jueves, 23 de diciembre de 2021

SAN BARTOLOMÉ DE VALZANZO: DE ERMITA-HUMILLADERO A CEMENTERIO

 


“Tierra alta, antigua, de clima crudo, y devastada, la
provincia de Soria es hoy un páramo descarnado
que pueblan gentes viejas, viejos montes,
vieja historia, y ríos y recuerdos viejos”.

La Sierra de Alba. Avelino Hernández.

Era el 7 de octubre, un jueves, cuando nos desplazamos a Castril para visitar ese despoblado del que dimos cuenta en nuestra entrega anterior. Desde allí nos acercamos a Valdanzo recorriendo la carretera SO-P-4009, paralela al Duero y a la A-11. Enseguida llegamos a un cruce: a la derecha Langa de Duero; a la izquierda, la carretera nos dejó orientados hacia Valdanzo, lugar al que llegamos en siete minutos. Valdanzo es un poblamiento antiguo, habitado desde tiempos romanos por algunas gentes. Pocas veces, tan pocas como ahora. Pertenece a Langa de Duero y apenas sostiene a 34 personas. Se sitúa a orillas del río del mismo nombre, que termina su vida en aguas del Duero. No siempre fue esta una villa soriana. Perteneció a la provincia de Burgos hasta el siglo XIX compartiendo comunales con la Comunidad de Villa y Tierra de Ayllón. Se incorporó a la provincia de Soria, como municipio, en el siglo XIX. Creció con la incorporación de Valdanzuelo y llegó a tener más de 500 habitantes, antes de que llegara la desbandada del éxodo rural de los años 60 y 70 del siglo XX. El siglo XXI no ha sido muy propicio para esta villa que, vertiginosamente, redujo su población hasta las 34 almas solitarias actuales.

Un señor amabilísimo hizo de cicerone en nuestro recorrido por el pueblo. Aunque vive en Zaragoza pasa allí los veranos que los alarga, por amor al terruño, o tal vez a la infancia, hasta el 15 de diciembre. Allí vive en la casa familiar de sus padres, que comparte con su hermano. Media casa para cada uno. Sin embargo, la de su abuelo, le “tocó” a un tío que la vendió a unos madrileños y, ahora, cada vez que pasa por delante algo en su interior se entristece.

El pueblo se siente orgulloso de sus siete fuentes. Posee, todavía, un cómodo bar situado en una gran plaza. El bar en estos pueblos se convierte en una importantísima institución. Perdidas las escuelas, la iglesia y el bar son los únicos puntos de convivencia. Cuando ya se pierde el bar, todo se viene abajo, incluso la iglesia. ¿Pero cómo sostener la vida con un negocio tan pequeño? Luis, su dueño, y su familia desempeñan mil labores complementarias: tienda en la puerta siguiente, taxi, y seguramente el cuidado de algún ganado o parcela de tierra. ¿Y el futuro? Aquel día, una cuadrilla de la Diputación almorzaba allí. Eso da cierta vida, pero en invierno, cuatro cafés no dan para mucho. Cuando Luis y su esposa pongan el cartel de cerrado por jubilación, algo muy importante habrá desaparecido para el pueblo y sus habitantes. Aquel espacio en el que compartir recuerdos, vivencias y afectos ya no existirá y la comunicación entre los cada vez menos habitantes se dificultará, pues nadie quiere continuar su labor, ni siquiera sus hijos, que van buscando un futuro y una vida más fácil, tal vez, lejos de allí.


El pueblo se conserva mejor que nunca, pero cada vez vive menos gente. Alguien que nos confunde para su automóvil para preguntarnos con cierta altivez, que cuándo van a renombrar las calles. Se ha equivocado. No somos nosotros autoridad para renombrar nada.

Al fondo del pueblo, detrás de la espaciosa Plaza Mayor en la que se encuentra el Ayuntamiento, nos encontramos con las ruinas de lo que fue la Ermita o Humilladero de San Bartolomé. El inmueble es para nosotros un rompecabezas. Se trata de los restos de un edificio con una portada románica a levante, mientras que a poniente se intuye un acceso al antiguo cementerio; además se pude ver que en el muro meridional hubo una puerta adintelada, hoy tapiada, escoltada por dos pequeñas ventanas.

Los libros de Fábrica o de Carta Cuenta de los siglos XVII, XVIII y XIX, conservados en el Archivo Diocesano de Osma-Soria nos hablan de la existencia de dos ermitas en Valdanzo, una dedicada a San Pedro y otra a San Bartolomé. En 1850 Pascual Madoz al enumerar los inmuebles de la Villa de Valdanzo nos dice que contaba con una sola ermita (el Humilladero), quizás por encontrarse adosada al viejo cementerio.  Para Teógenes Ortego, la portada románica y el muro de levante de la ermita de San Bartolomé se reconstruyó con sillares procedentes de la desaparecida ermita de San Pedro. Así, la muerte de una sirvió para dar vida a la otra. La de San Pedro se encontraba un kilómetro al Sur del pueblo, camino de Valdanzuelo, asentada sobre la que fuera una villa romana de los siglos IV y V d.C. del mismo nombre.

Por una visita girada por el Obispo de Osma en 1818, sabemos que la ermita de San Pedro se había abandonado en 1798, si bien en 1756 se encontraba “decente”.  En 1837 se reconstruyó la ermita de San Bartolomé y el atrio de la parroquial, posiblemente con los viejos sillares de la antigua ermita de San Pedro. Así lo ha señalado Teógenes Ortego que nos alerta del posible origen visigótico de la ermita de San Pedro.  Ese sería, probablemente, su final definitivo. 

También nos dice Teógenes Ortego que San Bartolomé contaba con una saetera monolítica, decorada con dentellones en toda su longitud. Cuando Pedro Luis Huerta llegó a Valdanzo para escribir el artículo: “El humilladero de San Bartolomé” para la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, no describió ni fotografió esa aspillera, posiblemente porque ya no estuviera. Nuestros ojos tampoco la descubrieron. El investigador aguilarense fotografió la portada románica que se recrecía con un tímpano con pequeño óculo, rematado todo ello por un pequeño campanil de ladrillo enfoscado, que sin duda alojó una pascualeja (campana pequeña), con dos pequeños pináculos y coronado por una cruz. Hoy ese recrecido, al igual que la puerta, han desaparecido. Algún vecino nos comenta que el Ayuntamiento guardó esos sillares, pero cuando accedemos al interior, vemos los restos de la puerta y muchos sillares, enmascarados entre la broza que crece por encima de nuestras cabezas.

