Mío Cid"- es hoy una aldea que lucha con todas sus fuerzas
por evitar su total abandono. El núcleo, a 1.013 metros
de altitud, conserva, aunque en avanzado estado de
ruina, su iglesia románica de San Pedro, …”
El Sur de Soria. Jesús Ávila Granados
Para ir a Brías, el trayecto por carretera más corto es llegar hasta Berlanga de Duero. Una vez en ésta, y superada la puerta de Aguilera, tomaremos a la derecha la SO-P-4132 hacia Paones, donde nos desviaremos a la derecha para que a través de la SO-P-4135, acompañados por tainas y colmenares en ruinas; encinas, sabinas y pinos de repoblación devastados por la procesionaria, llegar a nuestro destino.
La entrada a la localidad es espectacular, pues, sin querer, se topa el visitante con la visión de ese gran edificio que es la Iglesia de San Juan Bautista, plantado casi en el centro de la nada, pues Brías se acerca, cada vez más, a la nada.
La conquista del territorio de Gormaz se produjo en torno al
1060. Brías quedó sorprendentemente dividida entre dos Comunidades de Villa y
Tierra: la de Berlanga y la de Gormaz. El lugar contó con dos collaciones: la
de San Juan Bautista y la de la Virgen de la Calçada. La pertenencia a dos
villas, sin ser única en Soria, pues también Valdelagua del Cerro perteneció a
Soria y a Ágreda, sería el desencadenante de la obtención de unos derechos y
deberes para los briaseños, que redactados en un Pergamino en 1547 han llegado
hasta nosotros: “Franquezas y libertades del lugar de Bríes”. Por este
documento, conservado en el Archivo Histórico Provincial de Soria, sabemos que
esos derechos se encontraban vigentes en 1381, y que el lugar los pierde en
1641 por sentencia de la Real Chancillería de Valladolid a favor de la villa de
Gormaz, que exigía el pago de determinada cantidad de maravedís para hacer
frente a la invasión francesa por Fuenterrabía.
A finales del siglo XVIII, tenía cierta autonomía, con alcalde pedáneo nombrado por el marqués de Berlanga y, según el censo de Floridablanca, albergaba a 216 habitantes.
Como casi todas las localidades, alcanzó la categoría de
municipio en el siglo XIX, con la caída del Antiguo Régimen, y perdió esta
situación al final del siglo XX en el que se integró en Berlanga de Duero. Hoy,
en invierno, no son ni diez las personas que duermen en la localidad. En el
verano y durante algún festivo la llegada de antiguos moradores alegra sus
escasas callejuelas.
Como decíamos anteriormente sorprende sobremanera esa
poderosa iglesia del siglo XVII que se levanta en una amplia plaza adornada por
una fuente de cuatro caños generosos. La Iglesia barroca se tragó a la románica
que ocupaba el lugar, aunque conserva como recuerdo la pila bautismal y la
aguabenditera. Sus arquitectos la embellecieron con una esbelta torre coronada
con una balaustrada, cobijando en su interior cuatro retablos del maestro
vallisoletano Alonso del Manzano. Resulta difícil creer la existencia de una
iglesia de tales dimensiones e importancia en una localidad tan pequeña. La
respuesta está en el mecenazgo de D. Juan Aparicio y Navarro, nacido en Brías
en 1624 y perteneciente a una familia ilustre asentada en estas tierras de
Berlanga. Alcanzó a ser obispo de Lugo y de León, y su poder fue suficiente
para levantar la iglesia de su pueblo natal, en la que está enterrado, así como
el palacio familiar.
El encanto del pueblo atrajo a principios del siglo XXI a Elena
Lambea y William Graves, este, hijo del afamado escritor británico Robert
Graves y residentes en Mallorca. En Brías tienen su casita y algún rincón de
reposo y descanso que utilizan en el buen tiempo.
En el viejo camino a Nograles, junto a la fuente de tradición
romana y enmascarada entre choperas, encontramos la antigua iglesia de la
Virgen de la Calçada. Cuando en el siglo XVIII la imagen románica de la Virgen
que albergaba la iglesia fue trasladada a la parroquial de Brías, el inmueble disminuyó
su categoría, pasando a ser denominada ermita de la Soledad, y, posteriormente,
desde 1822, fue utilizada como cementerio hasta la década de los 60 del pasado
siglo. Por último, es una ruina expoliada, pero desde 2013, consolidada.
