sábado, 22 de octubre de 2022

SAN PEDRO EL VIEJO, EL ROMÁNICO SAQUEADO

“A Sarnago se llegaba bordeando, las vigilantes ruinas de San Pedro el Viejo. Un complejo monástico del siglo XII, tradicionalmente atribuido a la orden del Temple y que, a la vista de las ruinas, tan tambaleantes y vergonzosamente olvidadas hoy como entonces, debió de ser de una gran importancia ya que se conservaban las trazas de tres cabeceras absidales, restos de pinturas románicas al fresco de caballos y una torre, atalaya de toda la comarca, […]”.

Soria en Seiscientos. Javier Martínez Romera



Los sorianos conocemos sobradamente el camino que hay que recorrer para llegar a San Pedro Manrique. Puede que ese no sea el caso de algún lector atrevido que desee adentrarse en este inagotable mundo del románico que mira al cielo, y quiera visitar los inquietantes paisajes que rodean a dicha población.

La N-111 nos llevará hasta Garray. Atravesado el pueblo debemos desviarnos a la derecha para tomar la SO-615. Recorreremos unos veinte kilómetros y, a la altura de Oncala, veremos un cruce que nos señala cómo llegar a San Pedro Manrique por la SO-650. Una vez allí no es difícil ver, hacia el sur, dominador y ruinoso, el antiguo convento de San Pedro el Viejo.

Realizamos el viaje a finales de abril, con un tiempo frío. En la carretera todavía podíamos ver la nieve y esos estremecedores montes pelados y ondulados en inacabable visión. Sin embargo, a pesar del frío o de la nieve, se hacía presente también la primavera, y los pocos árboles que adornan los laterales de la carretera, la lucían con sus flores blancas colgadas de sus ramas.

En estas tierras, regadas por el río Linares, que lleva sus aguas al Alhama y este, al Ebro, ya hubo presencia humana desde la antigüedad. Los cristianos la conquistaron a los musulmanes y fue durante el período de la Mesta cuando se produjo su momento más dulce y de mayor riqueza. Llegó entonces San Pedro a albergar hasta 4.000 habitantes, y su comercio de lana tenía carácter internacional.

San Pedro Manrique constituye un ejemplo especial en nuestra provincia. Se constituyó como municipio en el siglo XIX, y desde entonces ha sido un centro comarcal que ha ido asumiendo la integración de muchas otras localidades, que se han despoblado, caso de Acrijos, Armejún, Buimanco, El Vallejo, Fuentebella, Peñazcurna, Valdelalvilla, Valdemoro, Vea y Villarijo; o han perdido tanta población que han dejado de ser municipio, como Las Fuentes, Matasejún, Palacio de San Pedro, Sarnago, Taniñe, Valdenegrillos o Ventosa de San Pedro. Esperemos que en el futuro estos centros comarcales sigan existiendo y dando servicio a estos habitantes dispersos por nuestros viejos y perdidos pueblos. San Pedro Manrique es de los escasos municipios sorianos que en el último censo ha crecido. Está todavía lejos de los 950 habitantes que tuvo a mediados del siglo XX, pero ha pasado de los 588 de 2014, a los 655 en 2021. La localidad se ha hecho famosa por su espectacular paso del fuego, las únicas fiestas tradicionales de la provincia declaradas de Interés turístico internacional, y por las móndidas.


Al sur de la población, cruzado el río Linares, en lo alto de uno de los cerros, se aposenta lo que queda de San Pedro el Viejo, vigilando desde las alturas la Villa de San Pedro Manrique. Para llegar hay que elevarse por una senda empinada que deja a su lado izquierdo una cantera activa en la que vemos maquinaria pesada y hombres eligiendo lajas de caliza y colocándolas en palés. Son el mismo tipo de piedras con las que se construyó San Pedro el Viejo y es posible que, en estos momentos, esas piedras de la iglesia luzcan en algún otro edificio, pues el expolio que ha sufrido es espectacular. Tal es así que este hecho, sumado al abandono, haya dejado a San Pedro en una situación de auténtica ruina. La vieja torre desdentada desde la lejanía tiene apariencia de fortaleza, quien sabe si cristiana o musulmana. Todo el conjunto, adquirido por el actual propietario hace más de medio siglo, se encuentra cercado con alambre de espino y generalmente sembrado de cereal, y el rastrojo es aprovechado por las vacas serranas negras sorianas de su propietario.

Las vistas desde allí son espectaculares y estremecedoras. Se trata de un monasterio que se atribuye a los monjes templarios sin datos que lo certifiquen. Sí que está probada la existencia de un monasterio en el siglo XIII, pero se desconoce quiénes eran sus pobladores. Según leemos en el Blog “La Otra Soria” de Cándido Las Heras, en el Avisador Numantino de 18 de mayo de 1902, el periodista Tómas Osácar escribe sobre estas ruinas: “Cuenta la tradición que fue convento de Templarios; lo que sabemos es, por buenas referencias, que a finales del siglo XVIII y principios del XIX, del convento de Fitero (Navarra) venían frailes a este monasterio a pasar el noviciado”. Por lo tanto, durante los siglos XVIII y XIX este monasterio fue dependiente del Monasterio cisterciense de Santa María la Real de Fitero, y debía de encontrarse en buen estado. Existe una creencia de que existía una galería subterránea desde el monasterio hasta la Cerrada de los diablos, junto al río Linares, con la función de escapar o conseguir agua.

Don Juan Cabré Aguiló fotografió estas ruinas a principios del siglo XX. En esa imagen se aprecia que los principales elementos del antiguo monasterio ya habían desaparecido. Desde entonces, pequeños robos y el paso del tiempo han hecho su labor.  Quedan allí los restos de la iglesia románica del siglo XII, así como las ruinas de una dependencia monacal en el costado meridional de la iglesia, y montones de piedras. Su construcción se dispuso en sillarejo en la cabecera y la torre, menos costoso que el sillar. Se levantaron tres naves con lajas de caliza, la del centro, posiblemente anterior y de doble anchura que las laterales, que se cubrieron con bóveda de cañón ligeramente apuntada. La tradición oral cuenta que la portada del sur se desmontó y se trasladó a Nueva York para ser contemplada y apreciada por quienes carecen de los bienes que nuestra sociedad desprecia. En la actualidad se desconoce el paradero de la portada, sin duda notable, cuyo hueco permanece en el lugar.