En su origen, la ermita contaba con una portada al Sur, pero hoy se abre a levante. Su entrada, partiendo de dos escalones, se realiza a través de una portada románica, de gran valor, de arco doblado con bocel en arista, que, al interior y en las jambas, conserva su policromía original. El doble arco apoya sobre una línea de imposta a bisel y es ligeramente ultrasemicircular, recordándonos a las parroquiales de Los Llamosos y de Sarnago. Al exterior vemos dos columnas monolíticas con sus basas muy deterioradas y sus capiteles con talla muy plana. Esa talla tan plana hizo creer a Ortego que podía tener un pasado visigótico. Las cestas se decoran con motivos fitomórficos, similares a los que vemos en las pinturas rupestres de Valonsadero, bolas en las esquinas y flores tetrapétalas y pentapétalas. Pedro Luis Huerta cree que esta portada es obra románica, ejecutada por canteros “muy apegados a la tradición”, pues la decoración de bocel que recorre las aristas de los arcos y las jambas, así como los capiteles, siguen esquemas plenamente románicos de la segunda mitad del XII.

A esta ermita se adosó el cementerio viejo, hoy abandonado, y muy avanzado el siglo XIX, pues en el último tercio del siglo se llevaron a cabo numerosas obras de reteje. Será en ese momento cuando la ermita pierda su techumbre y su solado se convierta en cementerio. Hoy todavía podemos ver una lápida incrustada en sus muros, que nos informa de que allí se enterraba en 1921.

Esta ermita y los muros de su viejo cementerio se merecen una consolidación, cuando no una reconstrucción, así como una digna información que advierta al viajero de cuál fue su pasado. El dinero que se invirtió en los siglos XVIII y XIX en retejes, trabajos de apeo, cerrajas y colocación de puertas de hierro en su cementerio, creemos que se merece, al menos, una consolidación y limpieza del viejo Campo Santo. Hoy es un puzle, difícil de reconstruir, pero quién sabe si alguna institución se apiade de estas ruinas e invierta en su dignificación. Si como algunos vecinos señalan, el Ayuntamiento guardó los sillares de la vieja espadaña, nos preguntamos si los utilizarán para reconstruirla.

BIBLIOGRAFÍA:


ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Valdanzo (Soria). 1701-1791 Ref. Antigua 281; Ref. Actual 1855.

- ARGENTE OLIVER, J.L.; GÓMEZ SANTACRUZ, j. y JIMENO MARTÍNEZ, A. (1988-1989): La <<villa>> de San Pedro de Valdanzo (Soria).

- HUERTA HUERTA, P.L. (2002): VALDANZO. Humilladero de San Bartolomé, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1145-1146.

- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional

- ORTEGO FRÍAS, T. (1985): Edad Antigua en PÉREZ-RIOJA, José Antonio (dir), Historia de Soria. Pp 123-208. Almazán. Ingrabel.



domingo, 21 de noviembre de 2021

EL DESPOBLADO DE CASTRIL: EL ROMÁNICO EXPOLIADO.



"Ayer hice el típico viaje de "algún día tengo que ir" . Y es que basta que
pases delante mil veces para no ir nunca. Desde la novedosa
y escasa A-11, dirección San Esteban de Gormaz - Langa
de Duero, en la orilla sur del río destaca en
una cima solitaria unas ruinas".

Álvaro García. @sontarvaro


Nuestra visita del 7 de octubre se dirige a Castril. En esta ocasión el desplazamiento es un poco más largo que en ocasiones anteriores. Su duración es de algo más de una hora. Hemos de tomar la A-11 y N-122; carreteras que se van alternando a tramos, tramos que se aburren de esperar a llegar a ser algo o desaparecer. Dejamos El Burgo y llegamos hasta San Esteban de Gormaz. Allí abandonamos las obras infinitas de la A-11 y nos adentramos, a nuestra izquierda, en la Nacional 110 hacia Ávila. Pasados muy pocos kilómetros, a nuestra derecha, tomamos ya una carretera provincial, la SO-P-4009 hacia Langa, que nos conducirá a Castril, pasando previamente por Soto de San Esteban: localidad que sustituye la piedra de los pueblos del Norte de la provincia por el pobre, pero noble, adobe. Parece un pueblo agrícola, de gran actividad, pero peor cuidado que los exquisitos pueblos, casi vacíos, del Norte.

Seguimos por esa carretera, siempre paralela al Duero, para alcanzar Castril: un despoblado más de esta casi despoblada provincia. El emplazamiento conserva las ruinas de una iglesia o ermita, de un gran paredón, en la parte baja del poblamiento, y de varios colmenares abandonados. El paraje es envidiable. Posee agua, pues está al lado del Duero, (hoy transcurre por esas tierras el canal de Ines), y buenas tierras de cultivo. Resulta difícil entender qué pudo pasar para que sus habitantes abandonaran tan privilegiado lugar en el siglo XVI. Existe una leyenda en la que se atribuye a la aparición de una plaga de culebras el motivo de su abandono y desaparición.

Castril, Cubillas y Oradero, otros dos núcleos desaparecidos, se englobaron dentro de la Comunidad de Villa y Tierra de San Esteban de Gormaz, aunque pertenecían al Monasterio de la Vid, creado en el siglo XII. Según Divina Aparicio, en su entrañable relato sobre Castril, el Monasterio poseía en este lugar dos ruedas de molino de escasa rentabilidad. Tal es así que en el siglo XVI cedió los molinos y las tierras al noble Gutiérrez Delgadillo. No sabemos cómo le fueron las cosas al comprador, pero el lugar quedó despoblado poco después. Tal ha sido el abandono del lugar que son unas de las pocas iglesias románicas de las que desconocemos su advocación.

En la actualidad estas tierras pertenecen al municipio de Miño de San Esteban, localidad con mucho patrimonio, no llegando a los cuarenta habitantes en los largos inviernos. Tampoco anda sobrada de población.

Podemos deducir que la localidad se encontraba en la parte baja en la que resiste el muro de sillería, antes mencionado, y, arriba, en lo alto, en un montículo, la iglesia. El gran paredón, construido con sillería, parece pertenecer a un edificio de planta basilical. Después de varias visitas, pensamos lo mismo que Álvaro García, que este gran muro son los restos del muro de poniente de una iglesia expoliada. El grosor del muro, su método constructivo y su orientación nos hacen pensar que estamos ante los restos de otra iglesia románica. Hacia levante se puede seguir la planta de la misma, en la que se amontonan piedras y sillares de la fábrica, al igual que alrededor, pues las piedras de menos valor que aparecen en la finca colindante se van amontonando en este lugar. Una excavación en este espacio podría certificar lo que hoy solo podemos aventurar.

Subiendo hacia la iglesia nos encontramos con dos colmenares, uno tapiado con viejas bardas sobre sus muros, del que asoma un raquítico árbol; otro dominado por las sabinas, pero en el que todavía podemos ver los viejos dujos. El olor a tomillo perfuma el ambiente. Al subir, en la otra vertiente del collado, apreciamos otro colmenar, mejor conservado, pero que como los anteriores parece condenado a la ruina.


