido hacer lo mismo con la nave de la iglesia, aunque sí logró dotarla de un suelo de cemento que acabó con los árboles y arbustos que allí crecían; fijó además una interesante estela rectangular y la pila benditera monolítica.

En los restos románicos de la ermita de Nuestra Señora de la Concepción podemos apreciar una iglesia de planta basilical, de una sola nave, con presbiterio recto y ábside semicircular, ejecutada en su mayor parte en sillarejo, excepto el muro de poniente que lo hace con mampostería menuda; las esquinas y vanos lo hacen en sillería. La nave se encuentra abierta al cielo y la cabecera se cubre con una cubierta de madera, si bien en su origen pudo estar abovedada, con portada abierta en el muro sur. La cabecera se abre con un arco de triunfo apuntado, soportado por dos pilastras con una imposta de listel y chaflán. Perfil que, invertido, se repite a modo de basa en el responsión del septentrión. El ábside conserva su altar de obra, el tosco vano abocinado de la ventana absidal, así como un gran nicho a ras del suelo, del que desconocemos su utilidad. Todo el interior estuvo enfoscado, conservando la cabecera restos de pintura mural con decoración vegetal de floreros y corazones, sobre un zócalo de color rojizo.

En el inmueble podemos distinguir dos periodos constructivos: uno medieval en la cabecera y otro de época moderna en los muros de la nave, que provocan un estrechamiento de la misma así como una disimetría entre el lado norte y el sur. El muro meridional aparece alineado con el del presbiterio, mientras que el septentrional se retranquea hacia el interior.

Desde su última restauración el solado aparece hormigonado con desagües para la lluvia y la cancela de madera que separaba la cabecera ha sido sustituida por otra metálica.

El muro meridional y la cabecera nos dan unas pistas sobre la procedencia de algunos de sus materiales y su construcción. En el muro meridional aparecen embutidas tres estelas medievales, mientras que en la base del presbiterio vemos una lápida funeraria romana. Muy cerca de la ermita se encuentra el yacimiento arqueológico romano y medieval del “Cerro de los Moros” del que pudieron llegar tanto las estelas medievales como la lápida funeraria y otros muchos materiales. Según el profesor Alfredo Jimeno que tradujo la lápida, siguiendo el calco que hiciera Santiago Loranco y la transcripción de F. Fita, podemos leer: “Sempronio Luro y Sempronia Ide, estando vivos, la hicieron para su queridísima hija Elpidotina y para sí mismos”.


La cabecera se edifica en sillarejo y en el presbiterio se abre una ventana rectangular de una pieza muy abocinada hacia el interior, mientras la ventana absidal aparece tapiada. 
Al exterior, la cabecera está recorrida con una cornisa de perfil de nacela, decorada con unas líneas incisas y sustentada por un grupo de canecillos muy toscos decorados con rollos, piñas, nacela, hojas y una serie de inquietantes máscaras humanas y animales, entre las que queremos ver un lobo. Durante mucho tiempo estas imágenes fueron diana en los juegos de los niños.

La portada se abre en un antecuerpo adelantado del muro meridional, y casi con toda seguridad fue muy modificada con la reconstrucción de mediados del siglo XVII. Con esta reforma contó con un arco de ingreso y tres arquivoltas lisas. De ellas solo pervive el arco de ingreso de medio punto, la arquivolta lisa interior y restos de las dos exteriores. Los arcos descansan en jambas escalonadas, con impostas abiseladas decoradas con sucesión de círculos secantes a levante y palmetas inscritas en una greca, a poniente. Tres parejas de columnas se acodillaban, de las cuales sólo se conservan completas dos y restos de una tercera, conservándose in situ cinco de los seis capiteles. Los de la izquierda se decoran con un entrelazo de cestería, dos pisos de hojas de acanto con bordes vueltos y hojas lanceoladas con piñas; en el lado derecho, el capitel interior se decora con tres pisos de hojas lanceoladas con una bola en el ángulo; el otro se decora con hojas sin apenas resalte, coronadas con volutas.
Por el libro de cuentas de la parroquial de San Martín Obispo, sabemos que a mediados del siglo XVII la ermita estaba en estado ruinoso y, debido a la devoción con que contaba el inmueble, que anteriormente había sido parroquial, se ordena su reparación y que cuando tenga alguna renta hagan Libro de ella e inventario. La reparación se llevó a cabo y el único libro de cuentas abarca los años 1.726 a 1.825. José Vicente de Frías Balsa transcribe estos mandamientos del visitador de la Diócesis de Sigüenza en 1643:
“ Mandamiento en término de este lugar donde llaman Nuestra Señora de la Dehesa que fue antes parroquial y que se mandó destruir y derribar porque no hubiese indecencias y la Justicia y Regimiento de dicho lugar por su devoción y por cuanto pareciese dicho Lugar Sagrado la repararon y la han puesto en el estado en que hoy parece. Y por no estar del todo acabada se les encarga lleven adelante la pía intención de dicha Ermita que antes era parroquia e iglesia. Y cuando tuviera alguna renta hagan libro de ella e inventario. Y entretanto el cura que es o que fue de dicho lugar tome cuenta de los bienes de la dicha ermita y obra para que a todo tiempo conste como se va cumpliendo lo cual haga y cumpla pena de que será castigado y así lo mandó y firmó. D. Pedro Marino” 
Libro de Fábrica de la iglesia de San Martín Obispo. 1580-1640

