domingo, 8 de mayo de 2022

LAS ERMITAS DE SAN JUAN Y SANTA ANA: EXTRAMUROS DE CALATAÑAZOR.



“A Calatañazor se va de bajada, y con revueltas, y a un kilómetro aparece
una ermita, la de la Soledad, al pie de un roquedal. El pueblo está
en la cima de este roquedal, y cuando llegamos arriba y
pasamos junto al letrero que pone Calatañazor,
ya no me acuerdo de Abejar”. 
 A PIE POR CASTILLA. En tierras de Soria. Josep María Espinàs

El primer día de febrero amaneció con un tiempo titubeante. Los días anteriores habían sido soleados y sin viento. El estreno del mes cubrió el cielo con algunas nubes y el frío viento, hizo que el día se presentara un tanto desapacible, aunque la mañana lo fue mejorando.

Nuestro destino, en esta ocasión, es bien conocido para tantos y tantos sorianos y para los que no lo son. Nos dirigíamos a Calatañazor por la N-122, salpicada por la A-11, hasta llegar, a un cruce a la derecha para tomar la SO-P-5026. En media hora llegamos a nuestro destino.

A Calatañazor lo rodea por el este y el sur el río Milanos, pero la localidad lo observa desde lo alto de un peñasco inexpugnable. El pueblo, que fue cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra de Calatañazor, se convirtió en municipio al caer el Antiguo Régimen, y llegó a albergar a más de 600 habitantes en el siglo XIX. Desde entonces su población ha ido descendiendo hasta los 37 que hoy figuran en el censo. Las pedanías de Abioncillo y La Aldehuela aumentan en 14 el magro resultado. Viven de un turismo vacacional y sus establecimientos reducen sus prestaciones el resto del tiempo: «aquí los bares no te sirven café hasta el verano, aunque estén abiertos. Si quieres tomar café tienes que ir a la Venta Nueva», se queja una desconsolada vecina.



La Villa de Calatañazor contó con once parroquias, muchas de ellas extramuros. Conocemos la carta que a finales del siglo XVIII D. Ramón Bas y Martínez, párroco de la Villa, dirigió al cartógrafo Tomás López. Por ella sabemos que de las 11 parroquias, al menos siete se encontraban extramuros. En el sector norte había cuatro, de ellas se conservan en muy buen estado la Soledad, antigua de San Nicolás, la caja de los muros de San Juan y escasos restos de Santa Ana y su collación. La pujante villa crecía fuera de la muralla.

Antes de iniciar la cuesta que nos conducirá al centro del pueblo, pudimos contemplar la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, ermita románica, recuperada y que, afortunadamente, no tiene cabida en esta serie del «románico mirando al cielo», por poseer una techumbre en buen estado. Su actual propietario es el ayuntamiento de Calatañazor y no el obispado lo que, en principio, augura un mejor futuro al edificio. Es del siglo XII y, sorprendentemente, su portada se ubica al norte, seguramente porque hacia ese lugar existía en aquellos ya remotos tiempos la collación de San Juan, y porque por el norte se extendería la habitación de sus pobladores. Hoy todo ha desaparecido. Las tierras de labor ocupan lo que durante en tiempos pretéritos fueron viviendas extramuros de Calatañazor. La Soledad mira desde lo alto a San Juan. Llama la atención su espléndido ábside y unos canecillos desgraciadamente interrumpidos, junto con la cornisa en la nave, por unas obras de restauración que igualaron la altura de esta a la de la cabecera.

Siguiendo por la misma carretera, a solo unos metros, en una zona habilitada para aparcamiento, se encuentra la ermita de San Juan Bautista. El edificio entra por pleno derecho en el románico sin techo. No tiene nada de él. Sin embargo, el aspecto de lo que queda de ella es bueno, fruto de una intervención que el Proyecto Soria Románica llevó a cabo en 2010. Entonces se consolidaron las ruinas, se limpió el entorno de vegetación y se acondicionó el aparcamiento. Esas obras permitieron a las ruinas salir de la ´Lista Roja´ del Patrimonio de Hispania Nostra. Años antes, nos relata J. Antonio Gonzalo, Presidente de la Asociación Cultural Amigos de Calatañazor, hubo un proyecto de reconstrucción de la ermita en colaboración de la Asociación con el Ayuntamiento y la Asociación Tierras Sorianas del Cid. Durante aquellos años la Asociación limpió de maleza el entorno de la ermita. El proyecto pretendía realizar un aparcamiento y en el interior un centro de recepción de visitantes e información, así como una sala de conferencias. Las dificultades económicas de la crisis de 2008 paralizaron el proyecto, pero en la actualidad se sigue con la idea de una posible reconstrucción, por lo que no se descarta que en unos años el inmueble pueda tener nueva cubierta y nuevos usos.

San Juan Bautista es una pequeña iglesia, de una única nave acabada en testero recto, algo, bastante común en la antigua Comunidad de Villa y Tierra de Calatañazor. La silueta de la caja de sus muros se repite por el rural soriano. La espadaña está desmochada como las que vemos en Golbán, La Pica o la ermita de San Marcos en el despoblado de Campicerrado. Su factura pobre es de sillarejo y mampostería, como casi todas las del románico rural soriano. Únicamente en las esquinas y la portada, mirando al sur, presume de sillares.

Es una bonita portada en la que se han repuesto algunas piezas. Ésta se resuelve con un arco de ingreso de medio punto y dos arquivoltas, una lisa y otra de fino bocel, separadas por una cenefa de tallos ondulantes y rematada con una chambrana con bifolias. Todo ello apeado sobre una línea de imposta con bifolias arrepolladas. Todavía conserva la portada en su parte superior dos canzorros que sirvieron de apoyo a la cubierta de un pequeño pórtico que protegió la portada.

La cabecera es recta, muy similar a como lo sería la de San Miguel de Parapescuez, y ligeramente más estrecha que la nave. Presbiterio y ábside se cubrirían con bóveda de cañón y la nave con cubierta de madera. En su interior, las paredes estarían enfoscadas. Parte del ábside aparece ocupado por los brotes de olmo que otrora ocultaban estos restos que han sido talados. Desde allí se observan los buitres majestuosos atravesando esa llanura recorrida por el río Abión, y se escuchan las máquinas que la Diputación ha desplegado para asear las cunetas de la carretera y ofrecer una cara hermosa al turista veraniego. También este inmueble es propiedad del ayuntamiento y, sin duda, una vez consolidado, ofrece múltiples posibilidades de utilización, en verano claro está; no olvidemos que se trata de un edificio desde cuyo interior, se mira al cielo.