La nave del evangelio tiene cabecera cuadrada cubierta con bóveda de cañón apuntada. La de la epístola culmina en una torre cuadrada que estaría dividida en pisos, con forjados de madera, hoy perdidos. Podemos distinguir dos pisos para campanas, separados por una imposta de chaflán, con un vano por cada lado; el inferior con arcos ligeramente apuntados, algunos cegados, y sobre montados sobre unos vanos anteriores; mientras que el superior lo hace con arcos de medio punto, algunos decorados con baquetones. En lo alto quedan los cuatro huecos del campanario, así como dos de las cuatro ménsulas que soportaban la bóveda de crucería que cerraba el piso superior, tal como se puede ver en la torre de San Miguel de Yanguas. La nave central, dividida en cuatro tramos, acaba en una cabecera con presbiterio recto cubierto de bóveda de cañón y un ábside semicircular cubierto con bóveda de cuarto de esfera, que apoyan sobre una sencilla imposta de chaflán. Este espacio era iluminado a través de dos saeteras; una en el centro del eje absidal y otra en el muro sur del presbiterio, que darían la escasa luz necesaria a estos habitáculos. En el presbiterio todavía se conserva una graciosa credencia, lugar para albergar objetos religiosos, cuyo arco de medio punto también ha sido saqueado. Todo el espacio estuvo enfoscado y decorado con pinturas murales, que hoy apenas se pueden adivinar.


La cabecera y la torre son los espacios que mejor han resistido el saqueo y el transcurrir del tiempo. Al exterior vemos cómo el ábside se apoya sobre un zócalo con una hilera de sillares decorada con fino bocel y filete, al que le faltan algunas piezas. El ábside se dividía en tres paños con dos columnas adosadas y sendos arcos, de los que solo restan las llagas. Tampoco queda nada de la decoración de la ventana absidal de la que desaparecieron columnillas, capiteles y dovelaje, permaneciendo in situ las impostas desde las que volteaba el arco. Idéntica suerte corrieron los sillares que reforzaban las esquinas y la saetera del presbiterio.

El museo Frederic Marès de Barcelona acoge la pieza mejor conservada de este edificio: una talla de madera de la Virgen con el Niño, del círculo de Gil de Siloé, de la que desconocemos cómo llegó a ese lugar.

A la soledad de este recinto, la acompaña un paisaje desolador, lunático, que encoge el alma y estimula a pensar y a interiorizar nuestros pensamientos y sentimientos. La soledad y el abandono son los compañeros permanentes de este antiguo monasterio.

BIBLIOGRAFÍA:

- ANDRÉS GARCÍA, Lidia; POSTIGO ESCRIBANO, Vidal (1996): Sobre ermitas, templos y religiosidad popular en Tierras Altas. Revista de Soria IIª época, nº 15.

- Archivo Histórico Provincial de Soria:  "Informe de las pinturas existentes en la derruida iglesia de San Pedro Manrique". Caja 5.335

-  BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1888): “Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria”

-  LAS HERAS, Cándido: Ruinas del convento de San Pedro el Viejo. San Pedro Manrique,

artículo de su web Otra Soria consultado el 22/10/2022.

- LORENZO ARRIBAS, Josemi (2019): “Románico romántico. Apuntes de la provincia de Soria”. Soria. Millán y Las Heras Editores.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional

- SAN MIGUEL, Miguel A. y VASCO, Jesús Mª. (1999) “San Pedro Manrique. Fuego, sendero y fiesta”. Edita: Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de San Pedro Manrique

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

- Web “Despoblados de Soria. Asociación de Amigos del Museo Numantino” https://despoblados.amigosdelmuseonumantino.es/ (https://despoblados.amigosdelmuseonumantino.es/despoblado-de-soria/rabanera/) consultada el 16/08/2022

- Web: https://www.mendikat.net/es/com/mount/15304 Consultada el 15/09/2022

 


domingo, 4 de septiembre de 2022

LA ERMITA DE RABANERA, UN LUGAR DE MEMORIA.

 


“Desde muy jovencita cada 1 de noviembre mi madre, junto con Jesús Munilla,
hijo de otro de los fusilados, visitaban la ermita de Rabanera para honrar
a sus padres, de la misma manera que las demás personas lo hacían
en el cementerio que es donde, por ley y dignidad reposan todos
los fallecidos, cuando por desgracia les llega su hora”.

Me lo contó mi madre. Alejandro Ruiz Lafuente



Era 21 de abril cuando realizamos la visita al despoblado de Rabanera y el invierno luchaba ásperamente por mantenerse activo. Habíamos disfrutado, días atrás, de un tiempo primaveral, casi veraniego, pero el invierno regresó hostil mostrando su aspecto más duro, con nieve y viento helador. En estas condiciones nos dirigimos a Ventosa de San Pedro. El viaje tiene una duración de unos 35 o 40 minutos. El tráfico, en estas tierras, no dificulta el tránsito. Para llegar, nos dirigimos hacia el noreste por la N-111; la abandonamos para entrar en Garray, y atravesado el pueblo nos desviamos a la derecha para tomar la SO-615 por la que recorrimos unos 20 kilómetros hasta alcanzar un cruce a la derecha, a la altura de Oncala. Avanzamos por la SO-650 unos doce kilómetros y llegamos a un cruce a la izquierda, que nos señala Huérteles y la SO-643. Seguimos esa ruta y antes de tres kilómetros vimos el cartel a la izquierda de Ventosa de San Pedro a 1 kilómetro por la SO-P-110. Aparcamos nuestro vehículo en una antigua era empedrada muy cerca del moderno depósito de agua y caminamos por un ancho y bonito camino, protegido con muros de piedra en seco que se une a otro, que comunicaba Palacio de San Pedro con San Pedro Manrique, y desde donde divisamos el motivo de nuestra visita: los restos de la iglesia de Rabanera. Esta iglesia, hoy ermita, estaría bajo la advocación de Santa María la Blanca, y pertenecía al antiguo pueblo de Rabanera, despoblado antes de mediados del siglo XVIII. Hoy todo el término pertenece a Ventosa, una de las veinticinco aldeas que componían la Comunidad de Villa y Tierra de San Pedro Manrique.  

Ventosa es una localidad de Tierras Altas, al norte de la provincia de Soria, cercana al límite de la Rioja, bañada por el río de igual nombre, cuyas aguas, a esas alturas del año y debido al deshielo, tenían un devenir cantarín y alegre. En el siglo XX, a la caída del Antiguo Régimen, fue municipio y su nombre era La Ventosa. Más tarde se le añadiría “de san Pedro” y se eliminaría el artículo. A mediados de ese siglo contaba con unos 300 habitantes; a finales, junto a Palacio, aldea que se le sumó en el siglo anterior, todavía conservaban entre las dos 143 habitantes cuando fueron integradas en San Pedro Manrique. El siglo XXI ha sido nefasto para Ventosa, pues se ha quedado con unos 10 pobladores que la habitan en la actualidad. No es esa la imagen de despoblación la que produce una visita al pueblo. Sus casas están en buen estado, incluso se sigue construyendo. Muchas de sus viviendas son casas rurales, lo que indica que su habitabilidad es buena y requerida. Hay agua fresca que mana de sus fuentes, posee frontón, lavadero y un espacio para juego de niños. Es curioso como los pueblos casi deshabitados nunca abandonan esas ansias de que por sus calles correteen los niños.