Se trata de un edifico humilde, típico del rural soriano, de
una única nave en la que se levantan los muros con mampostería menuda, en parte
enfoscada; con refuerzo de sillares en las esquinas y vanos; cabecera
semicircular y portada en el muro sur. Solo la cabecera conserva la cubierta,
que desapareció en el resto, quizás al convertirse en cementerio. La nave conserva
su cornisa románica, apoyada sobre canecillos de dos nacelas superpuestas, elevándose
sobre la cabecera, pues sobre esta se alza, en buena sillería, el piñón de
levante, coronado por una gran cruz de brazos curvos.
Al exterior, destaca la portada, ejecutada en un cuerpo adelantado de buena sillería, coronada con una cornisa de bolas. Los muros de los huertos y un césped natural conducen nuestra vista hacia esta pequeña portada que ha sufrido un expolio continuado. Columnas y capiteles han desaparecido, ya nunca veremos las cuatro arpías que vigilantes custodiaban la portada, ni el encestado de Brías. En la parroquial se custodian dos capiteles con decoración vegetal, así como el de la arpía de doble cola que fue devuelto, misteriosamente, después de haberse sustraído. Cinco arquivoltas abocinadas hacia el exterior protegen el arco de ingreso decorado con una cadeneta trenzada. Desde el interior vemos dos arquivoltas con boceles simples, la tercera con óvalos cóncavos de perfil dentado de gran plasticidad; la cuarta se decora con un sogueado y la quinta con un billeteado. El conjunto se protege con una chambrana con decoración de bolas.
Ya hace unos años que el historiador e investigador Josemi
Lorenzo Arribas descubrió en la arquivolta exterior unas letras, que, entonces,
pensó que pudiera tratarse de una “datatio”, pero que ahora, pasado el
tiempo, ha logrado desarrollar una hipótesis novedosa que pronto dará a
conocer.
Al traspasar la puerta nos encontramos con algunas cruces con sus inscripciones, y en la jamba occidental este epitafio: “Aquí está enterrado Cipriano Antón. Año 1883”. El solar está parcialmente limpio, Carlos lo adecenta de vez en cuando. La cabecera semicircular se cubre con bóveda de horno, mientras que el presbiterio lo hace con bóveda de cañón apuntada, todo ello parte de una imposta de nacela que recorre toda la cabecera. El arco de gloria apuntado y doblado es muy cerrado, descansando sobre dos semicolumnas con capiteles historiados y basas áticas.
En el capitel del lado del Evangelio vemos en el centro a dos personas que se dan la espalda portando sendas hachas, enfrentado el de la derecha a un caballero y el de la izquierda a un oso bonachón, que Pablo Martínez Lablanca pone en relación con el de San Baudelio de Berlanga. Los ángulos superiores de la cesta se decoran con dos máscaras muy esquemáticas. El capitel del lado de la Epístola se decora en el centro con la Virgen sedente y el Niño sentado sobre sus rodillas en actitud bendiciente, escoltada por dos aves en lucha en el lado oriental, y con una escena juglaresca a poniente; en esta escena vemos a una bailarina que se contonea y un músico que toca una fídula o viola de mano. En los ángulos superiores, se representan dos frutos ovalados. Las basas, muy erosionadas, tuvieron una decoración escultórica, pudiendo distinguirse en la del lado del Evangelio a dos cuadrúpedos enfrentados.
La decoración escultórica de estos capiteles es de una
simplicidad extrema, destacando como original los grandes ojos concéntricos de
la Virgen y el Niño, algo que ya vimos en las cuatro máscaras que decoran la
pila de agua bendita románica que se encuentra en la iglesia de San Juan
Bautista.
En este espacio estuvo la imagen románica de Nuestra Señora
de la Calçada, que sería trasladada a su nueva ubicación con anterioridad a
1711, pues en esa fecha se constituye en la ciudad de Astorga su capellanía.
Al abandonar el lugar nos damos cuenta de que encima de la
puerta existen tres huecos, que sin duda son tres dujos para colmenas,
conservando el del lado de poniente dos barras de hierro en cruz, observando al
exterior las piqueras por las que saldrían las abejas.
Nos despedimos del lugar con un sentimiento de tristeza, pues
pese a su consolidación, la portada, una joya del románico soriano, se halla mutilada
y al parecer sin ninguna intención de que regresen las columnas y capiteles que
se encuentran en la parroquial. Pensamos que la vuelta de los originales y una
reposición de lo sustraído dignificaría estas ruinas.
BIBLIOGRAFÍA:
- BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.
“Llegar a un pueblo, ir hacia la derecha, luego girar a la izquierda, tener la sensación de que ya has visto la mitad, y no haber encontrado, todavía, a nadie . . . El silencio, aquí, parece más fuerte que cuando, hace unos pocos minutos, andábamos por el campo”.