Una ladera al norte nos separa de otra ermita, la de Santa Ana. La pendiente de la ladera no es suficiente para eliminar nuestra curiosidad. Un poco jadeantes alcanzamos la cima donde nos encontramos con dos edificios: las ruinas de Santa Ana y el depósito de aguas. El cerro domina el espigón de Calatañazor y ofrece al viajero unas vistas únicas de la villa amurallada. En ese alto se asentó una pequeña collación y hoy podemos ver los restos de una ermita muy pequeña y casi completamente derruida. Todavía se distingue parte de la caja de sus muros con la orientación canónica y su cabecera recta. A su alrededor se esparcen montones de piedras que, en su día, seguramente, formaban parte de alguna vivienda o de la misma iglesita. Entre las piedras se adivinan trozos de tejas, ya relajadas de su labor, y empotrada en el muro sur, todavía vemos una dovela, que con total certeza formó parte de la antigua portada. Por lo que observamos en los restos, esta, como otras muchas ermitas, durante un tiempo fue ocupada como majada, apareciendo ahora el espacio como un puzle de piedras de difícil interpretación.

Aquí acabaría nuestra jornada, sin embargo, ¿se puede estar en Calatañazor y no pasear por sus calles?, desde luego nosotros no; curiosos insaciables y enamorados de su historia y de su belleza.

Así pues, recorremos su empinada calle principal y llegamos a su plaza donde se alzan majestuosas las ruinas de su castillo. No nos resistimos, y subiendo sus escaleras, ahora restauradas, alcanzamos la cumbre, y pensamos admirados, en lo que las gentes del medievo sentirían al vislumbrar, desde las alturas, las imponentes huestes que el caudillo Almanzor había desplegado en la llanura para asediar su pueblo. ¿O sólo es una leyenda? Nos da igual, somos unos románticos buscando hazañas y soñando con batallas y gestas que nos lleven a encontrar gigantes donde solo hay molinos, ¿o no? ¿Qué nos impide soñar?


BIBLIOGRAFÍA:

- ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de Santa María del Castillo de Calatañazor. (Soria).
- AYLAGAS MIRÓN, A. (2002): La Villa y Tierra de Ucero en el año 1602: retrato con 400 años de antigüedad. Revista de Soria. Edita Excma. Diputación Provincial de Soria.
- HUERTA HUERTA, P.L. (2002): CALATAÑAZOR. Iglesia de Santa María del Castillo. Ermita de la Virgen de la Soledad. Ermita de San Juan. Casa particular en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. I. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 283-295.
- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional


sábado, 5 de marzo de 2022

LA ERMITA DE LA VIRGEN DE VILLAVIEJA DE UCERO, UNA RUINA CONSOLIDADA.

 

“Ucero, que tuvo rango de villa en el medievo, es la entrada más
hermosa al parque natural del Cañón del río Lobos. Un tajo
en la meseta que cobija excepcionales atractivos
geológicos, vegetales y faunísticos”.

Corazón de roble. Ernesto Escapa.

En la entrega anterior, entretuvimos nuestros ojos y quehaceres en el castillo y la iglesia de San Juan de Ucero. Pero el pueblo y sus alrededores dan para mucho más. Esa es la razón por la que hay una segunda parte; no para explicar todas sus posibilidades, que son muchas, sino para adentrarnos y poner la lupa en otra de esas iglesias románicas abiertas al cielo, y que reciben de él el agua, la nieve, el pedrisco, el viento o el sol.

Sin duda, el lugar que ocupa esta población ha sido apetitoso durante toda la historia. El río Ucero no es una causa menor. Un río que nace arrebatador de entre las peñas de la Galiana para beberse al Lobos. Sus aguas fueron trucheras, por lo menos, hasta el siglo XIX. Ayudaría esto a la población del lugar y, posteriormente, a los aficionados a esa actividad tan paciente como es la pesca de caña. En su andadura hacia el Sur, le ayudarán en su caudal el Abión y el Sequillo, entre otros arroyuelos de estas deshumedecidas tierras. Sus aguas enriquecieron la hermosura de la catedral de El Burgo y del castillo de Osma, y de la misma forma enriquecen los regadíos de La Rasa. Agotado y disminuido se ofrece al Duero cerca de Gormaz.

No pasó desapercibido este rincón para los romanos. Se instalaron allí, fundaron la villa de San Martín de Ucero y dejaron para la posteridad una preciosa y sorprendente canalización. Recogieron el agua, mediante un canal, en el lugar donde las aguas eran más puras, es decir, en el nacimiento del Ucero, y la trasportaron por dicho canal 18 kilómetros hasta llegar y abastecer a Uxama. Para ello no dudaron en excavar túneles como el cercano a Ucero, llamado la Cueva de la Zorra, de 133 metros de longitud y con aperturas de iluminación y control (pozos de ataque). Otra obra de ingeniería a la que nos tienen tan acostumbrados aquellos ingenieros romanos.

Hoy el municipio, porque municipio es desde el siglo XIX, ocupa mayormente una leve ladera en la margen derecha del río, aunque también en la margen izquierda extiende algunas viviendas y servicios. Bien cuidado y regado, además de por el río, por el dinero que atrae el Cañón. Dominando las alturas del pueblo se encuentra la iglesia de San Juan, deudora de la antigua, ubicada cerca del castillo. Camino de la ermita de Nuestra Señora de Villavieja, nuestra fortuna nos lleva por una calle en la que Segundo, un vecino del pueblo, toma tranquilamente el sol. Con amabilidad, con esa amabilidad de quien tiene poca oportunidad de hablar, nos cuenta que tiene 6 gatos. -¿Saben ustedes para qué?-, nos pregunta. Ha corrido tan rápido el tiempo que los mayores desconfían de la sabiduría de quien tiene pocos años menos que ellos. Efectivamente, Segundo y sus gatos han acabado con los ratones merodeadores. Sistema este inteligente que desde centenares de años usan en muchos monasterios para proteger los incunables que se recuestan en sus estanterías. Reparamos en una gran tinaja sobre un colador de madera, próxima a la puerta de su casa. En ella, antaño, se lavaba la ropa y por una ranura salía el agua sobrante. Hoy, que están tan de moda los reciclajes, la vasija hace de maceta. A Segundo, la edad, los achaques y los médicos le han prohibido beber vino. -¿Para qué ir entonces al bar?-.

No pasó desapercibido este rincón para los romanos. Se instalaron allí, fundaron la villa de San Martín de Ucero y dejaron para la posteridad una preciosa y sorprendente canalización. Recogieron el agua, mediante un canal, en el lugar donde las aguas eran más puras, es decir, en el nacimiento del Ucero, y la trasportaron por dicho canal 18 kilómetros hasta llegar y abastecer a Uxama. Para ello no dudaron en excavar túneles como el cercano a Ucero, llamado la Cueva de la Zorra, de 133 metros de longitud y con aperturas de iluminación y control (pozos de ataque). Otra obra de ingeniería a la que nos tienen tan acostumbrados aquellos ingenieros romanos.