Rabanera fue una localidad de Tierras Altas de la que únicamente quedan los despojos de su ermita. Parece ser que fue un incendio el que ocasionó el despoblamiento, y ya a finales del siglo XVIII no vivía nadie. Se conoce una sentencia de 1746 del Obispado de Calahorra que obligaba, a unos vecinos de La Ventosa, a devolver la campana mayor que habían sustraído violentamente de la iglesia de Rabanera. Allí parece que fue a parar también su pila de agua bendita. Otros bienes fueron a Montaves y Palacio, por lo que a estos pueblos se les conoce como «los lugares de la campana». Lidia Andrés y Vidal Postigo nos comentan que en la ermita se realizaba una romería el 25 de abril, día de San Marcos, en la que participaban los tres pueblos y en la que cantaban las letanías menores a la Virgen de la Blanca.

La iglesia estuvo en uso hasta principios del siglo XIX, pues, según Isabel Goig, en 1818 los habitantes de La Ventosa, para no tener que desplazarse hasta Rabanera, construyeron a las afueras del pueblo la ermita de Nuestra Señora de la Concepción, mucho más próxima. Parece ser que en aquella época no se podían celebrar dos misas diarias en el mismo altar, por lo que los festivos y domingos al acabar la jornada, los que no habían asistido a la primera misa en la iglesia de san Roque de La Ventosa debían desplazarse hasta Nuestra Señora de la Blanca del despoblado de Rabanera.

Rabanera es un lugar expuesto al viento helador del norte, si bien desde él se contempla un paisaje ondulado, verde, solitario, íntimo y muy estremecedor. A ese paisaje lo acompaña un silencio cautivador. Alguna granja dispersa rompe la visión anterior. En la fecha en que se realizó este viaje, el paraje todavía conservaba nieve en las laderas peladas y en la vegetación roma de sus taludes. No impedía esto que los árboles ya arrebujaran sus flores blancas anunciadoras de una primavera que quería abrirse paso en estos fríos lugares.

Según nos acercamos a la ermita, en primer término destaca un viejo tronco de olmo tumbado en el suelo. Desde que Josemi Lorenzo escribiera “Documentar un chiste” (ABC de 30 de noviembre de 2014) este lugar se ha convertido en un auténtico “photocall” del viajero que se acerca por estos lugares.



La iglesia románica tuvo una única nave cubierta con bóveda de cañón de tres tramos sostenida por tres arcos fajones, que se apoyaban en pilastras, hoy expoliadas, pero que dejaron la impronta en el muro norte. En ese mismo muro y en la cabecera todavía se conserva la cornisa de perfil achaflanado sobre la que volteaba la bóveda. La iglesia se construyó en mampostería y la espadaña en sillarejo. Su cabecera tenía un presbiterio recto y un ábside semicircular cubierto con bóveda de cuarto de esfera. En el eje del hemiciclo se abre una sencilla ventana abocinada al interior. El muro meridional ha desaparecido y con ello su portada. Tuvo dos puertas, quedando solo la abierta al norte, hoy semienterrada. Sobre el hastial occidental, se yergue una esbelta espadaña, la más estilizada del románico soriano, construida en sillarejo. Tiene esta bonita torre dos vanos para campanas de arcos apuntados sobre imposta de nacela y remate a piñón en el que se abría un campanil, hoy cegado, donde encontraría acomodo una pequeña campana o pascualeja.

 

En los primeros días de la Guerra Civil, esos muros fueron mudos testigos de un hecho luctuoso, ya que junto a ellos fueron fusilados seis ediles del Ayuntamiento de San Pedro Manrique y enterrados en sus cercanías por vecinos de Ventosa. No fue hasta 1979 cuando sus familiares pudieron exhumar la fosa común en la que se encontraban y llevar los restos al cementerio de San Pedro Manrique. Hogar y Pueblo, en su edición del miércoles 4 de julio, dejaba constancia de ello en el artículo “Ya están en el camposanto” firmado por FCH. Por este hecho es la ermita de Rabanera un lugar de memoria, que merece ser conservado, así como recordar el lugar con un monolito. Desgraciadamente, esta preciosa torre está a punto de caer si alguien no lo remedia, con lo que aquí acabará definitivamente la historia de Rabanera. Las piedras más fuertes y ricas, los sillares, su arco de gloria, su portada, han desaparecido, y lo poco que queda es el habitáculo donde han encontrado acomodo las zarzas y las malas hierbas. Todo aquí es abandono. Adosado a la iglesia debió encontrarse el cementerio, y protegidos por sus paredes se reunían los miembros de la Mesta que componían la cuadrilla llamada Rabanera. Mucha historia pretérita y creemos que poca futura. Ese es el destino de nuestros despoblados y de nuestra historia.



José Manuel Rodríguez Montañés, en la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, llamaba la atención sobre la agonía de los restos de la ermita de Rabanera. Han pasado más de dos décadas desde que esto se escribiera y los despojos de la ermita siguen en pie, aunque en difícil equilibrio. Todavía no es tarde para actuar y consolidar este lugar de memoria.

 

BIBLIOGRAFÍA:



- ANDRÉS GARCÍA, Lidia; POSTIGO ESCRIBANO, Vidal (1996): Sobre ermitas, templos y religiosidad popular en Tierras Altas. Revista de Soria IIª época, nº 15.
- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de San Roque de Ventosa de San Pedro. (Soria).
- GOIG SOLER, Isabel (2014): Las móndidas de Ventosa de San Pedro, 2014, artículo de su web consultado el 17/08/2022
- GOIG SOLER, Isabel (2014): Ermitas de Soria. La ermita de Nuestra Señora de la Concepción, en Ventosa de San Pedro artículo de su web consultado el 17/08/2022
- LORENZO ARRIBAS, Josemi (2007): Campanas en la provincia de Soria: una novedad editorial y algunos apuntes ilustrados sobre esas campanas y sus campanarios, artículo publicado en Culturas Populares. Revista Electrónica 5 (julio-diciembre 2007) disponible en http://www.culturaspopulares.org/textos5/articulos/lorenzo.pdf
- LORENZO ARRIBAS, Josemi (2019): Románico romántico. Apuntes de la provincia de Soria. Soria. Millán y Las Heras Editores.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional
- RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, J.M. (2002): VENTOSA DE SAN PEDRO. Iglesia de Rabanera en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1201-1204.
- Web Despoblados de Soria. Asociación de Amigos del Museo Numantino.

sábado, 30 de julio de 2022

EL ANTIGUO CEMENTERIO DE SERÓN DE NÁGIMA: LA IGLESIA DE LA SANTA CRUZ

"Por Serón iremos acercándonos a la comarca ambigua, tan aragonesa como
castellana, por la que el río Nájima amplía hacia el norte la cuenca del
Jalón. La del Nájima es ancha y llana, con movimiento de colinas,
y el pantano felizmente terminado de Monteagudo asegura
el riego a unas setecientas cincuenta hectáreas, . . .”