A pie por Castilla. Josep Maria Espinàs
La mañana del siete de febrero se presentó terriblemente fría y las predicciones no auguraban una mejoría. Salimos de Soria con un grado negativo pero, así como nos alejábamos, en dirección suroeste, el termómetro fue bajando hasta los -4, y no pasamos de +4 en el tiempo que duró nuestro recorrido.
Para llegar a Mosarejos hemos de invertir una hora aproximada
de automóvil. La autovía hacia Madrid nos llevará hasta el cruce con la SO-100,
carretera, que atravesando Quintana Redonda, Fuentepinilla y Andaluz, nos
conducirá a una rotonda abierta para cruzar la CL-116 en dirección a Berlanga
de Duero. En esta localidad, a la altura de la Puerta de Aguilera, tomamos un
cruce a la derecha hacia la carretera SO-P-4137, que nos llevará hasta
Recuerda. Es allí donde debemos coger la carretera SO-160 para que nos acerque
a un desvío que por la SO-P-4129, entre sabinares, encinares y los valles del
Arroyo de Fuente Arenaza y del Estepar, que forman dos pequeños y bonitos
cañones, nos situará en Mosarejos.
Las tierras de Mosarejos fueron de señorío y ligadas a la
Comunidad de Villa y Tierra de Gormaz desde su conquista cristiana en 1060.
Cuando los señoríos acabaron, en el siglo XIX, pasó a ser municipio y nunca
llegó a alcanzar los 100 habitantes. Posteriormente pasó a integrarse en el
ayuntamiento de Recuerda. Hoy viven en Mosarejos dos vecinos, que mantienen el
pueblo limpio y aseado.
Cuando entramos en el pueblo, la
imagen es desoladora. Muchas de las casas están en ruinas, y solo dos o tres
parecen habitadas o en condición de habitarse. Mosarejos es casi un despoblado
sin solución, un pueblo deshabitado. Las casas ya citadas y un gran almacén,
casi nuevo, son las únicas y resistentes señales de vida humana en el lugar. En
lo que debió ser la plaza, resisten los muros de lo que fue el ayuntamiento y
la escuela, ya con el tejado hundido. A mediados de los años 80 del pasado
siglo existió un proyecto, que no salió adelante, para introducir agua
corriente y red de alcantarillado en las viviendas. Esto acabó por expulsar a
los pocos vecinos que aún resistían y dificultó que conservaran sus casas como
segundas residencias.
Una torre palomar y las ruinas de la
iglesia objeto de este artículo son lo más reseñable. El pueblo se estructura
en dos barrios: de Arriba y de Abajo, separados por unos 150 metros. La
iglesia, situada en el Barrio de Abajo, estuvo consagrada a Santo Tomás Apóstol.
Por una fotografía vista en el blog “Los pueblos deshabitados” de Faustino
Calderón, sabemos que en 1996 el inmueble contaba con casi toda techumbre.
El templo es de una única nave, con
cabecera cuadrada y espadaña que todavía siguen en pie. Adosados al muro sur,
encontramos un pórtico y la sacristía. Propiamente románicos son: los muros de
la nave, ejecutados en encofrado de cal y canto, sin sillares en las esquinas,
entrecruzándose las tongadas entre un muro y otro; la portada en el muro meridional, y el muro que rodea el atrio, en el que
se han utilizado sillares medievales. En este muro aún podemos observar
sillares labrados a hacha, dovelas aboceladas, así como un alquerque de a doce.
En tiempos más modernos, quizás avanzado el siglo XVI, se modificó la cabecera,
ejecutándose en mampostería con sillares en los esquinales y desapareciendo el
arco de gloria románico. La espadaña, coronada a piñón con cruz, se recreció en
buena sillería con dos troneras. Los muros de la nave fueron recrecidos,
perviviendo en el muro sur 18 canecillos de nacela sin cornisa, que nos indican
la altura de la nave románica.
En esta gran reforma de finales del
siglo XVI, tanto cabecera como nave se cubrieron con un artesonado, del que
solo se ha podido salvar el ochavado de la cabecera. Cuentan los vecinos que el
último párroco con el que contó Mosarejos, D. Luftolde Gonzalo Andrés, que
venía de Recuerda y que también asistía la parroquia de Galapagares, solicitó
ayuda para salvar la cubierta de Santo Tomás, pero no se la dieron y no pudo
hacer nada por salvar esta joya. El artesonado de la nave, con la caída del
tejado a partir del invierno de 1996, se perdió; sin embargo, a pesar de los
daños sufridos, en 2008 se desmontó el artesonado ochavado del ábside, se
restauró y se expuso en las Edades del Hombre de Soria, “Paisaje Interior” de
2009; en 2013 se instaló en el Museo Catedralicio Diocesano de Burgo de Osma.