Hoy el municipio, porque municipio es desde el siglo XIX, ocupa mayormente una leve ladera en la margen derecha del río, aunque también en la margen izquierda extiende algunas viviendas y servicios. Bien cuidado y regado, además de por el río, por el dinero que atrae el Cañón. Dominando las alturas del pueblo se encuentra la iglesia de San Juan, deudora de la antigua, ubicada cerca del castillo. Camino de la ermita de Nuestra Señora de Villavieja, nuestra fortuna nos lleva por una calle en la que Segundo, un vecino del pueblo, toma tranquilamente el sol. Con amabilidad, con esa amabilidad de quien tiene poca oportunidad de hablar, nos cuenta que tiene 6 gatos. -¿Saben ustedes para qué?-, nos pregunta. Ha corrido tan rápido el tiempo que los mayores desconfían de la sabiduría de quien tiene pocos años menos que ellos. Efectivamente, Segundo y sus gatos han acabado con los ratones merodeadores. Sistema este inteligente que desde centenares de años usan en muchos monasterios para proteger los incunables que se recuestan en sus estanterías. Reparamos en una gran tinaja sobre un colador de madera, próxima a la puerta de su casa. En ella, antaño, se lavaba la ropa y por una ranura salía el agua sobrante. Hoy, que están tan de moda los reciclajes, la vasija hace de maceta. A Segundo, la edad, los achaques y los médicos le han prohibido beber vino. -¿Para qué ir entonces al bar?-.


El libro de Fabrica de San Juan Bautista de Ucero (1807-1861) nos ayuda a la interpretación de la cabecera y de la estela. Por él sabemos que la iglesia, ya convertida en ermita, se encontraba arruinada en 1859. El párroco Blas Peñacoba dirigió una súplica al Obispo de la Diócesis de Osma, en la que solicitaba permiso para reedificar la ermita de Nuestra Señora de la Villa Vieja. Al parecer el vecindario adeudaba una importante suma de dinero a la Iglesia desde 1848, así como otra deuda al anterior párroco de la Villa,  José Guerra, por lo que Blas Peñacoba, viendo que el pueblo no podía hacer frente a la misma sin caer en la ruina, acordó con el vecindario que se devolviera la deuda con jornadas de trabajo y con el transporte a pie de obra de todos los materiales necesarios para su reedificación.  Don Blas afirmaba que el pueblo profesaba una gran devoción a esta imagen y estaba convencido de que con ayuda del pueblo y con el importe de unas ventas del horno (de miel), la ermita se reedificaría sin que fuera muy costoso a los lugareños. El Obispo, Vicente Hornos San Martín concedió su permiso en septiembre de 1859.

Fue entonces cuando se rehízo la cabecera y quizás el alero. El ábside, hoy recto, pudo ser semicircular en el pasado. Estos edificios estuvieron vivos y soportaron estoicamente tantos cambios como los tiempos y los humanos requerían.  Ese ábside es de la misma anchura que la nave. En él se van a reutilizar materiales del viejo templo, así podemos ver en la esquina nororiental una imposta ajedrezada que pudo formar parte de una cornisa. Además, en el sector Sureste un sillar acoge una decoración singular: un sogueado cuadrado tiene en su interior una especie de corona de zarcillos, una composición en la que el investigador Jaime Nuño González creyó ver “un cierto aire musulmán”. El interior se encuentra dominado por la maleza y las sabinas. Los muros, que combinan partes románicas con otras postmedievales,  aparecen enfoscados con una capa de yeso.

Los problemas de la cabecera no se solucionaron con la reedificación de 1859, pues en 2016 la Parroquia de Ucero se verá obligada a consolidar estas ruinas. Es entonces cuando fueron retirados los elementos susceptibles de desprendimiento de las partes superiores (tejas y piedras) y, se colocó un anclaje longitudinal en la parte Este de la crujía abrazando los dos muros mediante una escuadra a base de perfiles metálicos; además se consolidaron los muros con una albardilla de hormigón. Fue en ese momento cuando se retiró la estela medieval, dejando un vacío en el alero, que el viajero busca sin encontrarlo. Una réplica de la misma hubiera satisfecho al curioso viandante.

Para Jaime Nuño González, las características de este edificio son complejas, pues contiene elementos del románico, pero también otros que tienen un aire musulmán y otros muchos que lo asemejan al mundo prerrománico, proponiendo una datación para las décadas 1060 o 1070. La complejidad del edificio, que podría ser uno de los más antiguos de la provincia, debería ser suficiente razón para su reparación con una nueva cubierta y para un estudio arqueológico que dé luz al desconocimiento que los especialistas dicen tener. Estamos seguros, sin embargo, que ese desconocimiento es mayor entre aquellos que, por haberla usado, deberían conocerla y protegerla.

BIBLIOGRAFÍA:

-  ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de San Juan Bautista de Ucero. (Soria).  

- AYLAGAS MIRÓN, A. (2002): La Villa y Tierra de Ucero en el año 1602: retrato con 400 años de antigüedad. Revista de Soria. Edita Excma. Diputación Provincial de Soria. 

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

sábado, 29 de enero de 2022

LA IGLESIA DE LA VILLA ANTIGUA EN EL CERRO DESOLADO DEL CASTILLO DE UCERO.

 

“La vega del Ucero tiene unos veinte kilómetros y está bien labrada. Sirve
al riego una acequia que aún tiene agua sobrante para llenar en El
Burgo las presas de dos harineras. A la derecha queda un poco
alto el terreno, que lleva algunos cereales, y más lejos es de
monte bajo con colmenares en las colinas. A la izquierda
se suceden los sotos frescos con prados comunales”.

Castilla la Vieja: Soria. Dionisio Ridruejo.

El destino de esta entrega es conocido en Soria y en muchos lugares de España, no en vano, es uno de los pilares turísticos de la provincia. Nos referimos al Cañón del Río Lobos, y más concretamente a su puerta de entrada: Ucero.



Una de las rutas más fáciles para llegar a esta localidad es a través de la N-122, salpicada eternamente por la A-11, como todos los sorianos sabemos. Por ella llegamos al Burgo de Osma, allí volvemos a deleitarnos con esa torre espléndida, que junto con otros edificios le dan una marcada personalidad a la ciudad. Desde allí, dejando atrás la plaza de toros y el edificio de la antigua Universidad de Santa Catalina, convertido hoy en hotel, nos dirigimos por la SO-920 hacia el Cañón del Río Lobos, que alcanzamos en un cuarto de hora. Ya en Ucero, y antes de cruzar el río que lleva su mismo nombre, una calle a la derecha nos permite llegar a un pequeño aparcamiento, habilitado para facilitar la visita al castillo, y la iglesia de la Villa Antigua o Ermita del Castillo.

Ucero fue una localidad de señorío. En el siglo XIII ese señor era Juan González de Ucero, y tras su muerte, lo heredó su esposa María Meneses quien lo transmitió a su hija Violante, fruto de la relación que mantuvo con quien sería el rey Sancho IV. Violante y el Obispado de Osma, que había comprado el señorío, litigaron durante el siglo XIV por la propiedad del mismo, pero fueron los obispos quienes se llevaron el gato al agua para convertir esas tierras en un señorío de abadengo. Así continuó hasta la caída del Antiguo Régimen en el siglo XIX, momento en el que se convirtió en municipio para no dejar de serlo. A mediados de esta centuria tenía 150 vecinos. Hoy, incluso con la ayuda que le da el turismo, no llega a los cien habitantes.