 Los restos de la iglesia son un ejemplo más de románico rural soriano. Está construida con mampostería excepto el muro de poniente que estuvo forrado de sillares tanto en el exterior como en el interior. La sillería ha sido arrancada de la portada, ventanas, esquinales, muro de poniente al exterior, arco de triunfo con sus semi-columnas y capiteles, así como los arcos ciegos del presbiterio. Tan solo han resistido parte de los sillares del muro de la espadaña hacia el interior y parte de la imposta de bocel y filete en la que entregaba sus empujes la bóveda de ábside y presbiterio. Al exterior, en el paso del presbiterio al ábside, todavía podemos ver dos sillares, que, al estar dispuestos a tizón, los expoliadores no consiguieron arrancar. El robo se hizo con saña y violencia, expoliando un patrimonio que perteneció a los lugareños. Sin duda lo expoliado no se convirtió en cal, pero se desconoce su paradero.

La iglesia, con orientación canónica, se asienta sobre un cerro calcáreo. Gran parte de la iglesia está excavada en la roca, algo, que a los ojos de hoy, sorprende por esa capacidad laboriosa de nuestros recientes antepasados. La parroquial es de una sola nave, ligeramente más ancha que el presbiterio, rematada hacia levante con un ábside semicircular. La nave estaría cubierta con un armazón de madera, mientras que el presbiterio, a juzgar por los restos, se ampararía del cielo con cubierta de cañón y el ábside con bóveda de cuarto de esfera. La cubierta abovedada era de mampostería enfoscada en el interior en la que se pintó un falso despiece. El presbiterio todavía conserva parte de la bóveda, en difícil equilibrio, mientras que en el ábside apenas resiste el arranque. Recorre toda la cabecera una línea de imposta de bocel y filete, sobre la que arrancaba la cubierta abovedada de la cabecera.

El inmueble estuvo enfoscado con cal y arena y, al menos, la cabecera estuvo decorada con pintura mural, pues en los restos de la bóveda del ábside todavía se puede apreciar un falso despiece y por debajo de la imposta se conservan restos de una cenefa de dientes de sierra. Esta decoración mural sería muy parecida a las que vemos en la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Castillejo de Robledo.

El presbiterio se decoró con dos arcos ciegos a cada lado, que han sido expoliados con saña, pero todavía se pueden apreciar su constitución, así como en el lado norte restos de pintura mural en la que se intuye una figura nimbada. En el muro meridional, muy cerca del presbiterio, oculta detrás de un rosal silvestre, aparece una hornacina que todavía conserva su pintura mural. El expolio nos indica que estuvo encintada por sillares y que pudo cumplir la función de credencia.

La iglesia contó con una portada al Sur y, enfrentada a ella, otro vano que ha sido interpretado como una segunda portada. Nosotros interpretamos el vano como una ventana baja, no como otra puerta, dado lo abrupto del terreno al otro lado, la anchura de la misma y el escalón que existe con respecto al solado de la nave.  

A los pies de la nave, aparecen a cada lado de sus muros tres mechinales que alojaron las vigas que sostuvieron un pequeño coro y quizás el acceso al campanario. La espadaña, hacia el interior, todavía conserva gran parte de su sillería. Los expoliadores arrancaron los sillares de la parte superior, pero en un determinado momento abandonaron su “trabajo”.  Sin embargo, en el exterior toda la sillería ha sido robada dejando el muro descarnado al azote de los vientos y las lluvias del Oeste. Las campanas, por supuesto, no están. En su día, alguien mantiene, que se trasladaron a Alcozar, localidad que se encuentra al otro lado del Duero. Hasta la década de los sesenta del siglo XX, según Divina Aparicio, había una barcaza hecha con tablones instalados sobre cubas para cruzar el río, y que se movía manejando la consiguiente maroma. De aquella vieja instalación nada pervive a las orillas del Duero. El lugar cayó en el olvido y los restos de las parroquiales aparecen hoy fosilizados.

BIBLIOGRAFÍA:

-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) “El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas”, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)

- MADOZ, Pascual (1846-50): “Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria.” Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional.

-NUÑO GONZÁLEZ, J. (2001) “La sociedad en el territorio soriano durante los tiempos románicos”, en AA.VV., Soria románica. El Arte Románico en la Diócesis de Osma-Soria, (pp. 27-36). Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

-SERRANO, L. (1925) “Cartulario de San Pedro de Arlanza, Antiguo monasterio benedictino.” Madrid.

- VV.AA. (2002) “Casos y cosas de Soria III.”  Soria. Soria Edita. Colección Serie Mayor.

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

 


 

sábado, 20 de noviembre de 2021

EL DESPOBLADO DE CASTRIL: EL ROMÁNICO EXPOLIADO.

 

  Ayer hice el típico viaje de "algún día tengo que ir". Y es que basta que pases delante mil veces para no ir nunca. Desde la novedosa y escasa A11, dirección San Esteban de Gormaz-Langa  de Duero, en la orilla sur del río destaca en una cima solitaria unas ruinas.”         

Álvaro García. @sontarvaro                                 

Nuestra visita del 7 de octubre se dirige a Castril. En esta ocasión el desplazamiento es un poco más

largo que en ocasiones anteriores. Su duración es de algo más de una hora. Hemos de tomar la A-11 y N-122; carreteras que se van alternando a tramos, tramos que se aburren de esperar a llegar a ser algo o desaparecer. Dejamos El Burgo y llegamos hasta San Esteban de Gormaz. Allí abandonamos las obras infinitas de la A-11 y nos adentramos, a nuestra izquierda, en la Nacional 110 hacia Ávila. Pasados muy pocos kilómetros, a nuestra derecha, tomamos ya una carretera provincial, la SO-P-4009 hacia Langa, que nos conducirá a Castril, pasando previamente por Soto de San Esteban: localidad que sustituye la piedra de los pueblos del Norte de la provincia por el pobre, pero noble, adobe. Parece un pueblo agrícola, de gran actividad, pero peor cuidado que los exquisitos pueblos, casi vacíos, del Norte.

Seguimos por esa carretera, siempre paralela al Duero, para alcanzar Castril: un despoblado más de esta casi despoblada provincia. El emplazamiento conserva las ruinas de una iglesia o ermita, de un gran paredón, en la parte baja del poblamiento, y de varios colmenares abandonados. El paraje es envidiable. Posee agua, pues está al lado del Duero, (hoy transcurre por esas tierras el canal de Ines), y buenas tierras de cultivo. Resulta difícil entender qué pudo pasar para que sus habitantes abandonaran tan privilegiado lugar en el siglo XVI. Existe una leyenda en la que se atribuye a la aparición de una plaga de culebras el motivo de su abandono y desaparición. 