Se accede a su cabecera absidial a
través de un gran arco despojado de cualquier ornamento. Todavía se puede ver
la cicatriz que dejó el retablo que la presidía y parte del altar de obra. El
solado es de buena sillería y allí, encogida en un rincón, como el propio
pueblo, se ha depositado la pila bautismal que estuvo a los pies de la iglesia,
debajo del coro. Tiene forma de copa, con una embocadura tan deteriorada que no
se puede deducir cuál fue su decoración; por debajo, un friso de arquillos
peraltados que dan paso a gallones sobre un pie cilíndrico estriado. Esta pila
es muy parecida, pero de mejor calidad, que la que se conserva en la parroquial
de Fresno de Caracena.
El muro sur experimentó muchos
cambios y modificaciones, pues en su atrio se situarán, a lo largo de su
historia, varias dependencias, que habrían de transformar el lugar abierto en
un espacio cerrado construido en mampostería. Ese pórtico, en algún momento, se
dividió para construir allí dos dependencias a ambos lados de la portada. En su
parte este se adosó la sacristía en la planta baja, y una troje en la superior.
Este granero se habría de convertir en los años sesenta del pasado siglo en el
teleclub, con acceso desde el atrio a través de una escalera. Aquí se abre la
portada, en un cuerpo adelantado en buena sillería, con arco de ingreso liso,
dos arquivoltas y una chambrana. La primera arquivolta es de bocel, entre
medias cañas. Esta descansa sobre columnillas acodilladas y capiteles que
fueron expoliados, hoy reconstruidos. La segunda es de chaflán con una cadena
en ocho que todavía conserva parte de su policromía. La chambrana se decora con
un ajedrezado, al igual que cimacios e impostas. La portada se protege con
tejaroz con cornisa achaflanada, decorada con toscas rosetas y sostenida por
canecillos de proa de barco.
En 2012, se produjo el expolio de los
dos capiteles con sus cimacios y columnas de la portada. Tras ello, la Junta de
Castilla y León procedió a la limpieza y consolidación de estas ruinas, a
través del Proyecto Cultural Soria Románica, cubriendo ábside, sacristía y
rehaciendo el atrio a su antiguo volumen. Esta estructura recrea el pórtico de
la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Castillejo de Robledo.
Antes de abandonar el atrio destacan
las múltiples cruces de almagre que aparecen en sus muros perimetrales. Al
exterior nos llama la atención el pequeño y muy cuidado cementerio, así como la
ventana absidal, dispuesta entre el segundo piso de la sacristía y la cabecera,
que iluminará los dos espacios.
La consolidación de estas ruinas en
2014 fue modélica, pero pasados nueve años ya se observan deterioros,
especialmente en los muros internos de la nave abierta al cielo, debidos a la
acumulación de agua, el lavado de los enfoscados y el deterioro en general. Así
mismo, en el lado occidental del atrio, el agua mana por debajo de la espadaña como
el mejor manantial. Por otra parte la cartela que nos informa del proceso de
consolidación tiene un código QR que ya no funciona, y que quizás convendría
revisar. Hay ruinas que merecen un poco más que una consolidación, y creemos
que esta es una de ellas. Ejemplos no faltan en Soria, ahí tenemos Osonilla,
Velamazán o Castillejo de Robledo.
BIBLIOGRAFÍA:
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Puesto que la carretera estaba cortada tanto por Magaña como por San Pedro Manrique, tuvimos que coger el desvío de Matasejún. Allí volvimos a la carretera que une San Pedro con Magaña y Matalebreras. Es una carretera que deja a la izquierda un valle profundo y abandonado. Allí, solitarias, yacen algunas localidades como Castillejo, Las Fuesas, Valdelavilla, reconvertida en plató cinematográfico, o El Vallejo. Tan abandonado está este valle que hasta los letreros que marcan el cruce para bajar a él tienen sus letras desgastadas y sin pintura. Tan poco transitada está la carretera que en su centro conviven con tranquilidad varios corzos sorprendidos de la presencia de nuestro vehículo. Al llegar a Las Fuesas, después de transitar por una fuerte pendiente no exenta de curvas peligrosas, hay que ascender por una empinadísima cuesta hasta alcanzar Castillejo. El lugar se individualiza en un espolón formado por el Barranco del Juncal al este y por el Arroyo de Malserver o Barranco de la Nava al oeste, que, junto con otros barrancos y arroyos, forman el río Valdeprado.
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