Ucero es un pueblo bien cuidado, de construcción más irregular que otros de montaña, pero el turismo que le aporta el paisaje del Cañón del Río Lobos, le da vida y eso se nota en sus edificaciones y su hostelería.

La visita la realizamos el 14 de diciembre. Era un día frío y claro, soleado, maravilloso. Desde el aparcamiento se accede al castillo por una senda de pendiente pronunciada. Este se encuentra en un montículo dominador del valle estrecho del Ucero. El lugar ha sido habitado desde la prehistoria, pues se trata de un punto estratégico de dominio del valle. Desde allí se otea el pueblo actual a sus pies, con sus colmenares abandonados y se adivina la entrada al Cañón. En esa entrada el Río Lobos pierde su nombre y acaba su vida al entregarla al Ucero, que aparece joven y arrebatador de entre las rocas.

El castillo está reconstruido en su parte externa y se ha obrado para evitar su derrumbe. Pero eso sólo es la fachada, por dentro está deshecho, aunque conserva sus rincones interesantes como el aljibe o el interior de la torre. Se construyó en el siglo XIII y fue propiedad de María de Meneses, como hemos apuntado anteriormente. Ya en el siglo XIV la Iglesia se hizo con el edificio, pues la compró el obispo de Osma, y ya en el siglo XV el obispo don Pedro Montoya reedificó el castillo y su pieza más importante: la torre del homenaje, coronada con una hilera de ménsulas y que también posee una graciosa ventana geminada con arcos ojivales. En lo alto hay una gárgola que nos llama poderosamente la atención, y en la puerta, muy reconstruida, un escudo de armas colocado por el prelado Honorato Juan.

En torno al castillo se desarrolló la antigua población de Ucero, que permaneció allí hasta el siglo XV, cuando por litigios señoriales decidieron abandonar el lugar y bajar a la vega. Todavía hoy podemos visualizar parte de la vieja muralla que abrazaba la villa antigua, en cuya cerca se yerguen orgullosas las ruinas de la iglesia románica. La actual vecindad sostiene que esta parroquial estuvo dedicada a San Juan de Ucero; advocación que se trasladó a la actual parroquia del municipio, con apelativo de Bautista. Los despojos de esta iglesia se encuentran sobre un pequeño cerro amesetado. Una ruina expoliada en la que la vegetación natural campa a sus anchas. Ya no queda nada que robar, si cabe esos cuatro canzorros que presiden el hueco de la portada. Al igual que hemos visto en otros inmuebles del Occidente soriano, las sabinas, ese árbol cretácico de tan difícil arraigo, crecen con fuerza, tal vez favorecidos por el pastoreo del ganado ovino, tanto en el exterior como en el interior de estos inmuebles dominados por la ruina.

Los restos de la iglesia nos muestran que fue un inmueble de gran tamaño, construido con encofrado de cal y canto, y casi con total seguridad enfoscado con cal y arena tanto en el interior como en el exterior. Este encofrado ha permitido que el edificio se encuentre prácticamente fosilizado y que la ruina no avance de manera galopante. Sin embargo, durante nuestra estancia alguna piedra de la cabecera se desprendió. Por lo que vemos se trataba de una iglesia con una nave, casi con toda seguridad cubierta con una techumbre de madera, un presbiterio recto y un ábside semicircular; estos se cubrieron con bóveda de cañón y con bóveda de horno respectivamente. En el muro meridional tuvo adosada una estancia de la que se conservan restos del muro oriental, sin duda un anexo cerrado del pórtico con acceso desde éste. Pobre, como casi todas las iglesias y ermitas del románico rural, este encofrado se fortaleció en las esquinas y en los vanos con sillería. Ésta ha sido expoliada con saña, como en otros lugares del rural soriano que ya hemos visitado.

El ábside estuvo iluminado por una gran saetera, hoy solo un gran agujero, al igual que los que vemos en el muro meridional y septentrional del presbiterio. La nave se iluminaba con otras dos saeteras adinteladas en el muro Sur y, al menos, otra más en el Norte. La portada se situaba en el muro meridional, como ya hemos dicho, totalmente expoliada; algo que también sucede en las de Castril de Miño de San Esteban y en la de San Ginés de Soria, entre otras muchas. Sobre este gran vano podemos contar cuatro grandes canzorros, que, sin duda, sirvieron para el arranque de una cubierta del pórtico, que protegió la portada y las reuniones de los vecinos.

El muro occidental y parte del septentrional han ido derrumbándose dejando montones abandonados de las piedras menos útiles. La altura de la cabecera parece menor desde el interior de la nave, ello es debido a que, sobre lo que fue solado de la iglesia, se han depositado gran parte de las lajas que compusieron las bóvedas de la cabecera. En esta todavía vemos una roza donde estuvieron las piedras sillares desde donde arrancaba la bóveda de lajas radiales y mampostería menuda, que todavía se conserva en parte de los arranques, con claro peligro de derrumbe. En la nave aparecen dos grandes hornacinas enfrentadas, de arco rebajado y de tiempo post medieval. En ambas se excavaron los muros a modo de arcosolios y quizás acogieron algún sepulcro o algún altar con imagen sagrada. Hoy lucen su desnudez y los grafitis de personas que pasaron por el lugar. Los grafiteros dejaron nombres y  fechas y esas cruces con calvario tan típicas de estos lugares.

En el hastial occidental estaría alojada la espadaña-campanario, como ya hemos señalado en otras ocasiones. También aquí la sillería se arrancó y, casi con toda seguridad, se utilizó para levantar en el valle la nueva iglesia. Lo mismo que sucedió con alguna de las campanas que todavía endulzan con su tañer los oídos de los ucereños. La nueva parroquial también custodia dos imágenes marianas medievales del siglo XIII; una de ellas, pudo haber llegado desde este lugar.


Volveremos. Ucero, junto con Villabuena, Soria, San Pedro Manrique, Sarnago y Magaña guardan más de una iglesia abierta al cielo.

BIBLIOGRAFÍA:

- AYLAGAS MIRÓN, A. (2002) : La Villa y Tierra de Ucero en el año 1602: retrato con 400 años de antigüedad. Revista de Soria. Edita Excma. Diputación Provincial de Soria.

- LORENZO CELORRIO, Ángel (2003): Compendio de los Castillos medievales de la provincia de Soria". Edita la Excma. Diputación Provincial de Soria, Colección Temas Sorianos nº 44, Soria

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional

- ORTEGO FRÍAS, T. (1953): Del románico soriano. Algunas piezas notables de iglesias desaparecidas. Revista Celtiberia, nº4. pp.295-297.