Castril, Cubillas y Oradero, otros dos núcleos desaparecidos, se englobaron dentro de la Comunidad de Villa y Tierra de San Esteban de Gormaz, aunque pertenecían al Monasterio de la Vid, creado en el siglo XII. Según Divina Aparicio, en su entrañable relato sobre Castril, el Monasterio poseía en este lugar dos ruedas de molino de escasa rentabilidad. Tal es así que en el siglo XVI cedió los molinos y las tierras al noble Gutiérrez Delgadillo. No sabemos cómo le fueron las cosas al comprador, pero el lugar quedó despoblado poco después. Tal ha sido el abandono del lugar que son unas de las pocas iglesias románicas de las que desconocemos su advocación.

En la actualidad estas tierras pertenecen al municipio de Miño de San Esteban, localidad con mucho patrimonio, no llegando a los cuarenta habitantes en los largos inviernos. Tampoco anda sobrada de población.

Podemos deducir que la localidad se encontraba en la parte baja en la que resiste el muro de sillería, antes mencionado, y, arriba, en lo alto, en un montículo, la iglesia. El gran paredón, construido con sillería, parece pertenecer a un edificio de planta basilical. Después de varias visitas, pensamos lo mismo que Álvaro García, que este gran muro son los restos del muro de poniente de una iglesia expoliada. El grosor del muro, su método constructivo y su orientación nos hacen pensar que estamos ante los restos de otra iglesia románica. Hacia levante se puede seguir la planta de la misma, en la que se amontonan piedras y sillares de la fábrica, al igual que alrededor, pues las piedras de menos valor que aparecen en la finca colindante se van amontonando en este lugar. Una excavación en este espacio podría certificar lo que hoy solo podemos aventurar. 
Subiendo hacia la iglesia nos encontramos con dos colmenares, uno tapiado con viejas bardas sobre sus muros, del que asoma un raquítico árbol; otro dominado por las sabinas, pero en el que todavía podemos ver los viejos dujos. El olor a tomillo perfuma el ambiente. Al subir, en la otra vertiente del collado, apreciamos otro colmenar, mejor conservado, pero que como los anteriores parece condenado a la ruina.

Los restos de la iglesia son un ejemplo más de románico rural soriano. Está construida con mampostería excepto el muro de poniente que estuvo forrado de sillares tanto en el exterior como en el interior. La sillería ha sido arrancada de la portada, ventanas, esquinales, muro de poniente al exterior, arco de triunfo con sus semi-columnas y capiteles, así como los arcos ciegos del presbiterio. Tan solo han resistido parte de los sillares del muro de la espadaña hacia el interior y parte de la imposta de bocel y filete en la que entregaba sus empujes la bóveda de ábside y presbiterio. Al exterior, en el paso del presbiterio al ábside, todavía podemos ver dos sillares, que, al estar dispuestos a tizón, los expoliadores no consiguieron arrancar. El robo se hizo con saña y violencia, expoliando un patrimonio que perteneció a los lugareños. Sin duda lo expoliado no se convirtió en cal, pero se desconoce su paradero. 

La iglesia, con orientación canónica, se asienta sobre un cerro calcáreo. Gran parte de la iglesia está excavada en la roca, algo, que a los ojos de hoy, sorprende por esa capacidad laboriosa de nuestros recientes antepasados. La parroquial es de una sola nave, ligeramente más ancha que el presbiterio, rematada hacia levante con un ábside semicircular. La nave estaría cubierta con un armazón de madera, mientras que el presbiterio, a juzgar por los restos, se ampararía del cielo con cubierta de cañón y el ábside con bóveda de cuarto de esfera. La cubierta abovedada era de mampostería enfoscada en el interior en la que se pintó un falso despiece. El presbiterio todavía conserva parte de la bóveda, en difícil equilibrio, mientras que en el ábside apenas resiste el arranque. Recorre toda la cabecera una línea de imposta de bocel y filete, sobre la que arrancaba la cubierta abovedada de la cabecera.

El inmueble estuvo enfoscado con cal y arena y, al menos, la cabecera estuvo decorada con pintura mural, pues en los restos de la bóveda del ábside todavía se puede apreciar un falso despiece y por debajo de la imposta se conservan restos de una cenefa de dientes de sierra. Esta decoración mural sería muy parecida a las que vemos en la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Castillejo de Robledo. El presbiterio se decoró con dos arcos ciegos a cada lado, que han sido expoliados con saña, pero todavía se pueden apreciar su constitución, así como en el lado norte restos de pintura mural en la que se intuye una figura nimbada. En el muro meridional, muy cerca del presbiterio, oculta detrás de un rosal silvestre, aparece una hornacina que todavía conserva su pintura mural. El expolio nos indica que estuvo encintada por sillares y que pudo cumplir la función de credencia.

La iglesia contó con una portada al Sur y, enfrentada a ella, otro vano que ha sido interpretado como una segunda portada. Nosotros interpretamos el vano como una ventana baja, no como otra puerta, dado lo abrupto del terreno al otro lado, la anchura de la misma y el escalón que existe con respecto al solado de la nave.  

A los pies de la nave, aparecen a cada lado de sus muros tres mechinales que alojaron las vigas que sostuvieron un pequeño coro y quizás el acceso al campanario. La espadaña, hacia el interior, todavía conserva gran parte de su sillería. Los expoliadores arrancaron los sillares de la parte superior, pero en un determinado momento abandonaron su “trabajo”.  Sin embargo, en el exterior toda la sillería ha sido robada dejando el muro descarnado al azote de los vientos y las lluvias del Oeste. Las campanas, por supuesto, no están. En su día, alguien mantiene, que se trasladaron a Alcozar, localidad que se encuentra al otro lado del Duero. Hasta la década de los sesenta del siglo XX, según Divina Aparicio, había una barcaza hecha con tablones instalados sobre cubas para cruzar el río, y que se movía manejando la consiguiente maroma. De aquella vieja instalación nada pervive a las orillas del Duero. El lugar cayó en el olvido y los restos de las parroquiales aparecen hoy fosilizados.

BIBLIOGRAFÍA:

-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) “El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas”, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)

- MADOZ, Pascual (1846-50): “Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria.” Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional.

-NUÑO GONZÁLEZ, J. (2001) “La sociedad en el territorio soriano durante los tiempos románicos”, en AA.VV., Soria románica. El Arte Románico en la Diócesis de Osma-Soria, (pp. 27-36). Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

-SERRANO, L. (1925) “Cartulario de San Pedro de Arlanza, Antiguo monasterio benedictino.” Madrid.

- VV.AA. (2002) “Casos y cosas de Soria III.”  Soria. Soria Edita. Colección Serie Mayor.