Soria. Dionisio Ridruejo



El 28 de marzo nos pusimos en camino para visitar Serón de Nágima. En esta ocasión tuvimos el placer de que nos sirviera de cicerone Jesús Angulo y nos acompañara Joaquín Machín. Tras la pesadez de los días nublados, un respiro permitió al sol hacerse ver, aunque no se notó su calor, pues el día estuvo frío y un tanto ventoso. La primavera, no obstante, ya había inundado los árboles y donde solo hubo madera aparecieron las flores que la adornaban y delataban.

Antes de llegar a nuestro destino, visitamos el despoblado de Borque, en Velilla de los Ajos. Jesús Angulo nos condujo posteriormente al despoblado de Valdemora en el que otra iglesia abandonada, en este caso gótica, resiste alejada del interés general, y paseamos por Bliecos para visitar lo que en su día debió de ser el priorato de San Martín de Finojosa y el paraje estupendo de Nuestra Señora de la Cabeza, al lado del río Nágima.

Tras todo este periplo alcanzamos Serón de Nágima, localidad central de esta entrega. Allí, casualmente, encontramos a José Antonio Alonso, conocedor del territorio, no en vano lleva 12 libros escritos sobre la localidad. Antes de comenzar nuestra visita tomamos un refrigerio en el espacioso bar en el que los hombres hablaban del precio del trigo. José Antonio, amablemente, pospuso por unas horas su regreso a Madrid, ciudad en la que reside, para acompañarnos.

Serón de Nágima tiene un pasado, sin duda, musulmán. Allí donde hoy se asienta la iglesia de Nuestra Señora del Mercado hubo en su día una mezquita, y al lado de ella, se encontraba la alhóndiga, derribada en la primera década del siglo XXI para acoger un inmueble que pretendió ser un centro social, hoy inconcluso, y del que solo se ha levantado un esqueleto de hormigón que en nada mejora el entorno. Llegó casi a las mil almas a principios del siglo XX, hoy a duras penas alcanza las doscientas.

En el periplo guiado, José Antonio nos llevó a la ermita de la Virgen de la Vega que, aunque muy transformada, conserva algún resto de su pasado románico, también al solar de la iglesia de Santiago, a la parroquia de Nuestra Señora del Mercado y, callejeando por la villa, vimos la antigua casa parroquial, terminando por visitar el viejo cementerio y los restos de la iglesia de la Santa Cruz.

Situada en la margen derecha del río Nágima y a menos de un kilómetro de la villa, nos encontramos con los restos de la antigua parroquial de la Santa Cruz. Hoy es una zona de huertas, frondosa, con árboles, y donde la hiedra engalana el muro perimetral y parte del ábside, que oculta a los ojos del viajero la vieja parroquia.

Es esta una de las muchas parroquias medievales que en la provincia de Soria cumplen una función cementerial, motivo por el que es posible que hayan llegado hasta nuestros días. En este caso, este espacio fue cementerio de la villa de Serón hasta 1924, momento en que se construyó uno nuevo en el cruce de las carreteras que van a Mazaterón y a Torlengua. Nos cuenta José Antonio Alonso que en 1820 la parroquia estaba en estado ruinoso y que el Obispo de Osma ordenó su demolición, y que con sus materiales se cerrara la Capilla Mayor y se construyera un cementerio o humilladero. Además, mandó colocar una cruz lo más decente que se pudiera en el lugar que estuvo el tabernáculo. En la capilla se enterrarían las personas más pudientes, dejando constancia de ello en la actualidad algunas placas de mármol. Como pasó en otros lugares como Brías o Huérteles, estas actuaciones facilitaron la conservación, al menos, del ábside de la antigua iglesia románica.

La tradición nos cuenta que este espacio pudo pertenecer a un pequeño monasterio. Los monjes lo levantaron para abandonarlo al poco tiempo, pasando a convertirse en parroquia. De la antigua iglesia románica, hoy conocida como del Santo Cristo, no queda más que su cabecera con un amplio ábside y presbiterio, así como parte del muro norte, pero en tiempos fue una parroquia que daba servicio al barrio bajo del pueblo. Su fábrica es mayoritariamente de mampostería y, como viene siendo frecuente, se utilizaría el sillar en las esquinas y vanos. El edificio tendría una única nave, con entrada al sur. El arco triunfal que da paso al presbiterio es tan apuntado que podría pasar por gótico, lo que nos indica una fecha de construcción ya en el siglo XIII.

El amplio ábside se cubre con bóveda de horno apuntada, y el presbiterio ligeramente más ancho lo hace con cañón apuntado, las dos en buena sillería. Al exterior ambos están a la misma altura, con una cornisa de chaflán y listel que se encuentra soportada por canecillos de nacela y proa de barco y algunos con cabezas de animales. La hiedra, que coloniza el ábside, no deja ver la ventana absidal, ni al exterior ni al interior, pues a través de unas grietas está también colonizando el muro absidal. Si observamos con atención podemos distinguir como en el lado sur del presbiterio se abrió otra ventana que después se tapió. El interior de la cabecera se encuentra revocado con un despiece de sillería en blanco sobre fondo azulado.

El arco triunfal, muy apuntado, aparece doblado, si bien el arco exterior parece una chambrana. Apoya sobre unas semicolumnas con capiteles y basas que repiten la misma forma, pero invertida. Corona este hastial una cruz latina que, sin duda, se colocó cuando la iglesia se convirtió en cementerio.

En el muro sur se encontraba la portada, que, con alguna ampliación del cementerio, se trasladó al nuevo muro en el que aparecen muchas piezas medievales, especialmente sillares. La portada, que pudo ser modificada, es hoy un sencillo arco de medio punto apoyado sobre las jambas, con imposta de nacela y con una chambrana exterior. Al traspasar las puertas de forja, en un sillar de la jamba oriental se grabó una cruz de malta inscrita en un doble círculo, que estuvo pintada de negro. En este muro perimetral y en su ángulo noreste, se utilizó una antigua estela medieval con vástago como un sillar esquinero. La cara que vemos está decorada con una cruz de brazos curvos inscrita en un círculo.

Hoy todo el conjunto se encuentra en un absoluto abandono, atacado por las hierbas, aunque es verdad, que hace unos años, se llevaron a cabo unas obras de mantenimiento que han permitido que este fragmento de la antigua iglesia nos llegue hasta la actualidad. Pero el espacio debe ser dignificado con una limpieza y conservación, y con la retirada de la hiedra del espacio absidal, pues sin duda está dañando la fábrica románica.

BIBLIOGRAFÍA:

- ALONSO HERNÁNDEZ, J.A. (2018): “Serón de Nágima. Memorias de un pueblo soriano” Tomo VI. Madrid. Editorial LiberFactory.

-  ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia Nuestra Señora del Mercado de Serón de Nágima. (Soria).  

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

sábado, 18 de junio de 2022

SAN LORENZO DE BOÓS, ROMANICO ARRUINADO Y EXPOLIADO.