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

 


jueves, 23 de diciembre de 2021

SAN BARTOLOMÉ DE VALZANZO: DE ERMITA-HUMILLADERO A CEMENTERIO

 


“Tierra alta, antigua, de clima crudo, y devastada, la
provincia de Soria es hoy un páramo descarnado
que pueblan gentes viejas, viejos montes,
vieja historia, y ríos y recuerdos viejos”.

La Sierra de Alba. Avelino Hernández.

Era el 7 de octubre, un jueves, cuando nos desplazamos a Castril para visitar ese despoblado del que dimos cuenta en nuestra entrega anterior. Desde allí nos acercamos a Valdanzo recorriendo la carretera SO-P-4009, paralela al Duero y a la A-11. Enseguida llegamos a un cruce: a la derecha Langa de Duero; a la izquierda, la carretera nos dejó orientados hacia Valdanzo, lugar al que llegamos en siete minutos. Valdanzo es un poblamiento antiguo, habitado desde tiempos romanos por algunas gentes. Pocas veces, tan pocas como ahora. Pertenece a Langa de Duero y apenas sostiene a 34 personas. Se sitúa a orillas del río del mismo nombre, que termina su vida en aguas del Duero. No siempre fue esta una villa soriana. Perteneció a la provincia de Burgos hasta el siglo XIX compartiendo comunales con la Comunidad de Villa y Tierra de Ayllón. Se incorporó a la provincia de Soria, como municipio, en el siglo XIX. Creció con la incorporación de Valdanzuelo y llegó a tener más de 500 habitantes, antes de que llegara la desbandada del éxodo rural de los años 60 y 70 del siglo XX. El siglo XXI no ha sido muy propicio para esta villa que, vertiginosamente, redujo su población hasta las 34 almas solitarias actuales.

Un señor amabilísimo hizo de cicerone en nuestro recorrido por el pueblo. Aunque vive en Zaragoza pasa allí los veranos que los alarga, por amor al terruño, o tal vez a la infancia, hasta el 15 de diciembre. Allí vive en la casa familiar de sus padres, que comparte con su hermano. Media casa para cada uno. Sin embargo, la de su abuelo, le “tocó” a un tío que la vendió a unos madrileños y, ahora, cada vez que pasa por delante algo en su interior se entristece.

El pueblo se siente orgulloso de sus siete fuentes. Posee, todavía, un cómodo bar situado en una gran plaza. El bar en estos pueblos se convierte en una importantísima institución. Perdidas las escuelas, la iglesia y el bar son los únicos puntos de convivencia. Cuando ya se pierde el bar, todo se viene abajo, incluso la iglesia. ¿Pero cómo sostener la vida con un negocio tan pequeño? Luis, su dueño, y su familia desempeñan mil labores complementarias: tienda en la puerta siguiente, taxi, y seguramente el cuidado de algún ganado o parcela de tierra. ¿Y el futuro? Aquel día, una cuadrilla de la Diputación almorzaba allí. Eso da cierta vida, pero en invierno, cuatro cafés no dan para mucho. Cuando Luis y su esposa pongan el cartel de cerrado por jubilación, algo muy importante habrá desaparecido para el pueblo y sus habitantes. Aquel espacio en el que compartir recuerdos, vivencias y afectos ya no existirá y la comunicación entre los cada vez menos habitantes se dificultará, pues nadie quiere continuar su labor, ni siquiera sus hijos, que van buscando un futuro y una vida más fácil, tal vez, lejos de allí.


El pueblo se conserva mejor que nunca, pero cada vez vive menos gente. Alguien que nos confunde para su automóvil para preguntarnos con cierta altivez, que cuándo van a renombrar las calles. Se ha equivocado. No somos nosotros autoridad para renombrar nada.

Al fondo del pueblo, detrás de la espaciosa Plaza Mayor en la que se encuentra el Ayuntamiento, nos encontramos con las ruinas de lo que fue la Ermita o Humilladero de San Bartolomé. El inmueble es para nosotros un rompecabezas. Se trata de los restos de un edificio con una portada románica a levante, mientras que a poniente se intuye un acceso al antiguo cementerio; además se pude ver que en el muro meridional hubo una puerta adintelada, hoy tapiada, escoltada por dos pequeñas ventanas.

Los libros de Fábrica o de Carta Cuenta de los siglos XVII, XVIII y XIX, conservados en el Archivo Diocesano de Osma-Soria nos hablan de la existencia de dos ermitas en Valdanzo, una dedicada a San Pedro y otra a San Bartolomé. En 1850 Pascual Madoz al enumerar los inmuebles de la Villa de Valdanzo nos dice que contaba con una sola ermita (el Humilladero), quizás por encontrarse adosada al viejo cementerio.  Para Teógenes Ortego, la portada románica y el muro de levante de la ermita de San Bartolomé se reconstruyó con sillares procedentes de la desaparecida ermita de San Pedro. Así, la muerte de una sirvió para dar vida a la otra. La de San Pedro se encontraba un kilómetro al Sur del pueblo, camino de Valdanzuelo, asentada sobre la que fuera una villa romana de los siglos IV y V d.C. del mismo nombre.

Por una visita girada por el Obispo de Osma en 1818, sabemos que la ermita de San Pedro se había abandonado en 1798, si bien en 1756 se encontraba “decente”.  En 1837 se reconstruyó la ermita de San Bartolomé y el atrio de la parroquial, posiblemente con los viejos sillares de la antigua ermita de San Pedro. Así lo ha señalado Teógenes Ortego que nos alerta del posible origen visigótico de la ermita de San Pedro.  Ese sería, probablemente, su final definitivo. 

También nos dice Teógenes Ortego que San Bartolomé contaba con una saetera monolítica, decorada con dentellones en toda su longitud. Cuando Pedro Luis Huerta llegó a Valdanzo para escribir el artículo: “El humilladero de San Bartolomé” para la Enciclopedia del Románico en Castilla y León, no describió ni fotografió esa aspillera, posiblemente porque ya no estuviera. Nuestros ojos tampoco la descubrieron. El investigador aguilarense fotografió la portada románica que se recrecía con un tímpano con pequeño óculo, rematado todo ello por un pequeño campanil de ladrillo enfoscado, que sin duda alojó una pascualeja (campana pequeña), con dos pequeños pináculos y coronado por una cruz. Hoy ese recrecido, al igual que la puerta, han desaparecido. Algún vecino nos comenta que el Ayuntamiento guardó esos sillares, pero cuando accedemos al interior, vemos los restos de la puerta y muchos sillares, enmascarados entre la broza que crece por encima de nuestras cabezas.

En su origen, la ermita contaba con una portada al Sur, pero hoy se abre a levante. Su entrada, partiendo de dos escalones, se realiza a través de una portada románica, de gran valor, de arco doblado con bocel en arista, que, al interior y en las jambas, conserva su policromía original. El doble arco apoya sobre una línea de imposta a bisel y es ligeramente ultrasemicircular, recordándonos a las parroquiales de Los Llamosos y de Sarnago. Al exterior vemos dos columnas monolíticas con sus basas muy deterioradas y sus capiteles con talla muy plana. Esa talla tan plana hizo creer a Ortego que podía tener un pasado visigótico. Las cestas se decoran con motivos fitomórficos, similares a los que vemos en las pinturas rupestres de Valonsadero, bolas en las esquinas y flores tetrapétalas y pentapétalas. Pedro Luis Huerta cree que esta portada es obra románica, ejecutada por canteros “muy apegados a la tradición”, pues la decoración de bocel que recorre las aristas de los arcos y las jambas, así como los capiteles, siguen esquemas plenamente románicos de la segunda mitad del XII.