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

 

viernes, 22 de octubre de 2021

LA ANTIGUA IGLESIA DE LOS SANTOS JUSTO Y PASTOR: EL ROMÁNICO HERIDO DE MARTIALAY


Resulta  un  tanto    ocioso   explicar  a cualquier soriano/a dónde se encuentra
Martialay, pero por si algún despistado tiene dudas, le diremos que se trata de una localidad al Este de Soria, ubicada detrás de la Sierra de Santa Ana, a poco más de once kilómetros. Debemos transitar la N-122 hacia Zaragoza. Pronto encontraremos un cruce a la derecha que nos marcará la dirección de Calatayud y Teruel por la N-234. Sin darnos cuenta estamos en la entrada de Martialay a la derecha. (Así pues, muy cerca, casi un paseo.) Pero no por estar cerca es mejor conocido, sino todo lo contrario.

Nuestro viaje tuvo lugar en los primeros días tormentosos del mes de septiembre. El día amenazaba lluvia, pero los cielos nos permitieron recorrer y contemplar la localidad. En Martialay nos esperaba nuestro buen cicerone Pablo Martínez Lablanca. La impresión al entrar en el pueblo es de un lugar cuidado con mimo, como pasa en casi todos los pueblos sorianos. Este posee un hábitat un tanto disperso, donde conviven en perfecta armonía las viviendas con zonas ajardinadas y huertecitos intercalados. Visitamos la fuente de dos caños y el abrevadero del pueblo, en aquellos momentos embellecida por Josi, hermano de Pablo. Al lado, un gran lavadero cubierto con techumbre de madera.

La tranquilidad que se respira sólo se ve turbada por furgonetas cargadas de pan que cruzan por sus calles para abastecer a Soria.

Martialay perteneció a la Comunidad de Villa y Tierra de Soria y dentro de esta al sexmo de Arciel. Llegó a tener unos setenta vecinos en el siglo XIX, y a constituirse como municipio, actualmente viven en la localidad unas cuarenta personas, y está integrado en el municipio de Alconaba. También tuvo estación de ferrocarril de la línea Santander - Mediterráneo, pero, así como se fueron los vagones y las máquinas, hicieron las personas.  

A través de una bonita senda llegamos a una chopera municipal tras la que se esconde la antigua iglesia. Prácticamente destruida se encuentra entre una vegetación frondosa de chopos, hiedras, fresnos y algún huerto. Únicamente queda parte del muro Norte, y de la espadaña al Oeste. En 2003 el Ayuntamiento de Alconaba en su nuevo Plan Urbanístico decidió crear en este sector un Área Arqueológica. Hasta 2020 las ruinas de la parroquial estuvieron dominadas por la vegetación; hiedras y zarzas se habían apropiado del lugar. Fue ese año cuando Nicasio Martínez se propuso desbrozar el terreno, pronto contagió a su familia que junto con otros vecinos y algún trabajador municipal consiguieron dejar limpio el espacio ocupado por la antigua parroquial y su campo santo.

Esa limpieza ha significado que se apruebe un proyecto de consolidación de la espadaña y el muro norte, valorado en 14.000 euros. Además, junto con la Junta de Castilla y León impulsan otro proyecto valorado en 24.000 euros, aún no aprobado, para excavar la planta y consolidar lo excavado. Resulta ésta una valiente iniciativa que debería servir de ejemplo para muchas iglesias caídas en desgracia y para las que no hay ninguna voluntad de salvar.

Por lo que se ve sobre el terreno se trataría de una iglesia románica de una nave con cubierta de madera y una cabecera hacia levante, seguramente abovedada y a poniente la espadaña-campanario con dos vanos. Tendría una sacristía y un pórtico en su paño meridional. Adosado al muro septentrional resisten parte de los muros del campo santo.

Paseando por lo que fue la nave de la iglesia reclama nuestra atención una gran losa. Al fijarnos en ella apreciamos un posible alquerque de a doce, con sus aspas y suficiente número de escaques. Tres pequeños hoyos semicirculares lo acompañan. Los maestros canteros solían hacer estos tableros para jugar ellos y, sobre todo, sus hijos e hijas que les acompañaban allá donde les salía tajo. Muchos de estos tableros se utilizaban después en la construcción del inmueble. Otro aspecto llama poderosamente la atención, los restos de la espadaña, adornada con una frondosa hiedra, se hallan abiertos en canal, como si un rayo hubiera abierto un tajo en la misma. Esta espadaña campanario alojó las dos campanas que hoy están en la nueva iglesia. Tanto este muro como el septentrional se construyeron con mampostería menuda y revocados al interior con una capa de cal y arena. 

Poco sabemos de esta parroquial que fue dezmera de la iglesia soriana de San Prudencio. Se conservan dos Libros de Fábrica, uno en el Archivo Diocesano de Osma-Soria que va de 1707 a 1791, mientras que en la parroquia se conserva el de los años 1892 hasta la actualidad, faltando un tercer libro que iría desde el año 1791 a 1892, es decir casi todo el siglo XIX. En el primer libro se recogen los distintos ingresos y gastos, así como un inventario. En el capítulo de gastos de 1787 se recoge un cargo de 136 reales que costó hacer nuevamente el pórtico de la puerta de la iglesia, habiéndose desmontado el anterior por amenazar ruina. En ningún caso se habla de que el templo se encontrara en situación de ruina.

En cuanto al inventario de 1791 se dice que tiene tres retablos, pila bautismal, una imagen de Nuestra Señora de vestir, una cruz de plata con una manzana y cinco piezas de bronce dorado, así como una cruz para conjurar, entre otras muchas posesiones.

Aunque no tenemos el Libro de Fábrica del siglo XIX, por el Boletín Eclesiástico del Obispado de Osma de 19 de noviembre de 1853, sabemos que la Dirección General de Contabilidad de Culto y Clero puso a disposición del Ilmo. Prelado la cantidad de 7068 reales. De estos fueron asignados a la parroquial de Martialay 1934 reales la reparación de su templo. Nos imaginamos que esa reparación se llevó a cabo. En la visita pastoral de 1902 el Exmo. y Rvdmo. Sr. D. José María García Escudero Obispo de Osma advierte del mal estado en que se encuentra la sacristía, exigiendo una pronta reparación.

En las demás visitas giradas por el Obispo y en el libro de Carta-Cuenta no se especifica nunca más el mal estado de la parroquial, pero en el apunte de 1932 titulado: “Cuentas que se refieren no más a la construcción de nueva iglesia en Martialay” el párroco D. Juan Hernández afirma que el Obispo de la Diócesis de Osma D. Miguel de los Santos Díaz y Gómara, con fecha de 7 de marzo de 1929, le autoriza a demoler la vieja iglesia en ruinas y a designar sitio adecuado para abrir los nuevos cimientos del nuevo templo. Por tanto, es en 1929 cuando se inicia la demolición de la antigua parroquia y se inicia la nueva, que al parecer se consagra en 1931, si bien las cuentas se cierran el 8 de enero de 1932.