  

“Boós está muy centrado en las tierras de Soria y a él se llega, viniéndole
de Bayubas por un fecundo pinar que de pronto se interrumpe
en un corte tajante para cambiar a otra especie
forestal: el enebro o la sabina, . . .”

Memorial de Soria. Miguel Moreno.

Cuando decidimos realizar la visita nos encontrábamos en los primeros días fríos de febrero, concretamente en el octavo. El objetivo de nuestro viaje era Boós, una localidad con ese nombre tan extraño y que según uno de sus habitantes se trata del genitivo de buey en griego (Bous, boos).

Para llegar a esa localidad hay que tomar la N-122 en dirección a Valladolid. Ya sabíamos que, de vez en cuando, una rotonda nos reconduciría a la A-11 para que la utilizásemos “un tramito”. Así estamos. Pasado el cruce de Calatañazor y antes de llegar a Blacos, en pleno puerto del Temeroso, encontraremos a la izquierda un cruce que marca los cinco kilómetros que nos separan de Rioseco. Esa carretera, la SO-P-4046, nos llevará a ese municipio y, una vez allí, hemos de coger un desvío hacia la derecha, por la SO-P-4248. Dejaremos a un lado el campo de golf de Rioseco y al poco tiempo estaremos en Boós.


Hemos aprovechado el viaje para acercarnos al despoblado de Velasco que se encuentra en la consabida A-11, antes de llegar a El Burgo de Osma. Quedan allí los restos de una docena de casas levantadas en su día con adobe y, a veces, con ladrillo. Erguida y digna continua en pie la caja de los muros de su iglesia.

Boós es una bonita localidad que durante los siglos XVIII y XIX albergó a más de 200 personas. Fue un lugar de realengo que se constituyó en municipio con la caída del Antiguo Régimen; incluso creció durante el siglo XIX al incorporar a Valverde de los Ajos. Pero el siglo XX ha sido maldito para los pequeños pueblos y Boós, que hoy apenas alcanza la veintena de pobladores, terminó incorporándose a Valdenebro al que tampoco le sobra población, pues no llega a 100 el número de habitantes. Conserva Boós detalles curiosos: alguna casa mantiene un tejado vegetal; al lado de un espacio de juegos infantiles para niños que no están, pero que volverán los fines de semana y los veranos, encontramos una casa, de gran encanto, reconstruida con barro, adobe y madera, gracias al programa Leader. Otras casas, de estilo parecido, eran utilizadas, cuando había niños, como escuela. Una para ellos; otra, para ellas. La de niños fue comprada, según nos cuentan, por un panadero de apellido Catalina, y en el muro de levante, mirando a la iglesia, expone una placa en gratitud al maestro Hermógenes Sanz Ucero que, acudiendo a regañadientes al pueblo desde Calatañazor cuando le dieron destino, se quedó y vivió allí durante 41 años contribuyendo a la formación de niños para que rindieran con su trabajo y educación en otro lugar, seguramente lejano. Hoy sus puertas están definitivamente cerradas. En nuestro paseo por la localidad dos perras cariñosas nos acompañan, lo que no es óbice para que se peleen con los gatos que quieren robar su comida; contemplamos, por fuera, pues hoy en día resulta difícil el acceso a las iglesias, la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVII pero que conserva dos canecillos románicos, uno de ellos mutilado y otro de una mujer mostrando su sexo.

Nuestro paseo se ve interrumpido por el claxon que anuncia la llegada del panadero. Es una llamada para que los pocos vecinos que hoy habitan el pueblo salgan a comprar tan preciado alimento. Dos veces por semana se produce este fenómeno que no es solo una compraventa, sino una ocasión invernal para verse con sus vecinos. No hay bar, ni iglesia, ni temperatura que invite a salir a la calle y hablar de la soledad. También resulta difícil coincidir en las labores agrícolas, pues pocos se dedican ya al regadío de ese fértil vallecito del río Sequillo que daba patatas, judías y remolacha.

Al dirigirnos hacia la iglesia de Boillos nos encontramos a la salida del pueblo con una fuente de piedra coqueta y un alargado y estrecho abrevadero. Nos acercamos a la antigua iglesia de San Lorenzo. Alrededor de ella, en tiempos pretéritos, se desarrolló un pequeño pueblo llamado Boillos. Hoy, decrépita, está rodeada, como isla, por un campo arado hasta casi sus tapias. Aseguran los pocos pobladores del pueblo que no hace ni treinta años que ellos iban de romería a esa iglesia que todavía conservaba su tejado. Nos cuentan que los niños acudían por las tardes a echar aceite al candil del Sagrario para que siempre estuviera iluminado en la ermita. Allí se celebraban tres festividades, Jueves Santo, vísperas de la Ascensión y San Lorenzo (10 de agosto), que por motivo de la cosecha era una celebración de fecha cambiante según decidía el Ayuntamiento.



Nos cuenta D. Fausto, sacerdote nacido en la localidad, que el martes antes de la solemnidad de la Ascensión se celebraba misa en San Lorenzo y se bendecían los campos; a continuación, el pueblo subía a la Cruz del Carrascal. El Ayuntamiento llevaba dos botos de vino que dejaba en el “enebro del vino” y lo repartía entre los vecinos en una especie de tazas o conchas de plata; mientras, los vecinos llevaban su propia comida.

Hoy San Lorenzo prácticamente es una ruina. Aunque las paredes siguen en pie, la techumbre no existe y en su interior las hierbas se han adueñado del espacio. Su factura es pobre, de mampostería y sillares en las esquinas. Tanto al exterior como al interior destaca ese color rojizo que nos acerca a los pueblos rojos de la Sierra de Ayllón. Se aprecian dos partes diferenciadas: una románica y otra, fruto de una ampliación realizada en el siglo XVIII, todavía más pobre; precisamente la cabecera más moderna es la que peor está soportando el paso del tiempo.

Era una iglesia de una sola nave, quizás con cabecera semicircular en la que, en el siglo XVIII, se acometió una reforma que la transformó en cuadrangular y se abrieron dos vanos con ladrillo mudéjar en la espadaña de poniente. Un arco triunfal doblado separaba la nave del presbiterio. El arco era sostenido con dos medias columnas con sus capiteles: el de la izquierda con hojas y el de la derecha con figuras antropomorfas. Dos ventanas adinteladas con recerco de ladrillo iluminaban la cabecera, mientras que la otra, también adintelada, pero de sillería, y que milagrosamente conserva su reja de forja, iluminaba la nave desde el sur. En el muro de poniente, una ventanita de arco de medio punto y abocinada hacia el interior se encuentra tapiada. En el desbarajuste que se observa en el interior de la nave, a los pies de la misma, todavía resiste una pila bautismal muy pobre, cubierta con restos de tejas, y en el solado un gran agujero.

Al sur se abre la puerta de entrada con arco de medio punto doblado y chambrana de nacela. Los arcos apoyan directamente en una imposta de nacela simple, careciendo de cualquier decoración. Ahora bien, si nos fijamos un poco vemos que, en el intradós del salmer de poniente, alguien esculpió un grafiti donde vemos la parrilla de San Lorenzo.