A esta ermita se adosó el cementerio viejo, hoy abandonado, y muy avanzado el siglo XIX, pues en el último tercio del siglo se llevaron a cabo numerosas obras de reteje. Será en ese momento cuando la ermita pierda su techumbre y su solado se convierta en cementerio. Hoy todavía podemos ver una lápida incrustada en sus muros, que nos informa de que allí se enterraba en 1921.

Esta ermita y los muros de su viejo cementerio se merecen una consolidación, cuando no una reconstrucción, así como una digna información que advierta al viajero de cuál fue su pasado. El dinero que se invirtió en los siglos XVIII y XIX en retejes, trabajos de apeo, cerrajas y colocación de puertas de hierro en su cementerio, creemos que se merece, al menos, una consolidación y limpieza del viejo Campo Santo. Hoy es un puzle, difícil de reconstruir, pero quién sabe si alguna institución se apiade de estas ruinas e invierta en su dignificación. Si como algunos vecinos señalan, el Ayuntamiento guardó los sillares de la vieja espadaña, nos preguntamos si los utilizarán para reconstruirla.

BIBLIOGRAFÍA:


ARCHIVO DIOCESANO DE OSMA-SORIA. Libros de Fábrica de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Valdanzo (Soria). 1701-1791 Ref. Antigua 281; Ref. Actual 1855.

- ARGENTE OLIVER, J.L.; GÓMEZ SANTACRUZ, j. y JIMENO MARTÍNEZ, A. (1988-1989): La <<villa>> de San Pedro de Valdanzo (Soria).

- HUERTA HUERTA, P.L. (2002): VALDANZO. Humilladero de San Bartolomé, en Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, vol. III. M.Á. García Guinea y José M.ª Pérez González (dirs.), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, pp. 1145-1146.

- MADOZ, Pascual (1846-50): Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria. Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana. Madrid. Editora Nacional

- ORTEGO FRÍAS, T. (1985): Edad Antigua en PÉREZ-RIOJA, José Antonio (dir), Historia de Soria. Pp 123-208. Almazán. Ingrabel.



domingo, 21 de noviembre de 2021

EL DESPOBLADO DE CASTRIL: EL ROMÁNICO EXPOLIADO.



"Ayer hice el típico viaje de "algún día tengo que ir" . Y es que basta que
pases delante mil veces para no ir nunca. Desde la novedosa
y escasa A-11, dirección San Esteban de Gormaz - Langa
de Duero, en la orilla sur del río destaca en
una cima solitaria unas ruinas".

Álvaro García. @sontarvaro


Nuestra visita del 7 de octubre se dirige a Castril. En esta ocasión el desplazamiento es un poco más largo que en ocasiones anteriores. Su duración es de algo más de una hora. Hemos de tomar la A-11 y N-122; carreteras que se van alternando a tramos, tramos que se aburren de esperar a llegar a ser algo o desaparecer. Dejamos El Burgo y llegamos hasta San Esteban de Gormaz. Allí abandonamos las obras infinitas de la A-11 y nos adentramos, a nuestra izquierda, en la Nacional 110 hacia Ávila. Pasados muy pocos kilómetros, a nuestra derecha, tomamos ya una carretera provincial, la SO-P-4009 hacia Langa, que nos conducirá a Castril, pasando previamente por Soto de San Esteban: localidad que sustituye la piedra de los pueblos del Norte de la provincia por el pobre, pero noble, adobe. Parece un pueblo agrícola, de gran actividad, pero peor cuidado que los exquisitos pueblos, casi vacíos, del Norte.

Seguimos por esa carretera, siempre paralela al Duero, para alcanzar Castril: un despoblado más de esta casi despoblada provincia. El emplazamiento conserva las ruinas de una iglesia o ermita, de un gran paredón, en la parte baja del poblamiento, y de varios colmenares abandonados. El paraje es envidiable. Posee agua, pues está al lado del Duero, (hoy transcurre por esas tierras el canal de Ines), y buenas tierras de cultivo. Resulta difícil entender qué pudo pasar para que sus habitantes abandonaran tan privilegiado lugar en el siglo XVI. Existe una leyenda en la que se atribuye a la aparición de una plaga de culebras el motivo de su abandono y desaparición.

Castril, Cubillas y Oradero, otros dos núcleos desaparecidos, se englobaron dentro de la Comunidad de Villa y Tierra de San Esteban de Gormaz, aunque pertenecían al Monasterio de la Vid, creado en el siglo XII. Según Divina Aparicio, en su entrañable relato sobre Castril, el Monasterio poseía en este lugar dos ruedas de molino de escasa rentabilidad. Tal es así que en el siglo XVI cedió los molinos y las tierras al noble Gutiérrez Delgadillo. No sabemos cómo le fueron las cosas al comprador, pero el lugar quedó despoblado poco después. Tal ha sido el abandono del lugar que son unas de las pocas iglesias románicas de las que desconocemos su advocación.

En la actualidad estas tierras pertenecen al municipio de Miño de San Esteban, localidad con mucho patrimonio, no llegando a los cuarenta habitantes en los largos inviernos. Tampoco anda sobrada de población.

Podemos deducir que la localidad se encontraba en la parte baja en la que resiste el muro de sillería, antes mencionado, y, arriba, en lo alto, en un montículo, la iglesia. El gran paredón, construido con sillería, parece pertenecer a un edificio de planta basilical. Después de varias visitas, pensamos lo mismo que Álvaro García, que este gran muro son los restos del muro de poniente de una iglesia expoliada. El grosor del muro, su método constructivo y su orientación nos hacen pensar que estamos ante los restos de otra iglesia románica. Hacia levante se puede seguir la planta de la misma, en la que se amontonan piedras y sillares de la fábrica, al igual que alrededor, pues las piedras de menos valor que aparecen en la finca colindante se van amontonando en este lugar. Una excavación en este espacio podría certificar lo que hoy solo podemos aventurar.

Subiendo hacia la iglesia nos encontramos con dos colmenares, uno tapiado con viejas bardas sobre sus muros, del que asoma un raquítico árbol; otro dominado por las sabinas, pero en el que todavía podemos ver los viejos dujos. El olor a tomillo perfuma el ambiente. Al subir, en la otra vertiente del collado, apreciamos otro colmenar, mejor conservado, pero que como los anteriores parece condenado a la ruina.