Por este apunte sabemos que D. Juan Hernández logró recaudar 17.368,77 pesetas, a saber, el Ministerio de Gracia y Justicia ingresó la cantidad de 11.500 pesetas en cuatro libramientos (64,35%); el Prelado, 2.200 pesetas (12,66%); varias personas piadosas, 1615 pesetas (9,73%); material sobrante, 163,60 pesetas (0,94%); sacos de yeso de un vecino de Almenar, 75 pesetas (0,43%); existencias de la Fábrica de la iglesia al finalizar la obra en 1931, 1.062,09 pesetas (6,12%); con permiso del Prelado de los fondos que contaba la Cofradía del Rosario hasta el año 1932 inclusive, 752,08 pesetas (2,33%). Con estos datos la nueva iglesia de los Santos Justo y Pastor se sufragó con un 75 % de dinero público y de donaciones. El coste total de la obra fue de 17.224,18 pesetas, finalizando la obra con un superávit de 144,59 pesetas.

Con nuestro entrañable cicerone, que ya se había encargado de buscar los medios para abrirla, acudimos a visitar la iglesia de los Santos Justo y Pastor. Fue construida por varios maestros albañiles, los Hermanos Alcalde y su padre Cándido, ayudados por Marcos Sanz, que también demolieron la antigua y labraron parte de las piedras que se utilizaron en la nueva. Se levantó en tres tandas reutilizando materiales de la antigua iglesia y otros que llegaron desde Soria. El cantero de Golmayo Alejandro Martínez, que había trabajado en el cerramiento y decoración de la Dehesa de Soria, se encargó de labrar parte de la piedra. Por otra parte, el empresario Luis Bartolomé, arrastró parte del material desde Soria a Martialay, entre los que se encontraba 6 camiones de piedra, que previamente el cantero Guillermo Benito había extraído y seleccionado de las ruinas de San Nicolás. Recordamos que este cantero fue el encargado de trasladar la portada de San Nicolás hasta San Juan de Rabanera en 1909. En la Casa Quintana de Zaragoza se adquirieron las seis vidrieras y el medallón. 

La iglesia es de una única nave, orientada al Oeste con coro a los pies. Su suelo hidráulico de color y muy cuidado fue adquirido a Casto Hernández al igual que la pila bautismal de cemento armado con su tubo y su válvula. El edificio se diseñó de forma práctica y de tamaño razonable, algo que no siempre se da en nuestros pueblos, en los que las iglesias aparecen emergiendo de la pobreza con todo su poder visualizado en su tamaño. Se levanta sobre un tramo de sillares para continuar con mampostería enfoscada. Las campanas que lucen en lo alto de la espadaña, también se trajeron de la antigua iglesia.

En el interior se conservan algunas piezas valiosas del antiguo inmueble, tales como una lauda sepulcral de arenisca rojiza de finales del siglo XVI, que parece representar a un clérigo con túnica talar, con un cáliz entre las manos y la rareza de vestir manga corta; la mitad de una tumba antropomorfa infantil, así como dos estelas. Además de la vieja iglesia se conserva un bloque monolítico de arenisca, en el que se han tallado cuatro columnillas con sus basas, sin poder determinar su función. Algunas de estas piezas estuvieron un tiempo en las antiguas escuelas.

En la sacristía observamos el cuerpo mutilado de una virgen románica del siglo XIII a la que, lastimosamente, le han añadido una cabeza y una mano. La fe no siempre casa bien con lo estético. El hijo de la Virgen ha corrido igual suerte. Casi escondida se encuentra la talla de un Cristo crucificado, posiblemente del siglo XVII. El retablo, que pudo proceder de la vieja iglesia, sostiene imágenes en escayola del siglo XIX-XX.

Finalizamos la mañana con un aperitivo apetitoso que nos regaló nuestro estupendo compañero de visita, contemplando un brocal de piedra que nos incita a volver.

  

BIBLIOGRAFÍA:  

ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libro de Fábrica de la Iglesia de los Santos Justo y Pastor de Martialay. 1701-1791 Ref. Antigua 281; Ref. Actual 1855. 

- ARCHIVO PARROQUIAL DE MARTIALAY. Libro de Fábrica de la Iglesia de los Santos Justo y Pastor de Martialay. Años 1892-2020.

-DÍEZ SANZ, E. Y GALÁN TENDERO, V.M. (2012) “Historia de los despoblados de la Castilla oriental. (Tierra de Soria siglo XII a XIX)”. Soria. Ed. Exma. Diputación Provincial de Soria

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

LA LENTA RUINA Y EL EXPOLIO CONTINUADO DE SAN BARTOLOMÉ DE VILLABUENA.


 “En mi opinión hay algo atrayente en las carreteras blancas,

como si sólo entonces estuviera realmente lejos de todo,

como si de hecho el país sólo se hubiera trazado

en el mapa por los pelos, accidentalmente.”

Desvío a Santiago. Cees Nooteboom 

Ya explicábamos que Villabuena se encuentra a unos 15 kilómetros al suroeste de Soria y que necesitábamos desplazarnos por Carbonera y ascender un puertecillo pronunciado para alcanzar esa localidad. Llegó a tener 200 habitantes, pero hoy apenas alcanza los 50 resistentes. En la actualidad se incluye, como otras muchas localidades, dentro del ayuntamiento de Golmayo. También tuvo tres ermitas: Santa Eulalia, el Cristo del Amparo y San Bartolomé, pero sólo se mantiene la segunda, pues la primera está abandonada, y de la tercera tan solo quedan las ruinas. Desde la publicación en El Día de Soria del artículo: Las ruinas de Santa Eulalia de Villabuena, una puerta con historia, el fin de semana de 22 y 23 de mayo de 2021, la vecindad de Villabuena ha logrado salvaguardar la ermita del Cristo de Barronava o del Amparo. El trabajo de un albañil del pueblo y la apertura de una cuenta en Unicaja Banco para recoger fondos; ha permitido limpiar y sanear el entorno y, lo que es más importante, mejorar la cubierta para evitar una ruina galopante.

San Bartolomé, llamado también Natael, fue un apóstol que nunca pisó nuestras tierras. Su actitud de defender su fe le costó la vida. La perdió siendo desollado, por ello se suele representar con un cuchillo en la mano y de ahí que sea el patrón de los curtidores. Su ejemplo debió de servir para que alguien quisiera dedicarle la ermita que hoy nos ocupa. Su festividad es el 24 de agosto.