La iglesia contaba con un altarcillo presidido por una imagen de San Lorenzo y con un San Isidro, al parecer obra de Juan Martínez, artista local autodidacta. Ambas imágenes se guardan en la parroquial de la Asunción.

En septiembre de 2018, en un verano lleno de saqueos patrimoniales, el arco triunfal fue expoliado con saña, por lo que los vecinos tuvieron que colocar unos puntales metálicos para sostener el arco superior en muy difícil equilibrio. A principios de noviembre de 2018, en el marco de la “Operación Dovela”, se presentaron hasta 150 piezas recuperadas por la Guardia Civil, entre ellas se encontraban las dovelas, tambores, basas y capiteles del arco triunfal de San Lorenzo, que al parecer fueron entregadas en custodia al Ayuntamiento de Valdenebro. Esos días de septiembre el alcalde pedáneo hablaba en prensa de una posible consolidación-reconstrucción de estas ruinas. Los vecinos y vecinas con los que hemos hablado esperan ese milagro y están deseosos de que se reconstruya San Lorenzo de Boillos.


Termina nuestro recorrido en el aseadísimo pueblo de Rioseco, allí tomamos un café en el igualmente aseado restaurante los Quintanares y damos un paseo por sus calles, con la sorpresa feliz de ver en su frontón a los niños y las niñas de la escuela jugando.

BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Boós. (Soria).
- Conversaciones con D. Fausto, sacerdote natural de Bóos.
- HERALDO-DIARIO DE SORIA; FERNÁNDEZ, Virginia: "Expolian los capiteles de la ermita de San Lorenzo en Boós". 29 de septiembre de 2018. Soria.
- HUERTA HUERTA, P.L. (2002): BOOS. Ermita de San Lorenzo. Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 251-254.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional
- Página de Facebook Soy de Boós: https://www.facebook.com/soydeboos
- SORIA NOTICIAS: La `Operación Dovela´ rescata 150 piezas expoliadas del patrimonio cultural y religioso de la provincia. 05 de noviembre de 2018.
- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

domingo, 8 de mayo de 2022

LAS ERMITAS DE SAN JUAN Y SANTA ANA: EXTRAMUROS DE CALATAÑAZOR.



“A Calatañazor se va de bajada, y con revueltas, y a un kilómetro aparece
una ermita, la de la Soledad, al pie de un roquedal. El pueblo está
en la cima de este roquedal, y cuando llegamos arriba y
pasamos junto al letrero que pone Calatañazor,
ya no me acuerdo de Abejar”. 
 A PIE POR CASTILLA. En tierras de Soria. Josep María Espinàs

El primer día de febrero amaneció con un tiempo titubeante. Los días anteriores habían sido soleados y sin viento. El estreno del mes cubrió el cielo con algunas nubes y el frío viento, hizo que el día se presentara un tanto desapacible, aunque la mañana lo fue mejorando.

Nuestro destino, en esta ocasión, es bien conocido para tantos y tantos sorianos y para los que no lo son. Nos dirigíamos a Calatañazor por la N-122, salpicada por la A-11, hasta llegar, a un cruce a la derecha para tomar la SO-P-5026. En media hora llegamos a nuestro destino.

A Calatañazor lo rodea por el este y el sur el río Milanos, pero la localidad lo observa desde lo alto de un peñasco inexpugnable. El pueblo, que fue cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra de Calatañazor, se convirtió en municipio al caer el Antiguo Régimen, y llegó a albergar a más de 600 habitantes en el siglo XIX. Desde entonces su población ha ido descendiendo hasta los 37 que hoy figuran en el censo. Las pedanías de Abioncillo y La Aldehuela aumentan en 14 el magro resultado. Viven de un turismo vacacional y sus establecimientos reducen sus prestaciones el resto del tiempo: «aquí los bares no te sirven café hasta el verano, aunque estén abiertos. Si quieres tomar café tienes que ir a la Venta Nueva», se queja una desconsolada vecina.



La Villa de Calatañazor contó con once parroquias, muchas de ellas extramuros. Conocemos la carta que a finales del siglo XVIII D. Ramón Bas y Martínez, párroco de la Villa, dirigió al cartógrafo Tomás López. Por ella sabemos que de las 11 parroquias, al menos siete se encontraban extramuros. En el sector norte había cuatro, de ellas se conservan en muy buen estado la Soledad, antigua de San Nicolás, la caja de los muros de San Juan y escasos restos de Santa Ana y su collación. La pujante villa crecía fuera de la muralla.

Antes de iniciar la cuesta que nos conducirá al centro del pueblo, pudimos contemplar la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, ermita románica, recuperada y que, afortunadamente, no tiene cabida en esta serie del «románico mirando al cielo», por poseer una techumbre en buen estado. Su actual propietario es el ayuntamiento de Calatañazor y no el obispado lo que, en principio, augura un mejor futuro al edificio. Es del siglo XII y, sorprendentemente, su portada se ubica al norte, seguramente porque hacia ese lugar existía en aquellos ya remotos tiempos la collación de San Juan, y porque por el norte se extendería la habitación de sus pobladores. Hoy todo ha desaparecido. Las tierras de labor ocupan lo que durante en tiempos pretéritos fueron viviendas extramuros de Calatañazor. La Soledad mira desde lo alto a San Juan. Llama la atención su espléndido ábside y unos canecillos desgraciadamente interrumpidos, junto con la cornisa en la nave, por unas obras de restauración que igualaron la altura de esta a la de la cabecera.

Siguiendo por la misma carretera, a solo unos metros, en una zona habilitada para aparcamiento, se encuentra la ermita de San Juan Bautista. El edificio entra por pleno derecho en el románico sin techo. No tiene nada de él. Sin embargo, el aspecto de lo que queda de ella es bueno, fruto de una intervención que el Proyecto Soria Románica llevó a cabo en 2010. Entonces se consolidaron las ruinas, se limpió el entorno de vegetación y se acondicionó el aparcamiento. Esas obras permitieron a las ruinas salir de la ´Lista Roja´ del Patrimonio de Hispania Nostra. Años antes, nos relata J. Antonio Gonzalo, Presidente de la Asociación Cultural Amigos de Calatañazor, hubo un proyecto de reconstrucción de la ermita en colaboración de la Asociación con el Ayuntamiento y la Asociación Tierras Sorianas del Cid. Durante aquellos años la Asociación limpió de maleza el entorno de la ermita. El proyecto pretendía realizar un aparcamiento y en el interior un centro de recepción de visitantes e información, así como una sala de conferencias. Las dificultades económicas de la crisis de 2008 paralizaron el proyecto, pero en la actualidad se sigue con la idea de una posible reconstrucción, por lo que no se descarta que en unos años el inmueble pueda tener nueva cubierta y nuevos usos.