 Los restos de la iglesia son un ejemplo más de románico rural soriano. Está construida con mampostería excepto el muro de poniente que estuvo forrado de sillares tanto en el exterior como en el interior. La sillería ha sido arrancada de la portada, ventanas, esquinales, muro de poniente al exterior, arco de triunfo con sus semi-columnas y capiteles, así como los arcos ciegos del presbiterio. Tan solo han resistido parte de los sillares del muro de la espadaña hacia el interior y parte de la imposta de bocel y filete en la que entregaba sus empujes la bóveda de ábside y presbiterio. Al exterior, en el paso del presbiterio al ábside, todavía podemos ver dos sillares, que, al estar dispuestos a tizón, los expoliadores no consiguieron arrancar. El robo se hizo con saña y violencia, expoliando un patrimonio que perteneció a los lugareños. Sin duda lo expoliado no se convirtió en cal, pero se desconoce su paradero.

La iglesia, con orientación canónica, se asienta sobre un cerro calcáreo. Gran parte de la iglesia está excavada en la roca, algo, que a los ojos de hoy, sorprende por esa capacidad laboriosa de nuestros recientes antepasados. La parroquial es de una sola nave, ligeramente más ancha que el presbiterio, rematada hacia levante con un ábside semicircular. La nave estaría cubierta con un armazón de madera, mientras que el presbiterio, a juzgar por los restos, se ampararía del cielo con cubierta de cañón y el ábside con bóveda de cuarto de esfera. La cubierta abovedada era de mampostería enfoscada en el interior en la que se pintó un falso despiece. El presbiterio todavía conserva parte de la bóveda, en difícil equilibrio, mientras que en el ábside apenas resiste el arranque. Recorre toda la cabecera una línea de imposta de bocel y filete, sobre la que arrancaba la cubierta abovedada de la cabecera.

El inmueble estuvo enfoscado con cal y arena y, al menos, la cabecera estuvo decorada con pintura mural, pues en los restos de la bóveda del ábside todavía se puede apreciar un falso despiece y por debajo de la imposta se conservan restos de una cenefa de dientes de sierra. Esta decoración mural sería muy parecida a las que vemos en la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Castillejo de Robledo.

El presbiterio se decoró con dos arcos ciegos a cada lado, que han sido expoliados con saña, pero todavía se pueden apreciar su constitución, así como en el lado norte restos de pintura mural en la que se intuye una figura nimbada. En el muro meridional, muy cerca del presbiterio, oculta detrás de un rosal silvestre, aparece una hornacina que todavía conserva su pintura mural. El expolio nos indica que estuvo encintada por sillares y que pudo cumplir la función de credencia.

La iglesia contó con una portada al Sur y, enfrentada a ella, otro vano que ha sido interpretado como una segunda portada. Nosotros interpretamos el vano como una ventana baja, no como otra puerta, dado lo abrupto del terreno al otro lado, la anchura de la misma y el escalón que existe con respecto al solado de la nave.  

A los pies de la nave, aparecen a cada lado de sus muros tres mechinales que alojaron las vigas que sostuvieron un pequeño coro y quizás el acceso al campanario. La espadaña, hacia el interior, todavía conserva gran parte de su sillería. Los expoliadores arrancaron los sillares de la parte superior, pero en un determinado momento abandonaron su “trabajo”.  Sin embargo, en el exterior toda la sillería ha sido robada dejando el muro descarnado al azote de los vientos y las lluvias del Oeste. Las campanas, por supuesto, no están. En su día, alguien mantiene, que se trasladaron a Alcozar, localidad que se encuentra al otro lado del Duero. Hasta la década de los sesenta del siglo XX, según Divina Aparicio, había una barcaza hecha con tablones instalados sobre cubas para cruzar el río, y que se movía manejando la consiguiente maroma. De aquella vieja instalación nada pervive a las orillas del Duero. El lugar cayó en el olvido y los restos de las parroquiales aparecen hoy fosilizados.

BIBLIOGRAFÍA:

-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) “El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas”, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)

- MADOZ, Pascual (1846-50): “Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria.” Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional.

-NUÑO GONZÁLEZ, J. (2001) “La sociedad en el territorio soriano durante los tiempos románicos”, en AA.VV., Soria románica. El Arte Románico en la Diócesis de Osma-Soria, (pp. 27-36). Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

-SERRANO, L. (1925) “Cartulario de San Pedro de Arlanza, Antiguo monasterio benedictino.” Madrid.

- VV.AA. (2002) “Casos y cosas de Soria III.”  Soria. Soria Edita. Colección Serie Mayor.

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

 


 

sábado, 20 de noviembre de 2021

EL DESPOBLADO DE CASTRIL: EL ROMÁNICO EXPOLIADO.

 

  Ayer hice el típico viaje de "algún día tengo que ir". Y es que basta que pases delante mil veces para no ir nunca. Desde la novedosa y escasa A11, dirección San Esteban de Gormaz-Langa  de Duero, en la orilla sur del río destaca en una cima solitaria unas ruinas.”         

Álvaro García. @sontarvaro                                 

Nuestra visita del 7 de octubre se dirige a Castril. En esta ocasión el desplazamiento es un poco más

largo que en ocasiones anteriores. Su duración es de algo más de una hora. Hemos de tomar la A-11 y N-122; carreteras que se van alternando a tramos, tramos que se aburren de esperar a llegar a ser algo o desaparecer. Dejamos El Burgo y llegamos hasta San Esteban de Gormaz. Allí abandonamos las obras infinitas de la A-11 y nos adentramos, a nuestra izquierda, en la Nacional 110 hacia Ávila. Pasados muy pocos kilómetros, a nuestra derecha, tomamos ya una carretera provincial, la SO-P-4009 hacia Langa, que nos conducirá a Castril, pasando previamente por Soto de San Esteban: localidad que sustituye la piedra de los pueblos del Norte de la provincia por el pobre, pero noble, adobe. Parece un pueblo agrícola, de gran actividad, pero peor cuidado que los exquisitos pueblos, casi vacíos, del Norte.

Seguimos por esa carretera, siempre paralela al Duero, para alcanzar Castril: un despoblado más de esta casi despoblada provincia. El emplazamiento conserva las ruinas de una iglesia o ermita, de un gran paredón, en la parte baja del poblamiento, y de varios colmenares abandonados. El paraje es envidiable. Posee agua, pues está al lado del Duero, (hoy transcurre por esas tierras el canal de Ines), y buenas tierras de cultivo. Resulta difícil entender qué pudo pasar para que sus habitantes abandonaran tan privilegiado lugar en el siglo XVI. Existe una leyenda en la que se atribuye a la aparición de una plaga de culebras el motivo de su abandono y desaparición. 

Castril, Cubillas y Oradero, otros dos núcleos desaparecidos, se englobaron dentro de la Comunidad de Villa y Tierra de San Esteban de Gormaz, aunque pertenecían al Monasterio de la Vid, creado en el siglo XII. Según Divina Aparicio, en su entrañable relato sobre Castril, el Monasterio poseía en este lugar dos ruedas de molino de escasa rentabilidad. Tal es así que en el siglo XVI cedió los molinos y las tierras al noble Gutiérrez Delgadillo. No sabemos cómo le fueron las cosas al comprador, pero el lugar quedó despoblado poco después. Tal ha sido el abandono del lugar que son unas de las pocas iglesias románicas de las que desconocemos su advocación.