En la visita pastoral realizada en 1.767 por el obispo de Sigüenza al lugar se da cuenta de una inspección a la ermita, momento en el que se encontraba en buena decencia para el culto, mandando reponer la puerta y que se pagara con los caudales de la ermita. Por este libro sabemos que en 1657, Francisco Gómez había donado a nuestra Señora una tiara, que por entonces portaba sobre la frente, además de una heredad de tierra a la ermita.

Creemos que fue en esa reforma cuando se estrechó la nave, eliminándose la separación de presbiterio y nave, que si bien en el lado sur casi no se percibe, en el lado norte se ve perfectamente cómo se rasuró ese muro y cómo se estrechó la nave construyendo uno nuevo con un fuerte zócalo rematado a bisel en sillería. Muy cerca de la cabecera y al exterior vemos parte de un arco cegado que partía de una imposta de chaflán. Por encima del zócalo vemos cómo los maestros y alarifes reutilizaron muchos sillares, modillones de rollo, dovelas con bocel, sillares, etc., asentados sin orden, lo que da a este muro norte un aspecto desastroso de piedra mal distribuida. Todo el interior estuvo enfoscado.

Por mandato de la Junta de Sanidad de Alentisque, desde junio de 1833, la ermita de la Concepción, por estar en lugar apartado y ventilado, se constituyó interinamente como cementerio hasta que se construyera el nuevo. El nuevo camposanto construido por los maestros alarifes Elías Gimeno y Ángel Martínez, se utilizará por primera vez en noviembre de 1834, si bien hasta 1857 no se generalizan los enterramientos en él. Así sabemos que a la párvula Marcelina Muñoz Granada se la entierra en la sepultura de ladrillo, debajo del órgano, en el mismo rincón. Precisamente, en 1829-1830 se otorga a la parroquia de San Martín Obispo licencia para construir un órgano. Será el maestro organero D. Mariano García, vecino de Calatayud el encargado de construirlo e instalarlo en la parroquia, por ello recibirá 5.320 reales de vellón.

Hasta mediados del siglo XIX, el libro de difuntos nos dice que se oficiaba alguna misa en la ermita de la Concepción, desde entonces la falta de cuidados la llevó a la ruina. Hoy el cementerio está muy cuidado y ordenado con sus panteones unifamiliares, haciéndose así compañía ruinas y fallecidos.

Acabamos la mañana visitando la iglesia de San Martín de Tours que nos abre, muy amablemente, el alcalde actual Juan Antonio Peña Frías. El santo, al que está consagrada la iglesia, suele representarse ofreciendo en invierno, desde su caballo, su capa a un mendigo. Sin embargo en el pueblo celebran, el 3 de febrero, la festividad de San Blas, especialista en curar los males de garganta. Se trata de una iglesia tardo gótica del siglo XVI. Conserva la iglesia su solado original con gradas de piedra y baldosas cerámicas. Según leemos en el libro de Carta Cuenta de la parroquial, en 1830 éstas se estructuraban en siete tandas con precios que iban de los 24 reales de vellón en la 1ª hasta los 14 de la 7ª y posteriores. Nos informan de que su retablo mayor fue intercambiado por otro del Monasterio de Huerta, seguramente perdiendo el pueblo en el trato. El Libro de Fábrica (Ref.208) 1680-1717 afirma que se pagó a un maestro por componer un retablo mayor advocado a San Pedro, que hoy no se encuentra en la iglesia, desconociendo, de momento, su paradero. Aun así posee otro de gran calidad. No fue esta su única pérdida, pues uno de sus cálices desapareció en algún momento sin que haya regresado a su iglesia original, así como alguna estela medieval de la ermita.


BIBLIOGRAFÍA

- ARCHIVO DIOCESANO OSMA-SORIA
    - Libro de Fábrica de San Martín Obispo de Alentisque 1580-1640 Ref. 208.2
    - Libro de Fábrica San Martín Obispo de Alentisque 1680-1717 Ref. 208
    - Libro de Fábrica San Martín Obispo de Alentisque 1753-1844 Ref. 209
    - Libro de Cuentas de la Ermita de Nuestra Señora de la Concepción de Alentisque 1726-1767 Ref. 211
    - Cuarto libro de Difuntos de Alentisque. Ref. 202
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