San Juan Bautista es una pequeña iglesia, de una única nave acabada en testero recto, algo, bastante común en la antigua Comunidad de Villa y Tierra de Calatañazor. La silueta de la caja de sus muros se repite por el rural soriano. La espadaña está desmochada como las que vemos en Golbán, La Pica o la ermita de San Marcos en el despoblado de Campicerrado. Su factura pobre es de sillarejo y mampostería, como casi todas las del románico rural soriano. Únicamente en las esquinas y la portada, mirando al sur, presume de sillares.

Es una bonita portada en la que se han repuesto algunas piezas. Ésta se resuelve con un arco de ingreso de medio punto y dos arquivoltas, una lisa y otra de fino bocel, separadas por una cenefa de tallos ondulantes y rematada con una chambrana con bifolias. Todo ello apeado sobre una línea de imposta con bifolias arrepolladas. Todavía conserva la portada en su parte superior dos canzorros que sirvieron de apoyo a la cubierta de un pequeño pórtico que protegió la portada.

La cabecera es recta, muy similar a como lo sería la de San Miguel de Parapescuez, y ligeramente más estrecha que la nave. Presbiterio y ábside se cubrirían con bóveda de cañón y la nave con cubierta de madera. En su interior, las paredes estarían enfoscadas. Parte del ábside aparece ocupado por los brotes de olmo que otrora ocultaban estos restos que han sido talados. Desde allí se observan los buitres majestuosos atravesando esa llanura recorrida por el río Abión, y se escuchan las máquinas que la Diputación ha desplegado para asear las cunetas de la carretera y ofrecer una cara hermosa al turista veraniego. También este inmueble es propiedad del ayuntamiento y, sin duda, una vez consolidado, ofrece múltiples posibilidades de utilización, en verano claro está; no olvidemos que se trata de un edificio desde cuyo interior, se mira al cielo.

Una ladera al norte nos separa de otra ermita, la de Santa Ana. La pendiente de la ladera no es suficiente para eliminar nuestra curiosidad. Un poco jadeantes alcanzamos la cima donde nos encontramos con dos edificios: las ruinas de Santa Ana y el depósito de aguas. El cerro domina el espigón de Calatañazor y ofrece al viajero unas vistas únicas de la villa amurallada. En ese alto se asentó una pequeña collación y hoy podemos ver los restos de una ermita muy pequeña y casi completamente derruida. Todavía se distingue parte de la caja de sus muros con la orientación canónica y su cabecera recta. A su alrededor se esparcen montones de piedras que, en su día, seguramente, formaban parte de alguna vivienda o de la misma iglesita. Entre las piedras se adivinan trozos de tejas, ya relajadas de su labor, y empotrada en el muro sur, todavía vemos una dovela, que con total certeza formó parte de la antigua portada. Por lo que observamos en los restos, esta, como otras muchas ermitas, durante un tiempo fue ocupada como majada, apareciendo ahora el espacio como un puzle de piedras de difícil interpretación.

Aquí acabaría nuestra jornada, sin embargo, ¿se puede estar en Calatañazor y no pasear por sus calles?, desde luego nosotros no; curiosos insaciables y enamorados de su historia y de su belleza.

Así pues, recorremos su empinada calle principal y llegamos a su plaza donde se alzan majestuosas las ruinas de su castillo. No nos resistimos, y subiendo sus escaleras, ahora restauradas, alcanzamos la cumbre, y pensamos admirados, en lo que las gentes del medievo sentirían al vislumbrar, desde las alturas, las imponentes huestes que el caudillo Almanzor había desplegado en la llanura para asediar su pueblo. ¿O sólo es una leyenda? Nos da igual, somos unos románticos buscando hazañas y soñando con batallas y gestas que nos lleven a encontrar gigantes donde solo hay molinos, ¿o no? ¿Qué nos impide soñar?


BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de Santa María del Castillo de Calatañazor. (Soria).
- AYLAGAS MIRÓN, A. (2002): La Villa y Tierra de Ucero en el año 1602: retrato con 400 años de antigüedad. Revista de Soria. Edita Excma. Diputación Provincial de Soria.
- HUERTA HUERTA, P.L. (2002): CALATAÑAZOR. Iglesia de Santa María del Castillo. Ermita de la Virgen de la Soledad. Ermita de San Juan. Casa particular en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 283-295.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional


sábado, 5 de marzo de 2022

LA ERMITA DE LA VIRGEN DE VILLAVIEJA DE UCERO, UNA RUINA CONSOLIDADA.

 

“Ucero, que tuvo rango de villa en el medievo, es la entrada más
hermosa al parque natural del Cañón del río Lobos. Un tajo
en la meseta que cobija excepcionales atractivos
geológicos, vegetales y faunísticos”.

Corazón de roble. Ernesto Escapa.

En la entrega anterior, entretuvimos nuestros ojos y quehaceres en el castillo y la iglesia de San Juan de Ucero. Pero el pueblo y sus alrededores dan para mucho más. Esa es la razón por la que hay una segunda parte; no para explicar todas sus posibilidades, que son muchas, sino para adentrarnos y poner la lupa en otra de esas iglesias románicas abiertas al cielo, y que reciben de él el agua, la nieve, el pedrisco, el viento o el sol.

Sin duda, el lugar que ocupa esta población ha sido apetitoso durante toda la historia. El río Ucero no es una causa menor. Un río que nace arrebatador de entre las peñas de la Galiana para beberse al Lobos. Sus aguas fueron trucheras, por lo menos, hasta el siglo XIX. Ayudaría esto a la población del lugar y, posteriormente, a los aficionados a esa actividad tan paciente como es la pesca de caña. En su andadura hacia el Sur, le ayudarán en su caudal el Abión y el Sequillo, entre otros arroyuelos de estas deshumedecidas tierras. Sus aguas enriquecieron la hermosura de la catedral de El Burgo y del castillo de Osma, y de la misma forma enriquecen los regadíos de La Rasa. Agotado y disminuido se ofrece al Duero cerca de Gormaz.

No pasó desapercibido este rincón para los romanos. Se instalaron allí, fundaron la villa de San Martín de Ucero y dejaron para la posteridad una preciosa y sorprendente canalización. Recogieron el agua, mediante un canal, en el lugar donde las aguas eran más puras, es decir, en el nacimiento del Ucero, y la trasportaron por dicho canal 18 kilómetros hasta llegar y abastecer a Uxama. Para ello no dudaron en excavar túneles como el cercano a Ucero, llamado la Cueva de la Zorra, de 133 metros de longitud y con aperturas de iluminación y control (pozos de ataque). Otra obra de ingeniería a la que nos tienen tan acostumbrados aquellos ingenieros romanos.