En la actualidad estas tierras pertenecen al municipio de Miño de San Esteban, localidad con mucho patrimonio, no llegando a los cuarenta habitantes en los largos inviernos. Tampoco anda sobrada de población.

Podemos deducir que la localidad se encontraba en la parte baja en la que resiste el muro de sillería, antes mencionado, y, arriba, en lo alto, en un montículo, la iglesia. El gran paredón, construido con sillería, parece pertenecer a un edificio de planta basilical. Después de varias visitas, pensamos lo mismo que Álvaro García, que este gran muro son los restos del muro de poniente de una iglesia expoliada. El grosor del muro, su método constructivo y su orientación nos hacen pensar que estamos ante los restos de otra iglesia románica. Hacia levante se puede seguir la planta de la misma, en la que se amontonan piedras y sillares de la fábrica, al igual que alrededor, pues las piedras de menos valor que aparecen en la finca colindante se van amontonando en este lugar. Una excavación en este espacio podría certificar lo que hoy solo podemos aventurar. 
Subiendo hacia la iglesia nos encontramos con dos colmenares, uno tapiado con viejas bardas sobre sus muros, del que asoma un raquítico árbol; otro dominado por las sabinas, pero en el que todavía podemos ver los viejos dujos. El olor a tomillo perfuma el ambiente. Al subir, en la otra vertiente del collado, apreciamos otro colmenar, mejor conservado, pero que como los anteriores parece condenado a la ruina.

Los restos de la iglesia son un ejemplo más de románico rural soriano. Está construida con mampostería excepto el muro de poniente que estuvo forrado de sillares tanto en el exterior como en el interior. La sillería ha sido arrancada de la portada, ventanas, esquinales, muro de poniente al exterior, arco de triunfo con sus semi-columnas y capiteles, así como los arcos ciegos del presbiterio. Tan solo han resistido parte de los sillares del muro de la espadaña hacia el interior y parte de la imposta de bocel y filete en la que entregaba sus empujes la bóveda de ábside y presbiterio. Al exterior, en el paso del presbiterio al ábside, todavía podemos ver dos sillares, que, al estar dispuestos a tizón, los expoliadores no consiguieron arrancar. El robo se hizo con saña y violencia, expoliando un patrimonio que perteneció a los lugareños. Sin duda lo expoliado no se convirtió en cal, pero se desconoce su paradero. 

La iglesia, con orientación canónica, se asienta sobre un cerro calcáreo. Gran parte de la iglesia está excavada en la roca, algo, que a los ojos de hoy, sorprende por esa capacidad laboriosa de nuestros recientes antepasados. La parroquial es de una sola nave, ligeramente más ancha que el presbiterio, rematada hacia levante con un ábside semicircular. La nave estaría cubierta con un armazón de madera, mientras que el presbiterio, a juzgar por los restos, se ampararía del cielo con cubierta de cañón y el ábside con bóveda de cuarto de esfera. La cubierta abovedada era de mampostería enfoscada en el interior en la que se pintó un falso despiece. El presbiterio todavía conserva parte de la bóveda, en difícil equilibrio, mientras que en el ábside apenas resiste el arranque. Recorre toda la cabecera una línea de imposta de bocel y filete, sobre la que arrancaba la cubierta abovedada de la cabecera.

El inmueble estuvo enfoscado con cal y arena y, al menos, la cabecera estuvo decorada con pintura mural, pues en los restos de la bóveda del ábside todavía se puede apreciar un falso despiece y por debajo de la imposta se conservan restos de una cenefa de dientes de sierra. Esta decoración mural sería muy parecida a las que vemos en la parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Castillejo de Robledo. El presbiterio se decoró con dos arcos ciegos a cada lado, que han sido expoliados con saña, pero todavía se pueden apreciar su constitución, así como en el lado norte restos de pintura mural en la que se intuye una figura nimbada. En el muro meridional, muy cerca del presbiterio, oculta detrás de un rosal silvestre, aparece una hornacina que todavía conserva su pintura mural. El expolio nos indica que estuvo encintada por sillares y que pudo cumplir la función de credencia.

La iglesia contó con una portada al Sur y, enfrentada a ella, otro vano que ha sido interpretado como una segunda portada. Nosotros interpretamos el vano como una ventana baja, no como otra puerta, dado lo abrupto del terreno al otro lado, la anchura de la misma y el escalón que existe con respecto al solado de la nave.  

A los pies de la nave, aparecen a cada lado de sus muros tres mechinales que alojaron las vigas que sostuvieron un pequeño coro y quizás el acceso al campanario. La espadaña, hacia el interior, todavía conserva gran parte de su sillería. Los expoliadores arrancaron los sillares de la parte superior, pero en un determinado momento abandonaron su “trabajo”.  Sin embargo, en el exterior toda la sillería ha sido robada dejando el muro descarnado al azote de los vientos y las lluvias del Oeste. Las campanas, por supuesto, no están. En su día, alguien mantiene, que se trasladaron a Alcozar, localidad que se encuentra al otro lado del Duero. Hasta la década de los sesenta del siglo XX, según Divina Aparicio, había una barcaza hecha con tablones instalados sobre cubas para cruzar el río, y que se movía manejando la consiguiente maroma. De aquella vieja instalación nada pervive a las orillas del Duero. El lugar cayó en el olvido y los restos de las parroquiales aparecen hoy fosilizados.

BIBLIOGRAFÍA:

-HUERTA HUERTA, P.L. (2001b) “El paisaje arquitectónico en la provincia de Soria durante el siglo XIV: la pervivencia de las construcciones románicas”, en El Siglo XIV. El Alba de una nueva Era (Col. “Monografías Universitarias”, 12), Soria. (pp. 171-191)

- MADOZ, Pascual (1846-50): “Diccionario geográfico-estadístico-histórico. Edición facsímil de los textos relativos a la provincia de Soria.” Edita Ámbito ediciones SA y Diputación de Soria, 1993. Imprime Gráficas Ortega SA Valladolid.

- MARTÍNEZ DÍEZ, G. (1983): "Las comunidades de Villa y Tierra de la extremadura castellana." Madrid. Editora Nacional.

-NUÑO GONZÁLEZ, J. (2001) “La sociedad en el territorio soriano durante los tiempos románicos”, en AA.VV., Soria románica. El Arte Románico en la Diócesis de Osma-Soria, (pp. 27-36). Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.

-SERRANO, L. (1925) “Cartulario de San Pedro de Arlanza, Antiguo monasterio benedictino.” Madrid.

- VV.AA. (2002) “Casos y cosas de Soria III.”  Soria. Soria Edita. Colección Serie Mayor.

- VV.AA. (2002) Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria. Aguilar de Campoo. Fundación Santa María la Real.