Una vez en Villabuena es necesario caminar poco más de un kilómetro hacia poniente; llegaremos a un molino abandonado, molino que pretendió ser vivienda y que ha terminado siendo un inmueble abandonado y en proceso de ruina. Tras cruzar el río Izana por un puente de piedra, un caminito nos conduce a lo que queda de la ermita y a la dehesa boyal, con balsas naturales para el ganado bovino que en ella pasta y que nos acompaña en el camino con el sonido de sus cencerros.  Se encuentra en un montículo y, tal vez, fuera la parroquial de un despoblado. Como muchas veces, no está claro el nombre de este; para algunos se trataría del despoblado de Rueda, por denominarse así la dehesa próxima y un monte; para Gonzalo Martínez sería el despoblado de San Bartolomé y para Carlos Álvarez García sería el primer emplazamiento de Villabuena, conocido como Villamuerta, más próximo a la ciudad-villa romana de “Las Retuertas”. Éste último, en su visita al lugar el 3 de mayo de 1987, observa, hacia el Oeste de la ermita, restos de cercas, pero considera que son escasos para ser un poblado. 

En 1952, Teógenes Ortego visita la iglesia para hacer un estudio de su pila bautismal, describiendo la misma como una construcción modesta, que casi no tenía culto y que encontró medio abandonada. Un año después, en el inventario realizado por el párroco de Villabuena, conservado en el Archivo Diocesano de Burgo de Osma, se afirma que se encuentra en buen estado; con retablo barroco presidido por el Patrono, San Bartolomé, un San Roque y, otro santo, del que ignora su advocación. En su interior estaban los Libros y Misales, así como los objetos de la Virgen y la pila bautismal. Desde 1953 hasta 1987 no tenemos noticias escritas de la ermita, si bien en el pueblo señalan que el Obispado se llevó todo el mobiliario, excepto la pila bautismal, que durante unos años se custodió en la ermita del Santo Cristo de Barronava, y que desde hace unos años se encuentra en el lado del Evangelio del presbiterio, en la parroquial de San Miguel. Como ya hemos dicho, en 1987 visita el lugar Carlos Álvarez García, realizando dos fotografías cuyos contactos se conservan en el Archivo Histórico Provincial de Soria, por ellas sabemos que la ermita ya no contaba ni con puerta ni con tejado en la nave, mientras que la cabecera había perdido el maderamen y las tejas, pero todavía conservaba la torta sobre la bóveda, el muro occidental y parte de la techumbre de poniente. A partir de ese año y hasta el 2002, la bóveda de la cabecera se hundiría, y el arco de gloria también, que es como la vemos en la actualidad. Desde entonces la ruina y el expolio continúan.

Como ya señaló Teógenes Ortego la iglesia es sencilla. Sigue el modelo del románico rural soriano, con una única nave, separada de la cabecera por un arco triunfal, actualmente en ruina, como casi toda la ermita. El arco de gloria da paso a la cabecera con tramo recto del presbiterio iluminado por una ventanita abocinada hacia el interior, y el ábside es semicircular. Su construcción está realizada en mampostería, que estuvo enfoscada, utilizando en esquinas y vanos sillares de refuerzo. El recinto absidal se iluminaba con una aspillera abocinada hacia el interior, que se encuentra arruinada, y cuyo hueco se va haciendo día a día más grande; en 2002 José Mª Rodríguez Montañés, en la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, escribía lo siguiente estos restos: “La saetera abocinada que daba luz a la capilla, de arco de medio punto, yace hoy semi-desmontada junto al exterior del ábside, al haberse rasgado y arruinado el muro en esta parte.” Veinte años después resulta difícil encontrar esas piezas que posiblemente se hayan expoliado o se encuentran ocultas debajo de nuestros pies. La cabecera es propiamente románica y estuvo en su origen abovedada, en la actualidad conserva parte de la cornisa, que apoya en canes de proa de nave y nacela.
El resto del inmueble ha sufrido diversas reformas en época posterior, si bien pudieron aprovechar parte de los sillares medievales. La portada se abre al sur con arco de medio punto de grandes dovelas, protegido por una chambrana, todo ello apoyado sobre impostas. Tanto las jambas como el arco se decoran con un fino junquillo. El gran salmer occidental presenta una inscripción que no hemos sabido interpretar. La nave se cubrió con techumbre de madera, de la que todavía resisten algunas de sus vigas. Parte del muro occidental ha cedido y el interior del inmueble está dominado por la vegetación y restos diversos de la construcción. Estuvo revocado con una capa de cal y arena. Sólo se conserva parte del arco de gloria, en su lado meridional; así como el altar de obra, en el que sobresale su gran ara monolítica.

Como ya señalamos con anterioridad, la pila bautismal románica se custodia en la parroquial de Villabuena y se conserva en muy buen estado. Es semiesférica y está decorada con un pequeño bocel en su embocadura, se divide en dos sectores: un superior, liso y un inferior con gallones cóncavos. En la parte lisa el cantero grabó un entrelazo geométrico con una epigrafía influenciada por los códices miniados y la siguiente inscripción: Wα BENEDICTVS ME FECIT, engrosando la nómina de artífices que trabajaron en el territorio soriano. En los catorce gallones inferiores se sucede una decoración de elementos vegetales, geométricos, objetos de culto, atributos de la pasión y animalísticos (pez y serpiente). Esta decoración en las pilas bautismales sorianas no es muy común, de ahí el valor de esta y el lugar que ocupa ahora.

El futuro de la ermita es, podemos asegurarlo casi con total certeza, la ruina. No somos capaces de conservar aquello que con imaginación nos podría haber dado vida y futuro. Este es un ejemplo más. Sin embargo, todavía hay tiempo tanto para esta ermita, como para otras muchas. No valoramos lo que tenemos, pero si estas ruinas se consolidan y se protegen, todo el entorno cambiará. Es el momento de las administraciones para consolidar lo poco que nos ha llegado. Hoy, rodeada de campos de labor, pasa desapercibida, pero el día que se consolide o se reconstruya esta pequeña joya volverá a presidir con gallardía el altozano sobre el que se asienta. Como dijo el Poeta, el futuro no está escrito, nuestra generación puede y debe revertir esta tendencia hacia la ruina y desaparición de nuestro patrimonio rural. Ejemplos no nos faltan, ahí tenemos la recuperación de las murallas de Soria y Almazán.

En nuestra visita una serpiente se movió ágil por el suelo. Pronto buscó refugio entre los agujeros de sus muros caídos. Nunca podremos decir que estas ruinas no sirven de algo.

BIBLIOGRAFÍA:

- ÁLVAREZ GARCÍA, C. "Trabajo inédito sobre despoblados sorianos, años 1985-1992. Caja 30210." Archivo Histórico Provincial de Soria.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional

- ORTEGO FRÍAS, T. (1953): "Del románico soriano. Algunas piezas notables de iglesias desaparecidas." Revista Celtiberia, nº4. pp.295-297.

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

domingo, 15 de agosto de 2021

El imposible de la reconstrucción de San Bartolomé de Sarnago.