Hoy el municipio, porque municipio es desde el siglo XIX, ocupa mayormente una leve ladera en la margen derecha del río, aunque también en la margen izquierda extiende algunas viviendas y servicios. Bien cuidado y regado, además de por el río, por el dinero que atrae el Cañón. Dominando las alturas del pueblo se encuentra la iglesia de San Juan, deudora de la antigua, ubicada cerca del castillo. Camino de la ermita de Nuestra Señora de Villavieja, nuestra fortuna nos lleva por una calle en la que Segundo, un vecino del pueblo, toma tranquilamente el sol. Con amabilidad, con esa amabilidad de quien tiene poca oportunidad de hablar, nos cuenta que tiene 6 gatos. -¿Saben ustedes para qué?-, nos pregunta. Ha corrido tan rápido el tiempo que los mayores desconfían de la sabiduría de quien tiene pocos años menos que ellos. Efectivamente, Segundo y sus gatos han acabado con los ratones merodeadores. Sistema este inteligente que desde centenares de años usan en muchos monasterios para proteger los incunables que se recuestan en sus estanterías. Reparamos en una gran tinaja sobre un colador de madera, próxima a la puerta de su casa. En ella, antaño, se lavaba la ropa y por una ranura salía el agua sobrante. Hoy, que están tan de moda los reciclajes, la vasija hace de maceta. A Segundo, la edad, los achaques y los médicos le han prohibido beber vino. -¿Para qué ir entonces al bar?-.

No pasó desapercibido este rincón para los romanos. Se instalaron allí, fundaron la villa de San Martín de Ucero y dejaron para la posteridad una preciosa y sorprendente canalización. Recogieron el agua, mediante un canal, en el lugar donde las aguas eran más puras, es decir, en el nacimiento del Ucero, y la trasportaron por dicho canal 18 kilómetros hasta llegar y abastecer a Uxama. Para ello no dudaron en excavar túneles como el cercano a Ucero, llamado la Cueva de la Zorra, de 133 metros de longitud y con aperturas de iluminación y control (pozos de ataque). Otra obra de ingeniería a la que nos tienen tan acostumbrados aquellos ingenieros romanos.

Hoy el municipio, porque municipio es desde el siglo XIX, ocupa mayormente una leve ladera en la margen derecha del río, aunque también en la margen izquierda extiende algunas viviendas y servicios. Bien cuidado y regado, además de por el río, por el dinero que atrae el Cañón. Dominando las alturas del pueblo se encuentra la iglesia de San Juan, deudora de la antigua, ubicada cerca del castillo. Camino de la ermita de Nuestra Señora de Villavieja, nuestra fortuna nos lleva por una calle en la que Segundo, un vecino del pueblo, toma tranquilamente el sol. Con amabilidad, con esa amabilidad de quien tiene poca oportunidad de hablar, nos cuenta que tiene 6 gatos. -¿Saben ustedes para qué?-, nos pregunta. Ha corrido tan rápido el tiempo que los mayores desconfían de la sabiduría de quien tiene pocos años menos que ellos. Efectivamente, Segundo y sus gatos han acabado con los ratones merodeadores. Sistema este inteligente que desde centenares de años usan en muchos monasterios para proteger los incunables que se recuestan en sus estanterías. Reparamos en una gran tinaja sobre un colador de madera, próxima a la puerta de su casa. En ella, antaño, se lavaba la ropa y por una ranura salía el agua sobrante. Hoy, que están tan de moda los reciclajes, la vasija hace de maceta. A Segundo, la edad, los achaques y los médicos le han prohibido beber vino. -¿Para qué ir entonces al bar?-.


El libro de Fabrica de San Juan Bautista de Ucero (1807-1861) nos ayuda a la interpretación de la cabecera y de la estela. Por él sabemos que la iglesia, ya convertida en ermita, se encontraba arruinada en 1859. El párroco Blas Peñacoba dirigió una súplica al Obispo de la Diócesis de Osma, en la que solicitaba permiso para reedificar la ermita de Nuestra Señora de la Villa Vieja. Al parecer el vecindario adeudaba una importante suma de dinero a la Iglesia desde 1848, así como otra deuda al anterior párroco de la Villa,  José Guerra, por lo que Blas Peñacoba, viendo que el pueblo no podía hacer frente a la misma sin caer en la ruina, acordó con el vecindario que se devolviera la deuda con jornadas de trabajo y con el transporte a pie de obra de todos los materiales necesarios para su reedificación.  Don Blas afirmaba que el pueblo profesaba una gran devoción a esta imagen y estaba convencido de que con ayuda del pueblo y con el importe de unas ventas del horno (de miel), la ermita se reedificaría sin que fuera muy costoso a los lugareños. El Obispo, Vicente Hornos San Martín concedió su permiso en septiembre de 1859.

Fue entonces cuando se rehízo la cabecera y quizás el alero. El ábside, hoy recto, pudo ser semicircular en el pasado. Estos edificios estuvieron vivos y soportaron estoicamente tantos cambios como los tiempos y los humanos requerían.  Ese ábside es de la misma anchura que la nave. En él se van a reutilizar materiales del viejo templo, así podemos ver en la esquina nororiental una imposta ajedrezada que pudo formar parte de una cornisa. Además, en el sector Sureste un sillar acoge una decoración singular: un sogueado cuadrado tiene en su interior una especie de corona de zarcillos, una composición en la que el investigador Jaime Nuño González creyó ver “un cierto aire musulmán”. El interior se encuentra dominado por la maleza y las sabinas. Los muros, que combinan partes románicas con otras postmedievales,  aparecen enfoscados con una capa de yeso.

Los problemas de la cabecera no se solucionaron con la reedificación de 1859, pues en 2016 la Parroquia de Ucero se verá obligada a consolidar estas ruinas. Es entonces cuando fueron retirados los elementos susceptibles de desprendimiento de las partes superiores (tejas y piedras) y, se colocó un anclaje longitudinal en la parte Este de la crujía abrazando los dos muros mediante una escuadra a base de perfiles metálicos; además se consolidaron los muros con una albardilla de hormigón. Fue en ese momento cuando se retiró la estela medieval, dejando un vacío en el alero, que el viajero busca sin encontrarlo. Una réplica de la misma hubiera satisfecho al curioso viandante.

Para Jaime Nuño González, las características de este edificio son complejas, pues contiene elementos del románico, pero también otros que tienen un aire musulmán y otros muchos que lo asemejan al mundo prerrománico, proponiendo una datación para las décadas 1060 o 1070. La complejidad del edificio, que podría ser uno de los más antiguos de la provincia, debería ser suficiente razón para su reparación con una nueva cubierta y para un estudio arqueológico que dé luz al desconocimiento que los especialistas dicen tener. Estamos seguros, sin embargo, que ese desconocimiento es mayor entre aquellos que, por haberla usado, deberían conocerla y protegerla.

BIBLIOGRAFÍA:

-  ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de San Juan Bautista de Ucero. (Soria).  

- AYLAGAS MIRÓN, A. (2002): La Villa y Tierra de Ucero en el año 1602: retrato con 400 años de antigüedad. Revista de Soria. Edita Excma. Diputación Provincial de Soria. 

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.