  “Y, entonces, sobrecogidos, casi sin ánimo para acercarse a ella, contemplarán de
lejos el pórtico invadido de zarzales, las maderas podridas, el tejado vencido y
el sólido bastión de la espadaña que todavía se yergue sobre la destrucción
y la ruina de la iglesia como un árbol de piedra…”

La lluvia amarilla. Julio Llamazares

Era un viernes frío de marzo cuando fuimos a visitar Sarnago en las Tierras Altas de Soria. Para llegar es necesario dirigirse a Garray, y luego desviarse hacia Oncala y San Pedro Manrique. En esta última localidad, en la carretera que la une con Matalebreras, un cartelito señala la dirección de Sarnago; a la derecha, sobre un teso, vigilan nuestro camino las ruinas de San Pedro el Viejo, otra iglesia abierta al cielo, de tradición templaria. A unos cuatro kilómetros, por una carretera que asfaltaron, tras solicitarlo durante ochenta años, se encuentra el pueblecito de Sarnago, al norte de la Sierra de Alcarama. Son estas tierras, limítrofes con La Rioja, de un paisaje duro y ondulado. Sarnago llegó a tener categoría de municipio en el siglo XIX, y casi alcanzó los 500 habitantes en el primer tercio del XX. A finales de este siglo, ya en plena crisis demográfica, propiciada por la desaparición de una ganadería próspera y el cambio de uso de la tierra, se integró en el municipio de San Pedro Manrique. Las nuevas repoblaciones forestales ayudaron en su huida a una población que no veía un futuro digno para sus hijos. Aurelio Sáez fue el último habitante de Sarnago. Falleció en el hospital de Soria un 23 de abril de 1979, nadie reclamó su cadáver. Fue su último vecino quien inspiró a Julio Llamazares para escribir “La lluvia amarilla”.

Pero siempre hay alguien que se resiste a que sus pueblos mueran. Y este es uno de esos casos que de la nada, con tesón y cariño, una asociación ha conseguido volver a poner sangre en un pueblo donde sólo había soledad y abandono. La muerte de Aurelio impulsó la creación de la Asociación de Amigos de Sarnago, con el objetivo claro de no convertirlo en un despoblado, este, hoy, se ha convertido en ejemplo de movimiento asociativo.
Para la visita habíamos quedado con José Mari Carrascosa, presidente de la Asociación. Esta, con más de 200 socios, se resiste a que el pueblo muera, y se ha convertido en el alma de la revitalización del mismo. 
Con lucha y con tenacidad, sus asociados han conseguido el asfaltado de la carretera, la vuelta de la luz eléctrica (1986), el agua corriente (2010), recuperar la Fiesta de las Móndidas, trasladada al domingo más próximo a San Bartolomé (24 de agosto), la edición de una revista, que en 2021 cumple su 14 edición, (las dos últimas en tiempos de pandemia con los aportes de colaboradores a través de la Fundación Goteo), múltiples hacenderas, un recorrido literario, etc. José Mari nos invitó a una visita lenta y pormenorizada por el pueblo. Unos técnicos estaban instalando la entrada inteligente al Museo Etnográfico, ubicado en las antiguas escuelas e integrado en la red Museos Vivos; instalaban una cerradura electrónica que se abre con la introducción de un código numérico. Los dos operarios nos explicaron que para obtener el código y desbloquear la entrada, tenemos que darnos de alta en la web de Museos Vivos y reservar una hora para la visita. Un pequeño vídeo introduce al viajero en el museo. Unas cámaras de vigilancia controlarán la actividad y el buen uso por parte de los visitantes. José Mari, mientras, nos enseñó lo que fue la escuela, la casa del maestro, mil utensilios que algún día fueron útiles y hoy están en desuso, utensilios de un mundo que desaparece no solo de Sarnago, sino de nuestras vidas. En el acceso al museo el visitante puede contemplar las dos campanas que presidieron el día a día del pueblo: la Santísima Trinidad y la San Bartolomé, así como la sencilla pila bautismal románica que los vecinos recuperaron de las ruinas de la parroquial.
Lleno de pasión nos mostró su casa levantada con ilusión con sus propias manos, y nos condujo por calles que eran testigos de la recuperación de otras veinte casas. En el recorrido nos enseñó la vivienda del escritor Abel Hernández, algunas ruinas en sus calles, como la casa del arco (pendiente de recuperación) el empedrado muy bien conservado en “El Callejón de Luis” . . . Todo este trabajo ha sido reconocido por ICOMOS España como “Guardianes del Patrimonio”. Recientemente han adquirido tres solares en ruinas en los que, con paciencia y tesón, quieren edificar una zona coworking y una vivienda para alquilar a personas y trabajadores que quieran vivir en Sarnago.

Llegamos a la iglesia, un edificio sin techo que la asociación quiere como sede cultural y para culto. Entre la Asociación, la Diócesis de Osma-Soria y el Ayuntamiento de San Pedro se necesita un acuerdo de revitalización de ese espacio, pero el acuerdo no llega. Es el dinero necesario, o la propiedad o la desidia lo que impide que allí, otra vez renazca lo perecido. La Asociación lo tiene claro, hay que reconstruir la iglesia e incluso tienen un proyecto para que la parroquial vuelva a ser el “skyline” del entorno, pero no se avanza y se cansan. Sería un hecho insólito, pero hace falta generosidad, incluso han enviado un escrito al Papa Francisco I para que interceda ante el Obispado de Osma–Soria en la cesión de las ruinas. Querer es poder y Sarnago quiere. Es el único ejemplo en Soria en el que el pueblo quiere reconstruir una iglesia y no le dejan. Ilusión no les falta.
Sarnago perteneció al sexmo de Carrascales de la Comunidad de Villa y Tierra de San Pedro Manrique y la parroquial de San Bartolomé, aneja a la de San Miguel de San Pedro, hoy también en ruinas y con función cementerial. La iglesia, consagrada a San Bartolomé, es de una sola nave dividida en tres tramos, presbiterio cuadrado y ábside poligonal, fruto de las transformaciones que se realizaron durante los siglos XVII y XVIII. Restos de la espadaña sostenían el campanario, ya desaparecido. Está construida en mampostería. De la primitiva fábrica románica conserva la portada abierta en el muro meridional, con arco de medio punto y dos arquivoltas lisas, sobre impostas abiseladas. El salmer de la arquivolta de levante ya se ha caído. El ábside poligonal se encuentra posteado y amenaza ruina. De su antiguo mobiliario sólo conservan la imagen del santo titular, que preside la misa de la fiesta de las Móndidas en el atrio parroquial y dos imágenes de escayola; se desconoce qué pasó con el resto; cuando la iglesia colapsó el retablo mayor quedó bajo las ruinas y lo que sobrevivió se sacó en camiones, pero nada se sabe de su paradero.
Terminamos viendo el lavadero, la calera y el banco del atardecer. En estos, bienes públicos no hay problema para la resurrección.

Con la Iglesia, la resurrección es más difícil.